Reseña del editor
A continuación presentamos una serie de sermones del reconocido autor A. W. Pink, titulada “The Seven Sayings of the Savior on the Cross”. Esta obra está compuesta por siete sermones que profundizan en las palabras pronunciadas por nuestro Señor Jesucristo durante su crucifixión, revelando verdades espirituales de gran riqueza y profundidad.
Estaremos publicando esta serie de manera gradual, para que cada enseñanza pueda ser leída, meditada y asimilada con detenimiento. En esta ocasión, presentamos el primer sermón de la serie, confiando en que será de edificación para todo aquel que desee contemplar con mayor claridad el significado de la cruz de Cristo.
Cada uno de estos mensajes no solo expone el texto bíblico con fidelidad, sino que también conduce al lector a una reflexión profunda sobre el amor redentor de Dios, la gravedad del pecado y la grandeza de la gracia manifestada en el sacrificio de Cristo. Pink, con su estilo claro y reverente, logra llevarnos paso a paso a los momentos más solemnes del Calvario, ayudándonos a comprender no solo lo que Cristo dijo, sino por qué lo dijo y qué implica para nuestras vidas hoy.
Invitamos al lector a acercarse a esta serie con un espíritu humilde y atento, dispuesto no solo a adquirir conocimiento, sino a ser transformado por la verdad divina. Estas palabras desde la cruz no son meras expresiones históricas, sino declaraciones vivas que siguen hablando al corazón del creyente, llamándonos a una fe más profunda, a una adoración más sincera y a una vida rendida completamente al Señor Jesucristo.
Sermón completo de A. W. Pink
LA MUERTE DEL SEÑOR JESUCRISTO es un tema de interés inagotable para todos los que estudian con oración la Escritura de verdad. Esto es así, no solo porque todo lo que el creyente posee, tanto para el tiempo como para la eternidad, depende de ella, sino también por su trascendente singularidad. Cuatro palabras parecen resumir las características principales de este misterio de misterios: la muerte de Cristo fue natural, antinatural, preternatural y sobrenatural. Algunos comentarios parecen necesarios a modo de definición y ampliación.
Primero: la muerte de Cristo fue natural. Con esto queremos decir que fue una muerte real. Es porque estamos tan familiarizados con el hecho de ella que la afirmación anterior parece simple y común; sin embargo, lo que aquí tocamos es, para la mente espiritual, uno de los principales elementos de asombro. Aquel que fue “tomado, y por manos impías” crucificado y muerto, no era otro que el “Compañero” de Jehová. La sangre que fue derramada en el madero maldito era divina — “la iglesia de Dios, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28). Como dice el apóstol: “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19).
Pero ¿cómo podía sufrir el “Compañero” de Jehová? ¿Cómo podía morir el Eterno? Ah, Aquel que en el principio era el Verbo, que estaba con Dios, y que era Dios, “se hizo carne”. Aquel que estaba en forma de Dios tomó sobre sí la forma de siervo y fue hecho semejante a los hombres; “y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8). Así, habiéndose encarnado, el Señor de gloria fue capaz de sufrir la muerte, y así fue como “gustó” la muerte misma. En sus palabras: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”, vemos cuán natural fue su muerte, y la realidad de ella se hizo aún más evidente cuando fue puesto en el sepulcro, donde permaneció por tres días.
Segundo: la muerte de Cristo fue antinatural. Con esto queremos decir que fue anormal. Arriba hemos dicho que al encarnarse el Hijo de Dios se hizo capaz de sufrir la muerte; sin embargo, no debe inferirse de esto que la muerte tuviera, por tanto, algún derecho sobre Él; lejos de ser así, la verdad es precisamente lo contrario. La muerte es la paga del pecado, y Él no tenía ninguno. Antes de su nacimiento se le dijo a María: “El Santo Ser que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios” (Lucas 1:35). No solo entró el Señor Jesús en este mundo sin contraer la contaminación que pertenece a la naturaleza humana caída, sino que “no hizo pecado” (1 Ped. 2:22), no tenía “pecado” (1 Juan 3:5), “no conoció pecado” (2 Corintios 5:21). En su persona y en su conducta era el Santo de Dios, “sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:19). Como tal, la muerte no tenía derecho sobre Él. Aun Pilato tuvo que reconocer que no hallaba en Él “ningún delito”. Por lo tanto, decimos que, para el Santo de Dios, morir fue algo antinatural.
Tercero: la muerte de Cristo fue preternatural. Con esto queremos decir que fue señalada y determinada de antemano para Él. Él fue el Cordero inmolado desde la fundación del mundo (Apoc. 13:8). Antes de que Adán fuese creado, la caída fue anticipada. Antes de que el pecado entrara en el mundo, la salvación de él había sido planeada por Dios. En los consejos eternos de la Deidad, fue preordenado que habría un Salvador para los pecadores, un Salvador que sufriría el justo por los injustos, un Salvador que moriría para que nosotros pudiésemos vivir. Y “porque no había otro suficientemente bueno para pagar el precio del pecado”, el unigénito del Padre se ofreció a sí mismo como rescate.
El carácter preternatural de la muerte de Cristo ha sido bien llamado “el fundamento de la cruz”. Fue en vista de esa muerte venidera que Dios “pasó por alto, en su paciencia, los pecados pasados” (Rom. 3:25). Si Cristo no hubiera sido, en el cálculo de Dios, el Cordero inmolado desde la fundación del mundo, ¡toda persona que pecaba en los tiempos del Antiguo Testamento habría descendido al abismo en el mismo momento en que pecó!
Cuarto: la muerte de Cristo fue sobrenatural. Con esto queremos decir que fue diferente de toda otra muerte. En todo Él tiene la preeminencia. Su nacimiento fue diferente de todos los demás nacimientos. Su vida fue diferente de todas las demás vidas. Y su muerte fue diferente de todas las demás muertes. Esto fue claramente indicado en sus propias palabras sobre el asunto: “Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo. Tengo poder para volverla a tomar” (Juan 10:17, 18). Un estudio cuidadoso de los relatos del evangelio que describen su muerte proporciona una prueba y verificación séptuple de su afirmación.
(1) Que nuestro Señor “puso su vida”, que no estaba impotente en manos de sus enemigos, se ve claramente en Juan 18, donde tenemos el relato de su arresto. Una compañía de oficiales de los principales sacerdotes y fariseos, encabezada por Judas, le buscó en Getsemaní. Saliendo a su encuentro, el Señor Jesús les pregunta: “¿A quién buscáis?” La respuesta fue: “A Jesús de Nazaret”, y entonces nuestro Señor pronunció el inefable título de la Deidad, aquel por el cual Jehová se había revelado antiguamente a Moisés en la zarza ardiente: “Yo soy”. El efecto fue sorprendente. Estos oficiales quedaron sobrecogidos. Estaban en la presencia de la Deidad encarnada, y fueron dominados por una breve conciencia de la majestad divina. ¡Cuán claro es entonces que, si así lo hubiera querido, nuestro bendito Salvador podría haberse marchado tranquilamente, dejando postrados en tierra a aquellos que habían venido a arrestarle! En lugar de eso, Él mismo se entrega en sus manos y es llevado (no forzado) como un cordero al matadero.
(2) Volvamos ahora a Mateo 27:46 —el versículo más solemne de toda la Biblia—: “Y cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Las palabras que deseamos que el lector observe cuidadosamente están aquí puestas en cursiva. ¿Por qué es que el Espíritu Santo nos dice que el Salvador pronunció ese terrible clamor “a gran voz”? Ciertamente hay una razón para ello. Esto se hace aún más evidente cuando notamos que se repite cuatro versículos más abajo en el mismo capítulo: “Mas Jesús, habiendo otra vez clamado a gran voz, entregó el espíritu” (Mateo 27:50). ¿Qué indican entonces estas palabras? ¿No corroboran lo que se ha dicho en los párrafos anteriores? ¿No nos dicen que el Salvador no estaba agotado por lo que había sufrido? ¿No nos indican que su fuerza no le había fallado? ¿Que aún era dueño de sí mismo, que en lugar de ser vencido por la muerte, se estaba entregando a ella? ¿No nos muestran que Dios había “puesto socorro sobre uno que es poderoso” (Sal. 89:19)?
(3) Llamamos ahora la atención a su cuarta expresión en la cruz: “Tengo sed”. Esta palabra, a la luz de su contexto, proporciona una maravillosa evidencia del completo dominio propio de nuestro Señor. El versículo completo dice así: “Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, para que la Escritura se cumpliese, dijo: Tengo sed” (Juan 19:28). Antiguamente se había predicho que darían al Salvador a beber vinagre mezclado con hiel. Y para que se cumpliera esta profecía, clamó: “Tengo sed”. ¡Cuánto evidencia esto el hecho de que estaba en pleno uso de sus facultades mentales, que su mente no estaba nublada, que sus terribles sufrimientos ni la habían trastornado ni perturbado! Mientras colgaba en la cruz, al final de las seis horas, su mente repasó todo el alcance de la palabra profética, y fue verificando una por una aquellas predicciones que se referían a su pasión. Exceptuando las profecías que habrían de cumplirse después de su muerte, solo una quedaba sin cumplirse, a saber: “Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre” (Sal. 69:21), y esto no fue pasado por alto por el bendito sufriente. “Sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, para que la Escritura (no “las Escrituras”, siendo la referencia al Salmo 69:21) se cumpliese, dijo: Tengo sed”. Nuevamente decimos: ¡qué prueba se nos da aquí de que Él puso su vida por sí mismo!
(4) La siguiente verificación que el Espíritu Santo nos ha dado de las palabras de nuestro Señor en Juan 10:18 se encuentra en Juan 19:30: “Cuando Jesús hubo tomado el vinagre, dijo: Consumado es; y habiendo inclinado la cabeza, entregó el espíritu”. ¿Qué se nos quiere enseñar con estas palabras? ¿Qué se significa con este acto del Salvador? Ciertamente la respuesta no está lejos de encontrarse. La implicación es clara. Antes de esto, la cabeza de nuestro Señor había estado erguida. No era un sufriente impotente el que colgaba allí en un desmayo. Si así hubiera sido, su cabeza habría caído sin fuerzas sobre su pecho, y le habría sido imposible “inclinarla”. Y obsérvese atentamente el verbo que aquí se usa: no dice que su cabeza “cayó”, sino que Él, consciente, calmada y reverentemente, inclinó su cabeza. ¡Cuán sublime fue su porte aun en el madero! ¡Qué suprema compostura manifestó! ¿No fue acaso su majestuoso comportamiento en la cruz lo que, entre otras cosas, hizo que el centurión exclamara: “Verdaderamente este era Hijo de Dios” (Mateo 27:54)?
(5) Consideremos ahora su último acto de todos: “Y cuando Jesús hubo clamado a gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu; y habiendo dicho esto, entregó el espíritu” (Lucas 23:46). Ningún otro jamás hizo esto ni murió así. Cuán exactamente concuerdan estas palabras con su propia declaración, tantas veces citada por nosotros: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 10:17, 18). La singularidad de la acción de nuestro Señor puede verse al comparar sus palabras en la cruz con las de Esteban al morir. Cuando el primer mártir cristiano llegó al borde del río, clamó: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hechos 7:59). Pero en contraste con esto, Cristo dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. El espíritu de Esteban le estaba siendo quitado. No así con el Salvador. Nadie podía quitarle la vida. Él “entregó” su espíritu.
(6) La acción de los soldados respecto a las piernas de los que estaban en las tres cruces da mayor evidencia de la singularidad de la muerte de Cristo. Leemos: “Los judíos entonces, por cuanto era la preparación de la pascua, a fin de que los cuerpos no quedasen en la cruz en el día de reposo (pues aquel día de reposo era de gran solemnidad), rogaron a Pilato que se les quebrasen las piernas y fuesen quitados de allí. Vinieron, pues, los soldados, y quebraron las piernas al primero, y asimismo al otro que había sido crucificado con Él. Mas cuando llegaron a Jesús, como le vieron ya muerto, no le quebraron las piernas” (Juan 19:31-33). El Señor Jesús y los dos ladrones habían sido crucificados juntos. Habían estado en sus respectivas cruces el mismo tiempo. Y ahora, al final del día, los dos ladrones aún vivían, pues como es bien sabido, la muerte por crucifixión, aunque extremadamente dolorosa, era por lo general una muerte lenta. Ningún miembro vital del cuerpo era afectado directamente, y a menudo el que sufría permanecía por dos o tres días antes de ser completamente vencido por el agotamiento. No era natural, por lo tanto, que Cristo estuviera muerto después de solo seis horas en la cruz. Los judíos reconocieron esto, y pidieron a Pilato que se les quebrasen las piernas a los tres para acelerar la muerte. En el hecho, entonces, de que el Salvador estaba “ya muerto” cuando los soldados llegaron a Él, mientras los dos ladrones aún vivían, tenemos una prueba adicional de que Él había voluntariamente “puesto su vida”, que no le fue “quitada”.
(7) Para la demostración final del carácter sobrenatural de la muerte de Cristo, consideremos los maravillosos fenómenos que la acompañaron. “Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; y la tierra tembló, y las rocas se partieron; y se abrieron los sepulcros” (Mateo 27:51-52). No fue una muerte ordinaria la que se presenció en la cumbre escarpada del Gólgota, ni fue seguida por acontecimientos ordinarios. Primero, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, para mostrar que una mano del cielo había desgarrado aquella cortina que impedía al adorador acercarse al trono terrenal de Dios, significando así que el camino al Lugar Santísimo había sido abierto y que el acceso a Dios mismo había sido hecho posible por medio del cuerpo quebrantado de su Hijo. Luego, la tierra tembló. No creo que se tratara simplemente de un terremoto, ni siquiera de un “gran terremoto”, sino que la tierra misma, toda la tierra, fue sacudida hasta sus fundamentos y conmovida en su eje, como para mostrar que estaba horrorizada por el acto más terrible que jamás se haya cometido sobre su superficie. “Y las rocas se partieron” — la misma fuerza de la naturaleza cedió ante el mayor poder de esa muerte. Finalmente, se nos dice: “los sepulcros se abrieron”, mostrando que el poder de Satanás, que es la muerte, fue allí quebrantado y destruido — todas evidencias externas del valor de esa muerte expiatoria.
Juntando todo esto: la entrega manifiesta de sí mismo en manos de aquellos que le arrestaron; el clamor “a gran voz”, que muestra su vigor intacto; el hecho de que estaba en pleno y no disminuido uso de sus facultades mentales, evidenciado en que “sabía que ya todo estaba consumado”; el “inclinar” de su cabeza erguida; el acto deliberado de “encomendar” su espíritu en las manos del Padre; el hecho de que estaba “ya muerto” cuando los soldados vinieron a quebrar sus piernas; todo ello proporciona prueba de que su vida no le fue “quitada”, sino que Él la puso por sí mismo; y esto, junto con el rasgar del velo del templo, el temblor de la tierra, el partirse de las rocas y la apertura de los sepulcros, da testimonio inequívoco del carácter sobrenatural de su muerte; en vista de lo cual bien podemos decir con el centurión asombrado: “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”.
La muerte de Cristo, entonces, fue única, milagrosa, sobrenatural. En los capítulos que siguen escucharemos las palabras que salieron de sus labios mientras colgaba en la cruz — palabras que nos dan a conocer algunas de las circunstancias que acompañaron aquella gran tragedia; palabras que revelan las excelencias de Aquel que allí sufrió; palabras en las cuales está contenido el evangelio de nuestra salvación; y palabras que nos informan del propósito, el significado, los sufrimientos y la suficiencia de la muerte divina.
1. La Palabra de Perdón
“Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
EL HOMBRE HABÍA HECHO LO PEOR. Aquel por quien el mundo fue hecho había venido a él, pero el mundo no le conoció. El Señor de gloria había habitado entre los hombres, pero no fue querido. Los ojos que el pecado había cegado no vieron en Él hermosura para desearle. En su nacimiento no hubo lugar para Él en el mesón, lo cual prefiguraba el trato que habría de recibir de manos de los hombres. Poco después de su nacimiento, Herodes procuró matarle, lo cual indicaba la hostilidad que su persona despertaba y anticipaba la cruz como el clímax de la enemistad del hombre. Una y otra vez, sus enemigos intentaron destruirle. Y ahora sus viles deseos les son concedidos. El Hijo de Dios se había entregado en sus manos. Se había llevado a cabo un juicio simulado, y aunque sus jueces no hallaron falta en Él, sin embargo cedieron al insistente clamor de los que le odiaban, quienes gritaban una y otra vez: “Crucifícale”.
El terrible acto había sido consumado. Ninguna muerte ordinaria habría satisfecho a sus implacables enemigos. Se decidió una muerte de intenso sufrimiento y vergüenza. Se preparó una cruz: el Salvador fue clavado en ella. Y allí cuelga — en silencio. Pero pronto se ve que sus pálidos labios se mueven — ¿está clamando por compasión? No. ¿Qué entonces? ¿Está pronunciando maldición sobre sus crucificadores? No. Está orando, orando por sus enemigos: “Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).
Esta primera de las siete palabras de nuestro Señor en la cruz lo presenta en actitud de oración. ¡Cuán significativo! ¡Cuán instructivo! Su ministerio público había comenzado con oración (Lucas 3:21), y aquí lo vemos terminar en oración. ¡Ciertamente nos ha dejado ejemplo! Ya no podían esas manos ministrar a los enfermos, pues estaban clavadas en la cruz; ya no podían esos pies llevarle en misiones de misericordia, pues estaban sujetos al cruel madero; ya no podía dedicarse a instruir a los apóstoles, pues le habían abandonado y huido. ¿Cómo entonces se ocupa? ¡En el ministerio de la oración! Qué lección para nosotros.
Tal vez estas líneas sean leídas por algunos que, a causa de la edad o de la enfermedad, ya no pueden trabajar activamente en la viña del Señor. Quizás en otros días fuiste maestro, predicador, maestro de escuela dominical, distribuidor de tratados; pero ahora estás postrado en cama. Sí, pero aún estás aquí en la tierra. ¿Quién sabe si la razón por la cual Dios te deja unos días más es para ocuparte en el ministerio de la oración — y quizá lograr más con ello que con todo tu servicio activo pasado? Si eres tentado a menospreciar tal ministerio, recuerda a tu Salvador. Él oró, oró por otros, oró por pecadores, aun en sus últimas horas.
Al orar por sus enemigos, Cristo no solo nos dio un ejemplo perfecto de cómo debemos tratar a los que nos ofenden y odian, sino que también nos enseñó a no considerar a nadie como fuera del alcance de la oración. Si Cristo oró por sus asesinos, entonces ciertamente tenemos ánimo para orar incluso por el mayor de los pecadores. Lector cristiano, nunca pierdas la esperanza. ¿Te parece una pérdida de tiempo continuar orando por ese hombre, esa mujer, ese hijo rebelde tuyo? ¿Parece su caso cada día más desesperado? ¿Da la impresión de que han pasado más allá del alcance de la misericordia divina? Tal vez aquel por quien has orado tanto tiempo ha sido atrapado por alguna de las sectas satánicas de hoy, o quizás ahora sea un incrédulo declarado y abierto, en una palabra, un enemigo de Cristo. Recuerda entonces la cruz. Cristo oró por sus enemigos. Aprende, pues, a no considerar a nadie como fuera del alcance de la oración.
Un pensamiento más acerca de esta oración de Cristo. Aquí se nos muestra la eficacia de la oración. Esta intercesión de Cristo en la cruz por sus enemigos recibió una respuesta clara y definida. La respuesta se ve en la conversión de tres mil almas en el día de Pentecostés. Baso esta conclusión en Hechos 3:17, donde el apóstol Pedro dice: “Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo habéis hecho, como también vuestros gobernantes”. Nótese que Pedro usa la palabra “ignorancia”, que corresponde con las palabras de nuestro Señor: “no saben lo que hacen”. Aquí, entonces, está la explicación divina de los tres mil convertidos bajo un solo sermón. No fue la elocuencia de Pedro la causa, sino la oración del Salvador. Y, lector cristiano, lo mismo es cierto de nosotros. Cristo oró por ti y por mí mucho antes de que creyéramos en Él. Véase Juan 17:20 como prueba: “Mas no ruego solamente por estos (los apóstoles), sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos”.
“…por la palabra de ellos” (Juan 17:20). Una vez más, aprovechemos el ejemplo perfecto. Hagamos también nosotros intercesión por los enemigos de Dios, y si oramos con fe, también oraremos eficazmente para la salvación de los pecadores perdidos.
Pasemos ahora directamente a nuestro texto:
1. Aquí vemos el cumplimiento de la palabra profética.
“Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
¡Cuánto dio a conocer Dios de antemano acerca de lo que habría de suceder en aquel día de días! ¡Qué cuadro tan completo proporcionó el Espíritu Santo de la Pasión de nuestro Señor con todas las circunstancias que la acompañaron! Entre otras cosas, se había predicho que el Salvador “haría intercesión por los transgresores” (Isaías 53:12). Esto no se refería al ministerio actual de Cristo a la diestra de Dios. Es cierto que “puede también salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos” (Hebreos 7:25), pero esto habla de lo que Él está haciendo ahora por los que han creído en Él, mientras que Isaías 53:12 se refería a su acto de gracia en el momento de su crucifixión. Obsérvese con qué se relaciona allí su intercesión por los transgresores: “y fue contado con los transgresores, habiendo él llevado el pecado de muchos, y orado por los transgresores”.
Que Cristo hiciera intercesión por sus enemigos era uno de los elementos de la maravillosa profecía que se encuentra en Isaías 53. Este capítulo nos dice al menos diez cosas acerca de la humillación y los sufrimientos del Redentor. Declara que sería despreciado y desechado por los hombres; que sería varón de dolores, experimentado en quebranto; que sería herido, molido y castigado; que sería llevado, sin resistirse, al matadero; que sería como cordero mudo delante de sus trasquiladores; que no solo sufriría a manos de los hombres, sino que también sería quebrantado por Jehová; que derramaría su alma hasta la muerte; que sería sepultado en la tumba de un rico; y luego se añade que sería contado con los transgresores; y finalmente, que haría intercesión por los transgresores. Aquí, entonces, estaba la profecía: “e hizo intercesión por los transgresores”; allí estuvo su cumplimiento: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Pensó en sus asesinos. Rogó por sus crucificadores; hizo intercesión por su perdón.
2. Aquí vemos a Cristo identificado con su pueblo.
“Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
“Padre, perdónalos”. En ninguna ocasión anterior Cristo hizo tal petición al Padre. Nunca antes había invocado el perdón del Padre para otros. Hasta entonces, Él mismo perdonaba. Al hombre paralítico le dijo: “Ten ánimo, hijo; tus pecados te son perdonados” (Mateo 9:2). A la mujer que lavó sus pies con lágrimas en casa de Simón, le dijo: “Tus pecados te son perdonados” (Lucas 7:48). ¿Por qué, entonces, ahora pide al Padre que perdone, en lugar de pronunciar directamente Él mismo el perdón?
El perdón del pecado es una prerrogativa divina. Los escribas judíos tenían razón cuando razonaban: “¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?” (Marcos 2:7). Pero usted dirá: Cristo era Dios. Ciertamente; pero también hombre — el Dios-hombre. Él era el Hijo de Dios que se había hecho Hijo del Hombre con el propósito expreso de ofrecerse a sí mismo como sacrificio por el pecado. Y cuando el Señor Jesús clamó: “Padre, perdónalos”, estaba en la cruz, y allí no podía ejercer sus prerrogativas divinas. Observe cuidadosamente sus propias palabras, y contemple luego la maravillosa exactitud de la Escritura. Él había dicho: “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados” (Mateo 9:6). ¡Pero ya no estaba en la tierra! Había sido “levantado de la tierra” (Juan 12:32).
Además, en la cruz estaba actuando como nuestro sustituto; el justo estaba a punto de morir por los injustos. Por tanto, colgando allí como nuestro representante, ya no estaba en la posición de autoridad donde podía ejercer sus prerrogativas divinas, sino que toma la posición de un suplicante ante el Padre. Así, decimos que cuando el bendito Señor Jesús clamó: “Padre, perdónalos”, lo vemos completamente identificado con su pueblo. Ya no estaba en la posición “en la tierra” donde tenía el “poder” o el “derecho” de perdonar pecados; en cambio, intercede por los pecadores — como nosotros debemos hacerlo.
3. Aquí vemos la estimación divina del pecado y su consecuente culpa.
“Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Bajo la economía levítica, Dios requería que se hiciera expiación por los pecados de ignorancia.
“Si alguna persona cometiere falta, e hiciere pecado por yerro en las cosas santas de Jehová, traerá por su culpa a Jehová un carnero sin defecto de los rebaños, conforme a tu estimación en siclos de plata, según el siclo del santuario, en ofrenda por el pecado. Y pagará aquello en que hubiere pecado en la cosa santa, y añadirá a ello la quinta parte, y lo dará al sacerdote; y el sacerdote hará expiación por él con el carnero de la ofrenda por el pecado, y le será perdonado” (Lev. 5:15, 16).
Y nuevamente leemos:
“Si erráis, y no observáis todos estos mandamientos que Jehová ha hablado a Moisés, todas las cosas que Jehová os ha mandado por mano de Moisés, desde el día que Jehová lo mandó, y en adelante por vuestras generaciones; entonces, si algo se hubiere hecho por yerro, sin el conocimiento de la congregación, toda la congregación ofrecerá un becerro como holocausto, en olor grato a Jehová, con su ofrenda y su libación conforme al rito, y un macho cabrío en expiación. Y el sacerdote hará expiación por toda la congregación de los hijos de Israel, y les será perdonado, porque fue yerro; y ellos traerán su ofrenda, ofrenda encendida a Jehová, y su expiación delante de Jehová, por su yerro” (Núm. 15:22-25).
A la luz de tales Escrituras encontramos que David oró: “Líbrame de los que me son ocultos” (Sal. 19:12).
El pecado es siempre pecado a los ojos de Dios, seamos conscientes de él o no. Los pecados de ignorancia necesitan expiación tan verdaderamente como los pecados conscientes. Dios es santo, y no rebajará su norma de justicia al nivel de nuestra ignorancia. La ignorancia no es inocencia. De hecho, la ignorancia es más culpable ahora que en los días de Moisés. No tenemos excusa para nuestra ignorancia. Dios ha revelado clara y plenamente su voluntad. La Biblia está en nuestras manos, y no podemos alegar ignorancia de su contenido sin condenar nuestra propia pereza. Dios ha hablado, y por su palabra seremos juzgados.
Y, sin embargo, el hecho permanece: somos ignorantes de muchas cosas, y la culpa y la responsabilidad son nuestras. Y esto no disminuye la enormidad de nuestra culpa. Los pecados de ignorancia necesitan el perdón divino, como la oración de nuestro Señor aquí lo muestra claramente. Aprended, pues, cuán alto es el estándar de Dios, cuán grande es nuestra necesidad, y alabadle por una expiación de suficiencia infinita, que limpia de todo pecado.
4. Aquí vemos la ceguera del corazón humano.
“Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
“No saben lo que hacen”. Esto no significa que los enemigos de Cristo ignoraban el hecho de su crucifixión. Sabían muy bien que habían clamado: “Crucifícale”. Sabían muy bien que su vil petición había sido concedida por Pilato. Sabían muy bien que había sido clavado en el madero, pues eran testigos oculares del crimen. ¿Qué quiso decir entonces nuestro Señor cuando dijo: “No saben lo que hacen”? Quiso decir que eran ignorantes de la enormidad de su crimen. “No sabían” que era al Señor de gloria a quien estaban crucificando. El énfasis no está en “no saben”, sino en “no saben lo que hacen”.
Y sin embargo, debían haberlo sabido. Su ceguera era inexcusable. Las profecías del Antiguo Testamento que se habían cumplido en Él eran suficientemente claras para identificarle como el Santo de Dios. Su enseñanza era única, pues aun sus críticos se vieron obligados a admitir: “Jamás hombre alguno ha hablado como este hombre” (Juan 7:46). ¿Y qué de su vida perfecta? Había vivido delante de los hombres una vida que jamás se había vivido en la tierra. No se agradó a sí mismo. Anduvo haciendo el bien. Siempre estaba a disposición de los demás. No había en Él nada de egoísmo. Su vida fue de sacrificio desde el principio hasta el fin. Fue una vida vivida siempre para la gloria de Dios. Fue una vida sobre la cual estaba el sello de la aprobación del cielo, pues la voz del Padre dio testimonio audiblemente: “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia”. No, no había excusa para su ignorancia. Solo demostraba la ceguera de sus corazones. Su rechazo del Hijo de Dios dio testimonio pleno, de una vez por todas, de que la mente carnal es “enemistad contra Dios”.
¡Qué triste es pensar que esta terrible tragedia aún se sigue repitiendo! Pecador, poco sabes lo que haces al descuidar la gran salvación de Dios. Poco sabes cuán terrible es el pecado de menospreciar al Cristo de Dios y rechazar las invitaciones de su misericordia. Poco sabes la profunda culpa que está ligada a tu acto de rehusar recibir al único que puede salvarte de tus pecados. Poco sabes cuán espantoso es el crimen de decir: “No queremos que este reine sobre nosotros”. No sabes lo que haces. Consideras este asunto vital con una indiferencia insensible. La pregunta viene hoy como en tiempos pasados: “¿Qué haré con Jesús, llamado el Cristo?” Porque tienes que hacer algo con Él: o lo desprecias y lo rechazas, o lo recibes como el Salvador de tu alma y el Señor de tu vida.
Pero, repito, te parece algo de poca importancia, de escaso valor, lo que decidas hacer. Durante años has resistido las convicciones de su Espíritu. Durante años has pospuesto esta consideración de suma importancia. Durante años has endurecido tu corazón contra Él, cerrado tus oídos a sus llamados y cerrado tus ojos a su incomparable hermosura. ¡Ah! no sabes lo que haces. Estás ciego a tu locura. Ciego a tu terrible pecado. ¿Y no eres, sin embargo, inexcusable? Puedes ser salvo ahora si quieres. “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo”. Oh, ven ahora al Salvador y di como uno de antaño: “Señor, que reciba la vista”.
5. Aquí vemos una hermosa ejemplificación de su propia enseñanza.
“Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
En el Sermón del Monte, nuestro Señor enseñó a sus discípulos: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen” (Mateo 5:44). Más que nadie, Cristo practicó lo que predicó. La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. Él no solo enseñó la verdad, sino que Él mismo era la verdad encarnada. Dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida” (Juan 14:6). Así, aquí en la cruz, ejemplifica perfectamente su enseñanza del monte. En todo nos ha dejado ejemplo.
Obsérvese que Cristo no perdonó personalmente a sus enemigos. Así también, en Mateo 5:44, no exhortó a sus discípulos a perdonar a sus enemigos, sino que los exhortó a “orar” por ellos. Pero, ¿no debemos perdonar a los que nos ofenden? Esto nos lleva a un punto sobre el cual hay gran necesidad de instrucción hoy.
¿Enseña la Escritura que, en todas las circunstancias, debemos siempre perdonar? Respondo enfáticamente: no. La Palabra de Dios dice: “Si tu hermano pecare contra ti, repréndele; y si se arrepintiere, perdónale. Y si siete veces al día pecare contra ti, y siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento; perdónale” (Lucas 17:3-4). Aquí se nos enseña claramente que una condición debe ser cumplida por el ofensor antes de que podamos pronunciar el perdón. El que nos ha ofendido debe primero “arrepentirse”, es decir, juzgarse a sí mismo por su falta y dar evidencia de su dolor por ello. Pero, ¿qué si el ofensor no se arrepiente? Entonces no debo perdonarle.
Pero que no haya malentendido en lo que decimos aquí. Aunque el que me ha ofendido no se arrepienta, no debo albergar malos sentimientos contra él. No debe haber odio ni malicia en el corazón. Sin embargo, por otro lado, no debo tratar al ofensor como si no hubiera hecho nada malo. Eso sería aprobar la ofensa, y entonces dejaría de sostener las demandas de la justicia, lo cual el creyente siempre debe hacer. ¿Acaso Dios perdona donde no hay arrepentimiento? No, porque la Escritura declara: “Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9).
Una cosa más. Si alguien me ha ofendido y no se ha arrepentido, aunque no puedo perdonarle ni tratarle como si no me hubiera ofendido, sin embargo, no solo no debo guardar malicia en mi corazón contra él, sino que también debo orar por él. Aquí está el valor del perfecto ejemplo de Cristo. Si no podemos perdonar, podemos orar para que Dios le perdone.
6. Aquí vemos la gran y principal necesidad del hombre.
“Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
La primera lección importante que todos necesitan aprender es que somos pecadores, y como tales, no aptos para la presencia de un Dios Santo. Es en vano que escojamos ideales nobles, formemos buenas resoluciones y adoptemos excelentes reglas de vida, mientras la cuestión del pecado no haya sido resuelta. No sirve de nada que intentemos desarrollar un carácter hermoso y procurar hacer aquello que agrade a Dios mientras haya pecado entre Él y nuestras almas. ¿De qué sirven los zapatos si nuestros pies están paralizados? ¿De qué sirven los lentes si estamos ciegos? La cuestión del perdón de mis pecados es básica, fundamental, vital. No importa que sea muy respetado por un amplio círculo de amigos si aún estoy en mis pecados. No importa que haya prosperado en los negocios si soy un transgresor no perdonado delante de Dios. Lo que más importará en la hora de la muerte es: ¿Han sido mis pecados quitados por la sangre de Cristo?
La segunda lección de suma importancia que todos necesitan aprender es cómo puede obtenerse el perdón de los pecados. ¿Cuál es la base sobre la cual un Dios Santo perdona los pecados? Y aquí es importante señalar que hay una diferencia vital entre el perdón divino y gran parte del perdón humano. Como regla general, el perdón humano es una cuestión de indulgencia, a menudo de laxitud. Queremos decir que el perdón se muestra a expensas de la justicia y la rectitud. En un tribunal humano, el juez tiene que elegir entre dos alternativas: cuando el acusado ha sido probado culpable, el juez debe o bien aplicar la pena de la ley, o bien ignorar las exigencias de la ley — una es justicia, la otra es misericordia. La única manera posible en que el juez pueda tanto cumplir las exigencias de la ley como mostrar misericordia al culpable, es que un tercero se ofrezca a sufrir en su propia persona la pena que el condenado merece.
Así fue en los consejos divinos. Dios no ejercería misericordia a expensas de la justicia. Dios, como juez de toda la tierra, no dejaría de lado las demandas de su santa ley. Y, sin embargo, Dios mostraría misericordia. ¿Cómo? Por medio de uno que hiciera plena satisfacción a su ley ofendida. Por medio de su propio Hijo tomando el lugar de todos los que creen en Él y llevando sus pecados en su propio cuerpo sobre el madero. Dios podía ser justo y a la vez misericordioso, misericordioso y a la vez justo. Así es que “la gracia reina por medio de la justicia”.
Se ha provisto un fundamento justo sobre el cual Dios puede ser justo y, sin embargo, el que justifica a todos los que creen. Por eso se nos dice:
“Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:46-47).
Y nuevamente:
“Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de Él se os anuncia perdón de pecados; y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en Él es justificado todo aquel que cree” (Hechos 13:38-39).
Fue en vista de la sangre que estaba derramando que el Salvador clamó: “Padre, perdónalos”. Fue en vista del sacrificio expiatorio que estaba ofreciendo que puede decirse: “sin derramamiento de sangre no hay remisión”.
Al orar por el perdón de sus enemigos, Cristo fue directamente a la raíz de su necesidad. Y su necesidad era la necesidad de todo hijo de Adán. Lector, ¿han sido tus pecados perdonados? Es decir, ¿han sido remitidos o quitados? ¿Eres, por gracia, uno de aquellos de quienes se dice: “en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados” (Col. 1:14)?
7. Aquí vemos el triunfo del amor redentor.
“Entonces Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”.
Obsérvese atentamente la palabra con la que comienza nuestro texto: “Entonces”. El versículo que lo precede inmediatamente dice así: “Y cuando llegaron al lugar llamado Calvario, le crucificaron allí, y a los malhechores, uno a la derecha y otro a la izquierda”. Entonces, dijo Jesús: Padre, perdónalos. “Entonces” — cuando el hombre había hecho lo peor. “Entonces” — cuando la vileza del corazón humano se manifestó en su clímax diabólico. “Entonces” — cuando con manos impías la criatura se atrevió a crucificar al Señor de gloria. Él podría haber pronunciado terribles maldiciones sobre ellos. Podría haber desatado los rayos de su justa ira y haberlos destruido. Podría haber hecho que la tierra abriera su boca y descendieran vivos al abismo. Pero no. Aunque sometido a una vergüenza indecible, aunque sufriendo un dolor insoportable, aunque despreciado, rechazado y odiado; sin embargo, clamó: “Padre, perdónalos”. Ese fue el triunfo del amor redentor. “El amor es sufrido, es benigno… todo lo sufre… todo lo soporta” (1 Cor. 13). Así se manifestó en la cruz.
Cuando Sansón llegó a su hora final, utilizó su gran fuerza física para causar la destrucción de sus enemigos; pero el Perfecto mostró la fuerza de su amor al orar por el perdón de sus enemigos. ¡Gracia incomparable! “Incomparable”, decimos, porque incluso Esteban no siguió completamente el bendito ejemplo establecido por el Salvador. Si el lector va a Hechos 7, encontrará que el primer pensamiento de Esteban fue para sí mismo, y luego oró por sus enemigos: “Y apedreaban a Esteban, mientras él invocaba y decía: Señor Jesús, recibe mi espíritu. Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: Señor, no les tomes en cuenta este pecado” (Hechos 7:59-60). Pero en Cristo el orden fue inverso: oró primero por sus enemigos, y al final por sí mismo. En todo Él tiene la preeminencia.
Y ahora una palabra final de aplicación y exhortación. Si este capítulo ha sido leído por una persona no salva, le rogamos encarecidamente que considere bien la siguiente afirmación: ¡Cuán terrible debe ser oponerse a Cristo y a su verdad de manera consciente! Aquellos que crucificaron al Salvador “no sabían lo que hacían”. Pero, lector, hay un sentido muy real y solemne en el que esto no es cierto en tu caso. Tú sabes que debes recibir a Cristo como tu Salvador, que debes coronarlo como el Señor de tu vida, que debes hacer de ello tu principal preocupación: agradarle y glorificarle. Sé advertido, entonces; tu peligro es grande. Si deliberadamente te apartas de Él, te apartas del único que puede salvarte de tus pecados, y está escrito: “Porque si pecáremos voluntariamente después de haber recibido el conocimiento de la verdad, ya no queda más sacrificio por los pecados, sino una horrenda expectación de juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios” (Heb. 10:26-27).
Solo nos resta añadir una palabra acerca de la bendita plenitud del perdón divino. Muchos del pueblo de Dios están inquietos y turbados en este punto. Entienden que todos los pecados que cometieron antes de recibir a Cristo como su Salvador han sido perdonados, pero a menudo no tienen claridad acerca de los pecados que cometen después de haber nacido de nuevo. Muchos suponen que es posible perder el perdón que Dios les ha concedido. Piensan que la sangre de Cristo trató solamente con su pasado, y que en cuanto al presente y al futuro, deben encargarse ellos mismos. Pero, ¿de qué valor sería un perdón que pudiera serme quitado en cualquier momento? Ciertamente no puede haber paz estable cuando mi aceptación delante de Dios y mi entrada al cielo dependen de que yo me mantenga firme en Cristo, o de mi obediencia y fidelidad.
Bendito sea Dios, el perdón que Él concede cubre todos los pecados — pasados, presentes y futuros. Amado creyente, ¿no llevó Cristo tus “pecados” en su propio cuerpo sobre el madero? ¿Y no eran todos tus pecados pecados futuros cuando Él murió? Ciertamente, porque en ese tiempo aún no habías nacido, y por tanto no habías cometido ni un solo pecado. Muy bien entonces: Cristo llevó tus pecados “futuros” tan verdaderamente como los pasados. Lo que la Palabra de Dios enseña es que el alma incrédula es sacada del lugar de no perdón al lugar donde el perdón se aplica.
Los cristianos son un pueblo perdonado. Dice el Espíritu Santo: “Bienaventurado el hombre a quien el Señor no imputará pecado” (Romanos 4:8). El creyente está en Cristo, y allí el pecado nunca más nos será imputado. Esta es nuestra posición delante de Dios. En Cristo es donde Él nos contempla. Y porque estoy en Cristo, estoy completa y eternamente perdonado, de tal manera que el pecado nunca más será puesto a mi cuenta en lo que respecta a mi salvación, aun si permaneciera en la tierra cien años más. He salido de ese lugar para siempre. Escucha el testimonio de la Escritura:
“Y a vosotros, estando muertos en pecados y en la incircuncisión de vuestra carne, os dio vida juntamente con Él, perdonándoos todos los pecados” (Col. 2:13).
Observa las dos cosas que aquí están unidas (y lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre): mi unión con un Cristo resucitado está ligada a mi perdón. Si entonces mi vida está “escondida con Cristo en Dios” (Colosenses 3:3), estoy para siempre fuera del lugar donde la imputación del pecado se aplica. Por eso está escrito: “Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús” (Romanos 8:1) — ¿cómo podría haberla si “todos los pecados” han sido perdonados? Nadie puede acusar a los escogidos de Dios (Romanos 8:33).
Lector cristiano, únete al escritor en alabar a Dios porque estamos eternamente perdonados de todo.*
*Debe añadirse, a modo de explicación, que aquí hemos tratado el aspecto judicial. El perdón restaurador — que consiste en traer nuevamente a comunión a un creyente que ha pecado — tratado en 1 Juan 1:9 — es un asunto completamente distinto.
Conclusión del editor
La primera palabra de Cristo en la cruz —“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”— nos introduce de manera poderosa en el corazón mismo del evangelio: un amor que perdona aun en medio del mayor sufrimiento. En este clamor no hay rastro de resentimiento, ni deseo de justicia retributiva inmediata, sino una intercesión llena de gracia por aquellos que estaban llevando a cabo el acto más injusto de la historia. Aquí contemplamos a un Salvador que no solo enseña el perdón, sino que lo encarna en su máxima expresión.
Esta palabra también revela la profundidad de la ignorancia espiritual del ser humano. Cristo no justifica el pecado, pero sí expone que quienes lo crucificaban no comprendían plenamente la magnitud de lo que estaban haciendo. Esto nos recuerda que el pecado no es solo una rebelión voluntaria, sino también una ceguera moral que solo puede ser iluminada por la gracia divina. Así, la oración de Jesús no solo pide perdón, sino que apunta a la necesidad urgente de revelación y arrepentimiento.
Al mismo tiempo, esta primera expresión desde la cruz establece el tono de toda la obra redentora: Cristo muere intercediendo. No es un mártir pasivo, sino un mediador activo que, aun en su agonía, cumple su oficio sacerdotal al rogar por los pecadores. Este acto nos asegura que la salvación no descansa en méritos humanos, sino en la misericordia de Dios, que se derrama incluso sobre aquellos que no la buscan ni la entienden.
Finalmente, esta palabra confronta directamente al creyente. Si Cristo perdonó en tales circunstancias, ¿cómo no habremos nosotros de perdonar a quienes nos ofenden? La cruz no solo nos salva, sino que nos transforma, llamándonos a reflejar el mismo espíritu de gracia que vimos en nuestro Señor. Así, esta primera palabra no solo debe ser admirada, sino vivida, como evidencia de que verdaderamente hemos comprendido el poder del evangelio.