Pau Washer: ¿Eres un cristiano o un mundano?

Paul washer ¿eres un mundano?

Paul Washer comienza esta prédica destacando que la iglesia de los Corintios era una iglesia muy dotada en los dones espirituales, pero también era una iglesia que muchas veces no caminaba como debía caminar en los caminos de Cristo, ya que los miembros de tal iglesia no se portaban como verdaderos creyentes. También habían entrado profetas falsos enseñando cosas falsas y ellos los habían aceptado.

En el día de hoy hemos bajado los estándares del Evangelio; lo hemos cambiado y reducido a fórmulas simplificadas, a veces a “cinco leyes espirituales” o a una mera oración repetida sin comprensión ni arrepentimiento genuino. Hay muchos que, tanto en Europa como en América, afirman tener a Cristo porque un día “tomaron una decisión” o “levantaron la mano”, pero su vida nunca ha cambiado, su manera de pensar y de vivir continúa exactamente igual.

La iglesia de Corinto ilustra que los dones y la actividad religiosa no garantizan madurez espiritual. Podían hablar en público, organizar reuniones y manifestar carismas, pero toleraban pecado, divisiones y arrogancia. Del mismo modo, en nuestro tiempo podemos tener ministerios visibles, música, programas y multitudes, y aun así faltar la realidad de una vida transformada por el nuevo nacimiento. El Evangelio no es solo información correcta; es poder de Dios que cambia el corazón.

Paul Washer dice:

No soy profeta ni hijo de profeta, pero te digo, aquí hay personas que no conocen a Cristo, en un grupo de este tamaño siempre es así. Hay personas aquí que se creen salvos pero están engañados.

Él reconoce que nadie puede ver el corazón del otro, pero recuerda que el verdadero creyente se da a conocer por sus frutos. Jesús enseñó que “por sus frutos los conoceréis”; no se trata de perfección instantánea, sino de una dirección de vida diferente: alejándonos del pecado y acercándonos a Cristo con amor creciente por su Palabra y su santidad.

En este mensaje se subraya que existen millares que confiesan con los labios, pero sus hechos niegan lo que afirman. Muchos consideran suficiente asistir el domingo, cantar y escuchar, pero siguen viviendo como si Cristo no hubiese resucitado. El Evangelio auténtico produce convicción de pecado, arrepentimiento, fe viva y obediencia. No se reduce a emociones pasajeras ni a promesas vacías, sino a una unión real con Cristo que transforma toda la persona.

Antes de conocer a Cristo ama el pecado, pero después de haber conocido a Cristo odia el pecado.

Washer nos hace la siguiente pregunta: ¿amas la santidad y aborreces el pecado? ¿Estás, por la gracia de Dios, alejándote cada vez más del viejo camino y caminando con mayor cercanía a Jesucristo? Esto no significa que el creyente no luche; significa que lucha, que no se conforma, que clama por ayuda y se somete a la disciplina amorosa del Padre.

La Escritura nos llama a un examen serio y continuo de la fe:

Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?

2 Corintios 13:5 (RVR1960)

Este examen no busca producir culpa estéril, sino conducirnos a Cristo. El mismo Evangelio que revela nuestro pecado anuncia la gracia: “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es” (2 Co 5:17). La evidencia de esa nueva creación se ve en apetitos renovados: deseo por la Palabra, oración sincera, amor por la iglesia, generosidad, dominio propio, perdón, integridad en lo oculto y en lo público. El creyente tropieza, pero no se queda allí; se levanta y sigue a su Señor.

Es importante aclarar que no somos salvos por nuestras obras. Somos salvos solo por gracia, mediante la fe en la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Sin embargo, la fe que salva no permanece sola: produce fruto. La raíz es la gracia; el fruto, la obediencia. Si no hay fruto, debemos preguntarnos si la raíz realmente está en Cristo.

Este mensaje nos confronta para nuestro bien. Tal confrontación es una muestra de amor pastoral: Dios no nos deja cómodos en el engaño. Hoy es un día apropiado para orar: “Señor, muéstrame mi corazón. Si me he conformado con una religión sin Cristo, despiértame. Dame arrepentimiento verdadero y una fe viva”. Y si ya estás en Cristo, pídele crecer en santidad, odiar el pecado y amar lo que Él ama.

Que el Señor use esta palabra para llevarnos a una fe auténtica y a una vida coherente con el glorioso Evangelio. Que no seamos oidores olvidadizos, sino hacedores, para la honra de Cristo y el bien de su iglesia. Esperamos que este recurso sea de gran bendición para ti y te anime a buscar al Señor con todo tu corazón.

No temas, sino habla, y no calles
El pastor, el ministerio y un trabajo secular