Estamos viviendo tiempos sumamente peligrosos, y la iglesia no debe ver al mundo como un hogar, tampoco debe mirarlo como un amigo. La Palabra de Dios nos recuerda que nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también aguardamos al Salvador, el Señor Jesucristo (Filipenses 3:20). Es decir, el creyente no debe sentirse cómodo en un sistema que está gobernado por el príncipe de este mundo. Recordemos que siglos atrás la iglesia fue fuertemente perseguida, y que ese mismo lobo que se disfraza de oveja volverá a perseguir a los hijos de Dios, tal y como ya está sucediendo en muchos países. La pregunta que surge es: ¿Debemos estar tranquilos solo porque en nuestro contexto inmediato no vemos persecución abierta? La respuesta es un rotundo no.
En muchos países se reporta diariamente que cristianos son asesinados, encarcelados o despojados de sus derechos por causa de su fe. Sin embargo, el mundo permanece indiferente, callado y en silencio. ¿Por qué ocurre esto? Porque el mundo nunca será amigo de la iglesia de Cristo. A veces los creyentes olvidamos esta realidad y tratamos de establecer amistad con el mundo, compartiendo sus mismos deseos y prácticas. Pero Jesús fue claro cuando dijo: “Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros” (Juan 15:18). La enemistad del mundo hacia el pueblo de Dios no es algo nuevo, sino una constante en la historia de la fe.
En países musulmanes radicales, las estadísticas muestran que cada cinco minutos muere un cristiano por su fe. Esto significa que, en el transcurso de un año, aproximadamente 105,120 cristianos pierden la vida por causa del Evangelio. Estas cifras deberían estremecernos y recordarnos que ser cristiano conlleva un costo. El Evangelio no promete una vida de comodidad y aplausos, sino de entrega, renuncia y, en muchos casos, sufrimiento. Cuando comprendemos esto, nos damos cuenta de que la persecución no es un accidente en la vida cristiana, sino parte de la batalla espiritual que enfrentamos contra un mundo que rechaza a Cristo.
Hay algo muy importante que debemos entender, y es lo que declaró el apóstol Santiago:
¡Oh almas adúlteras! ¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Cualquiera, pues, que quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios.
Santiago 4:4
Estas palabras son directas y confrontativas. Santiago no suavizó el mensaje; llamó adúlteros espirituales a aquellos que coquetean con el mundo. Nos recordó que la amistad con el mundo inevitablemente nos convierte en enemigos de Dios. Esto debe hacernos reflexionar: ¿qué tanto de nuestras vidas refleja la cultura de este mundo en lugar de reflejar la santidad de Dios? No hemos sido llamados a importar las modas y costumbres mundanas a nuestras congregaciones, sino a proclamar fielmente el Evangelio para transformar corazones.
Por esta razón resulta preocupante ver a muchos cristianos ideando métodos para atraer a la gente con entretenimiento, luces y estrategias que imitan a la cultura secular. Estos métodos quizás logran atraer multitudes, pero lo hacen por lo mismo que el mundo ya ofrece, no por el poder del Evangelio. Y cuando el Evangelio es desplazado, la iglesia pierde su identidad. La Escritura es clara: “No me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). El mensaje central que debemos predicar es la vida, muerte y resurrección de Jesús. Nada más y nada menos.
Cuando obviamos el Evangelio y presentamos exactamente lo que la gente desea escuchar, no estamos edificando verdaderos discípulos, sino multiplicando falsos convertidos. Jesús mismo advirtió que en los últimos tiempos habría muchos engañadores y que incluso se levantarían falsos cristos y falsos profetas (Mateo 24:24). Por lo tanto, el deber de la iglesia no es entretener, sino proclamar fielmente la verdad, aunque incomode, aunque sea rechazada por el mundo.
Amados, no seamos como el mundo ni intentemos disfrazar el cristianismo con las mismas estrategias que la cultura secular ofrece. Nuestra tarea es clara: presentar a Dios al mundo. Ese es nuestro trabajo, nuestra responsabilidad y, sobre todo, nuestro legado. El Evangelio no necesita adornos mundanos, porque su poder radica en Cristo crucificado y resucitado. Que no se diga de nosotros que preferimos agradar al mundo antes que agradar a Dios. Recordemos que el mundo pasa y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:17).
En conclusión, estamos en tiempos peligrosos, tiempos de prueba, donde la fidelidad al Señor será más valiosa que nunca. No olvidemos que el cristianismo verdadero implica renuncia y puede implicar persecución. Seamos fieles, prediquemos el Evangelio puro y confiemos en que, aunque el mundo nos rechace, tenemos una esperanza eterna en Cristo. ¡Este es nuestro gran legado y nuestra misión en la tierra!