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Las siete Palabras de Cristo en la cruz. V: La palabra de sufrimiento

Reseña del editor

Continuamos con la serie de sermones de A. W. Pink titulada “The Seven Sayings of the Savior on the Cross”. En esta ocasión, llegamos a la quinta palabra, conocida como la palabra de sufrimiento, donde el Señor Jesús declara: “Tengo sed”.

Esta breve pero profunda expresión revela de manera clara la verdadera humanidad de Cristo. Aquel que es el Señor de la gloria, el Creador de todas las cosas, experimenta la debilidad física más extrema. Sin embargo, esta palabra no solo manifiesta su sufrimiento corporal, sino también su perfecta sumisión a las Escrituras, cumpliendo cada detalle profético incluso en medio de su agonía.

Invitamos al lector a meditar en esta palabra, donde el dolor del Salvador se une con la fidelidad divina, recordándonos que cada aspecto de su sufrimiento fue necesario para llevar a cabo la obra de redención. Aquí vemos al Cristo que padeció en nuestro lugar, y cuyo sufrimiento nos señala tanto su amor como su obediencia perfecta.


Sermón de A. W. Pink: La Palabra de sufrimiento

Sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, para que la Escritura se cumpliese, dijo: Tengo sed” (Juan 19:28).

Tengo sed.” Estas palabras fueron pronunciadas por el Salvador sufriente poco antes de inclinar su cabeza y entregar el espíritu. Son registradas únicamente por el evangelista Juan y, como veremos, es apropiado que tengan un lugar en su evangelio, pues no solo evidencian su humanidad, sino que también ponen de manifiesto su gloria divina.

Tengo sed.” ¡Qué texto para un sermón! Es breve, es cierto, pero ¡cuán completo, cuán expresivo y cuán trágico! ¡El Hacedor del cielo y de la tierra con los labios resecos! ¡El Señor de la gloria necesitando una bebida! ¡El Amado del Padre clamando “Tengo sed”! ¡Qué escena! ¡Qué palabra es esta! Evidentemente, ninguna pluma no inspirada pudo haber trazado tal cuadro.

Antiguamente, el Espíritu de Dios movió a David a decir del Mesías venidero: “Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre” (Sal. 69:21). ¡Cuán maravillosamente completa fue la visión profética! Ningún detalle esencial faltó en ella. Cada aspecto importante de la gran tragedia fue escrito de antemano. La traición por un amigo cercano (Sal. 41:9), el abandono de los discípulos por escandalizarse de Él (Sal. 31:11), la acusación falsa (Sal. 35:11), el silencio ante sus jueces (Isa. 53:7), el ser hallado inocente (Isa. 53:9), el ser contado con los transgresores (Isa. 53:12), la crucifixión (Sal. 22:16), la burla de los espectadores (Sal. 109:25), la burla por no ser librado (Sal. 22:7-8), el reparto de sus vestidos (Sal. 22:18), la oración por sus enemigos (Isa. 53:12), el ser desamparado por Dios (Sal. 22:1), la sed (Sal. 69:21), la entrega de su espíritu en manos del Padre (Sal. 31:5), el no quebrantamiento de sus huesos (Sal. 34:20), la sepultura en la tumba de un rico (Isa. 53:9); todo claramente anunciado siglos antes de que aconteciera. ¡Qué evidencia tan convincente de la inspiración divina de las Escrituras! ¡Qué firme fundamento, santos del Señor, está puesto para vuestra fe en su excelente palabra!

Tengo sed.” El hecho de que esto sea registrado como una de las siete palabras de nuestro Señor en la cruz indica que es una palabra de precioso significado, una palabra que debe ser atesorada en nuestros corazones, una palabra digna de profunda meditación. Hemos visto que cada una de las expresiones anteriores del Salvador sufriente tiene mucho que enseñarnos; ciertamente esta no es una excepción. ¿Qué debemos entonces aprender de ella? ¿Cuáles son las lecciones que nos enseña esta quinta palabra de la cruz? Que el Espíritu de verdad ilumine nuestro entendimiento mientras procuramos fijar nuestra atención en ella.

1. Aquí tenemos una evidencia de la humanidad de Cristo.

Tengo sed.

El Señor Jesús era verdadero Dios de verdadero Dios, pero también era verdadero hombre de verdadero hombre. Esto es algo que debe creerse y no algo para que la razón orgullosa lo analice. La persona de nuestro adorable Salvador no es un objeto apropiado para el análisis intelectual; más bien debemos inclinarnos ante Él en adoración. Él mismo nos advirtió: “Nadie conoce al Hijo, sino el Padre” (Mateo 11:27). Y nuevamente, el Espíritu de Dios por medio del apóstol Pablo declara: “Indiscutiblemente, grande es el misterio de la piedad: Dios fue manifestado en carne” (1 Tim. 3:16).

Aunque hay mucho acerca de la persona de Cristo que no podemos comprender con nuestro entendimiento, hay en Él todo para admirar y adorar: principalmente su deidad y su humanidad, y la perfecta unión de ambas en una sola persona. El Señor Jesús no era un hombre divino, ni un Dios humanizado; era el Dios-hombre. Siempre Dios, y ahora también para siempre hombre.

Cuando el Amado del Padre se encarnó, no dejó de ser Dios, ni dejó de poseer ninguno de sus atributos divinos, aunque sí se despojó de la gloria que tenía con el Padre antes que el mundo fuese. Pero en la encarnación, el Verbo se hizo carne y habitó entre los hombres. No dejó de ser lo que era, sino que tomó para sí lo que antes no tenía: una humanidad perfecta.

La deidad y la humanidad del Salvador fueron ambas contempladas en las profecías mesiánicas. La profecía presentaba al que había de venir a veces como divino, y otras como humano. Él era el Renuevo “de Jehová” (Isa. 4:2). Era Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz (Isa. 9:6). Aquel que saldría de Belén y sería gobernante en Israel, tenía sus orígenes desde la eternidad (Miq. 5:2). Era Jehová mismo quien vendría súbitamente a su templo (Mal. 3:1).

Y, sin embargo, también era la simiente de la mujer (Gén. 3:15); un profeta como Moisés (Deut. 18:18); descendiente de David (2 Sam. 7:12-13). Era el siervo de Jehová (Isa. 42:1). Era el varón de dolores (Isa. 53:3). Y es en el Nuevo Testamento donde vemos estas dos líneas proféticas perfectamente armonizadas.

El que nació en Belén era el Verbo divino. La encarnación no significa que Dios simplemente se manifestó como hombre. El Verbo se hizo carne; llegó a ser lo que antes no era, sin dejar jamás de ser lo que siempre fue. Él, que estaba en forma de Dios y no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, “se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Fil. 2:6-7). El niño de Belén era Emanuel — Dios con nosotros — no era solo una manifestación de Dios, sino Dios manifestado en carne. Era Hijo de Dios e Hijo del Hombre. No dos personas, sino una sola persona con dos naturalezas: divina y humana.

Mientras estuvo en la tierra, el Señor Jesús dio plena evidencia de su deidad. Habló con sabiduría divina, actuó con santidad divina, manifestó poder divino y mostró amor divino. Leía los pensamientos de los hombres, movía sus corazones y doblegaba sus voluntades. Cuando ejercía su poder, toda la naturaleza obedecía. Una palabra suya y la enfermedad huía, la tormenta se calmaba, los demonios se iban, los muertos resucitaban. Tan verdaderamente era Dios manifestado en carne que pudo decir: “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre”.

Pero también, mientras habitó entre los hombres, dio plena evidencia de su humanidad — una humanidad sin pecado. Entró al mundo como un niño y fue envuelto en pañales (Lucas 2:7). Como niño creció en sabiduría y estatura (Lucas 2:52). Como joven hacía preguntas (Lucas 2:46). Como hombre se cansó (Juan 4:6). Tuvo hambre (Mateo 4:2). Durmió (Marcos 4:38). Se maravilló (Marcos 6:6). Lloró (Juan 11:35). Oró (Marcos 1:35). Se regocijó (Lucas 10:21). Gimió (Juan 11:33). Y aquí, en nuestro texto, clamó: “Tengo sed”.

Esto evidenciaba su humanidad. Dios no tiene sed. Los ángeles no la tienen. Nosotros no la tendremos en gloria: “No tendrán hambre ni sed jamás” (Apoc. 7:16). Pero ahora tenemos sed porque somos humanos y vivimos en un mundo de sufrimiento. Y Cristo tuvo sed porque era hombre: “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos” (Heb. 2:17).

2. Aquí vemos la intensidad de los sufrimientos de Cristo.

Tengo sed.

Consideremos primero este clamor del Salvador como una expresión de su sufrimiento corporal. Para comprender algo de lo que hay detrás de estas palabras, debemos recordar y repasar lo que las precedió. Después de instituir la Cena en el aposento alto, seguido del extenso discurso pascual a sus apóstoles, el Redentor se dirigió a Getsemaní, y allí durante una hora pasó por la agonía más terrible. Su alma estaba profundamente triste. Al contemplar la espantosa copa, no derramó simples gotas de sudor, sino grandes gotas de sangre.

Su lucha en el huerto fue interrumpida por la llegada del traidor acompañado de la turba que venía a arrestarlo. Fue llevado ante Caifás, y aunque era medianoche, fue interrogado y condenado. El Salvador fue retenido hasta la mañana, y después de largas horas de espera fue llevado ante Pilato. Tras un prolongado juicio, se ordenó que fuera azotado. Luego fue conducido, probablemente a través de la ciudad, al tribunal de Herodes, y después de una breve comparecencia ante este gobernante, fue entregado en manos de los soldados brutales. Nuevamente fue burlado y azotado, y otra vez fue llevado por la ciudad de regreso a Pilato. Hubo nuevamente demoras, formalidades de juicio —si tal farsa merece ese nombre— y finalmente se dictó la sentencia de muerte.

Entonces, con la espalda sangrante, cargando su cruz bajo el calor del sol que ya se acercaba al mediodía, subió por las ásperas alturas del Gólgota. Al llegar al lugar de ejecución, sus manos y pies fueron clavados en el madero. Durante tres horas colgó allí, mientras los implacables rayos del sol caían sobre su cabeza coronada de espinas. Luego vinieron las tres horas de oscuridad, ya pasadas.

Aquella noche y aquel día fueron horas en las que una eternidad fue comprimida. Sin embargo, durante todo ese tiempo no salió de sus labios una sola palabra de queja. No hubo murmuración, ni súplica de misericordia. Todos sus sufrimientos fueron soportados en majestuoso silencio. Como oveja muda delante de sus trasquiladores, no abrió su boca. Pero ahora, al final, con todo su cuerpo destrozado por el dolor y su boca reseca, clama: “Tengo sed”. No fue una súplica de compasión, ni una petición para aliviar su sufrimiento; fue la expresión de la intensidad de la agonía que estaba padeciendo.

Tengo sed.” Esto fue más que una sed común. Había algo más profundo que el sufrimiento físico detrás de ello. Una cuidadosa comparación de nuestro texto con Mateo 27:48 muestra que estas palabras siguieron inmediatamente después de la cuarta expresión del Salvador en la cruz — “Eli, Eli, lama sabactani”—, pues mientras el soldado acercaba la esponja con vinagre a sus labios, algunos de los espectadores gritaban: “Dejad, veamos si viene Elías a salvarle”.

Sabemos que las pruebas del alma afectan al cuerpo, desgarrando sus nervios y debilitando su fuerza: “El espíritu abatido seca los huesos” (Prov. 17:22); “Mientras callé, se envejecieron mis huesos en mi gemir todo el día. Porque de día y de noche se agravó sobre mí tu mano; se volvió mi verdor en sequedades de verano” (Sal. 32:3-4). El cuerpo y el alma se afectan mutuamente.

Recordemos que el Salvador acababa de salir de las tres horas de oscuridad, durante las cuales el rostro de Dios se había apartado de Él mientras soportaba la intensidad de su ira derramada. Este clamor de sufrimiento corporal nos habla, entonces, de la severidad del conflicto espiritual por el que acababa de pasar. Hablando proféticamente por boca de Jeremías acerca de esta misma hora, dijo: “¿No os conmueve a todos los que pasáis por el camino? Mirad, y ved si hay dolor como mi dolor, que me ha venido; porque Jehová me ha angustiado en el día de su ardiente ira. Desde lo alto envió fuego a mis huesos, el cual prevaleció contra ellos; ha extendido red a mis pies, me volvió atrás; me dejó desolado, y todo el día dolorido” (Lam. 1:12-13).

Su “sed” fue el efecto de la agonía de su alma bajo el ardor de la ira de Dios. Indicaba la sequedad de la tierra donde el Dios viviente no está. Pero aún más: expresaba claramente su anhelo de comunión con Dios nuevamente, de quien había estado separado durante tres horas. ¿No fue Cristo mismo quien dijo por el espíritu de profecía, inmediatamente después de salir de la oscuridad: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo; ¿cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?” ¿No identifican las palabras siguientes al que habla y revelan el momento en que ese anhelo fue expresado? “Fueron mis lágrimas mi pan de día y de noche, mientras me dicen todos los días: ¿Dónde está tu Dios?” (Sal. 42:1-3).

3. Aquí vemos la profunda reverencia de nuestro Señor por las Escrituras.

Tengo sed.

¡Cuán constantemente la mente del Salvador se dirigía hacia los sagrados oráculos! Él vivía verdaderamente de toda palabra que sale de la boca de Dios. Era el “varón bienaventurado” que meditaba en la ley de Dios de día y de noche (Sal. 1). La Palabra escrita formaba sus pensamientos, llenaba su corazón y regulaba sus caminos. Las Escrituras son la revelación de la voluntad del Padre, y eso era siempre su deleite.

En la tentación, lo que estaba escrito fue su defensa. En su enseñanza, los estatutos del Señor eran su autoridad. En sus controversias con los escribas y fariseos, su apelación era siempre a la ley y al testimonio. Y ahora, en la hora de su muerte, su mente se fija en la palabra de verdad.

Para captar el significado principal de esta quinta palabra de la cruz debemos observar su contexto: “Sabiendo Jesús que ya todo estaba consumado, para que la Escritura se cumpliese, dijo: Tengo sed” (Juan 19:28). La referencia es al Salmo 69, otro de los salmos mesiánicos que describe con gran detalle su pasión. En él, el espíritu de profecía había declarado: “Me pusieron además hiel por comida, y en mi sed me dieron a beber vinagre” (v. 21).

Esto aún no se había cumplido. Las predicciones anteriores ya habían sido realizadas: se había hundido en el lodo profundo (v. 2); había sido aborrecido sin causa (v. 4); había llevado oprobio y vergüenza (v. 7); se había hecho extraño a sus hermanos (v. 8); había sido objeto de proverbio y canción de los borrachos (vv. 11-12); había clamado a Dios en su angustia (vv. 17-20). Y ahora solo faltaba que le ofrecieran vinagre y hiel para beber, y para cumplir esto clamó: “Tengo sed”.

Sabiendo Jesús que todo estaba consumado…” ¡Qué dominio perfecto tenía el Salvador de sí mismo! Había estado seis horas en la cruz, había pasado por sufrimientos incomparables, y aun así su mente permanecía clara y su memoria intacta. Tenía ante sí, con perfecta claridad, toda la Palabra de Dios. Repasó todo el alcance de la profecía mesiánica. Recordó que quedaba una profecía sin cumplir. No omitió nada. ¡Qué prueba de que estaba por encima de todas las circunstancias!

Antes de continuar, hagamos una aplicación a nosotros mismos. Hemos visto cómo el Salvador se sometió a la autoridad de las Escrituras tanto en su vida como en su muerte; lector cristiano, ¿cómo es contigo? ¿Es la Palabra de Dios tu autoridad final? ¿Ves en ella la revelación de la voluntad de Dios para ti? ¿Es lámpara a tus pies? ¿Caminas en su luz? ¿Sus mandamientos tienen autoridad sobre tu vida? ¿La obedeces realmente?

¿Puedes decir con David: “Escogí el camino de la verdad; he puesto tus juicios delante de mí. Me he apegado a tus testimonios… Consideré mis caminos, y volví mis pies a tus testimonios. Me apresuré y no me retardé en guardar tus mandamientos” (Sal. 119:30-31, 59-60)? ¿Eres como el Salvador, deseoso de cumplir las Escrituras?

Oh, que tanto el que escribe como el que lee busquemos gracia para orar de corazón: “Guíame por la senda de tus mandamientos, porque en ella tengo mi voluntad. Inclina mi corazón a tus testimonios… Ordena mis pasos con tu palabra, y ninguna iniquidad se enseñoree de mí” (Sal. 119:35-36, 133).

4. Aquí vemos la sumisión del Salvador a la voluntad del Padre.

Tengo sed.

El Salvador tenía sed, y Aquel que así tenía sed, recordemos, poseía todo poder en el cielo y en la tierra. Si hubiera querido ejercer su omnipotencia, podría haber satisfecho fácilmente su necesidad. Aquel que en otro tiempo hizo brotar agua de la roca herida para refrescar a Israel en el desierto, tenía ahora a su disposición los mismos recursos infinitos.

Aquel que convirtió el agua en vino con una palabra, podía haber pronunciado aquí la palabra de poder y suplir su propia necesidad. Pero nunca realizó un milagro para su propio beneficio o consuelo. Cuando Satanás lo tentó a hacer esto, se negó. ¿Por qué ahora rehúsa satisfacer su necesidad urgente? ¿Por qué permanece allí en la cruz con los labios resecos? Porque en el volumen del libro donde estaba escrita la voluntad de Dios, estaba escrito que debía tener sed, y que en su sed le darían a beber vinagre. Y Él vino a hacer la voluntad de Dios, y por eso se sometió.

En la muerte, como en la vida, la Escritura era para el Señor Jesús la palabra autoritativa del Dios viviente. En la tentación había rehusado suplir su necesidad aparte de esa palabra por la cual vivía, y ahora da a conocer su necesidad, no para que sea suplida, sino para que la Escritura se cumpla. Obsérvese: Él no la cumple directamente; Dios puede encargarse de eso; pero expresa su angustia para dar ocasión al cumplimiento. Como otro ha dicho: “La terrible sed de la crucifixión está sobre Él, pero eso no es suficiente para hacer que esos labios resecos hablen; pero está escrito: En mi sed me dieron a beber vinagre — esto los abre” (F. W. Grant).

Aquí, entonces, como siempre, se muestra en obediencia activa a la voluntad de Dios, la cual vino a cumplir. Simplemente dice: “Tengo sed”; se le ofrece el vinagre, y la profecía se cumple. ¡Qué perfecta absorción en la voluntad de su Padre!

Detengámonos nuevamente para hacer una aplicación a nosotros mismos — una doble aplicación. Primero, el Señor Jesús se deleitó en la voluntad del Padre incluso cuando implicaba el sufrimiento de la sed. ¿Estamos nosotros así rendidos a Él? ¿Hemos buscado gracia para decir: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”? ¿Podemos exclamar: “Sí, Padre, porque así te agradó”? ¿Hemos aprendido, en cualquier estado en que estemos, a estar contentos (Fil. 4:11)?

Pero ahora observemos un contraste. Al Hijo de Dios se le negó un vaso de agua fría para aliviar su sufrimiento — ¡cuán diferente con nosotros! Dios nos ha dado una variedad de cosas para refrescarnos, y sin embargo, ¡cuán a menudo somos ingratos! Tenemos cosas mejores que una simple copa de agua para deleitarnos cuando tenemos sed, y aun así no damos gracias. ¡Oh, si este clamor de Cristo fuera considerado con fe, nos haría bendecir a Dios por lo que ahora casi despreciamos, y produciría contentamiento en nosotros incluso por las misericordias más comunes!

El Señor de la gloria clamó “Tengo sed” y no tuvo nada en su extrema necesidad que lo consolara, ¿y tú, que mil veces has perdido todo derecho a las misericordias temporales y espirituales, desprecias las bendiciones comunes de la providencia? ¿Qué? ¿Te quejas por una copa de agua, tú que mereces solo una copa de ira? ¡Oh, medítalo bien y aprende a contentarte con lo que tienes, aunque sea lo más básico para la vida! No te quejes si habitas en una humilde morada, porque tu Salvador no tenía dónde recostar su cabeza. No te quejes si solo tienes pan para comer, porque tu Salvador careció de él durante cuarenta días. No te quejes si solo tienes agua para beber, porque a tu Salvador se le negó incluso eso en la hora de su muerte.

5. Aquí vemos cómo Cristo puede compadecerse de su pueblo que sufre.

Tengo sed.

El problema del sufrimiento siempre ha sido uno difícil. ¿Por qué debe existir el sufrimiento en un mundo gobernado por un Dios perfecto? Un Dios que no solo tiene poder para evitar el mal, sino que además es amor. ¿Por qué hay dolor, miseria, enfermedad y muerte? Al mirar el mundo y contemplar la multitud de los que sufren, quedamos confundidos. Este mundo es un valle de lágrimas. Una delgada capa de alegría apenas logra ocultar la realidad triste de la vida.

Filosofar sobre el sufrimiento trae poco consuelo. Después de todos nuestros razonamientos seguimos preguntando: ¿Dios ve? ¿Hay conocimiento en el Altísimo? ¿Realmente le importa? Como todas las preguntas, estas deben llevarse a la cruz. Aunque allí no encontramos una respuesta completa, sí encontramos lo suficiente para satisfacer el corazón inquieto. Aunque el problema no se resuelve del todo, la cruz arroja suficiente luz para aliviar la tensión.

La cruz nos muestra que Dios no ignora nuestros dolores, porque en la persona de su Hijo Él mismo “llevó nuestras enfermedades y cargó nuestros dolores” (Isa. 53:4). La cruz nos muestra que Dios no es indiferente a nuestro sufrimiento, porque al hacerse hombre, Él mismo sufrió. La cruz nos muestra que Dios no es ajeno al dolor, porque en el Salvador lo experimentó.

¿Cuál es entonces el valor de esto? Este: “Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado” (Heb. 4:15). Nuestro Redentor no está tan lejos de nosotros como para no poder entrar, con simpatía, en nuestros dolores, porque Él mismo fue el “Varón de dolores”.

Aquí hay consuelo para el corazón quebrantado. No importa cuán abatido estés, cuán difícil sea tu camino o cuán triste tu situación, estás invitado a llevarlo todo al Señor Jesús y echar sobre Él toda tu ansiedad, sabiendo que Él cuida de ti (1 Pedro 5:7). ¿Tu cuerpo está lleno de dolor? ¡El suyo también lo estuvo! ¿Eres malentendido, mal juzgado, mal representado? ¡Él también lo fue! ¿Aquellos más cercanos a ti te han abandonado? ¡A Él también! ¿Estás en tinieblas? ¡Él también lo estuvo por tres horas! “Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser misericordioso y fiel sumo sacerdote” (Heb. 2:17).

6. Aquí vemos la expresión de una necesidad universal.

Tengo sed.

Ya sea que lo exprese o no, el hombre natural en todo el mundo está clamando: “Tengo sed”. ¿Por qué este deseo constante de riquezas? ¿Por qué esta ambición por el honor y la aprobación del mundo? ¿Por qué esta búsqueda frenética del placer, pasando de una cosa a otra sin descanso? ¿Por qué esta búsqueda del conocimiento, la ciencia, la filosofía? ¿Por qué esta obsesión por lo nuevo? ¿Por qué? Porque hay un vacío en el alma.

Porque hay algo en todo hombre que no está satisfecho. Esto es cierto tanto para el millonario como para el campesino. Viajar por todo el mundo no da paz. Sobre todos los pozos de este mundo está escrito: “El que beba de esta agua volverá a tener sed” (Juan 4:13).

Lo mismo ocurre con el religioso sin Cristo. Muchos siguen rutinas religiosas, asisten a la iglesia, leen la Biblia, oran… y aun así su clamor sigue siendo: “Tengo sed”.

La sed es espiritual. Por eso nada natural puede satisfacerla. Sin saberlo, el alma “tiene sed de Dios” (Sal. 42:2). Dios nos hizo, y solo Él puede satisfacernos. Cristo dijo: “El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás” (Juan 4:14).

Solo Cristo puede saciar el alma. Solo Él puede dar paz verdadera. Lector, ¿cómo estás tú? ¿Has descubierto que todo es vanidad? ¿Sientes ese vacío? ¿Clama tu alma “Tengo sed”? Entonces hay buenas noticias: hay uno que puede saciarte. No es una religión, es una persona — Cristo. Él dice: “Venid a mí… y yo os haré descansar” (Mateo 11:28). Ven a Él ahora, tal como estás. Ven con fe, creyendo que te recibirá.

Vine a Jesús tal como estaba,
Cansado, abatido y triste;
Hallé en Él un lugar de descanso,
Y Él ha alegrado mi alma.

¡Oh, ven a Cristo! No demores. ¿Estás “sediento”? Entonces tú eres aquel a quien Él está buscando: “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6).

Lector no salvo, no rechaces al Salvador, porque si mueres en tus pecados, tu clamor eterno será: “Tengo sed”. Este es el gemido de los condenados. En el lago de fuego, los perdidos sufren en medio de las llamas de la ira de Dios por los siglos de los siglos. Si Cristo clamó “Tengo sed” cuando sufrió la ira de Dios por solo tres horas, ¡cuál será el estado de aquellos que tienen que soportarla por toda la eternidad! Cuando millones de años hayan pasado, diez millones más estarán aún por delante. Hay una sed eterna en el infierno que no admite alivio alguno.

Recuerda las terribles palabras del hombre rico: “Entonces él, dando voces, dijo: Padre Abraham, ten misericordia de mí, y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua; porque estoy atormentado en esta llama” (Lucas 16:24). ¡Oh, piensa, lector! Si la sed física en su extremo es insoportable aun ahora cuando se sufre solo por unas pocas horas, ¿qué será esa sed que es infinitamente mayor que cualquier sed presente, y que jamás será saciada!

No digas que es cruel de parte de Dios tratar así a sus criaturas. Recuerda a qué expuso a su propio Hijo amado cuando el pecado le fue imputado. ¡Ciertamente, aquel que desprecia a Cristo merece el lugar más ardiente del infierno! Una vez más decimos: recíbelo ahora como tuyo. Recíbelo como tu Salvador, y sométete a Él como tu Señor.

7. Aquí vemos la enunciación de un principio permanente.

Tengo sed.

Hay un sentido, un sentido real, en el cual Cristo todavía tiene sed. Él tiene sed del amor y la devoción de los suyos. Él anhela la comunión con su pueblo redimido por su sangre. Aquí hay una de las grandes maravillas de la gracia: ¡un pecador redimido puede ofrecer aquello que satisface el corazón de Cristo! Puedo entender cómo yo debo apreciar su amor, pero ¡qué maravilloso que Él —el todo suficiente— aprecie mi amor! He aprendido cuán bendita es para mi alma la comunión con Él, pero ¿quién hubiera pensado que mi comunión es bendita para Cristo? Y sin embargo, así es. Por esto Él aún “tiene sed”. La gracia nos capacita para ofrecer aquello que lo refresca. ¡Pensamiento maravilloso!

¿Has notado alguna vez en Juan 4 que, aunque Cristo dijo a la mujer que vino al pozo: “Dame de beber” —porque estaba “cansado” del camino y del calor— nunca tomó agua? En la salvación y la fe de aquella mujer samaritana encontró aquello que refrescó su corazón. ¡El amor nunca se satisface hasta que hay una respuesta de amor!

Así es con Cristo. Aquí está la clave de Apocalipsis 3:20: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. Esto a menudo se aplica a los inconversos, pero su referencia principal es a la Iglesia. Presenta a Cristo buscando la comunión con los suyos.

Él habla de “cenar”, y en las Escrituras cenar es símbolo de comunión, así como la Cena del Señor es un tiempo especial de comunión entre el Salvador y los salvados. Y observa que aquí Cristo habla de una doble cena: “yo cenaré con él, y él conmigo”. No solo es nuestro privilegio inefable cenar con Él, deleitarnos en Él y tener comunión con Él, sino que Él también “cena” con nosotros.

Él encuentra en nuestra comunión algo para su corazón, algo que lo refresca, y eso es nuestra devoción y nuestro amor. Sí, el Cristo de Dios todavía “tiene sed”, sed del afecto de los suyos. ¿No le ofrecerás aquello que puede satisfacerle? Responde entonces a su llamado: “Ponme como un sello sobre tu corazón” (Cantares 8:6).

Conclusión del editor

La quinta palabra de Cristo en la cruz —“Tengo sed”— nos conduce a contemplar una de las expresiones más profundas de su humillación voluntaria. Aquel que es la fuente de toda vida, el que ofreció agua viva a los sedientos, ahora se encuentra experimentando una sed real, intensa y desgarradora. En esta escena vemos con claridad la perfecta unión de su naturaleza divina y humana: verdadero Dios y verdadero hombre, sufriendo en nuestro lugar hasta las últimas consecuencias.

Pero esta palabra no solo revela sufrimiento físico; también apunta al cumplimiento exacto del propósito eterno de Dios. Nada en la cruz fue accidental, nada quedó fuera del control soberano del Padre. Incluso en su agonía, Cristo actúa en plena obediencia, cumpliendo las Escrituras y llevando hasta el final la obra que le fue encomendada. Cada detalle, por pequeño que parezca, forma parte del glorioso plan de redención.

Además, en esta expresión podemos vislumbrar el costo real de nuestra salvación. La sed de Cristo nos recuerda que Él soportó no solo el dolor corporal, sino también la carga del pecado y la ira divina. Su sufrimiento no fue superficial ni simbólico, sino profundo, real y suficiente para satisfacer completamente la justicia de Dios. Aquí contemplamos el amor sacrificial de un Salvador que no escatimó nada por rescatar a su pueblo.

Por tanto, esta palabra nos llama no solo a admirar el sacrificio de Cristo, sino a responder con fe, gratitud y entrega. Aquel que tuvo sed para que nosotros nunca más tengamos sed espiritual, merece toda nuestra devoción. Que al meditar en esta escena, nuestro corazón sea movido a confiar más plenamente en Él, a valorar su obra redentora y a vivir en obediencia a Aquel que, aun en medio de su dolor, permaneció fiel hasta el fin.

Las siete Palabras de Cristo en la cruz. IV: La palabra de angustia
Las siete Palabras de Cristo en la cruz. III: La palabra de afecto
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