Rayos brillantes salían de Su mano

Desde que abrimos la Escritura en Génesis 1 vemos el poder de Dios manifestado de manera increíble. Si continuamos leyendo, veremos lo mismo una y otra vez: la gloria de Dios obrando en medio de los hombres. Una costumbre hebrea era contar de generación en generación esas poderosas obras del Señor, por lo que, cuando leemos Habacuc 3, debemos hacerlo bajo ese lente.
El capítulo 3 del libro de Habacuc lo podemos definir como una oración profética y un salmo. Esto es fácil de distinguir, ya que vemos al profeta orar a Dios y, al final del capítulo, concluye: «Al jefe de los cantores, sobre mis instrumentos de cuerda». Además, debemos entender que el lenguaje del capítulo es poético; no podemos interpretarlo de manera estrictamente literal, sino como un canto que describe las maravillas del Señor. Veamos:

3 Dios vendrá de Temán, Y el Santo desde el monte de Parán. Su gloria cubrió los cielos, Y la tierra se llenó de su alabanza.

4 Y el resplandor fue como la luz; Rayos brillantes salían de su mano, Y allí estaba escondido su poder.

5 Delante de su rostro iba mortandad, Y a sus pies salían carbones encendidos.

Habacuc 3:3-5

Hemos leído de la gloria de Dios en varios textos bíblicos donde Su presencia se asocia con luz, fuego y resplandor. Un ejemplo claro lo encontramos en Éxodo 19, cuando el Sinaí se llenó de fuego, truenos y temblor. Pero fíjate en algo impresionante del texto: aunque Habacuc describe la gloria y el poderío de Dios, también nos dice que eso ni siquiera es la plenitud de Su fuerza, pues allí «estaba escondido Su poder». Es decir, lo visible es solo una pequeña muestra de Su grandeza.

Oh, querido amigo, la gloria del Señor es tan sublime que incluso Juan, en sus visiones registradas en el Apocalipsis, apenas pudo describirla con palabras humanas. Habacuc resalta el poder de Dios porque creía que el mismo Dios que había hecho maravillas en el pasado también podía obrar en su presente. Por eso clama en el versículo 2:

Oh Jehová, aviva tu obra en medio de los tiempos, En medio de los tiempos hazla conocer; En la ira acuérdate de la misericordia.

Habacuc 3:2

Mucho cuidado con pensar que el Dios que obró poderosamente en tu vida en el pasado no es capaz de hacerlo hoy. Tengamos la misma fe de Habacuc. Vayamos a la Escritura y recordemos cómo abrió el Mar Rojo para que Su pueblo cruzara en seco, cómo detuvo el Jordán, cómo en el desierto los sustentó con maná que descendía del cielo. ¡Piensa en eso! Maná cayendo del cielo para alimentarlos. Y aún más: su ropa no se desgastaba, sino que crecía con ellos.

Podríamos escribir secciones enteras hablando de las glorias del Señor y jamás terminaríamos. Su grandeza es infinita, y el Dios de ayer sigue siendo el mismo hoy. Roguemos a Dios que avive Su obra en nosotros y en nuestras iglesias.

En definitiva, este capítulo nos recuerda las grandezas del Señor y fortalece nuestra fe para seguir confiando en que Él puede obrar hoy, aun cuando los problemas se avecinen. Recordemos que Habacuc confía en Dios a pesar de saber que los babilonios vendrían a castigar a Judá.

Cantemos de Sus maravillas en medio del dolor. Recordemos Sus obras en la prueba. Mantengámonos firmes en el oleaje de nuestras adversidades, sabiendo que el poder que vimos manifestado en el Antiguo Testamento era solo una fracción de Su gloria, pues Su poder verdadero permanece escondido y es infinitamente mayor.

¡Alabado sea nuestro Dios por siempre!

Seto de espinos: así es el camino del perezoso
Columna de nube y columna de fuego

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *