Un sermón sencillo para almas que buscan

Un eminente teólogo ha afirmado que cuando muchos de nosotros predicamos la Palabra, suponemos un gran conocimiento de parte nuestros oyentes. “Muy a menudo,” dice este teólogo, “hay personas en la congregación que desconocen totalmente la grandiosa ciencia de la teología. Son perfectamente ignorantes de todo el sistema de la gracia y de la salvación.”

Por esto es muy conveniente que el predicador se dirija algunas veces a su audiencia como si fueran completos desconocedores de su mensaje, y más bien que predique como algo nuevo, exponiendo todo como si creyera que sus oyentes son ignorantes del tema. “Pues,” dice este buen hombre, “es mejor suponer muy escaso conocimiento, y así explicar el tema claramente hasta lograr su más detallada comprensión, que suponer demasiado conocimiento, y así permitir que el ignorante escape sin una palabra de instrucción.”

Entonces, yo creo que no voy a cometer el error que ese teólogo menciona en su punto de vista, pues voy a suponer que por lo menos algunos miembros de mi congregación desconocen en su totalidad el grandioso plan de salvación. Y estoy seguro que quienes lo conocen muy bien, y han experimentado su valor, serán indulgentes conmigo, mientras yo intento narrar, utilizando las palabras más sencillas que labios humanos puedan expresar, la historia de cómo los hombres se encuentran perdidos, y de cómo los hombres son salvados invocando el nombre del Señor, de conformidad a las palabras de mi texto.

Pues bien, debemos comenzar por el principio. Y debemos decirle primero a nuestros lectores, que en la medida que nuestro texto nos describe que los hombres son salvados, implica que los hombres necesitan la salvación, y les decimos que si los hombres hubieran sido como Dios los creó, no hubieran necesitado ninguna salvación. Adán, en el huerto del Edén no necesitaba ninguna salvación, pues era perfecto, puro, limpio, santo, y aceptable a Dios. Él era nuestro representante, estaba como el representante de toda la raza, y cuando tocó el fruto prohibido, y comió del árbol del cual le había dicho Dios: “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás;” cuando transgredió de esa manera contra Dios, necesitó un Salvador, y nosotros, su descendencia a través de su pecado, venimos a este mundo, cada uno de nosotros, necesitando un Salvador.

Nosotros, los que ahora estamos presentes, no debemos sin embargo culpar a Adán; ningún hombre ha sido condenado hasta ahora únicamente por el pecado de Adán. Los niños que mueren, sin duda alguna, son salvados por la gracia soberana a través de la expiación que es en Cristo Jesús. Tan pronto cierran sus ojos aquí en la tierra, puesto que son inocentes de todo pecado cometido por ellos, los abren de inmediato en la bienaventuranza del cielo. Pero ni tú ni yo somos niños. No necesitamos hablar ahora de los pecados de Adán. Nosotros tenemos nuestros propios pecados por los cuales responder, y Dios sabe que son suficientes. La Santa Escritura nos informa que todos nosotros hemos pecado, y estamos destituidos de la gloria de Dios, y la conciencia da testimonio de esa misma verdad. Todos nosotros hemos quebrantado los grandes mandamientos de Dios, y como consecuencia de ello, el Dios justo está obligado en justicia a castigarnos por los pecados que hemos cometido.

Entonces, hermanos míos, es debido a que ustedes y yo hemos quebrantado la ley divina y estamos sujetos a la ira divina, que tenemos necesidad de misericordia. Por tanto cada uno de nosotros, si cada uno de nosotros quiere ser feliz, si quiere habitar con Dios en el cielo para siempre, debe ser salvado.

Pero hay una gran confusión en las mentes de los hombres acerca de lo que significa ser salvo. Permítanme entonces decir que la salvación significa dos cosas. Quiere decir, en primer lugar, nuestro escape del castigo por los pecados cometidos; y, en segundo lugar, quiere decir la liberación del hábito del pecado, de tal manera que en el futuro no viviremos como hemos vivido.

Dios salva a los hombres de dos maneras: ve que el hombre es pecador, y que quebranta Sus leyes; Él dice: “Yo te perdono, no te voy a castigar. He castigado a Cristo en tu lugar; tú serás salvado.” Pero esto es sólo la mitad de la obra. Él dice a continuación: “Hombre, no te voy a permitir que continúes pecando como has estado acostumbrado a hacerlo; Yo te daré un nuevo corazón que dominará tus hábitos perversos. De tal manera que aunque has sido esclavo del pecado, estarás en libertad de servirme. Aléjate de él, no vas a servir más a tu negro amo; debes abandonar a ese demonio, y Yo haré que seas mi hijo y mi siervo. Tú dices: ‘yo no puedo hacer eso.’ Vamos, Yo te daré gracia para que lo hagas; te doy gracia para que abandones la borrachera, gracia para que dejes de jurar, gracia para que no profanes el domingo; Yo te doy gracia para que corras por los caminos de mis mandamientos, y para que descubras que esos caminos son deliciosos.”

Entonces digo que la salvación consta de dos elementos: por un lado, liberación del hábito de vivir en enemistad con Dios; y por el otro lado, del castigo que conlleva la transgresión.

El gran tema frente a nosotros hoy, sobre el cual trataré de insistir utilizando un lenguaje muy sencillo, evitando los vuelos de la oratoria de cualquier tipo es: cómo pueden ser salvados los hombres. Esa es la única gran pregunta. Debemos recordar qué significa ser salvos. Significa ser hechos cristianos, tener nuevos pensamientos, nuevos corazones, y luego, tener un nuevo hogar a la diestra de Dios en la bienaventuranza eterna.

¿Cómo pueden ser salvos los hombres? “¿Qué debo hacer para ser salvo?” es un grito que está brotando aquí de muchos labios el día de hoy. La respuesta que da mi texto es ésta: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Primero trataré de explicar un poco el texto: explicación. En segundo lugar trataré de aclarar el texto en relación a algunos errores relativos a la salvación, que son muy populares: esta será refutación. Y luego, en tercer lugar, voy a enfatizar la utilidad de mi texto: eso será exhortación. Explicación, Refutación, Exhortación; ustedes recordarán los puntos, y ¡que Dios los grabe en sus mentes!

I. Entonces, en primer lugar, EXPLICACIÓN.

¿Qué es lo que quiere decir aquí, invocar el nombre del Señor? Y yo tiemblo en este instante al tratar de explicar mi texto; pues siento que es muy fácil “oscurecer el consejo con palabras sin sabiduría.” En muchas ocasiones el predicador más bien oscurece la Escritura mediante sus explicaciones, en lugar de hacerla más luminosa. Muchos predicadores han sido como una ventana pintada, bloqueando el paso de la luz en lugar de facilitarlo. No hay nada que me confunda más y que ponga más a prueba mi mente, que la respuesta a esa simple pregunta: ¿Qué es la fe? ¿Qué es creer? ¿Qué es invocar el nombre del Señor? Para entender el verdadero sentido de esto, recurrí a mi concordancia, y busqué los pasajes donde se emplea la misma palabra; y hasta donde puedo juzgar, puedo declarar basado en la autoridad de la Escritura, que la palabra “invocar” significa adorar; de tal forma que lo puedo traducir así: “Todo aquel que adore el nombre del Señor será salvo.” Pero permítanme explicar esa palabra “adorar” de acuerdo al significado que le da la Escritura, que se debe entender para poder explicar la palabra “invocar.”

Invocar el nombre del Señor significa, en primer lugar, adorar a Dios. Ustedes encontrarán en el libro de Génesis que “cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la faz de la tierra, entonces los hombres comenzaron a invocar el nombre de Jehová.” Esto es, comenzaron a adorar a Dios, construyeron altares a Su nombre, ellos certificaron su creencia en el sacrificio que vendría ofreciendo un sacrificio tipo sobre el altar que habían preparado; doblaron su rodilla en oración; elevaron su voz en un himno sagrado y clamaron: “Grande es Jehová, Creador, Preservador, sea Él alabado por los siglos de los siglos.”

Ahora, quienquiera; quienquiera que viva en el ancho, ancho mundo, y que es capacitado por gracia para adorar a Dios, de la manera que Dios lo establece, será salvo. Si lo adoras por medio de un Mediador, teniendo fe en la expiación de la cruz; si lo adoras por medio de la oración humilde y de la alabanza sincera, tu adoración es prueba de que serás salvo. No podrías adorar así, a menos que tengas gracia dentro de tu corazón; y tu fe y gracia son una prueba que tendrás la gloria. Quienquiera pues que, en humilde devoción, sobre el verde pasto, bajo las tupidas ramas de un árbol, bajo la bóveda del cielo de Dios, o en la casa de Dios o fuera de ella; quienquiera que adore a Dios de manera ferviente con un corazón puro, buscando la aceptación por medio de la expiación de Cristo, y se arroje mansamente sobre la misericordia de Dios, será salvo. Así lo establece la promesa.

Pero para que nadie se vaya con una idea errónea de lo que es la adoración, debemos explicarla todavía un poco más. La palabra “invocar,” en el significado de la Escritura, quiere decir oración. Ustedes recuerdan el caso de Elías: cuando los profetas de Baal se esforzaban por conseguir de su falso dios la lluvia, él dijo: “yo invocaré el nombre de Jehová,” es decir, “voy a orar a Dios, para que envíe la lluvia.” Ahora, la oración es un indicio seguro de vida divina interior. Quien ore a Dios por medio de Jesucristo con una oración sincera, será salvo.

¡Oh, yo puedo recordar cómo consoló mi espíritu este texto un día! ¡Sentía el peso del pecado, y yo no conocía al Salvador; yo pensaba que Dios me aplastaría bajo Su ira, y me destruiría con Su ardiente disgusto!

Yo iba de una capilla a otra a oír la predicación de la Palabra, pero jamás escuché una frase del Evangelio que, como este texto, me preservara del fin hacia el que me dirigía: el suicidio motivado por la pena y el dolor. Fue esta una dulce palabra: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Bien, pensé, yo no puedo creer en Cristo como desearía; yo no puedo encontrar perdón, pero sé que invoco Su nombre, sé que oro, ay, y oro con gemidos y lágrimas y suspiros día y noche; y si me condenara, yo podría argumentar esa promesa: “Oh Dios, Tú dijiste que el que invoque Tu nombre será salvo; yo lo invoqué; ¿me arrojarás fuera? Yo ciertamente usé como argumento tu promesa; yo ciertamente elevé mi corazón en oración; ¿puedes Tú ser justo y sin embargo condenar al hombre que realmente oró?” Pero observa con atención ese dulce pensamiento: la oración es ciertamente la precursora de la salvación. Pecador, tú no puedes orar y sin embargo perecer; la oración y la perdición son dos cosas que nunca pueden ir juntas.

Yo no te pregunto en qué consiste tu oración; puede ser un gemido, puede ser una lágrima, puede ser una oración sin palabras, o una oración en un lenguaje cortado, con muchas fallas gramaticales y desagradable al oído: pero si es una oración que brota de lo más íntimo del corazón, tú serás salvo; o de lo contrario esta promesa es una mentira. Tan ciertamente como tú ores, independientemente de quién seas, sin importar cuál haya sido tu vida pasada, o las transgresiones a las que te hayas entregado, aunque hayan sido las más inmundas que contaminan a la humanidad, a pesar de ello, si has aprendido a orar con tu corazón:

“La oración es el aliento de Dios en el hombre,
Que retorna a su lugar de procedencia.”

Y tú no puedes perecer si el aliento de Dios está contigo. “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

Pero la palabra “invocar” significa algo más; significa confiar. Un hombre no puede invocar el nombre del Señor, a menos que confíe en ese nombre. Debemos tener confianza en el nombre de Cristo, pues de lo contrario no lo habremos invocado correctamente. Escúchame entonces, pobre pecador afligido; tú has llegado aquí el día de hoy sintiendo tu culpa, consciente de tu peligro; aquí está tu remedio. Cristo Jesús el Hijo de Dios, se hizo hombre; Él “nació de la virgen María, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado.” Él hizo esto para salvar a pecadores como tú. ¿Quieres creer esto? ¿Quieres confiar tu alma a esta verdad? ¿Dirás: “Ya sea que me hunda o nade, Cristo Jesús es mi esperanza; y si perezco, pereceré con mis brazos alrededor de Su cruz, clamando:

“En mis manos no traigo nada,
Simplemente a Tu cruz me aferro.”

Pobre alma, si tú puedes hacer eso, serás salva. Ven ahora, no se requiere de ninguna de tus buenas obras: de ningún sacramento; todo lo que se te pide es esto, y Él te lo da a ti. Tú no eres nada; ¿quieres tomar a Cristo para que sea tu todo? Ven, tú estás negro, ¿no quieres ser lavado? ¿Quieres caer de rodillas, y clamar: “Dios, sé propicio a mí, pecador; no por nada que yo haya hecho, o pueda hacer, sino por causa de Aquél, cuya sangre manaba de Sus manos y pies, en Quien únicamente confío?” Entiende pecador, los sólidos pilares del universo se tambalearán antes que tú perezcas; ay, el cielo lloraría un trono vacante y una Deidad extinguida, antes que la promesa sea violada en alguna instancia en el mundo. El que confía en Cristo, invocando Su nombre, será salvo.

Pero hay algo más, y con esto creo que les habré dado todo el significado de la Escritura relativo a esta palabra. Invocar el nombre del Señor significa profesar Su nombre. Ustedes recuerdan lo que Ananías le dijo a Saulo, quien más tarde se llamó Pablo: “Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre.” Ahora, pecador, si tú quieres ser obediente a la palabra de Cristo, la palabra de Cristo dice: “El que creyere y fuere sumergido, será salvo.” Fíjense que yo he traducido la palabra. La versión King James (en inglés) de la Biblia, no registró la traducción. Yo no me atrevo a ser infiel a mi conocimiento de la palabra de Dios. Si su significado fuera rociar, que nuestros hermanos la traduzcan como “rociar.” Pero no se atreven a hacer eso; ellos saben que no tienen ninguna base en todo el lenguaje clásico que pudiera justificarlos jamás para hacer eso; y ellos no tienen la desfachatez de intentarlo.

Pero yo me atrevo a traducirlo: “El que creyere y fuere sumergido, será salvo.” Y aunque la inmersión no es nada, sin embargo Dios requiere que los hombres que creen sean sumergidos, para hacer una profesión de su fe. Yo repito que la inmersión no es nada en materia de salvación, es la profesión de salvación; pero Dios exige que cada hombre que pone su confianza en el Salvador deba ser sumergido, tal como lo fue el Salvador, para el cumplimiento de la justicia. Jesús descendió mansamente de la ribera del Jordán, para ser sumergido bajo las olas; y cada creyente debe ser bautizado en Su nombre de la misma manera.

Ahora, algunos de ustedes retroceden ante la idea de hacer una profesión. “No,” dicen, “creeremos pero seremos cristianos en lo secreto.” Escuchen esto, entonces: “El que se avergonzare de mí y de mis palabras, de éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles.” Voy a repetir una verdad manifiesta; ninguno de ustedes ha conocido jamás a un cristiano secreto, y lo voy a comprobar. Pues si ustedes supieran que un hombre es un cristiano, ya no podría ser un secreto; pues si fuera un secreto ¿cómo hubieran podido saberlo? Entonces, puesto que nunca conocieron a un cristiano secreto, no tienen ninguna justificación para creer que existe alguien así. Deben salir a la luz pública y hacer una profesión. ¿Qué pensaría la Reina de Inglaterra de sus soldados si ellos juraran que son leales y honestos, y dijeran: “Su Majestad, nosotros preferimos no usar estos uniformes; queremos vestir de civil. Somos hombres verdaderamente honestos y rectos; pero no queremos permanecer en sus filas, no queremos ser reconocidos como sus soldados, preferimos andar furtivamente en el campo enemigo, y en nuestro propio territorio, y no usar nada que nos señale como soldados suyos.”

¡Ah!, algunos de ustedes hacen lo mismo con Cristo. Ustedes van a ser cristianos secretos, ¿no es cierto?, y van merodear furtivamente en el campamento del diablo, y en el campamento de Cristo, sin que sean reconocidos por alguien. Bien, tienen que asumir el riesgo si quieren ser así, pero a mí no me gustaría correr ese riesgo. Es una amenaza solemne: “De éste se avergonzará el Hijo del Hombre cuando venga en su gloria, y en la del Padre, y de los santos ángeles.” Es algo solemne, digo, cuando Cristo afirma: “El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo.” Entonces, exhorto a cada pecador aquí, a quien Dios ha despertado para sentir la necesidad de un Salvador, a que obedezca el mandamiento de Cristo, tanto en este punto como en todos los demás.

Oigan cuál es el camino de la salvación: adoración, oración, fe, profesión. Y la profesión, si los hombres quieren ser obedientes, si quieren seguir la Biblia, debe ser hecha a la manera de Cristo, mediante un bautismo en agua, en el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo. Dios exige esto; y aunque los hombres son salvados sin ningún bautismo, y multitudes de personas vuelan al cielo sin haber sido lavadas jamás en la corriente; aunque el bautismo no salva, si los hombres quieren ser salvados, no deben ser desobedientes. Y si Dios da un mandamiento, yo debo obedecerlo. Jesús dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.” Esta es entonces la explicación de mi texto. Ningún ministro de la iglesia puede objetar mi interpretación. La Iglesia de Inglaterra cree en la inmersión. Solamente establece que si los niños están débiles, deben ser rociados; y es asombroso ver la cantidad de niños débiles que deben haber nacido últimamente. ¡Estoy muy sorprendido de que algunos de ustedes todavía vivan, después de descubrir cuánta debilidad ha existido por todas partes! Los queridos pequeñitos son tan tiernos, que unas cuantas gotas serán suficientes en vez de la inmersión que su propia iglesia establece. Quisiera que todos los ministros anglicanos fueran mejores hombres de iglesia; si quisieran ser más consistentes con sus propios artículos de fe, serían más consistentes con la Escritura; y si fueran un poquito más consistentes con las reglas de su propia iglesia, serían un poco más consistentes con ellos mismos. Si sus hijos están enfermos, ustedes pueden permitir que sean rociados; pero si ustedes son buenos miembros de la iglesia los bautizarán por inmersión, si los niños pueden soportarlo.

II. Y ahora, el segundo punto es REFUTACIÓN. Hay algunos errores populares en relación a la salvación, que necesitan ser enfrentados mediante la refutación. Mi texto dice: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

Ahora, una idea que entra en conflicto con mi texto es esta, que los sacerdotes o los ministros son absolutamente necesarios para ayudar a los hombres en la salvación. Esa idea es muy prevaleciente en algunos otros círculos además de la Iglesia Católica; son muchos, ¡ay!, tal vez demasiados, los que convierten al ministro de una iglesia independiente en su sacerdote, de la misma manera que el católico hace de su sacerdote su mediador. Son muchos los que se imaginan que no se puede alcanzar la salvación excepto de una manera misteriosa e indefinible, y el ministro o el sacerdote están involucrados en ella.

Escuchen entonces, si nunca hubieran visto a ningún ministro en su vida, si nunca hubieran escuchado la voz del obispo de la iglesia, o de algún anciano de la misma, pero invocaran el nombre del Señor, su salvación sería tan segura con ellos como sin ellos. Los hombres no pueden invocar a un Dios que no conocen. La necesidad de un predicador radica en exponer cuál es el camino de salvación; pues ¿cómo pueden oír sin un predicador, y cómo pueden creer en Él de quien no han oído nada?

Pero el oficio del predicador no va más allá de la simple exposición del mensaje; una vez que lo hemos expuesto, Dios, el Espíritu Santo, debe aplicarlo; pues no podemos ir más lejos. Oh, cuídense de las maquinaciones sacerdotales, de las astucias humanas, de las intrigas ministeriales y de las artimañas clericales. Todo el pueblo de Dios está formado por clérigos, todos somos cleros de Dios, todos somos Su clero, si hemos sido ungidos con el Espíritu Santo y somos salvos. Nunca debió existir una distinción entre clero y laicos. Todos los que amamos al Señor Jesucristo formamos parte del clero, y ustedes son tan capaces de predicar el Evangelio, si Dios les ha dado esa habilidad y los ha llamado a ese ministerio, como cualquier otro hombre pudiera serlo. No se requiere ninguna mano sacerdotal, ninguna mano presbiteriana, que significa sacerdotal, no es necesaria ninguna ordenación de hombres; nos basamos en el derecho humano de exponer aquello en lo que creemos, y también nos basamos en el llamamiento del Espíritu de Dios en nuestro corazón que nos ordena testificar Su verdad.

Pero, hermanos míos, ni Pablo, ni un ángel del cielo, ni Apolos, ni Cefas, pueden ayudarles en la salvación. La salvación no es del hombre, ni por los hombres, y ni el Papa, ni el Arzobispo, ni el obispo, ni el sacerdote, ni el ministro, ni nadie tiene gracia para repartir a los demás. Cada uno de nosotros debe recurrir a la fuente, argumentando esta promesa: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

Si yo fuera encerrado en las minas de Siberia, donde no pudiera oír el Evangelio, pero yo invoco el nombre de Cristo, el camino es tan recto sin el ministro como con él, y la senda al cielo es tan directa desde las selvas del África y desde las cuevas de la prisión y del calabozo, como lo es desde el santuario de Dios.

Sin embargo, todos los cristianos aman el ministerio para edificación, mas no para salvación; aunque no confían ni en el sacerdote ni en el ministro, a pesar de eso, la palabra de Dios es dulce para ellos, y “¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian la paz, de los que anuncian buenas nuevas!”

Otro error muy común es que un buen sueño es la cosa más espléndida para salvar a la gente. Algunos de ustedes desconocen hasta qué punto prevalece este error; yo sí lo sé. Muchas personas creen que si tú sueñas que ves al Señor en la noche, serás salvo, y si Lo puedes ver en la cruz, o si piensas que has visto algunos ángeles, o si sueñas que Dios te dice: “Estás perdonado, todo está bien,” serás salvo. Pero si no tienes un sueño muy agradable, no puedes ser salvo. Eso es lo que piensan algunas personas.

Ahora, si esto fuera así, entre más pronto empecemos a consumir opio, mejor; porque no hay nada que haga que la gente sueñe tanto como el opio; y el mejor consejo que yo podría dar sería: que cada ministro distribuya opio generosamente, y entonces toda su congregación entraría al cielo gracias a los sueños. Debemos desechar esa basura; no hay nada cierto en ella. Los sueños son los tejidos desordenados de una imaginación desbocada; los bamboleos de los hermosos pilares de una grandiosa concepción; ¿cómo pueden convertirse en el medio para obtener la salvación?

Ustedes conocen la excelente respuesta de Rowland Hill. Debo citarla pues no conozco nada mejor. Cuando una mujer argumentaba que era salva porque había soñado, él dijo: “Bien, mi buena mujer, es bueno tener sueños agradables cuando duermes; pero yo quiero ver cómo actúas cuando estás despierta; pues si tu conducta no es compatible con la religión cuando estás despierta, no daría un centavo por tus sueños.”

Ah, me sorprende que haya personas que puedan llegar a tales extremos de ignorancia como para contarme las historias que yo mismo he escuchado acerca de los sueños. Pobres criaturas, cuando estaban profundamente dormidas vieron que las puertas del cielo se abrían y un ángel blanco salía y lavaba sus pecados, y luego vieron que habían sido perdonadas; y desde entonces nunca han tenido ninguna duda ni temor. Entonces, es tiempo que empiecen a dudar; es un tiempo oportuno para que lo hagan; pues si esa es toda la esperanza con que cuentan, es una esperanza muy pobre. Recuerden que es “Todo aquel que invocare el nombre del Señor,” no, todo aquel que sueñe con Él.

Los sueños pueden hacer bien. Algunas veces ciertas personas han enloquecido de miedo a causa de ellos; y fue mejor que enloquecieran a que permanecieran en su juicio, pues en su juicio hacían más lo malo que en su locura; y los sueños hicieron bien en ese sentido. También algunas personas han sido alarmadas por los sueños; pero confiar en ellos es como confiar en una sombra, como basar sus esperanzas sobre burbujas, que escasamente requieren un soplo del viento para reventarse y convertirse en nada.

Oh, recuerden que no necesitan ninguna visión, ni ninguna aparición maravillosa. Si han tenido alguna visión o algún sueño, no necesitan despreciarlos; pueden haberles beneficiado: pero no confíen en ellos. Pero si no han tenido ningún sueño, recuerden que la promesa radica únicamente en invocar el nombre de Dios.

Y ahora, una vez más, hay otras personas, un tipo de gente muy buena, que han estado riéndose mientras yo hablaba acerca de los sueños, y ahora nos toca a nosotros reírnos de ellos. Hay algunas personas que piensan que deben tener sentimientos de tipo maravilloso, pues de lo contrario no pueden ser salvos; algunos pensamientos sumamente extraordinarios, tales como no los han tenido nunca antes, pues de lo contrario ciertamente no pueden ser salvos.

Una vez, una mujer me solicitó que la admitiera a la membresía de la iglesia. Yo entonces le pregunté si había tenido un cambio de corazón. Ella respondió: “Oh, sí señor, ¡qué cambio! Usted sabe,” dijo, “lo sentí atravesando mi pecho de una manera tan especial, señor; y cuando estaba orando un día sentí algo que no podía identificar, me sentí tan diferente. Y cuando fui a la capilla, señor, una noche, al salir me sentí tan diferente de lo que había sentido hasta ese momento; tan ligera.” “Sí,” le respondí, “ligera de cabeza, mi querida alma, así es como se sintió usted, pero nada más, me temo.” La buena mujer fue muy sincera; ella pensó que había sido convertida porque algo había afectado sus pulmones, o había sacudido de alguna manera su cuerpo físico.

“No,” oigo decir a alguien, “la gente no puede ser tan estúpida como para eso.” Les aseguro que si pudieran leer los corazones de la congregación aquí presente, descubrirían que cientos de personas no tienen una mejor esperanza para llegar al cielo que ésa, pues me estoy refiriendo en este momento a una objeción muy popular. “Yo pensé,” me dijo alguien un día, “yo pensé cuando me encontraba en el jardín, que ciertamente Cristo podía quitarme los pecados tan fácilmente como Él podía desplazar las nubes. Sabe, señor, en un instante o dos la nube había desaparecido, y el sol estaba brillando. Pensé: el Señor está borrando mi pecado.”

Tú dices que un pensamiento tan ridículo como ese no puede ocurrir a menudo. Pues déjame decirte que sí ocurre y muy a menudo por cierto. La gente llega a suponer que lo más absurdo del mundo es una manifestación de la gracia divina en sus corazones. Sin embargo, el único sentimiento que quiero sentir jamás es justamente éste: quiero sentir que soy un pecador y que Cristo es mi Salvador. Ustedes pueden quedarse con sus visiones, sus éxtasis, sus raptos, y bailes; el único sentimiento que deseo tener es el de un profundo arrepentimiento y una fe humilde; y si tú tienes eso, pobre pecador, eres salvo.

Algunos de ustedes creen que antes que puedan ser salvos debe darse un tipo de choque eléctrico, algo maravilloso que debe traspasarlos desde la coronilla hasta la planta del pie. Ahora escuchen esto: “Cerca de ti está la palabra, en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos: que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.” ¿Qué pretendes con toda esta insensatez de sueños y de pensamientos sobrenaturales? Todo lo que se requiere es que como un pecador culpable debes venir y descansar en Cristo. Hecho eso, el alma está segura, y todas las visiones del universo no le podrían dar mayor seguridad.

Y ahora, tengo un error más que debo tratar de rectificar. Entre la gente muy pobre, (y yo he visitado a algunos de ellos, y sé que lo que digo es verdad, y algunos de ellos están aquí presentes, y a ellos me estoy dirigiendo), entre la gente muy pobre y sin educación, hay una idea muy prevaleciente que de alguna manera u otra la salvación está conectada con saber leer y escribir. Ustedes tal vez se rían, pero yo sé que es cierto. A menudo una pobre mujer me ha dicho: “¡Oh!, señor, esto no es bueno para pobres criaturas ignorantes como nosotros; no hay esperanza para mí, señor; yo no puedo leer. ¿Sabe, señor, que no puedo leer ni una sola letra? Pienso que si pudiera leer un poquito podría ser salva; pero, ignorante como soy, no sé como puedo ser salva; pues yo no tengo entendimiento, señor.” Yo he encontrado esto también en los distritos rurales, entre gente que podría aprender a leer si quisiera. Y todos podrían aprender, a menos que sean perezosos. Y sin embargo continúan fríos de indiferencia en relación a la salvación, bajo la noción que el ministro puede ser salvado, pues lee muy bien un capítulo de un libro; que el oficinista puede ser salvado, pues dice “Amén,” tan bien; que el hacendado puede ser salvo, pues sabe muchísimo, y tiene muchos libros en su biblioteca; pero que ellos no podrían ser salvos, pues ellos no saben nada, y por lo tanto eso es imposible para ellos.

Ahora, ¿hay alguien así aquí presente el día de hoy? Le voy a hablar con toda claridad. Mi querido amigo, tú no necesitas saber mucho para ir al cielo. Yo te recomendaría que aprendas lo más que puedas; no seas negligente en cuanto al aprendizaje. Pero en relación a ir al cielo, el camino es tan sencillo, que “el que anduviere en este camino, por torpe que sea, no se extraviará.”

¿Sientes que has sido culpable, que has quebrantado los mandamientos de Dios, que no has guardado el domingo, que has tomado Su nombre en vano, que no has amado a tu prójimo como a ti mismo, ni a tu Dios con todo tu corazón? Bien, si lo sientes, Cristo murió por gente como tú; Él murió en la cruz, y fue castigado en tu lugar, y Él te pide que lo creas. Si quieres oir más acerca de esto, ven a la casa de Dios y escucha, y vamos a tratar de guiarte a algo más. Pero recuerda que todo lo que necesitas saber para llegar al cielo son estas dos cosas: Pecado y Salvador. ¿Sientes tu pecado? Cristo es tu Salvador; confía en Él, pídele a Él; y tan cierto como que estás aquí presente ahora, y que yo te estoy hablando a ti, tú estarás un día en el cielo.

Te diré dos oraciones para que ores. Primero, di esta oración: “Señor, muéstrame cómo soy.” Esa es una oración sencilla para ti. Señor, muéstrame cómo soy; muéstrame mi corazón; muéstrame mi culpa; muéstrame el peligro en que estoy; Señor, muéstrame cómo soy.” Y cuando hayas dicho esa oración, y Dios la haya respondido, (y recuerda, Él escucha la oración) cuando Él la haya respondido, y te haya mostrado cómo eres, aquí tengo otra plegaria para ti: “Señor, muéstrate a mí. Muéstrame Tu obra, Tu amor, Tu misericordia, Tu cruz, Tu gracia.” Ora eso; y prácticamente esas son las únicas oraciones que necesitas decir, con las que llegarás al cielo: “Señor, muéstrame cómo soy;” “Señor, muéstrate a mí.” Entonces, tú no necesitas saber mucho. No necesitas deletrear para llegar al cielo; no necesitas hablar bien para llegar al cielo; el ignorante y el rudo son bienvenidos a la cruz de Cristo y a la salvación.

Disculpen que haya respondido así a estos difundidos errores; los encaro porque son populares, y populares incluso entre las personas aquí presentes. Oh, hombres y mujeres, escuchen una vez más la palabra de Dios: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Hombre de ochenta años, niño de ocho años, joven y jovencita, rico, pobre, educado, analfabeta, a ustedes es predicado esto en toda su plenitud y gracia, sí, a cada criatura bajo el cielo “todo aquel;” (y eso no deja fuera a nadie,) “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”

III. Y ahora no me resta sino finalizar con una EXHORTACIÓN.

Mi exhortación es: les suplico por el nombre de Dios que crean en el mensaje que en este día declaro basado en la Palabra de Dios. No se alejen de mí debido a que el mensaje está expresado sencillamente, no lo rechacen debido a que he decidido predicarlo sencilla y llanamente al pobre, sino oigan atentamente otra vez: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Les imploro que crean en esto. ¿Parece difícil de creer? Nada es muy difícil para el Altísimo. ¿Dicen ustedes: “he sido tan culpable que no puedo creer que Dios me salve”? Escucha a Jehová cuando dice: “Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos mis caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos. ¿Dicen ustedes: “yo estoy excluído. Ciertamente, no puedes decirme que Él quiere salvarme”? Escucha atentamente; dice: “Todo aquel”-“todo aquel” es una grandiosa puerta ancha, que permite entrar a grandes pecadores. Oh, ciertamente, si dice, “todo aquel,” no estás excluído si llamas; ese es el punto.

Y ahora ven, debo argumentar contigo, voy a hacer uso de unas cuantas razones para inducirte a creer en esta verdad. Serán razones basadas en la Escritura. Que Dios las bendiga para ti, pecador. Si tú invocas el nombre de Cristo, serás salvo. Te diré en primer lugar que tú serás salvo porque eres elegido. Hasta el momento ningún hombre que no haya sido elegido ha invocado jamás el nombre de Cristo. Esa doctrina de la elección que confunde a muchos y aterra a muchos más, no necesita hacer eso. Si tú crees, eres elegido; si invocas el nombre de Cristo, eres elegido; si te sientes pecador y pones tu confianza en Cristo, eres elegido. Ahora, los elegidos deben ser salvados, para ellos no hay condenación. Dios los ha predestinado para la vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie los arrebatará de las manos de Cristo. Dios no elige a los hombres para luego desecharlos; Él no los elige para luego arrojarlos al abismo.

Ahora, tú eres elegido, no pudiste haber invocado si no hubieras sido elegido, tu elección es la causa de tu invocación, y en la medida en que has invocado, y has invocado el nombre de Dios, tú eres elegido de Dios. Y de conformidad a Su libro, ni la muerte ni el infierno pueden borrar jamás tu nombre. Es un decreto omnipotente; ¡la voluntad de Jehová será cumplida! Su elegido debe ser salvado, aunque la tierra y el infierno se opongan; Su fuerte mano romperá sus filas, y Él guiará a Su pueblo a través de ellas. Tú perteneces a este pueblo. Al fin, tú estarás ante Su trono, y verás Su rostro sonriente en la gloria eterna, porque tú eres elegido.

Ahora, otra razón. Si tú invocas el nombre del Señor serás salvo porque tú eres redimido. Cristo te ha comprado y pagó por ti derramando la sangre más ardiente de Su corazón, para pagar por tu rescate. Partió Su corazón y lo hizo pedazos para librar tu alma de la ira. Tú has sido comprado; tú no lo sabes, pero yo veo la marca de la sangre en tu frente. Si tú invocas Su nombre, aunque todavía no tengas consuelo, sin embargo Cristo te ha llamado Suyo. Desde aquel día en que Él dijo “Consumado es,” Cristo ha dicho: “Mi deleite está en él, pues Yo lo he comprado con mi sangre;” y puesto que tú has sido comprado nunca perecerás. Nadie de los que han sido comprados con la sangre de Jesús se ha perdido. Aúlla, aúlla, oh infierno, pero no podrás aullar sobre la condenación de un alma redimida. Desechen esa horrible doctrina que los hombres son comprados con sangre, y sin embargo son condenados, es demasiado diabólica para que yo la crea.

Sé que lo que hizo el Salvador, realmente lo hizo, y si Él redimió, realmente redimió; y aquellos redimidos por Él están positivamente redimidos de la muerte y del infierno y de la ira. Mi mente no puede aceptar la injusta idea que Cristo fue castigado por un hombre, pero que tal hombre será castigado nuevamente. Nunca he podido entender cómo Cristo pudo estar en lugar de un hombre y ser castigado en su lugar, y sin embargo que ese hombre deba ser castigado nuevamente. No, en tanto que tú invocas el nombre de Dios, hay prueba que Cristo es tu rescate.

¡Ven, regocíjate! Si Él fue castigado, la justicia de Dios no puede demandar una doble venganza, primero, de las manos sangrantes de tu Garantía, y luego de ti. Ven, alma, pon tu mano sobre la cabeza del Salvador, y di, “Bendito Jesús, Tú fuiste castigado por mí.” Oh, Dios, yo no le tengo temor a Tu venganza. Cuando mi mano está sobre la expiación, golpea, pero Tú debes golpearme a través de Tu Hijo. Golpea, si quieres, pero no puedes pues lo has golpeado a Él, y ciertamente Tú no golpearás de nuevo por la misma ofensa.

¡Cómo! ¿Acaso Cristo sorbió toda mi condenación, de un solo trago de amor, y seré yo condenado después de eso? ¡Dios no lo quiera! ¡Cómo! ¿Será injusto Dios para olvidar la obra del Redentor a favor nuestro, y permitir que la sangre del Salvador haya sido derramada en vano? Ni siquiera el infierno se ha permitido ese pensamiento que sólo ha sido digno de hombre traidores a la verdad de Dios. Ay, hermanos, si invocan a Cristo, si oran, si creen, pueden estar muy seguros de la salvación, pues son redimidos, y los redimidos no pueden perecer.

¿Les digo otro argumento más? Crean esta verdad: debe ser verdad. Pues si invocan el nombre de Dios, “En la casa de mi Padre,” dice Cristo, “muchas moradas hay,” y allí hay una para ti. Cristo ha preparado una morada y una corona, desde antes de la fundación del mundo, para todos los que creen. ¡Vamos! ¿Crees que Cristo prepará una morada, pero no llevará a su habitante allí? ¿Preparará coronas y luego perderá las cabezas que deberán llevarlas? ¡Dios no lo quiera! Vuelve tus ojos al cielo. Hay allí un asiento que debe ser ocupado, y debe ser ocupado por ti; hay una corona que debe ser llevada, y debe ser llevada por ti.

¡Oh!, ten ánimo: la preparación del cielo no tendrá moradas vacías; Él tendrá un espacio para aquellos que creen, y debido a que Él ha establecido ese espacio, quienes creen vendrán allí. ¡Oh! ¡Quiera Dios que yo me entere que alguna alma puede aferrarse a esta promesa! ¿Dónde estás? ¿Estás por allá, lejos, de pie en medio de la multitud, o estás sentada en la nave principal o en la galería superior? ¿Estás sintiendo tus pecados? ¿Derramas lágrimas en secreto por causa de ellos? ¿Lamentas tus iniquidades? ¡Oh! Aprópiate de Su promesa: “Todo aquel (dulce todo aquel) todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Dilo así. El diablo dice que es inútil que invoques; has sido un borracho. Respóndele que dice: “Todo aquel.” “No,” dice el espíritu maligno, “es inútil para ti; nunca has asistido a escuchar un sermón, ni has ido a la casa de Dios estos últimos diez años.” Respóndele que dice, “Todo aquel.” “No,” dice Satanás, “recuerda tus pecados de anoche, y como te apareciste en el salón de música lleno de lujuria.” Díle al diablo que dice: “Todo aquel,” y que es una terrible falsedad de su parte que diga que tú puedes invocar a Dios y sin embargo ser condenado. No; dile que:

“Si todos los pecados que los hombres han cometido
De pensamiento, de palabra o de obra,
Desde que los mundos fueron creados o el tiempo comenzó,
Pudieran juntarse en una pobre cabeza,
Únicamente la sangre de Jesucristo
Por toda esta culpa puede expiar.”

Oh, graben esto en su corazón. ¡Que el Espíritu de Dios lo haga! “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.”