(By: Joseph L. M) — La Teología de la prosperidad, también conocida como Evangelio de la prosperidad, es un conjunto no sistematizado de doctrinas de ciertos grupos religiosos que enseñan que la prosperidad económica y el éxito en los negocios son una «evidencia externa» del favor de Dios.
También es conocida como «Palabra de Fe» o «Confiésalo y recíbelo». Es una enseñanza común entre muchos telepredicadores y también entre algunas iglesias pentecostales y neo pentecostales (incluso entre predicadores evangélicos y carismáticos), la cual establece que Dios quiere que los cristianos sean exitosos en «todos sus caminos», especialmente en el área de las finanzas. Este evangelio nunca lo encontraremos en las Escrituras y ha sido fuertemente criticado por desviar el verdadero propósito del mensaje de Cristo.
Cristo no murió para aumentar nuestras finanzas, sino para reconciliarnos con Dios y darnos vida eterna. El Señor prometió estar con nosotros en medio de las pruebas, no necesariamente librarnos de toda dificultad económica. De hecho, la Biblia nos recuerda que muchos de los grandes hombres de fe no gozaron de riquezas terrenales, pero fueron llamados herederos del reino por su fidelidad.
El apóstol Pablo advierte claramente sobre los deseos de enriquecerse en 1 Timoteo 6:8-10:
8 Y si tenemos qué comer y con qué cubrirnos, con eso estaremos contentos.
9 Pero los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo y en muchos deseos necios y dañosos que hunden a los hombres en la ruina y en la perdición.
10 Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores.
Es increíble que estas personas saquen estos textos de contexto para querer explicar una doctrina que los hará más ricos. Y esto ya está sucediendo: 50 de las 250 iglesias más grandes de Estados Unidos promueven el evangelio de la prosperidad. Además, encuestas recientes indican que el 46% de los cristianos dicen que Dios los hará ricos si tuvieran fe suficiente. Este pensamiento distorsiona la fe, pues reduce la relación con Dios a una especie de contrato financiero en lugar de una entrega amorosa y obediente.
El contraste bíblico
En la Biblia vemos que a los profetas y apóstoles les costó la vida predicar el verdadero evangelio. Lejos de acumular riquezas, ellos padecieron hambre, persecución y hasta la muerte. Pablo, Pedro, Esteban y tantos otros fueron hombres de Dios que no midieron la bendición divina por la prosperidad material, sino por la comunión con Cristo y la esperanza de la gloria venidera.
Jesús mismo advirtió: “No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo…” (Mateo 6:19-20). El Señor enfocó a sus discípulos en buscar primero el reino de Dios y su justicia, confiando en que lo necesario sería añadido, pero nunca promovió el enriquecimiento como señal de fe genuina.
El peligro espiritual de la prosperidad mal entendida
El gran problema de la teología de la prosperidad no es únicamente que sea antibíblica, sino que alimenta la codicia del corazón humano. Transforma la fe en una herramienta para lograr intereses personales y hace que muchos midan la espiritualidad por lo que tienen en el banco, en lugar de lo que tienen en su corazón.
Cuando el evangelio se convierte en una promesa de éxito financiero, las personas que no alcanzan esas riquezas terminan frustradas, dudando de su fe e incluso alejándose de Dios. La consecuencia es un cristianismo superficial, basado en expectativas materiales y no en la cruz de Cristo.
¿Es bíblica esta doctrina de la prosperidad?
La respuesta es un rotundo NO. No encontramos en las Escrituras la enseñanza de que la riqueza es prueba del favor de Dios. Al contrario, encontramos advertencias contra el amor al dinero, llamados a la humildad, a la generosidad y a poner nuestra mirada en lo eterno. El verdadero evangelio nos invita a tomar nuestra cruz, a negarnos a nosotros mismos y a seguir a Cristo, no a perseguir riquezas terrenales.
Que como creyentes podamos discernir y no ser engañados por mensajes atractivos pero falsos. Recordemos que la mayor prosperidad está en Cristo mismo: su perdón, su paz y la vida eterna que nos ha regalado. Esa es la verdadera riqueza que ningún ladrón puede robar ni la polilla destruir.