Lo único que nos puede hacer libres

Distintos tipos de personas pasan por problemas o dificultades en el día a día. Algunos son fuertemente esclavizados por el alcohol, por las drogas, la pornografía y muchas otras cosas más. Estos grupos de personas a veces no pueden controlar lo antes mencionado y buscan ayuda con «profesionales» para poder salir del mal en el que se encuentran. Hay instituciones que ayudan a estos tipos de personas, sin embargo, la mayor parte de ellos no termina de cambiar. Surge entonces la gran pregunta: ¿cuál es la cura para este mal?

El mundo de hoy se hace esclavo de diferentes cosas y esa esclavitud se convierte en pecado. Se da el lugar de Dios a los placeres temporales y pasajeros de este mundo. Y aunque muchos se esfuerzan con métodos humanos, terapias o filosofías de autoayuda, la verdad es que ninguna institución, por buena que sea, puede curar el mal más profundo del hombre: el pecado. El ser humano no necesita solo un cambio externo de conducta, sino una transformación interna del corazón, algo que solo Dios puede realizar.

En Juan capítulo 8 Jesús sostuvo una conversación con los judíos, conversación que sigue teniendo vigencia hasta nuestros días:

31 Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos;

32 y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.

Jesús muestra claramente cuál es la vía de la verdadera libertad: 1) Permanecer en su Palabra, 2) Ser sus discípulos, y 3) Conocer la verdad. Estas son las mismas condiciones que tenemos hoy para ser libres del pecado. Permanecer en la Palabra de Dios implica vivir bajo su enseñanza y reconocer su autoridad. Ser discípulos significa seguir sus pasos, negarnos a nosotros mismos y rendir nuestra vida a Él. Y conocer la verdad no es un mero conocimiento intelectual, sino una experiencia real con Cristo mismo, quien dijo: “Yo soy la verdad”. Solo entonces llegamos a ser «verdaderamente libres».

Los judíos respondieron a Jesús con incredulidad:

33 Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: Seréis libres?

Nótese que ellos entendieron las palabras de Jesús en un sentido físico, pensando en la esclavitud política o social. Sin embargo, Cristo hablaba de una esclavitud mucho más profunda: la esclavitud espiritual. Ellos no se reconocían como esclavos del pecado, y en esa ceguera espiritual radicaba su mayor necesidad. Esto mismo ocurre hoy: multitudes no logran reconocer que viven en cadenas, pensando que son libres porque pueden hacer lo que quieren, cuando en realidad están presos de sus propios deseos.

En el siguiente verso Jesús les habla aún más directo:

34 Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado.

El pecado no es simplemente una debilidad ocasional, es una fuerza que domina y somete. Así como un esclavo en la antigüedad no podía liberarse por sí mismo, el ser humano tampoco puede romper sus cadenas espirituales sin la intervención de Cristo. Los judíos pensaban que su descendencia de Abraham era suficiente para ser libres, pero Jesús les deja claro que lo que los condenaba era que su corazón estaba lejos de Dios.

Hoy en día, muchos justifican sus acciones, se comparan con otros o confían en sus tradiciones religiosas, pero siguen en esclavitud. Algunos dicen: “No soy tan malo”, otros confían en ritos, filosofías o en su propio esfuerzo moral. Sin embargo, la Biblia enseña que “por cuanto todos pecaron, están destituidos de la gloria de Dios” (Romanos 3:23). No hay excepción: todos necesitamos a Cristo.

Jesús mismo les declara la raíz del problema:

37 Sé que sois descendientes de Abraham; pero procuráis matarme, porque mi palabra no halla cabida en vosotros.

Ellos no podían aceptar que eran esclavos del pecado. Les ofendía reconocerlo, pero esa era la verdad. Y de igual manera hoy, muchos se ofenden cuando la Palabra de Dios les confronta. El corazón humano resiste admitir que necesita un Salvador. Sin embargo, esa es la única puerta hacia la libertad real: reconocer nuestra condición y correr a Cristo.

No importa cuántas instituciones famosas visitemos, ni cuántas terapias recibamos; si no reconocemos a Jesús como el Cristo, seguimos siendo esclavos. El mundo ofrece parches temporales, pero solo Cristo ofrece vida nueva. Como dijo en Juan 14:6:

Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.

Este mensaje es tan claro como radical: no hay otro camino, no hay otra verdad, no hay otra vida. Jesús no es una alternativa más entre muchas, Él es la única respuesta. Y cuando alguien deposita su fe en Él, no solo recibe perdón, sino que experimenta verdadera libertad. Una libertad que no depende de circunstancias externas, sino de la obra interna del Espíritu Santo que transforma el corazón.

Por eso, la cura al problema del pecado no está en métodos humanos, sino en Jesucristo. Él rompe cadenas, cambia vidas y da esperanza. Quien permanece en su Palabra, quien se convierte en su discípulo, y quien le conoce como la verdad, puede testificar con seguridad: “Fui esclavo, pero ahora soy libre en Cristo.”

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