¿Es pecado tratarse quimicamente el pelo?

Tratamiento cabello

Como no hay ningún pasaje en la Biblia que trate de los químicos de las fábricas y el cabello, los argumentos de los pentecostales con quienes tuve la dicha de hablar tampoco me convencieron, casi todos decían: “Dios me hizo así y así me quedo, así soy bello, no puedo cambiar lo que Dios hizo, es natural y si lo alteras es pecado”, aunque no se apoyaban en ningún pasaje supongo que se basan en el principio de alterar el orden natural (Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron el uso natural por el que es contra naturaleza” Romanos 1:26 ), con el uso natural se refiere a lo establecido por Dios desde el principio sobre como deben ser y hacerse las cosas, por la cual seguro aluden que estás cambiando tu cabello si lo tratas químicamente.

¿Cambia el cabello con el tratamiento químico?

La composición química del cabello es la siguiente:

  • El 28% son proteínas.
  • El 2% son lípidos.
  • El 70% restante son sales minerales y aminoácidos.
  • 44% de carbono.
  • 30% de Oxígeno.
  • 15% de Nitrógeno.
  • 6% de Hidrógeno.
  • 5% de Azufre.

Tanto el lacio como el crespo disponen de esta estructura, la diferencia está en cuán separadas están sus moléculas unas de otras, a saber el cabello tiene un solo estado, por lo cual si es sometido a altas temperaturas, su enlace químico se rompe, la diferencia del lacio es que en este sus moléculas están un poco más separadas que en el crespo, lo que hace el acondicionador es separar un poco las moléculas y eso es todo. Lo puedes hacer con un poco de calor sin químicos, pero el efecto será menos duradero; si lo haces con químicos el efecto durará más pero tendrás que seguir tratando el cabello para que no se rompa, etc.

¿Dónde está el pecado?

No lo encontré, pero las hermanas que creen esta doctrina de hombre sin fundamentos se alisan el cabello con calor solamente, cosa que dijimos que era lo mismo pero con un efecto temporal, ¿entonces?, ¿no sería igual de pecado?

Este punto revela una inconsistencia: si la objeción se basa en “alterar lo natural”, entonces cualquier intervención, incluso el uso de calor, maquillaje o productos para la piel, caería bajo el mismo criterio. Sin embargo, en la práctica, muchas personas aceptan unas modificaciones y rechazan otras sin un respaldo bíblico directo, lo que demuestra que no siempre se trata de un mandato divino, sino de una interpretación personal o cultural.

En la historia bíblica encontramos que las costumbres relacionadas con la apariencia han cambiado según el tiempo, la cultura y el contexto. Por ejemplo, en tiempos antiguos, el aceite y los ungüentos eran usados para embellecer y cuidar el cuerpo (Ester 2:12 menciona tratamientos de belleza prolongados). No se menciona que estas prácticas fueran pecaminosas, siempre y cuando no se convirtieran en un ídolo del corazón.

También es importante recordar que la Biblia nos enseña que lo que contamina al hombre no es lo que entra o se pone sobre el cuerpo, sino lo que sale del corazón (Mateo 15:11). Esto indica que la motivación y la intención detrás de nuestras acciones son más relevantes que la acción estética en sí misma.

Conclusión

La Biblia nunca nos dice que esto es pecado. Si bien es cierto que debemos cuidar nuestro cuerpo como templo del Espíritu Santo (1 Corintios 6:19-20), esto no significa que embellecerse o modificar ciertos aspectos físicos sea intrínsecamente malo. Lo que sí debemos vigilar es que nuestras decisiones no estén motivadas por vanidad desmedida, orgullo o por intentar encajar en patrones del mundo que nos alejen de la humildad y el carácter de Cristo.

En resumen, el alisado del cabello, ya sea con químicos o con calor, no es un tema que la Escritura trate como un pecado. Más bien, es un asunto de conciencia y libertad cristiana, siempre y cuando se haga con un corazón que busque honrar a Dios. Antes de juzgar o imponer reglas no bíblicas, debemos recordar las palabras del apóstol Pablo: “Así que, ya sea que coman o beban o hagan cualquier otra cosa, háganlo todo para la gloria de Dios” (1 Corintios 10:31). De esta manera, podremos vivir en libertad, amor y respeto hacia las convicciones de los demás, evitando caer en doctrinas humanas que no tienen fundamento en la Palabra.

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