Una Promesa del Evangelio

La bendición aquí prometida es una de las bendiciones más importantes que los hombres pueden necesitar o que Dios puede dar. Sin esta bendición, todos los otros beneficios del pacto no tendrían validez. Es inútil tener un Salvador si no tenemos el poder espiritual para creer en Él. ¿De qué nos sirve que se hayan dado preciosas promesas si no tenemos ninguna fe implantada en nosotros por el Espíritu Santo, por medio de la cual podamos alcanzar esas promesas, rogar con base en ellas en nuestras oraciones y obtener su cumplimiento? Sin santidad, ningún hombre verá al Señor; pero la santidad no crece de manera natural en ningún corazón humano; por lo tanto, sin el Espíritu de Dios, quien es el Autor de la santidad, ningún hombre podría convertirse alguna vez en heredero de la inmortalidad, o entrar en el descanso reservado para el pueblo de Dios. El Espíritu Santo es necesario para la forma más insignificante de vida espiritual, y de la misma manera Él es necesario para el más elevado desarrollo espiritual. Sin el Espíritu Santo, no podemos pasar a través de la primera puerta y sin el Espíritu no podemos atravesar la última. Ningún hombre puede decir en su corazón que Jesús es el Cristo sino por medio del Espíritu Santo; mucho menos puede algún hombre alcanzar la perfección que se necesita para el cielo, excepto a través del trabajo y del poder del Espíritu del Dios viviente.

Siempre me cuido mucho en mi ministerio de no oscurecer en lo más mínimo esta bendita e indispensable obra del Espíritu Santo. ¡Oh! Si el Espíritu de Dios no es honrado, si se resiente por nuestra negligencia, si se separa de nosotros, ¿de qué nos sirven nuestras congregaciones? ¿Cuál sería el beneficio de nuestro celo, aun si lo pudiéramos conservar? ¿Cuál sería el propósito de congregarse para orar si no tienen ningún deseo de congregarse? Sin Él, no podemos hacer nada. Él infunde todo el ánimo a la iglesia cristiana. Jesús nos ha dejado para irse al cielo, pero Él sigue reinando y gobernando en medio de nosotros por medio de su vice-regente, el Espíritu Santo. Démosle todo el honor. Confiemos en Él. Busquémosle con toda sinceridad. Tomemos la responsabilidad de testificar acerca de Él, los que tenemos la responsabilidad de hablar. Y ustedes, que tienen la responsabilidad de oír, pongan mucho interés en recibirlo.

I. ¿QUIÉN ES ESTE ESPÍRITU?

Se habla de Él en este texto, y a menudo en muchos otros. Es muy importante que mencionemos nuevamente los lugares comunes del Evangelio y las cosas simples de la Palabra de Dios. No tengo ninguna duda que hay algunas personas aquí que no entienden la doctrina de la divina Trinidad. Me ha dolido (me podría haber divertido si no fuera por lo triste de la reflexión) la ignorancia de algunos que han venido aquí y han aprendido por primera vez las verdades más elementales del Evangelio. Ahora las conocen y se gozan en ellas; incluso ahora son capaces de enseñarlas a otros. Pero cuando vinieron aquí por primera vez, aunque no eran personas que carecían de educación, sino que eran más bien versados en algunos otros asuntos, no tenían el menor conocimiento del plan de salvación, o ni siquiera de las simples y claras verdades más fundamentales del Evangelio de Jesús. Era como si hubieran venido del centro de China o de alguna otra región en la que nuestra Biblia no fuera conocida.

Entonces es necesario que entiendan que el Espíritu Santo, de quien a menudo hablamos, es una Persona. Él no es una mera influencia. Hablamos de “las influencias del Espíritu Santo,” y eso es muy conveniente; pero esas influencias proceden de una persona que trabaja en las mentes de los hombres por Su influencia. Es correcto orar por las influencias del Espíritu Santo, pero no es correcto pensar acerca del Espíritu Santo mismo como si fuera una influencia, ya que Él es una persona. Atribuimos a Él acciones que no podrían ser atribuidas a influencias. Se dice que Él puede ser entristecido, puede ser vejado, puede ser despreciado. Cosas maravillosas son atribuidas a Él, que no podrían ser llevadas a cabo por influencias. El Espíritu de Dios se movía sobre esta tierra cuando todavía estaba sin orden y vacía, y había tinieblas sobre la faz del océano. Él trajo orden, donde había confusión. Él adornó los cielos. La belleza del tabernáculo es atribuida a la habilidad inspirada por Él. O, hablando del tabernáculo más santo del cuerpo de nuestro Salvador, este fue formado y moldeado por el poder del Espíritu Santo. El ser santo que nació de Maria no nació por generación natural, sino por la energía del Santo de Israel. El agente fue una persona, no una influencia. Y cuando nuestro Señor fue levantado de nuevo de entre los muertos, su resurrección es atribuida en la Escritura al Espíritu Santo. El Espíritu Santo obró diversas señales y milagros en la iglesia primitiva. Capacitó a los apóstoles para que hablaran en muchas lenguas; por medio de Él, los apóstoles tenían el poder de realizar diversos milagros. Dio el mandamiento para que se apartase a Pablo y a Bernabé para el trabajo para el que Él los había llamado; y todavía, amados hermanos, Él está en la iglesia, y tenemos comunión con Él. Estamos en íntima comunión con Él. Podemos dar nuestro testimonio que Él intercede por nosotros con gemidos indecibles; que Él nos ayuda en nuestras debilidades y lleva a cabo múltiples oficios de amor que nos hacen sentir, de manera experimental y consciente, que el agente de tales cosas es verdaderamente una persona.

Más aún, Él es Dios, verdaderamente Dios. Nunca pensemos con ligereza del Espíritu Santo, como si Él fuera divino en un sentido inferior. En tu bautismo, los tres nombres fueron puestos juntos. Tú fuiste bautizado en el triple nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Tengan mucho cuidado de que las tres personas siempre estén asociadas en sus mentes con igual afecto y con igual respeto. La Bendición, que constantemente concluye nuestro servicio de adoración, da su lugar a cada uno: “Que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, y el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos ustedes.” Entonces, el Espíritu Santo es Divino. No tratamos ahora de demostrar lo que es nuestro deber afirmar dogmáticamente en el momento presente. El tema tiene abundantes pruebas en la Santa Biblia. Por tanto será suficiente que les enseñe los hechos. ¿Cómo es que el Padre es Dios, el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios, y sin embargo no hay tres Dioses, sino un solo Dios? Yo no puedo responder a eso. Sé que es así, pues así nos es revelado; pero, cómo es que eso es así, no nos corresponde adivinarlo, porque eso no es revelado ni explicado. Nuestro entendimiento no se puede aventurar más allá del testimonio. Los teólogos han hecho muchos intentos de encontrar en la Naturaleza, paralelos correspondientes a la Unidad y a la Trinidad de Dios, pero me parece a mí que todos han fallado. Tal vez el mejor es el de San Patricio, quien cuando predicaba a los irlandeses, deseando explicarles este asunto, cortó un trébol y les mostró sus tres hojas todas unidas en una. Eran tres, pero era un trébol. Sin embargo, hay fallas y deficiencias aun en esa ilustración. No satisface el caso. Es una doctrina que debe ser enfáticamente afirmada como está expuesta en el Credo de Atanasio; yo no cuestiono la verdad de su enseñanza, pues creo en todo, aunque me horroriza el abominable anatema que afirma que el hombre que dude en aceptarlo “será condenado eternamente sin ninguna duda.” Es un tema que debe ser reverentemente aceptado según es presentado en la Palabra de Dios, y fielmente estudiado según ha sido entendido por los más escrupulosos e inteligentes cristianos de generaciones sucesivas.

No debemos pensar que alguna cosa puede causar un detrimento al homenaje que le es debido al Padre como originalmente y esencialmente divino, y no debemos pensar del Unigénito del Padre como si no fuese “Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos,” ni del Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo, como si no tuviera todos los atributos de la Divinidad. Debemos apegarnos a esto: “Escucha, Israel: Jehovah nuestro Dios, Jehovah uno es”; pero también debemos creer que Él debe ser adorado en tres Personas, aunque es uno en Su esencia.

Entiendan entonces ustedes, que conocen sólo un poco acerca de las doctrinas del Evangelio, que deben adorar al Espíritu Santo y ejercer su fe en Él como Dios. Pongan un énfasis particular en esto, porque está escrito: “Y a cualquiera que diga palabra contra el Hijo del Hombre le será perdonado; pero a cualquiera que hable contra el Espíritu Santo no le será perdonado, ni en este mundo, ni en el venidero.” Una terrible santidad rodea al Espíritu de Dios. Conforme pienso en Él, me parece que veo al Sinaí en medio del fuego con un límite establecido a todo su alrededor; y oigo una voz que me dice: “No te acerques aquí. Quita las sandalias de tus pies, porque el lugar donde tú estás tierra santa es.”

No sé cuál sea ese pecado en contra del Espíritu Santo; en vano podría tratar de definirlo. Está como un faro, como si Dios hubiera visto que una generación impía y de dura cerviz habría de vejar al Espíritu Santo aventurándose en la blasfemia; por tanto, mientras toda manera de blasfemia será perdonada a los hombres, el pecado en contra del Espíritu Santo nunca les será perdonado. Presten mucha atención para que no se endurezca su corazón, para que no cometan ese pecado. No creo que lo hayan cometido. Sé que no lo han cometido si desean ser salvos. Sé que no lo han cometido si desean venir y poner su confianza en Jesucristo. Sin embargo, les advierto que tengan cuidado y traten con reverencia aun al simple pensamiento del Espíritu Santo, el Consolador, el Instructor de sus almas. La segunda pregunta para ustedes será:

II. ¿CÓMO CUMPLE ÉL ESTA PROMESA?

Entendemos por estas palabras, que los que antes amaban al pecado serán movidos a amar la justicia; que a quienes parecía muy difícil apartarse de sus caminos de maldad, serán inducidos a correr con presteza en el camino del mandamiento de Dios. Ahora, es una gran cosa que esto sea prometido y una cosa muy grande que pueda ser obtenido. Ningún poder humano puede lograr que esto ocurra. Con la misma facilidad que el etíope cambia el color de su piel a un color blanco o el leopardo se libra de sus manchas, el hombre que está acostumbrado a hacer el mal revierte toda la corriente de sus hábitos e instintos, y aprende a hacer el bien. (En otras palabras es imposible que lo haga). El poder divino que diseñó al principio el alma del hombre debe remodelarla. Solamente el Creador, que hizo el instrumento, puede afinarlo de nuevo o restaurar su armonía. Ninguna mano inexperta puede arreglarlo. La gente a veces critica la doctrina de la impotencia humana, pero yo les puedo garantizar que la evidencia real es mucho más convincente que la teoría abstracta. La experiencia pastoral práctica que algunos de nosotros hemos tenido, muy pronto convencería a cualquiera que hay una amplia evidencia de la verdad de esta doctrina.

Nos encontramos con quienes han sido despertados un poco en nuestras reuniones de oración y en los servicios de avivamiento. ¿Cuál creen ustedes que es lo primero en que debemos involucrarnos con ellos? Pues, algunos de ellos nunca han tenido el hábito de pensar acerca de sus almas antes de esto, y en el momento en que comienzan a pensar, de la misma manera que un joven que comienza a trabajar en el taller de un carpintero, que nunca antes ha visto ni siquiera las herramientas, se cortan y se hieren con cada herramienta que intentan manejar. Estas pobres almas nunca antes fueron introducidas al mundo espiritual. El auto-examen es una novedad para ellos. Si piensan en el pecado, caen en la desesperación; o si piensan en la misericordia, caen en la arrogancia. Cualquiera que sea la verdad que ponemos frente a ellos, la utilizan indebidamente y la pervierten. No parecen tener el sentido o el juicio para usar cualquier verdad de la manera correcta. Puedes enseñar al joven que busca con mucho denuedo, pero vas a encontrar que es muy difícil guiarlo. Por ejemplo, si parece resuelto a la desesperación, tratarás de consolarlo usando todos los argumentos que puedas, pero él se va a desesperar de todas maneras, si ya ha tomado la determinación de hacerlo. Algunos de ellos me recuerdan a ciertas liebres que los cazadores tratan de sacar de sus madrigueras. Parece que es inútil enviar a los perros tras de ellas. Cuando he usado argumentos para sacarlos de un hoyo, en el acto se refugian en otro; y cuando ya he tapado muchos hoyos y me he dicho a mí mismo: “¡Te voy a agarrar ahora; no puedes responder a eso!” súbitamente parecen encontrar otro hoyo diferente de falsedad y de engaño. Se han alejado de mí, y todo mi trabajo se ha perdido. ¡Ah! Entonces es cuando el pastor siente que tiene que tener el poder del Espíritu Santo para que le ayude o de lo contrario aun el pecador que comienza a despertar y que está inquieto, evadirá la conversión, se apartará de la vida eterna y va a perecer en su pecado. Sí, hermanos, la experiencia nos demuestra de una manera mucho más clara que cualquier controversia, que es necesario reconocer la necesidad de la obra del Espíritu Santo. Y si, simplemente cuando tratamos con las lecciones elementales de religión, encontramos una evidencia tan palpable de la incapacidad humana, ¡cuánto más es esto válido cuando se trata de hacer que alguien que ama al pecado se convierta en un amante de la santidad! Puedes enseñarle las reglas de la moralidad; puedes presentarle los resultados inevitables del pecado; lo puedes atraer con las recompensas de la virtud; pero la víbora es demasiado sorda a todos tus esfuerzos para atraerla, y cuando lo has intentado y lo has intentado y lo has intentado, ella todavía retiene su veneno y todavía es una víbora.

Pero ¿cómo hace el Espíritu Santo esto? Él opera, es verdad, de muchas maneras; lo hace a menudo por medio de su poder para dar vida. El Espíritu Santo es el Autor de toda la vida espiritual. Si hablamos de regeneración, el Espíritu Santo es el Regenerador. Ningún hombre puede recibir esa vida divina que viene a él en el nuevo nacimiento si no es por el Espíritu de Dios. Somos levantados de nuestra muerte en el pecado a una vida nueva y santa por la obra del Espíritu Santo, y sólo por eso. Ahora, si alguno de mis lectores que ha sido incapaz hasta este momento de una vida santa, o de servir a Dios rectamente debido a su depravación natural, recibe la vida del Espíritu Santo, ¡qué cambio se operaría en él de inmediato!

Lo que no puede hacer quien está muerto espiritualmente, puede lograrlo con facilidad quien ha sido revivido espiritualmente. Cómo da vida el Espíritu Santo no lo sabemos. “El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; pero no sabes ni de dónde viene ni a dónde va. Así es todo aquel que ha nacido del Espíritu.” Los efectos son lo suficientemente visibles. Pronto te das cuenta que el hombre que era duro, sin sentimientos, sin emociones, tiene ahora una conciencia tierna, con firmes deseos y sensible en sus inquietudes. Se convierte, de hecho, en un hombre que vive, aunque antes estaba hundido en la muerte.

El Espíritu Santo hace al hombre prácticamente nuevo de manera continua por medio de la iluminación que concede. El hombre está ciego; el Espíritu Santo toca sus ojos con colirio espiritual y entonces comienza a ver. El pecador, con la Biblia en sus manos, aunque está ansioso por entenderla de inmediato, se confunde en medio de sus doctrinas y preceptos, si está separado de las instrucciones de ese bendito Comentarista, el Espíritu Santo. La Biblia está llena de luz, pero el corazón del hombre es muy oscuro. ¿Cuál es el propósito de que la Escritura se abra al entendimiento, si los ojos del entendimiento están cubiertos con una gruesa película? Es el Espíritu Santo el que irradia la verdad que Él ha revelado con amplitud sobre cada objeto que encontramos en nuestro camino.

Cuando lean la Biblia buscando consuelo y dirección, tengan cuidado de levantar sus corazones hacia Quien la escribió. De igual manera que el escritor es el que mejor entiende sus propios libros, así el Espíritu, que inspiró el Libro, les permite entender el significado secreto de lo que ha sido registrado por las plumas de los hombres inspirados por Dios. Apóyense en Dios para recibir Su instrucción; Su instrucción los guiará con toda certeza a la santidad, pues Él les instruye en relación a la maldad del pecado; Él les permite ver toda su perversidad, su falta de mérito, su ingratitud y su infamia; Él les instruye en relación a la belleza de la santidad, y les muestra el ejemplo de su Señor. Él les enseña la ley, y la escribe en las tablas de carne de sus corazones. De esta manera, como un Iluminador así como un Dador de vida, nos hace correr en los caminos de los estatutos de Dios.

Más aún, el Espíritu Santo opera como un Consolador. Muchos se sienten miserables por causa de sus pecados, pero no quieren renunciar a ellos. Conocemos a personas que continúan en sus trasgresiones porque no tienen ninguna esperanza de recibir alguna vez el perdón de sus delitos pasados. Pero cuando el Espíritu de Dios infunde el consuelo santo en la mente del pecador desesperado, entonces se dice a sí mismo: “No voy a desperdiciar mi vida, después de todo; no es conveniente que yo, que tengo un mejor destino ante mí, viva como esos que han resuelto seguir sus propias concupiscencias, indiferentes a las consecuencias, esos que han hecho un pacto con el infierno, y una alianza con la muerte. No; mil veces no; si Dios hace todo esto por mí, y me trae a su amado Hijo, y me habla de perdones comprados con sangre, entonces me apartaré de mis viejos pecados, y de ahora en adelante será mi gozo servir con todas mis fuerzas al Amigo Celestial que me ha amado tanto.” El Espíritu Santo es siempre el Consolador para su pueblo.

¿Alguno de ustedes está triste? ¿Acaso esa tristeza te lleva a la incredulidad? ¿Y esa incredulidad actúa en ti como una tentación para el pecado? Recurre al Consolador para que quite la raíz del mal. Así andarán en el camino de los mandamientos de Dios, porque Él ha engrandecido sus corazones y guiado sus pasos.

El Espíritu Santo también obra en los corazones de algunos como un Intercesor, ayudándolos en sus oraciones. Algunos de ustedes se encuentran abatidos y desalentados porque no pueden orar. “Oh;” piensan, “¡si sólo pudiera orar!” ¡Cuántas ideas extrañas poseen las mentes de la gente en relación a la oración! Alguien me tomó de la mano el otro día y me dijo: “Quisiera orar como ora usted, señor, pero yo no puedo orar.” Pobre alma, cuando vi. sus lágrimas y escuché cómo imploraba a Dios, a pesar de la manera entrecortada en que lo hacía, sentí el deseo de poder orar como lo hizo él en ese momento. ¿De qué sirven las palabras adecuadas, las frases finas y el lenguaje fluido?

Muy a menudo todas estas cosas me parecen ser logros tan engañosos que quisiera ardientemente prescindir de ellos para poder decir entre tartamudeos los deseos de mi alma y sentir que soy mucho más sincero puesto que no puedo encontrar una expresión para vestir mi pensamiento. ¡Oh! no; el Señor no exige largos discursos. Un gemido, un suspiro, un sollozo que parece crecer en tu alma y que se hace demasiado grande para encontrar una vía de salida ¡eso es una oración! Cuando no puedas orar, recuerda que el Espíritu nos ayuda también en nuestras debilidades. Es su oficio interceder por nosotros con gemidos indecibles que nosotros no podemos emitir, y al capacitar al hombre para la oración, Él capacita al hombre para que sea santo, pues la oración es un pilar de la santidad. Acercarse a Dios, la fuente de toda perfección, es recibir ayuda contra las asechanzas del pecado, y el bendito Ayudador en la oración también se convierte en una Ayuda para nosotros en los caminos de la justicia.

Espero que cualquiera de ustedes que haya estado diciendo: “Yo no puedo hacer esto,” y “yo no puedo hacer eso,” entienda que es muy cierto que no puede, pero que es igualmente cierto que el Espíritu Santo le puede ayudar a hacer todas las cosas. Puedes hacer todo por medio de su poderosa ayuda. Espera en Él con deseos sinceros, y dile: “Ven, Espíritu Santo, ayuda a este pobre y débil gusano; ayúdame a lamentar mi pecado; ayúdame a mirar a Jesús con los ojos de la fe; ayúdame a dejar mis pecados; ayúdame en el momento de la tentación para que pueda resistir las artes sutiles de Satanás; ayúdame a superar mi mal carácter, a deshacerme del orgullo y de la iniquidad de mi corazón; mata mi pereza; libérame de mi tendencia a posponer y dejar todas las cosas para mañana; dame la capacidad para decidirme por Cristo en este mismo momento, y venir, totalmente culpable como soy, para lavarme en la fuente de Su sangre preciosa, para que pueda ser salvo.” Les digo que el oficio del Espíritu Santo es hacer todo esto. Él nunca está tan contento, si me permiten usar una frase así relacionada al siempre Bendito, como cuando al dar la vida, la iluminación y sus influencias consoladoras, está trayendo a las pobres almas culpables a Jesús, y por Él, a los caminos de la santidad.

Más aún, uno de los propios oficios del Espíritu Santo es santificar al pueblo de Dios. Jesucristo nos da la justicia que nos justifica, que es imputada a nosotros; el Espíritu Santo nos da la justicia que santifica, que nos es impartida. El bendito Jesús nos trae su propia justicia, y nos viste con ella. El Espíritu Santo opera en nosotros una conformidad personal a la voluntad de Dios en nuestros corazones, que produce el fruto en nuestras vidas, como resultado de esa obediencia hasta la muerte, con la que Cristo obtuvo del perdón de nuestras ofensas, y pagó la alta obligación de esa obediencia a la que nosotros estábamos obligados.

Esta santidad no es la santidad de Cristo, como algunos vanamente afirman, sino una santidad personal operada en nosotros por la obra del Espíritu Santo. Ustedes, queridos lectores, tal vez se han dicho a ustedes mismos: “yo no puedo ser salvado, porque no soy santo.” La verdad es que no puedes ser santo porque no eres salvo, pero ser salvo tiene que venir primero. La santidad no es nunca la raíz; siempre es el fruto; no es la causa, es el efecto. Debes venir a Cristo tal como eres, y confiar en Él, y después Él te dará al Espíritu Santo para que ponga en ti el nuevo corazón, el nuevo deseo, y para hacerte una nueva criatura. Tú dices, “yo no puedo hacerme santo a mí mismo.” Eso es verdad. Deberías hacerlo, pero no tienes ningún poder y ¡ay! ni ninguna voluntad tampoco; pero si Dios te ha dado la voluntad, Él te señala a quien está revestido de poder, esto es, el Espíritu Santo, que morará en ti, y te santificará por medio de la Palabra de verdad, y la aplicación de la preciosa sangre y el agua que brotaron del costado de Cristo. Tampoco puedo dejar de observar que uno de los grandes trabajos del Espíritu Santo es habitar en su pueblo.

El Espíritu Santo mora en cada creyente en Cristo. Nunca se ha ausentado del creyente desde que se convirtió en un discípulo. Podemos invocar su presencia al cantar:

“Ven Espíritu Santo, Paloma celestial,
Con todos tus poderes que dan vida.”

Pero esa es una oración para su manifestación especial. El Espíritu Santo está aquí. Él vive en la Iglesia. Él ha venido como un Consolador, que residirá con nosotros para siempre. Él habita en los cuerpos de su gente; Dios está en su templo. Y, observen bien, es por habitar en Él que la santidad del creyente se conserva. Si el Espíritu Santo lo abandonara, él regresaría como el perro a su vómito, pero debido a que el Espíritu Santo mira por estos ojos, y palpita en este corazón y mueve estas manos, cuando el hombre obedece plenamente al poder divino, entonces el hombre es conservado en los caminos de integridad, y su fin es la vida eterna. Para resumir todos estos pensamientos en uno, cualesquiera que sean los oficios que el Espíritu Santo sostiene para el pueblo de Dios, el resultado de todos estos oficios será el de evitar que el hombre regrese a sus viejos caminos, y que lo lleve a caminar en los mandamientos de Dios y a guardar los juicios de Dios y hacerlos. ¿Deseas, entonces, ser salvado del pecado, y que se te dé la santidad? Mira las heridas del Salvador sangrante y recuerda que Él ha prometido darte el Espíritu Santo, por medio del cual serás hecho santo, y serás conservado en santidad, hasta que estés en el más allá, sin mancha ni arruga, ni nada parecido, ante el trono eterno. Para terminar, quiero decir:

III. UNAS POCAS PALABRAS BUENAS Y DE CONSUELO PARA QUIENES PUDIERAN ESTAR ANSIOSOS POR TENER A ESTE ESPÍRITU DE DIOS EN SUS CORAZONES.

“¡Ah!” se queja alguien, “¡el Espíritu Santo nunca me tomaría en cuenta a mí!” ¿Por qué se te ocurre pensar así? ¿Piensas que Lo honras con tales reflexiones? Más bien te estás cubriendo a ti mismo de vergüenza. ¿Acaso no sabes que se ha fijado en muchos que han sido como tú y que viven para proclamar Su amor condescendiente? ¿Vas a mirar a Jesús? ¿Te entregarás a esa gran Garantía que ha escogido ser la expiación de los pecadores? Si es así, el Espíritu Santo se ha fijado en ti. El primer deseo de Dios que tú tienes, te viene de Él. Estas luchas internas que ahora sientes (tiernamente deseo que no las ahogues ni las apagues) vienen de Él. Ese miedo, esa ansiedad, ese anhelo (y estoy seguro de que así es) son la iniciativa de la obra bendita del Espíritu Santo en tu alma. No pienses que el Espíritu Santo está de alguna manera renuente. Nehemías habló del Espíritu de Dios como “tu buen Espíritu.”
Así es Él. Él es la esencia misma de la bondad, tomando bondad en el sentido de benevolencia. Él es bueno con los hombres, lleno de amor generoso hacia ellos. Leemos acerca del “amor del Espíritu.” ¡Dulces palabras! ¡Qué bueno sería apreciarlas y comprobar su significado! ¡El amor del Espíritu! Me maravilla que el Espíritu de Dios baje al valle de los huesos secos. Me asombro de que tenga contacto con tal corrupción como la nuestra, y que nos dé la vida. Me sorprende que no nos haya abandonado desde hace mucho, siendo como somos tan lentos para aprender en su escuela. Sin embargo, Él nos enseña con paciencia. Es muy sorprendente para mí que Él habite en tan pobres templos como son nuestros cuerpos de barro. A pesar de todo, así lo hace; de manera condescendiente Él habita con nosotros. Ustedes hablan del amor de Jesús al bajar a la tierra, y soportar toda su miseria y vergüenza. No pueden hablar demasiado bien de eso, pero no se olviden de que el Espíritu Santo ha estado habitando aquí estos 1,800 años, y todavía perdura la dispensación de su gobierno. Él todavía espera y se esfuerza, persuade, ilumina de manera preciosa y da la vida grandiosamente. Y así continuará haciéndolo hasta que el propio Señor Jesús descienda del cielo con aclamación y sea perfeccionada la dispensación del Espíritu Santo en el mundo venidero. Entonces, el Espíritu Santo es un buen Espíritu y eso debería animarte a recurrir a Él con plena confianza en su persona y en su obra.

A veces Él es llamado “el Espíritu generoso.” David dice: “Y un Espíritu generoso me sustente.” Él no está sujeto a nuestra servidumbre. Él no está restringido, gracias a Dios, por la restricción de nuestros deseos. Él no tiene ningún impedimento, a pesar de que nuestra incapacidad y nuestra iniquidad nos tienen en sus redes. Él no depende de ningún hombre, ni se demora por causa de los hijos de los hombres. Como el rocío viene por la mañana sobre el pasto indolente que no lo ha buscado; como la persistente brisa sopla sobre las silenciosas montañas sin que éstas lo hayan solicitado; y como el mar, que no puede levantar sus olas mientras el viento no las haya sacudido, a pesar de no haberlo requerido ni buscado.

Así es la venida del Espíritu. Así viene tan libremente, con toda verdad. ¡Oh! tú, el más vil de los pecadores, tú, que estás perdido, tú, que eres rechazado por quienes te amaron alguna vez, el Espíritu Santo puede venir a ti. Él es un Espíritu generoso; ni siquiera tus pecados pueden detenerlo. Él puede conquistar tu desesperada depravación, y venir y reinar en tu pecho, precisamente en ese lugar donde los demonios han disfrutado de un carnaval todos estos años.
Adoro el poder que Dios ejerce en las mentes de los hombres, de tal forma que mientras yo estoy aquí, predicándoles a ustedes, dispuestos, ya sea a escucharlo o rechazarlo, mi Rey y Señor hará lo que Él quiera. Independientemente de que te encuentres en el peor estado para responder al llamado del Evangelio; aunque hayas venido para ridiculizar al predicador o para sorprenderlo cometiendo errores; o puede ser que sólo hayas decidido pasar una hora muy contento, el “hágase” divino es mucho más poderoso que tu ánimo caprichoso. Con cuánta frecuencia el Arquero Eterno ha lanzado sus flechas a los burladores y los ha dejado como muertos, y después, habiéndolos tocado con Su dedo que da la vida, Él ha dicho: “¡Vive!” El cambio ha sido realizado, aunque el burlador ni cuenta se dio en ese momento.

El Señor, de conformidad a su soberanía, ha hecho el trabajo, y así este bendito Espíritu generoso puede efectuar su propósito. ¡Oh! mis queridos hermanos, rueguen por los inconversos. Oren por los pecadores, todos los que puedan orar. Muy a menudo he pensado en la bendición que es que el Espíritu de Dios pueda tener entrada donde nosotros no podemos. Hay una casa que está cerrada y protegida en contra del Evangelio. El empresario del barrio, tal vez, afirma que cualquiera de sus servidores que vaya al templo será despedido; él se encargará de no tener en ningún lugar de su distrito nada de estos grupos de fanáticos.

Pues bien, señor, si usted se propone mantenerlos alejados, va a necesitar muchísimos vigilantes, pues como usted muy bien sabe, si hay un dulce perfume en su casa, debe utilizar toda su diligencia para conservarlo herméticamente sellado, o de lo contrario se escapará y esparcirá su olor de manera creciente por toda la habitación El nombre de Jesús es “como perfume derramado,” tiene capacidad para una maravillosa difusión. Muy pronto el empresario va a descubrir que una de sus empleadas ha contraído esa dulce infección. Desearía correrla, pero ella es tan magnífica empleada que no puede permitirse el lujo de perderla. Y yo me he dado cuenta que la gracia de Dios que trae la salvación es divinamente contagiosa. En las familias, en los barrios, en las comunidades, en las grandes ciudades se va a esparcir con una extraña rapidez. Una o dos conversiones, como las gotas de lluvia, presagian un aguacero.

Conocí a un hombre que quemó todas las Biblias que tenía en su casa; por lo menos, él pensó que las había quemado todas; pero tenía dos hijas, que escondieron sus respectivas Biblias bajo sus almohadas. Cuando él se enteró de esto su puso furioso. Qué pensaba hacer, no lo sabemos. Finalmente su esposa le dijo que ella compartía el punto de vista de sus hijas y se puso de su lado. “¡Ah! bien,” dijo él, es una molestia que no pueda vivir sin ser molestado con esta religión.” Sí, y por la gracia de Dios ellos no podrán “vivir sin ser molestados.” Si ellos no quieren venir y escuchar la Palabra de boca del ministro, la escucharán de alguna otra manera. Algún folleto llegará a quien no escuchó un sermón, y media frase bastará para hacer pedazos una roca para la que no hubieran servido los llamados hechos desde el púlpito. Tengan ánimo, entonces, ustedes que buscan la salvación de otros, y ustedes mismos que están muy lejos de Dios, no se desesperen, pues el Espíritu de Dios es un Espíritu generoso; Él puede venir a ustedes.

Muy poderoso, también, es el Espíritu de Dios, de la misma manera que es bueno y generoso. No hay forma de obstinación humana que Él no pueda vencer. Algunas de las operaciones del Espíritu Santo pueden ser resistidas y derrotadas. Esto lo digo sin sentir que estoy manchando su Divinidad. Un hombre puede ser muy fuerte, pero no mostrar toda su fortaleza. Y si muestra sólo un poco de su fuerza hasta un niño puede ser capaz de vencerlo. Tal vez tiene toda la intención de que sea así. Así, el Espíritu Santo en sus operaciones comunes es vejado y entristecido, y apagado por los impíos. Pero sucede todo lo contrario cuando Él viene para que conozcamos “cuál es la inmensurable grandeza de su poder para con nosotros los que creemos,” o cuando el Señor muestra extendido su brazo a los ojos de todo su pueblo; entonces el Espíritu viene como un Espíritu de poder irresistible. Quién detendrá su mano, o será capaz de decirle: “¿Qué haces?” Vean cómo Saulo de Tarso, echando espuma por la boca contra la iglesia de Dios, clama: “¿qué debo hacer para ser salvo? ¿Quién eres, Señor?” En seguida, se levanta para ser llevado de la mano durante tres días con su corazón quebrantado en busca de la luz del rostro de Dios.

¡Cuán pronto puede convertir Dios a los más fieros perseguidores en los más sinceros predicadores del Evangelio! Tengan ánimo, queridos amigos, en relación a la causa de Dios en el mundo. Veremos aún cosas mayores si las pedimos con fe, y las esperamos con fidelidad. Si Dios no levanta hombres buenos de los seminarios para predicar el Evangelio, los encontrará en las bodegas y en las oficinas de nuestros comerciantes. Y si estos no se encuentran, los llamará de lo más bajo, de la escoria de la población; inclusive puede ser de las madrigueras y escondrijos de los ladrones, si no están en otra parte. Quién dice que no nos pueda provocar a celos usando a gente de lengua extraña.

Mi Señor sabía cómo encontrar a Lutero entre todos los monjes, y pescar a algunos de los más notables Reformadores de entre los sacerdotes idólatras. Y Él puede hacer lo mismo de nuevo. La iglesia puede alcanzar un nivel muy bajo en su marea, pero sin importar cuán bajo sea ese nivel, la iglesia como una galera con remos, tendrá la capacidad de flotar. No se estrellará contra las rocas. ¡Tengan esperanza, soldados de Cristo! ¡Mientras el ministerio del Espíritu Santo pueda ser invocado, ni siquiera piensen en la desesperación! ¡Oh! pecador, hay esperanza para ti, sin importar cuán descarado y perverso hayas sido. Si tú no puedes enmendar tus caminos ni cambiar tu corazón, Él puede hacerlo por ti. Él puede romper las cadenas de hierro del hábito. Él puede romper en pedazos la red impenetrable de la lascivia. Él te puede liberar de las abominaciones degradantes de la borrachera. Él puede disolver todos los encantos de la mundanalidad. Él te puede hacer libre, aunque ahora seas un cautivo sumido en la prisión de máxima seguridad con tus pies atados al cepo. Que nadie se desespere mientras el Espíritu Santo viva, mientras Jesús interceda, mientras el Padre quiera recibir a los hijos pródigos. La Gracia hace que las criaturas que no valen nada puedan recibir las más inestimables bendiciones. Lo que Pablo dijo a los santos yo me atrevo a decir a los pecadores: “Con todo, anhelad los mejores dones.” Amen.