El sudor corre por la piel de miles de soldados israelíes, están confundidos, el espanto corre por sus venas, la amargura y el dolor se convierten en parte de sus pensamientos, simplemente están en la desesperación plena, mientras un solo hombre, un solo guerrero trata de intimidar al pueblo de Dios con palabras necias, teniendo cierto orgullo en que Dios está callado, en que Dios no responde. Para este incircunciso parece que Dios está sordo y que se ha olvidado de su pueblo.

Sin embargo, en aquel momento Dios da a mostrar una vez más su poder, pues envía un jovencito a luchar contra ese gigante, el cual tomó esto como un chiste, pues no se imaginaba que Dios podía usar a este joven para derrotarlo y así glorificar su nombre en medio del campamento. ¡Dios no está sordo!.

Maldad tras maldad, enfermedad, odio, enemistades, corrupción, infidelidad; estas son algunas de las palabras con las cuales podemos definir este mundo actual que va hacia la deriva, un mundo que se olvida de su Creador y presume que lo tiene todo, y presume que si pasan tantas cosas es porque Dios está callado, porque Dios está sordo y se ha olvidado de su creación.

En las Escrituras existen muchos hombres que pudieron experimentar que Dios no está sordo, puesto que Dios les hizo grandes proezas y pudieron testificar que fiel y poderoso es Aquel en quien ellos habían puesto su confianza.

¿De cuantos testimonios bíblicos podemos hablar? Dios dividió el mar rojo y su pueblo pasó en seco y todos sus enemigos perecieron allí. Son innumerables, pero en el siguiente párrafo te daremos solo algunos de tantos ejemplos.

En una batalla de los israelitas Dios hizo descender rocas desde los cielos sobre sus enemigos. Cuando el rey Nabucodonosor dio orden para adorar a una estatua, existieron tres hombres que dijeron que no lo harían, fueron echados al horno de fuego y en medio del fuego se apareció uno como hijo de los dioses y ni siquiera sus ropas se quemaron.

Hermanos míos, servimos a un Dios poderoso que aún sigue hablando, que aún sigue haciendo milagros, que cumple sus promesas, que está pendiente de nosotros, y que sabe cuál es el momento adecuado para obrar en nosotros.

Dios no está sordo, Él está presto para escuchar nuestras oraciones y súplicas.

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