Posiblemente cada domingo en el sermón escuches palabras como: “Unción” “poder” “gloria” “proceso” “desierto” “santidad” “diezmo” “ofrendas”. También existe un gran grado de posibilidad que días como esos escuches muy poco palabras como: “Jesús” “evangelio” “Biblia” “Gracia” “Amor”. Si tu iglesia pertenece al segundo grupo, pues es un gozo saber eso.
El evangelio no es nada más que un mensaje que ha sido predicado luego de la muerte de Cristo, formado a partir de los doce apóstoles, este mensaje se resume en:

  1. Jesús siendo Dios se hizo hombre y habitó entre nosotros.
  2. Murió en la cruz por nuestros pecados para librarnos del mal.
  3. Resucitó al tercer día conforme a las Escrituras.
  4. Prometió que volverá.

¿Sabías que este es todo el mensaje del Evangelio resumido en 4 puntos? Y el gran problema se esconde en que se nos ha encomendado predicar esos cuatro puntos vitales. Dirás: ¿Por qué es un problema? Es un problema porque en nuestras congregaciones lo que se predica mayormente son las primeras palabras entre comillas que mencionamos al inicio de este artículo.

Hay una fuerte declaración que hace el apóstol Pablo sobre el Evangelio:

Pues si anuncio el evangelio, no tengo por qué gloriarme; porque me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!

1 Corintios 9: 16

De este texto tenemos mucho que decir, podríamos sacar todo un sermón divido en varios puntos, pero solo tomaremos las dos frases finales: “Me es impuesta necesidad”, “Ay de mí si no anunciare el evangelio”.

No hay negociaciones sobre el evangelio, no hay mejor mensaje para sustituirlo, nos ha sido encomendado y si la iglesia no cumple su encomienda entonces se encuentra en serios problemas, puesto que es nuestro deber hacerlo y si no lo hacemos entonces tenemos que lamentarnos, porque hemos considerado que hay cosas más importantes que el Evangelio.

Cierto cantante en una ocasión dijo:

Hay muchas personas que viven esperando un milagro, pero el milagro más grande lo hizo Jesús en la cruz hace más de dos mil años.

En la frase “¡ay de mí si no anunciare el evangelio!”, la expresión “ay de mí” es un sintagma interjectivo implica temor, dolor y lamento, pronunciado un juicio en este texto para todo aquel que utiliza el púlpito para predicar otra cosa que no sea el evangelio.

La iglesia de hoy debe reaccionar y establecer la palabra “evangelio” en sus púlpitos, porque hoy parece ser como tesoro perdido en nuestros púlpitos.

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  1. El Evangelio, las Escrituras es la Palabra de Dios, es Cristo Jesús mismo y es Bueno, ayudador, milagroso, Santo, Verdadero y Eterno.
    Amén, gracias y perdón por todo Señor JESÚS

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