La oración es la que nos ayudará cada día a estar en una plena comunión con el Señor, también es la que nos ayuda a mantener nuestra fe fortalecida en el Señor. Cuando vamos delante Dios y nos humillamos delante de Él, Él nos escucha.
El hombre que se descuida en la oración está presto a que su vida espiritual decaiga y que todo salga mal, mas aquel que mantiene la oración le irá bien todo el tiempo, será fortalecido y su vida espiritual será mejor cada día.
orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu,
y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos;
Efesios 6:18
Es bueno que perseveremos en la oración, pero cada día debemos pedirle al Señor que nos ayude en la oración y que ayude a nuestros hermanos a permanecer en la fe y en la oración.
La fortaleza del espíritu está en la oración en el Señor, mientras más oramos mejor estaremos porque la oración alienta el espíritu decaído, lo sustenta, le ayuda en los momentos difíciles, le hace entender lo que está mal delante de Dios.
y por mí, a fin de que al abrir mi boca me sea dada palabra
para dar a conocer con denuedo el misterio del evangelio,
Efesios 6:19
El apóstol pablo escribió esta carta dando a entender qué quería enseñarle a las personas que tenían que conocer el misterio del evangelio, y para ayudar a aquellos que no entendían nada acerca de esa gran verdad.
por el cual soy embajador en cadenas;
que con denuedo hable de él, como debo hablar.
Efesios 6:20
Este es el mejor ejemplo que debemos dar como Servidores del Señor, así como lo ha hecho este hombre de Dios llamado Pablo, hombre que donde quiera que iba enseñaba tal y como es la Palabra de Dios, a fin que todo aquel que no conocía la existencia de Dios pudiese conocerla.
La oración no es simplemente repetir palabras, sino abrir nuestro corazón delante de Dios con sinceridad y humildad. Jesús mismo nos enseñó que debemos orar en lo secreto, porque allí nuestro Padre nos escucha y responde. Esto nos recuerda que no importa tanto la forma, sino la actitud con la que nos acercamos a Él. Orar es reconocer nuestra dependencia del Señor y confiar en que Él tiene el control de nuestras vidas.
La Biblia nos muestra muchos ejemplos de hombres y mujeres que encontraron fortaleza en la oración. Ana, por ejemplo, clamó con lágrimas en el templo pidiendo un hijo, y Dios le respondió concediéndole a Samuel. Daniel, aun en tierra de cautiverio, mantenía la disciplina de orar tres veces al día, sin importar las consecuencias. Estos ejemplos nos enseñan que la oración constante abre las puertas para ver milagros y recibir dirección en medio de la adversidad.
El mismo Señor Jesucristo, siendo Hijo de Dios, dedicaba tiempo a la oración. En los evangelios lo vemos apartándose a lugares solitarios para hablar con el Padre. Esto nos muestra la importancia de buscar siempre a Dios, aun en medio de las multitudes y ocupaciones diarias. Si Cristo oraba, cuánto más nosotros debemos hacerlo, porque en la oración recibimos la paz y la fortaleza que necesitamos para vivir en victoria.
Además, la oración no debe ser solo una petición personal, sino también un acto de intercesión por los demás. Tal como dice Efesios, debemos pedir por todos los santos, es decir, por la iglesia, por nuestros hermanos en la fe, y aun por aquellos que no conocen a Dios. Al interceder por otros demostramos amor y obedecemos el mandato de llevar las cargas los unos de los otros.
Hoy más que nunca necesitamos levantar una vida de oración constante. El mundo ofrece distracciones y pruebas que buscan apagar nuestra fe, pero a través de la oración permanecemos firmes. Un cristiano que ora es un cristiano que se mantiene en pie frente a las adversidades, porque entiende que su fuerza no proviene de sí mismo, sino del Dios Todopoderoso.
Por eso, querido lector, te animo a que hagas de la oración un hábito diario. Ora en la mañana, ora en la noche, ora cuando vayas de camino, ora en tu trabajo o en tu hogar. No hay un lugar ni un momento en el que no puedas hablar con tu Creador. Dios está siempre dispuesto a escucharte, y Él se complace en responder de acuerdo a su perfecta voluntad.
Conclusión: La oración es la llave que abre las puertas de la fe y del poder de Dios en nuestra vida. Nos sostiene en la prueba, nos da paz en medio de la tormenta y nos conecta con la presencia divina. Sigamos el ejemplo de Pablo, quien aun en cadenas no dejó de orar y predicar. Perseveremos en la oración, porque ella es el alimento de nuestra alma y la garantía de que nunca estaremos solos.

