Icono del sitio Restablecidos

Las siete Palabras de Cristo en la cruz. III: La palabra de afecto

Las siete Palabras de Cristo en la cruz. III_ La palabra de afecto

Reseña del editor

Continuamos con la serie de sermones de A. W. Pink titulada “The Seven Sayings of the Savior on the Cross”. En esta ocasión, presentamos la tercera palabra, conocida como la palabra de afecto, en la cual se manifiesta el amor tierno y perfecto de Cristo aun en medio de su sufrimiento.

Desde la cruz, el Señor Jesús dirige su atención a su madre y al discípulo amado, mostrando que, aun en las horas más oscuras, su corazón estaba lleno de cuidado, compasión y fidelidad. Esta palabra no solo revela la humanidad de Cristo, sino también la profundidad de su amor, que no olvida a los suyos ni en el momento del mayor sacrificio.

Invitamos al lector a meditar en esta enseñanza, donde el amor redentor se expresa de manera íntima y personal, recordándonos que el mismo Cristo que murió por nuestros pecados es también Aquel que cuida de nosotros con un afecto eterno.


Sermón de A. W. Pink: La Palabra de afecto

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:25, 26).

“ESTABA JUNTO A LA CRUZ de Jesús su madre” (Juan 19:25). Como su Hijo, María no era ajena al dolor. Desde el principio se nos dice: “Y entrando el ángel en donde ella estaba, dijo: ¡Salve, muy favorecida! El Señor es contigo; bendita tú entre las mujeres. Mas ella, cuando le vio, se turbó por sus palabras, y pensaba qué salutación sería esta” (Lucas 1:28, 29). Esto no fue más que el preludio de muchos dolores. Gabriel había venido a anunciarle la concepción milagrosa, y una simple reflexión nos muestra que no era cosa ligera para María convertirse en la madre de nuestro Señor de una manera tan misteriosa e inaudita.

Sin duda, en un futuro lejano traería gran honra, pero en el presente implicaba no poco peligro para su reputación y una gran prueba para su fe. Es hermoso observar su tranquila sumisión a la voluntad de Dios: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra” (Lucas 1:38) fue su respuesta. ¡Qué hermosa resignación! Sin embargo, fue “turbada” en la Anunciación y, como hemos dicho, esto fue solo el comienzo de muchas pruebas y dolores.

¡Qué dolor debió causarle cuando, porque no había lugar en el mesón, tuvo que acostar a su recién nacido en un pesebre! ¡Qué angustia debió sentir cuando supo del propósito de Herodes de destruir la vida de su hijo! ¡Qué prueba le fue impuesta cuando tuvo que huir a un país extranjero y permanecer varios años en Egipto! ¡Qué punzadas debieron atravesar su alma al ver a su Hijo despreciado y rechazado por los hombres! ¡Qué dolor debió desgarrar su corazón al contemplarlo odiado y perseguido por su propia nación! ¿Y quién puede medir lo que sufrió mientras estaba allí junto a la cruz? Si Cristo fue el varón de dolores, ¿no fue ella la mujer de dolores?

1. Aquí vemos el cumplimiento de la profecía de Simeón.

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:25, 26).

De acuerdo con los requisitos de la ley mosaica, los padres del niño Jesús lo llevaron al templo para presentarlo al Señor. Entonces el anciano Simeón, que esperaba la consolación de Israel, lo tomó en sus brazos y bendijo a Dios. Después de decir: “Ahora, Señor, despides a tu siervo en paz, conforme a tu palabra; porque han visto mis ojos tu salvación, la cual has preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel” (Lucas 2:29-32), se volvió a María y dijo:

“He aquí, este está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha (y una espada traspasará tu misma alma), para que sean revelados los pensamientos de muchos corazones” (Lucas 2:34, 35).

¡Qué palabra tan extraña fue esta! ¿Podría ser que el mayor de los privilegios traería consigo el mayor de los dolores? En el momento en que Simeón habló, esto parecía muy improbable. Sin embargo, ¡qué verdadera y trágicamente se cumplió! Aquí, en la cruz, esta profecía de Simeón se cumple.

“Estaba junto a la cruz de Jesús su madre” (Juan 19:25). Después de los días de su infancia y niñez, y durante todo el ministerio público de Cristo, vemos y oímos muy poco de María. Su vida transcurrió en segundo plano, en las sombras. Pero ahora, cuando llega la hora suprema de la agonía de su Hijo, cuando el mundo ha rechazado al fruto de su vientre, ¡ella está allí junto a la cruz! ¿Quién puede describir adecuadamente tal escena? María estaba más cerca del madero cruel. Sin fe ni esperanza, confundida y paralizada por la escena, pero unida con cadenas de amor al moribundo, allí está. Trata de leer los pensamientos y emociones del corazón de esa madre. ¡Oh, qué espada traspasó su alma en ese momento! Nunca hubo tal gozo en un nacimiento humano, ni tal dolor en una muerte tan inhumana.

Aquí vemos manifestado el corazón de madre. Ella es la madre del que está muriendo. El que agoniza en la cruz es su hijo. Ella fue quien primero besó aquella frente que ahora está coronada de espinas. Ella fue quien guió aquellas manos y pies en sus primeros movimientos infantiles. Ninguna madre sufrió como ella. Sus discípulos pueden abandonarlo, sus amigos pueden dejarlo, su nación puede despreciarlo, pero su madre está allí, al pie de su cruz. ¡Oh, quién puede comprender o analizar el corazón de una madre!

¿Quién puede medir esas horas de dolor mientras la espada atravesaba lentamente el alma de María? Su dolor no fue histérico ni exagerado. No hubo muestra de debilidad femenina; no hubo gritos descontrolados; no hubo desmayo. Ni una sola palabra suya ha sido registrada por los evangelistas: aparentemente sufrió en silencio absoluto. Sin embargo, su dolor no fue menos real ni profundo. Las aguas tranquilas son las más profundas. Vio aquella frente atravesada por espinas, pero no pudo suavizarla con su toque. Observó sus manos y pies traspasados, pero no pudo aliviarlos. Notó su sed, pero no pudo saciarla. Sufrió en una profunda desolación de espíritu.

“Estaba junto a la cruz de Jesús su madre” (Juan 19:25). Las multitudes se burlaban, los ladrones insultaban, los sacerdotes se mofaban, los soldados eran indiferentes, el Salvador sangraba y moría — y allí estaba su madre contemplando aquella escena terrible. ¡Qué no hubiera sido si se desmayaba! ¡Qué no hubiera sido si huía de aquel espectáculo!

Pero no. Allí está: no se retira, no se desmaya, ni siquiera cae al suelo en su dolor — permanece de pie. Su actitud es única. No hay paralelo en la historia. ¡Qué fortaleza tan extraordinaria! Permaneció junto a la cruz de Jesús — ¡qué valor tan admirable! Reprime su dolor y permanece en silencio. ¿No fue acaso la reverencia hacia su Señor lo que le impidió interrumpir sus últimos momentos?

“Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa” (Juan 19:26, 27).

2. Aquí vemos al hombre perfecto dando ejemplo a los hijos para honrar a sus padres.

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:25, 26).

El Señor Jesús manifestó su perfección en la manera en que cumplió plenamente las obligaciones de cada relación que sostuvo, ya fuera hacia Dios o hacia los hombres. En la cruz contemplamos su tierno cuidado y solicitud por su madre, y en esto tenemos el modelo de Jesucristo presentado a todos los hijos para su imitación, enseñándoles cómo deben comportarse hacia sus padres conforme a las leyes de la naturaleza y de la gracia.

Las palabras que el dedo de Dios escribió en las tablas de piedra y que fueron dadas a Moisés en el monte Sinaí nunca han sido abolidas. Permanecen vigentes mientras exista la tierra. Cada una de ellas está reafirmada en la enseñanza del Nuevo Testamento. Las palabras de Éxodo 20:12 son reiteradas en Efesios 6:1-3: “Hijos, obedeced en el Señor a vuestros padres, porque esto es justo. Honra a tu padre y a tu madre, que es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien, y seas de larga vida sobre la tierra”.

El mandamiento de honrar a los padres va mucho más allá de una simple obediencia externa, aunque ciertamente la incluye. Abarca amor y afecto, gratitud y respeto. Con demasiada frecuencia se asume que este quinto mandamiento está dirigido solo a los jóvenes. Nada más lejos de la verdad. Sin duda, se dirige primero a los hijos, pues en el orden natural, los hijos son primero niños. Pero concluir que este mandamiento pierde vigencia al dejar atrás la niñez es ignorar gran parte de su profundo significado.

Como ya se ha indicado, la palabra “honrar” va más allá de la obediencia, aunque esta sea su primer sentido. Con el paso del tiempo, los hijos crecen hasta llegar a la edad adulta, la etapa de responsabilidad personal, cuando ya no están bajo la autoridad directa de sus padres; sin embargo, sus obligaciones hacia ellos no cesan. Deben a sus padres una deuda que nunca podrán pagar completamente. Lo mínimo que pueden hacer es estimarlos en alto honor, darles un lugar de superioridad y reverenciarlos. En el perfecto Ejemplo encontramos tanto obediencia como estima manifestadas.

El hecho de que el último Adán vino a este mundo no como el primero — plenamente desarrollado en cuerpo y mente — sino como un niño, pasando por la etapa de la infancia, es de gran importancia a la luz que arroja sobre el quinto mandamiento. Durante sus primeros años, el niño Jesús estuvo bajo la autoridad de María su madre y de José su padre legal. Esto se muestra hermosamente en el capítulo dos del evangelio de Lucas.

Al llegar a la edad de doce años, Jesús es llevado por ellos a Jerusalén para la fiesta de la Pascua. La escena es profundamente significativa si se le presta la debida atención. Al terminar la fiesta, José y María regresan a Nazaret junto con sus conocidos, suponiendo que Jesús iba con ellos. Pero Él se había quedado en la ciudad. Después de un día de camino, descubren su ausencia. Inmediatamente regresan a Jerusalén y lo encuentran en el templo.

Su madre le dice: “Hijo, ¿por qué nos has hecho así? He aquí, tu padre y yo te hemos buscado con angustia” (Lucas 2:48). El hecho de que lo buscaban “con angustia” implica que Él casi nunca se apartaba de su lado. No encontrarlo fue una experiencia nueva y extraña para ella, y el hecho de que lo buscaran con angustia revela la hermosa relación que existía en su hogar en Nazaret.

La respuesta de Jesús, correctamente entendida, también revela el honor que tenía hacia su madre. No es un reproche, sino una expresión que debe entenderse con el énfasis correcto: “¿No sabíais…?” Como bien señala el Dr. Campbell Morgan, es como si dijera: “Madre, debías saber que nada podría retenerme sino los asuntos de mi Padre”.

El desenlace es igualmente hermoso, pues leemos: “Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos” (Lucas 2:51). Así, para todos los tiempos, el Cristo de Dios ha dado el ejemplo perfecto de cómo los hijos deben obedecer y honrar a sus padres.

Pero más aún. Así como sucede con nosotros, así fue con Cristo: los años de obediencia a María y a José terminaron, pero no así los años de honra. En las últimas y terribles horas de su vida humana, en medio de los sufrimientos infinitos de la cruz, el Señor Jesús pensó en aquella que le amaba y a quien Él amaba; pensó en su necesidad presente y proveyó para su necesidad futura encomendándola al cuidado de aquel discípulo que más profundamente comprendía su amor. Su consideración por María en ese momento, y el honor que le otorgó, fue una de las manifestaciones de su victoria sobre el dolor.

Quizás sea necesario decir una palabra acerca de la forma de tratamiento que nuestro Señor empleó: “Mujer”. En todo el registro de los cuatro evangelios, nunca una sola vez la llamó “madre”. Para nosotros, que vivimos hoy, la razón no es difícil de discernir. Mirando a través de los siglos con su perfecta presciencia, y viendo el terrible sistema de mariolatría que pronto se levantaría, se abstuvo de usar un término que pudiera dar lugar a tal idolatría — la idolatría de rendir a María la honra que pertenece únicamente a su Hijo; la idolatría de adorarla como “la madre de Dios”.

En dos ocasiones encontramos en los evangelios que nuestro Señor se dirige a María como “Mujer”, y es muy significativo que ambas se encuentran en el evangelio de Juan, el cual presenta de manera especial la deidad de Cristo. Los evangelios sinópticos lo muestran en sus relaciones humanas; no así el cuarto evangelio. Juan presenta a Cristo como el Hijo de Dios, y como tal está por encima de todas las relaciones humanas, lo cual explica perfectamente que aquí se dirija a María como “Mujer”.

El acto de nuestro Señor en la cruz al encomendar a María al cuidado del discípulo amado se comprende mejor a la luz de su viudez. Aunque los evangelios no registran explícitamente la muerte de José, hay poca duda de que murió antes de que el Señor Jesús comenzara su ministerio público. Después del relato de Lucas 2, cuando Jesús tenía doce años, no se vuelve a mencionar a José. En Juan 2, María aparece en las bodas de Caná, pero no hay indicio de la presencia de José. Por tanto, considerando su viudez y el hecho de que había llegado el momento en que ya no podría cuidarla con su presencia física, se manifiesta aquí su amorosa solicitud.

Permitid una breve palabra de exhortación. Probablemente estas líneas serán leídas por personas adultas que aún tienen a sus padres con vida. ¿Cómo los estáis tratando? ¿Los estáis honrando verdaderamente? ¿Os avergüenza este ejemplo de Cristo en la cruz? Puede ser que vosotros seáis jóvenes y fuertes, y vuestros padres ancianos y débiles; pero dice el Espíritu Santo: “No menosprecies a tu madre cuando envejeciere” (Proverbios 23:22). Puede ser que vosotros seáis ricos y ellos pobres; entonces no dejéis de proveer para ellos. Puede ser que vivan lejos; entonces no dejéis de escribirles palabras de afecto que alegren sus últimos días. Estos son deberes sagrados: “Honra a tu padre y a tu madre”.

3. Aquí vemos que Juan volvió al lado del Salvador.

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:25, 26).

Exceptuando, por supuesto, el sufrimiento de Cristo a manos de Dios, quizás la gota más amarga de la copa que bebió fue el abandono de sus apóstoles. Era ya suficientemente triste que su propio pueblo, los judíos, lo despreciara y rechazara; pero fue aún peor que los once, que habían estado tanto tiempo con Él, lo abandonaran en la hora de crisis. Se habría pensado que su fe y su amor resistirían cualquier prueba. Pero no fue así. “Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron” (Mateo 26:56). Esto fue algo indeciblemente trágico.

Su incapacidad de velar con Él una hora en el Getsemaní casi paraliza nuestra mente, pero su abandono en el momento de su arresto es casi incomprensible. Y, sin embargo, ¿no hemos aprendido por amarga experiencia cuán engañoso es nuestro corazón, cuán débil es nuestra fe y cuán frágiles somos en la hora de la prueba? Si la gracia de Dios no nos sostiene, la más mínima cosa puede hacernos caer.

El Señor Jesús ya les había advertido: “Todos vosotros os escandalizaréis de mí esta noche… heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas” (Mateo 26:31). Y no solo Pedro, sino todos afirmaron que permanecerían fieles. Sin embargo, lo abandonaron. Y esto trajo oprobio sobre Él, pues dio ocasión a sus enemigos para burlarse.

Desde el lado humano, lo abandonaron porque se avergonzaron de Él. Consideraron peligroso permanecer a su lado. Pero desde el lado divino, fue porque Dios retiró temporalmente su gracia sustentadora. Cristo debía pisar el lagar solo, sin ningún consuelo humano, para llevar plenamente la carga de la ira de Dios.

Sin embargo, su cobardía fue temporal. Más tarde lo buscaron en Galilea. Pero es consolador saber que uno de ellos volvió antes de la resurrección, mientras aún estaba en la cruz. ¿Quién fue? Aun si no se mencionara su nombre, no sería difícil identificarlo: el discípulo a quien Jesús amaba. Juan había regresado al lado del Salvador y allí recibió una bendición especial.

Y ahora, una última palabra de exhortación. ¿Hay alguien que se haya apartado del Señor? ¿Que ha perdido la comunión con Él? Tal vez fallaste en la prueba. Tal vez negaste su nombre. Pero aquí hay esperanza: Cristo no reprendió a Juan cuando volvió, sino que le otorgó un privilegio. Vuelve a Él. Regresa hoy. Él te recibirá con gracia, y quizás tenga preparada para ti una misión de honra.

4. Aquí descubrimos una ilustración de la prudencia de Cristo.

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:25, 26).

Ya hemos visto cómo el acto de Cristo al encomendar a María en manos de su discípulo fue una expresión de su tierno amor y previsión. Que Juan se encargara de la madre viuda del Salvador fue una comisión bendita, y a la vez un precioso legado. Cuando Cristo le dijo: “He ahí tu madre”, era como si dijera: que ella sea para ti como tu propia madre; que tu amor por mí se manifieste ahora en tu cuidado por ella. Sin embargo, había mucho más detrás de este acto de Cristo.

Antiguamente se había profetizado que el Señor Jesús actuaría con sabiduría y prudencia. Por medio de Isaías, Dios había dicho: “He aquí que mi siervo será prosperado” (Isaías 52:13). Al encomendar a su madre al cuidado de su amado discípulo, el Salvador mostró una sabia elección de aquel que sería su guardián. Probablemente nadie entendía tan bien a Cristo como su madre, y casi con certeza nadie había comprendido tan profundamente su amor como Juan. Por tanto, eran compañeros perfectamente adecuados, unidos por un vínculo de simpatía común que los conectaba entre sí y con Cristo. No había nadie más apropiado para cuidar de María, ni cuya compañía le sería más agradable; y por otro lado, nadie cuya comunión Juan disfrutaría más.

Además, debe considerarse que una obra honorable y especial esperaba a Juan. Años después, el Señor Jesús se le revelaría en gloria en el Apocalipsis. ¿Qué mejor preparación podía tener que vivir junto a aquella que había estado más cerca de Cristo durante los treinta años de su vida oculta? Vemos así la perfecta sabiduría de unir a María y a Juan. Admiramos la prudencia de Cristo al escoger un hogar para su madre y al mismo tiempo proveer compañía espiritual para el discípulo amado.

Antes de continuar, podemos notar que el hecho de que Juan recibiera a María en su casa arroja luz sobre un pasaje posterior. En Juan 20, Pedro y Juan visitan el sepulcro vacío. Juan llega primero, pero Pedro entra. Luego entra Juan y cree. Después leemos: “Entonces los discípulos volvieron a su casa” (Juan 20:10). No se nos dice por qué, pero a la luz de Juan 19:27 es evidente: Juan regresó a casa para contarle a María la buena noticia de la resurrección. ¡Otro ejemplo de la perfecta armonía de las Escrituras!

5. Aquí vemos que las relaciones espirituales no deben ignorar las responsabilidades naturales.

El Señor Jesús estaba muriendo como el Salvador de los pecadores. Estaba realizando la obra más grande de la historia: satisfacer la justicia de Dios. Sin embargo, no olvidó sus responsabilidades humanas. No dejó de cuidar a su madre terrenal.

Aquí hay una lección muy necesaria hoy. Ninguna obra, por importante que sea, nos exime de nuestras responsabilidades familiares. Aquellos que sirven a Dios pero descuidan a su familia no siguen el ejemplo de Cristo. Tanto hombres como mujeres deben recordar que la piedad verdadera comienza en el hogar. No se puede honrar a Dios mientras se descuidan los deberes básicos hacia los nuestros.

6. Aquí vemos una necesidad universal ilustrada.

¡Qué diferente es la María de la Escritura de la María de la superstición! No era una figura exaltada para ser adorada, sino una pecadora necesitada de un Salvador. Ella misma dijo: “Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador” (Lucas 1:47). La Biblia no la presenta como reina celestial, sino como alguien que necesitaba gracia, como todos nosotros.

Ella estaba al pie de la cruz. Y allí, Cristo dijo: “Mujer, he ahí tu hijo”. En estas palabras vemos el resumen del camino de salvación: apartar la mirada de uno mismo y mirar a Cristo. La salvación no viene por obras, ni por méritos, ni por religión, sino por mirar a Cristo.

Así como los israelitas fueron sanados al mirar la serpiente de bronce, así hoy la salvación se recibe al mirar a Cristo por fe. “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto… así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado” (Juan 3:14).

Hay vida en una mirada. Lector, ¿has mirado tú a Cristo? ¿Has contemplado al Salvador muriendo por pecadores? María necesitó mirar… y tú también. Mira a Cristo y serás salvo.

7. Aquí vemos la maravillosa combinación de las perfecciones de Cristo.

“Estaban junto a la cruz de Jesús su madre. Cuando vio Jesús a su madre, y al discípulo a quien Él amaba, que estaba presente, dijo a su madre: Mujer, he ahí tu hijo. Después dijo al discípulo: He ahí tu madre” (Juan 19:25, 26).

Este es uno de los mayores misterios de su persona: la unión de la más perfecta afectividad humana con su gloria divina. El mismo evangelio que más claramente lo presenta como Dios, aquí se asegura de mostrarnos que también era hombre — el Verbo hecho carne. Estando comprometido en una obra divina, haciendo expiación por los pecados de su pueblo y enfrentando las potestades de las tinieblas, aun así, en medio de todo, manifiesta la misma ternura humana, lo que demuestra la perfección del hombre Jesucristo.

Este cuidado por su madre en su hora final fue característico de toda su conducta. Todo en Él era natural y perfecto. La sencillez espontánea que le caracterizaba es notable. No había nada de pomposo ni ostentoso en Él. Muchas de sus obras más poderosas fueron realizadas en el camino, en una casa humilde o entre un pequeño grupo de necesitados. Muchas de sus palabras, que hoy siguen siendo inagotables en significado, fueron pronunciadas de manera sencilla mientras caminaba con unos pocos amigos.

Así también fue en la cruz. Estaba realizando la obra más grande de toda la historia. Estaba llevando a cabo aquello ante lo cual la creación del mundo queda en total insignificancia, y sin embargo, no olvida cuidar de su madre — como si estuviera aún en el hogar de Nazaret. Con razón fue dicho: “Su nombre será llamado Admirable” (Isaías 9:6).

Admirable fue en todo lo que hizo. Admirable en cada relación que sostuvo. Admirable en su persona, y admirable en su obra. Admirable en su vida, y admirable en su muerte. Admirémosle y adorémosle.


Conclusión

La palabra de afecto pronunciada por nuestro Señor en la cruz nos revela una de las facetas más conmovedoras de su carácter: la perfecta armonía entre su naturaleza divina y su naturaleza humana. Aun en medio de los sufrimientos más intensos, cuando estaba llevando a cabo la obra más grande de la redención, no olvidó los deberes más simples y naturales. Su cuidado por su madre no fue un detalle secundario, sino una manifestación de su perfección en todas las áreas de la vida.

En esta escena contemplamos no solo al Salvador que redime, sino también al Hijo que honra, al Maestro que enseña con su ejemplo y al Señor que cumple perfectamente la ley de Dios. Aquí aprendemos que la verdadera espiritualidad nunca está desligada de las responsabilidades cotidianas. Ningún servicio, por elevado que parezca, puede justificar el descuido de los deberes que Dios mismo ha establecido.

Finalmente, esta palabra nos dirige nuevamente a Cristo mismo. Él es el centro de toda devoción, el objeto de toda fe y el modelo perfecto para nuestras vidas. Así como María fue llamada a mirar a su Hijo, así también nosotros somos llamados a mirar a Cristo. En Él encontramos gracia, ejemplo, consuelo y salvación. Que nuestros corazones, al contemplar esta escena, sean llevados no solo a admirar su amor, sino a responder con una vida de obediencia, honra y comunión con Él.

Las siete Palabras de Cristo en la cruz. II: La Palabra de salvación (A. W. Pink)
Salir de la versión móvil