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¿Alguna vez te has preguntado cuál es tu llamado dentro de la Iglesia?

Tenemos muchos miembros en nuestras iglesias que ni siquiera saben para qué han sido llamados, ni siquiera saben qué pueden aportar para el avance del reino de Dios aquí en la tierra. Creo que esta es una pregunta muy importante, ya que existen aquellos miembros que piensan que asistir a la iglesia la semana completa es suficiente, cuando en realidad la vida cristiana implica mucho más que la simple asistencia a un templo o la participación en ciertas actividades rutinarias. Dios no nos salvó solo para ocupar un asiento en la iglesia, sino para ser parte activa de su obra en este mundo.

Todos nosotros tenemos un «llamado general» que consiste en predicar el Evangelio, como lo ordena Marcos 16:15: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura”. Este mandato es universal, válido para todos los creyentes sin distinción, y debe cumplirse a lo largo de nuestra vida cristiana. Sin embargo, también es cierto que cada uno de nosotros recibe un llamado particular, una vocación específica que se va descubriendo y desarrollando con la guía del Espíritu Santo y mediante la capacitación espiritual, ministerial y personal que vamos recibiendo en el caminar con Cristo.

Recientemente le hice la siguiente pregunta a un miembro de la iglesia a la que pertenezco: ¿sabes cuál es tu ministerio o llamado? Él me respondió sonriendo: “nunca me había hecho esa pregunta”. Esta respuesta refleja una realidad muy común: muchos creyentes nunca se han detenido a pensar cuál es su propósito específico en el cuerpo de Cristo. Escribo este artículo precisamente por esa razón, porque es necesario que cada cristiano entienda que servir al Señor no es algo opcional ni trivial, sino un privilegio y una responsabilidad. En cualquier organización o empresa, cada persona tiene una función definida; de igual manera, en la iglesia, que es el cuerpo de Cristo, cada miembro tiene un lugar y un llamado que cumplir para la edificación del todo. Ninguno está de más, y ninguno puede excusarse diciendo que no tiene nada que aportar.

La Biblia está llena de ejemplos de hombres y mujeres que fueron llamados por Dios para tareas específicas. Abraham fue llamado a salir de su tierra para convertirse en padre de naciones; Moisés fue llamado a liberar a Israel; Jeremías fue llamado desde el vientre de su madre para ser profeta a las naciones; los apóstoles fueron llamados a dejar sus redes y seguir a Jesús. Todos ellos tuvieron que responder con fe y obediencia a ese llamado, aun cuando se sentían incapaces o insuficientes.

He escuchado en un video de Leonard Ravenhill la historia de un predicador llamado Dumas. Este hombre era bajo de estatura, negro y con poca educación formal. Un día llegó a la iglesia de un pastor y le pidió la oportunidad de predicar. El pastor le respondió que lo pensaría, pero nunca lo hizo. Con el tiempo, Dumas volvió a insistir, pero el pastor, al ver que ni siquiera sabía expresarse bien, lo juzgó incapaz y no quiso darle el púlpito. Fue entonces cuando Dumas decidió apartarse en un monte durante 21 días y 21 noches, sin comer ni beber, solo para hacerle a Dios una pregunta: “¿Me has llamado al ministerio?”. En el día número 21 testificó haber recibido la respuesta de Dios: Él lo había llamado a predicar.

Con esa convicción, Dumas fue finalmente asignado a una pequeña congregación por el mismo pastor que lo había menospreciado, quien comentó despectivamente: “se cansarán de él”. Sin embargo, lo sorprendente fue que la iglesia bajo el ministerio de Dumas comenzó a crecer de manera exponencial, llegando incluso a superar en número a la del pastor más preparado académicamente. Este ejemplo nos recuerda que no es la elocuencia, la apariencia ni el título lo que determina la efectividad en el servicio a Dios, sino la obediencia al llamado y la unción del Espíritu Santo.

Hermanos, esta historia debe motivarnos a reflexionar: ¿ya has descubierto tu llamado? ¿Has preguntado sinceramente al Señor para qué quiere usarte en su reino? No pongas excusas como la falta de estudios, limitaciones físicas o defectos personales. Dios no escoge a los capacitados, sino que capacita a los que llama. Lo que Él busca es un corazón dispuesto, obediente y humilde. Lo importante no es lo que tú puedes ofrecer, sino lo que Dios puede hacer a través de ti.

En conclusión, cada creyente tiene un llamado único y específico que se suma al llamado general de predicar el Evangelio. No podemos conformarnos con ser espectadores en la iglesia, sino que debemos ser colaboradores activos en la obra de Dios. Hazte hoy la misma pregunta que se hizo Dumas: ¿A qué he sido llamado?. La respuesta puede transformar no solo tu vida, sino también la de muchos a tu alrededor. Que tu oración sea siempre: “Señor, aquí estoy, envíame a mí”.

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