Los seres humanos somos bien conocidos por querer recibir más que por querer dar. Y esto pertenece a nuestra naturaleza y debemos luchar contra esto, porque ¿Qué privilegio tenemos nosotros por recibir? o ¿Qué recompensa tenemos por recibir? Les aseguro que ninguna. En la Biblia hay una bienaventuranza para aquellos quienes son dadivosos:

En todo os he enseñado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados, y recordar las palabras del Señor Jesús, que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir.

Hechos 20:35

Nos encanta recibir el favor divino, y por eso muchas veces nuestras oraciones son más para pedirle cosas a Dios que para ir a brindarle una adoración o simplemente quedarnos sin palabras delante de su poderío y majestad. La oración no es simplemente para llevar nuestro listado ante Dios, es también para rendirle adoración.

Dejemos de ver a Dios como un papá Noé al cual queremos pedirle todas nuestras necesidades, veámoslo con una mirada más profunda, como alguien a quien debemos rendirle honor y adoración.

La Biblia nos narra una historia muy conocida en el capítulo 12 del libro de Juan:

Seis días antes de la Pascua llegó Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien Jesús había resucitado. Allí se dio una cena en honor de Jesús. Marta servía, y Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con él.  María tomó entonces como medio litro de nardo puro, que era un perfume muy caro, y lo derramó sobre los pies de Jesús, secándoselos luego con sus cabellos. Y la casa se llenó de la fragancia del perfume. (Vs.1-3)

Juan nos narra que se había preparado una cena en honor a Jesús en la casa donde vivía Lázaro, también había una mujer llamada María la cual tomó como medio litro de nardo puro. Hagamos una parada aquí, otras versiones de la Biblia usan la palabra “libra” en vez de “litro” y una “libra” era un termino latino que se utilizaba para referirse a la libra romana que equivalía a doce onzas, o sea, María llevaba consigo 6 onzas de “perfume muy costoso”.

Para que usted comprenda lo caro que era aquel perfume, con este su hubiese cubierto la boda de María. En verdad el perfume valía mucho, pues el autor no dejó de hacer el énfasis cuando dice: “Era un perfume muy caro”. Sin embargo, aquella mujer, derramó aquel perfume sobre los pies del maestro, el cual que tenía tiempo juntándolo (V.7) para dicho momento.

El gran acto de aquella mujer no se quedó allí, sino que se siguió humillando ante el Maestro cuando secó sus pies con sus cabellos. ¡Cuan gran acto! No fue pidiendo un milagro, no fue pidiendo a Jesús con una gran lista, ¡No! Ella simplemente fue a llevarle lo mejor que podía tener, todo lo que salía de su corazón, lo mejor para Jesús. ¿Has considerado darle lo mejor a Jesús?

En aquel momento hubo una persona que se encontró ese perfume muy caro para ser “desperdiciado” de esta forma:

Judas Iscariote, que era uno de sus discípulos y que más tarde lo traicionaría, objetó: ―¿Por qué no se vendió este perfume, que vale muchísimo dinero, para dárselo a los pobres? Dijo esto no porque se interesara por los pobres, sino porque era un ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero, acostumbraba robarse lo que echaban en ella. (Juan 12:4-6)

No existe nada demasiado caro para nuestro Señor, no existe nada que es “demasiado”  para Él. Si notros juntásemos todas las constelaciones, toda belleza que existe en la tierra, el sol, la luna, las estrellas, el mar, todo lo que resplandece, todo lo hermoso, si juntamos todo eso y lo llevamos como una ofrenda para Jesús, todavía eso no es suficiente. ¡Él merece lo mejor! No te encuentres lo que le das a Dios como mucho, porque nada es mucho para Él.

Jesús, conociendo el corazón de Judas le dijo:

―Déjala en paz —respondió Jesús—. Ella ha estado guardando este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres siempre los tendrán con ustedes, pero a mí no siempre me tendrán. (V.8-9)

Tenemos que ser como aquella mujer, llevar lo mejor ante Jesús, prepararnos para ir ante Él y derramar nuestra mejor alabanza, nuestra mejor adoración y esto si que nos hará cristianos bienaventurados, porque no solo vamos ante Él para recibir sus dones, sino para brirdarle adoración.

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