Ser Miembros de la Iglesia

Algunas personas están tratando de comprobar siempre lo que es acostumbrado en la iglesia cristiana. Todo el tiempo están buscando ejemplos y precedentes. Lo peor del caso es que muchas de estas personas buscan cosas antiguas que no son lo suficientemente antiguas: las cosas antiguas de la Iglesia de Roma, por ejemplo, y costumbres y observancias medievales, que no son otra cosa que un auténtico disparate. Si quisieran cosas verdaderamente antiguas y sólidas, deberían regresar a los tiempos apostólicos.

El mejor libro de historia de la Iglesia para hacer acopio del ritual, del verdadero ritual, es el de los Hechos de los Apóstoles, y cuando la Iglesia cristiana acuda a ese libro, en lugar de inquirir acerca de lo que hicieron los cristianos primitivos de los siglos segundo y tercero, se acercará mucho más al conocimiento de lo que debe hacer.

Ahora, nuestro texto nos habla de una antigua costumbre de los días de los apóstoles. Aquellos que se convertían en cristianos se entregaban primeramente al Señor, y luego se entregaban a la Iglesia, de acuerdo a la voluntad de Dios. Vamos a ponderar estas cosas en su orden.

Por supuesto que habremos de reflexionar primero sobre el punto central y más importante: esa acción que da valor y belleza a todo lo que sigue y es su fruto:

I. LA CONSAGRACIÓN SUPREMA DEL ALMA.

La primera cosa que hicieron los cristianos originales, los cristianos de los tiempos antiguos y del Espíritu Santo, fue, “a sí mismos se dieron primeramente al Señor.” Esto es vital, es la ofrenda de mayor importancia. ¿Nos hemos entregado realmente a Dios todos los que profesamos que somos discípulos de Cristo? ¿No hay en esta casa de oración algunos que jamás han pensado en hacer eso, e incluso algunos que rechazarían con desprecio la simple idea de hacer eso?

Oh, mis lectores, el día vendrá cuando contemplen estos asuntos bajo una luz muy diferente, y en el mundo venidero se descubrirá que entregarse al Señor habría sido su más excelsa sabiduría, y que haber vivido para el ego fue su suprema necedad.

Cuando estos primeros cristianos se entregaban al Señor, la primera cosa manifiesta era que la consagración y la entrega eran sinceras. Si algunos de los aquí presentes se han entregado al Señor, deberían preguntarse si su consagración fue sincera. Estos creyentes primitivos decían en serio lo que afirmaban: una profunda realidad estaba contenida en su consagración: se entregaban a Jesucristo para ser enteramente Suyo.

Recuerden que en aquellos tiempos esto significaba mucho más de lo que jamás debamos sufrir ahora. Un hombre que se entregaba a Cristo en aquellos días era echado fuera de la sinagoga, si era un judío, y era proscrito de la sociedad, si sucedía que era un pagano. Era arrastrado a los tribunales; era arrojado frecuentemente en prisión; con igual frecuencia era golpeado con muchos azotes, y muy a menudo era ejecutado, siendo quemado o atravesado por la espada. Pero estos primeros cristianos sabían lo que habría de pasar, y, a pesar de saberlo, se entregaban al Señor resueltamente.

¡Oh, amados profesantes aquí presentes!, ¿ha sido su consagración a Cristo tan sincera como eso, o simplemente vinieron e hicieron una profesión porque otros lo hicieron, y han perseverado en esa profesión -habiendo sido una mentira- porque no soportaban la vergüenza de confesar que habían cometido un error? ¡Oh!, ¿es sincera o no? Si no lo es, que Dios la vuelva sincera, pues únicamente la profesión que proviene del corazón, es la que permanecerá en el último gran día del juicio. ¡Señor, líbranos de tener una religión desprovista de corazón!

Su consagración al Señor fue, a continuación, una consagración voluntaria. Todos los soldados de Cristo son voluntarios, y, sin embargo, todos ellos son hombres forzados. La gracia de Dios constriñe a los hombres a convertirse en cristianos, pero, sin embargo, únicamente los constriñe siendo consistente con las leyes de sus mentes. La libertad de la voluntad es una verdad tan grande como lo es la predestinación de Dios. La gracia de Dios, sin violar nuestras voluntades, hace que los hombres estén dispuestos en el día del poder de Dios, y entonces se ofrendan a Cristo Jesús.

Tú no puedes ser un cristiano en contra de tu voluntad. ¿Cómo podría ser eso? ¡Un siervo de Dios que no quiera serlo! ¡Un hijo de Dios que no quiera serlo! No, nunca fue así, y nunca será así. Aquí y ahora, a ustedes cristianos, les preguntaré si no son alegre, gozosa e incondicionalmente, los siervos de Dios. Yo sé que lo son, y ese vínculo que establecieron hace años no es fastidioso ahora para ustedes, y si son santos genuinos, lo renuevan esta noche, y esperan repetirlo en la vida y en la muerte, pues voluntaria y alegremente le pertenecen al Señor.

La consagración que estos primeros cristianos hicieron fue, a continuación, una consagración inteligente. En los días de Pablo, no recibían en la iglesia a gente sin inteligencia. Ellos sabían que ningún padrinazgo podía ser útil allí. Ellos sabían, -y uno pensaría que todas las personas racionales deberían saberlo- que la religión de Jesucristo no puede existir allí donde no hay una clara comprensión de la verdad salvadora.

Únicamente puede haber vida espiritual y verdadera conversión, allí donde el entendimiento ha sido capaz de comprender el oficio salvador de Jesús. Ningún rito religioso, o ceremonia, u ordenanza podría conferir esto. He escuchado a algunos ministros que dicen a sus congregaciones: “ustedes fueron hechos cristianos en su infancia, y deben ser fieles a los compromisos que fueron hechos en aquel momento a nombre de ustedes.” En verdad, la conciencia de todo hombre le dice que no hay ni una sombra de base para un razonamiento así. ¿Qué tengo yo que ver, o qué me importan los votos que fueron hechos por mí cuando yo era un niño? Fueran buenos o malos, nunca fui consultado, y no tengo nada que ver, ni tendré nada que ver, con ellos. Ya sea que prometieron que yo serviría a Dios, o que yo serviría al demonio, yo rechazo igualmente la responsabilidad y el padrinazgo de ellos.

Como un ser inteligente, yo hablo por mí mismo delante de Dios, y nadie deberá hablar por mí. Si yo hubiese sido dedicado a Moloc, ¿debería aceptar esa dedicación en mi edad adulta? ¡Dios no lo quiera! Y aun si hubiese sido dedicado a Cristo, no aceptaré una dedicación que yo sé que Cristo nunca aceptó, porque Él nunca la pidió. Él pide mi dedicación personal; Él pide únicamente un amor inteligente, un servicio inteligente, y yo en verdad confío que muchos de ustedes vinieron a Cristo sabiendo lo que hacían, sabiendo lo que significaba el arrepentimiento, sabiendo lo que quería decir la fe, habiendo considerado el costo que representaría una vida de santidad, y luego, resueltamente, como hombres de juicio y entendimiento, dijeron: “¡oh Príncipe, nos alistamos bajo Tu estandarte! ¡Oh Emanuel, escribe nuestros nombres en Tu lista de pasar revista, pues seremos Tus siervos desde ahora y para siempre!” Fue una entrega sincera, fue una entrega voluntaria, y fue una entrega inteligente la que estos primeros cristianos hicieron al Señor.

Además, hermanos y hermanas míos, realizaron una entrega completa. Ningún cristiano de tiempos antiguos se dio parcialmente al Señor, y parcialmente se reservó para los ídolos, o para sí mismo; y si alguien hubiese intentado hacerlo, habría sido rechazado, pues en la iglesia está vigente la regla de Cristo, que Él tendrá todo o nada. Como cristiano, tú has de ser enteramente cristiano o no serás cristiano en absoluto. No hay tal cosa como poder compartirte entre Dios y el diablo, entre la justicia y el pecado. La entrega ha de ser sin reserva y sin límite.

Si se entregaron verdaderamente al Señor, le entregaron su cuerpo, para que ya no fuera contaminado más por el pecado, sino para que fuera templo del Espíritu Santo. Le dieron su mente, para no ser ya más librepensadores que buscan el alardeado librepensamiento de los esclavos del escepticismo. Han entregado sus facultades, para sentarse con ellas a los pies de Cristo para aprender de Él, para recibir Su enseñanza como verdad, y Su palabra como la única corte de apelaciones para todas las controversias. Lo aceptan como su maestro más allá de toda disputa, y aceptan Su doctrina como una verdad impoluta para ustedes. También le han entregado su lengua para hablar por Él, sus manos para trabajar para Él, sus pies para caminar o correr por Él: cada una de las facultades del cuerpo y de la mente en hermosa asociación para Su servicio.

En relación a la naturaleza suya nacida de nuevo, angélica y espiritual, esa naturaleza ha de ser enfáticamente del Señor, y siempre será el real poder que reine interiormente. Ustedes son hoy, en la trinidad de su naturaleza: cuerpo, alma y espíritu, completamente de Cristo, y esto incluye, -si son cristianos sinceros- todo lo que tienen: todos los talentos, todo el tiempo, todas las propiedades, toda la influencia, todas las relaciones y todas las oportunidades. Consideran que no poseen nada a partir de este momento, sino que dicen con la esposa: “Yo soy de mi amado, y mi amado es mío.”

Además, la entrega que realiza cada verdadero cristiano, es una entrega al Señor. Allí, hermanos míos, es donde debe comenzar: con el Señor. No debemos entregarnos a la Iglesia hasta no habernos entregado al Señor. Y nunca debe ser una entrega a los sacerdotes. ¡Oh! ¡Desdeñen eso! De todos los seres despreciables que viven, los peores son los sacerdotes. De todas las maldiciones que han caído alguna vez sobre la tierra -y no voy a exceptuar ni siquiera al diablo- la peor es el sacerdocio, y no me importa si lleva la vestimenta del ministro disidente, o es un clérigo de la Iglesia Establecida, o de la Iglesia Católica Romana, o es un musulmán, o un pagano. Nadie puede hacer tu religión por ti. Si alguien pretende que sí puede hacerlo, o que puede perdonar tu pecado, o hacer algo por ti delante de Dios, hazlo a un lado: es un vil impostor. Nunca sometas tus pensamientos o tu mente a algún hombre. No sujetes tus opiniones a la manga de ningún hombre.

Es al Señor a quien deben hacer su entrega completa e incondicional: hagan su entrega a Su verdad, a Su ley, a Su Evangelio, de manera tan completa, como si fueran esclavos, o fueran una piedra que ha de ser tallada por Su mano. Serán elevados en dignidad conforme su ego se hunda. Se volverán libres en la proporción que lleven las ataduras de Dios. Se volverán grandes conforme se vuelvan pequeños en ustedes mismos. Entréguense completamente a Dios. Asegúrense de que la entrega sea a Él, y no a ningún hombre, ni a ningún credo, ni a ninguna denominación, sino completa y enteramente al Señor, que los amó desde antes de la fundación del mundo; al Señor, que los compró con la sangre de Su corazón; al Señor, cuyo Espíritu selló dentro de sus almas la adopción suya.

Presten atención a esto, entonces: regístrenlo como el primer paso en todos los actos públicos de religión: deben entregarse primero al Señor. No tienen derecho de hablar acerca de unirse a una iglesia cristiana mientras no hubieren hecho esto: “primero al Señor”. No tienen derecho a ser bautizados, mientras no hubieren hecho esto: “primero al Señor”. No tienen derecho a sentarse a la mesa de la comunión, mientras no hubieren hecho esto: “primero al Señor”. Entréguense primero al Señor: con un verdadero arrepentimiento del pecado, y una simple y sincera confianza en Jesús, y, entonces, como una completa consagración de ustedes al Señor, pueden venir a cualquier acto sagrado de servicio, a cada privilegiado festín de amor, pero no hasta entonces.

¡Oh, señores!, Dios aborrece sus sacramentos y sus ceremonias mientras no le hubieren entregado primero su corazón. Vanas son sus oblaciones; su incienso es una abominación para Él. Es algo malo y peor aun que algo malo; sería una burla hacia Dios, un insulto a Él, si su corazón no se hubiere rendido a Jesús, y su naturaleza humana no se volviere la legítima propiedad de Dios mediante su voluntaria entrega del corazón a Él.

No puedo apremiar este asunto por la vía de preguntarle a cada uno de los presentes, pero, sin embargo, me gustaría pedirle a cada conciencia, especialmente a cada cristiano profesante, que responda a esta pregunta: “alma mía, ¿te has entregado, por medio de la gracia de Dios, para pertenecer al Señor?” ¿Lo dices en serio, o se trata de una farsa? ¿Has hecho una entrega real, o es todo fingido? ¿Sientes dentro de tu alma esta noche un deseo de convertirla en una consagración más completa? ¿Oras pidiendo gracia para hacer la entrega completa en el futuro? ¿Descansas únicamente en la preciosa sangre de Jesús? Entonces, ¿deseas glorificar a Dios en tanto que estés en este cuerpo? ¡Oh!, entonces todo va bien contigo, y puedes dar conmigo el siguiente paso. Si no fuera así, ¡no se acerquen a las ordenanzas, no toquen las promesas! No hay nada para ti en la Biblia, y no hay nada en la Iglesia para ti, mientras no estés reconciliado con Dios primeramente, por la muerte de Jesucristo. Y ahora, prosigamos a considerar brevemente la segunda consagración del alma:

II. LA ENTREGA QUE SIGUE A LA CONSAGRACIÓN SUPREMA.

Quiero entender este pasaje correctamente. Creo que lo entiendo. “A sí mismos se dieron primeramente al Señor, y luego a nosotros”; esto es, se dieron “a sí mismos” a nosotros, por la voluntad de Dios. Después de que un verdadero cristiano se ha entregado al Señor, el siguiente acto inmediato debe ser, entregarse a la Iglesia cristiana; debe intentar de inmediato, como lo hizo Pablo, unirse a los hermanos de Cristo. Si hubiere alguna iglesia cristiana en algún lugar del distrito donde vive, el creyente recién nacido debe buscar de inmediato la comunión con los otros que aman a su Señor, porque fueron salvados por Su gracia.

La forma correcta de hacer esto es entregarse a sí mismo. No su nombre, no su dinero, no su mera presencia, ni su simpatía, ni sus labores activas: todas estas cosas son parte de la entrega; pero el alma de todo ello radica en entregarse a sí mismo. Con toda la fuerza y el peso de su influencia, de su personalidad y habilidad, en la medida que Dios le ayude, ha de entregarse a la Iglesia.

¿Qué está involucrado en esta entrega de nosotros mismos a la Iglesia cristiana? Voy a repetirlo, como para refrescar la memoria de muchos miembros de aquí que lo hubieren olvidado. Es su deber unirse a la Iglesia cristiana. ¿Qué significa eso? ¿Qué deberes se originan por eso?

Primero, está la consistencia de carácter. Si no hacen una profesión de religión, y viven como les plazca, tendrán que responder por eso en el último gran día. Pero si son miembros de una Iglesia cristiana, pongan atención a cómo viven, pues sus acciones podrían volverse doblemente vigiladas, y serán doblemente pecaminosas si caen en inconsistencias.

Tú eres un siervo en la familia, y un miembro de una Iglesia cristiana: no debe haber en ti propensión a servir sólo cuando te vigilan; no debe haber en ti nada que deshonre a un buen siervo de Jesucristo.

Si eres un esposo: no tienes derecho a ser un tirano dominante y de mal carácter para con tu esposa; si lo eres, no debes ser un miembro de una iglesia cristiana en absoluto. Si eres una esposa: no debes ser un mujer desaliñada, holgazana, lectora de novelas, que descuida sus deberes familiares; si así fuera, no me importa a qué clases asistas o en cuáles reuniones de oración participes; no tienes derecho a actuar así si profesas ser una cristiana.

Tú dices que eres un cristiano, y eres miembro de la iglesia: entonces en tu negocio no tienes derecho a caer en las trampas y bribonadas que son comunes por todas partes. Si no puedes vivir sin ser un pillo, no seas un profesante de la religión; sería mejor que te fueras al infierno de inmediato, tal como eres, que ir allá con una piedra de molino atada a tu cuello por causa de haber hecho una profesión, una profesión de piedad vil y malvada, que no ejerciste.

No, señores, si ustedes no se esforzaran, -en la fortaleza y espíritu de la gracia de Dios- por alcanzar la consistencia de una conducta moral, no tendrían derecho a hablar de entregarse a la Iglesia, a la cual causarían oprobio. Sólo pecarían para alcanzar una mayor condenación; por tanto, no se acerquen a la membresía.

Lo siguiente que es requerido de cada miembro de la Iglesia de Cristo es la asistencia a los medios de la gracia. No me refiero meramente a la asistencia al culto dominical. Cualquier hipócrita viene en domingo, pero hasta donde yo sé, no todos ellos vienen en un día lunes, a la reunión de oración y no vienen al servicio del día de semana, que tiene lugar los jueves. Estoy muy seguro de esto, aunque algunos sí pudieran venir. Las reuniones y los servicios que tienen lugar en día de semana son una poderosa prueba. Muchos no pueden asistir, yo lo sé, y no pido que los deberes domésticos sean sacrificados, ni siquiera por la adoración pública; pero hay algunos que deberían estar presentes y que no están, y, en verdad, todos ustedes, en tanto que hubiera la oportunidad, y si residen dentro de una distancia razonable, deberían asistir. Tengan cuidado de no volverse laxos en este respecto.

Otro deber de todos los miembros de la iglesia es ayudar y consolar los unos a los otros. Justo como entre los francmasones, que dan la mano a la usanza de los masones, y de inmediato obtienen una palabra amable y un reconocimiento fraternal, así debería ser entre los cristianos, sólo que en un sentido más elevado. Ustedes han de consolar a los que lloran, ayudar a los que son pobres, y, en general, debemos vigilar los mutuos intereses, viendo que, en la iglesia, todos somos miembros de una familia. Ustedes deben “hacer bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe.” Las migas han de darse a los gorriones que están afuera, pero sus hermanos y hermanas han de recibir lo mayor y lo mejor de lo que ustedes puedan dar. Este es el claro deber de todo cristiano.

También, todo miembro de la iglesia ha de procurar entregarse a ella en el sentido de hacer su parte en toda la obra de la iglesia. Qué vergüenza para el miembro de la iglesia que no tiene una posición que ocupar, que no es ni generoso con su bolsillo, ni diligente con su mano, ni sincero con su corazón, ni habla con su lengua. Nadie puede hacer todo, sino que cada quien ha de tomar su lugar y su nicho, pues todo aquel que no está haciendo algo, ¿qué es sino un zángano en la colmena, que será expelido muy pronto?

Yo creo, mis queridos amigos, poder decir que hice esto cuando me uní a la Iglesia de Cristo. Recuerdo muy bien cómo me incorporé, pues yo forcé mi entrada a la iglesia de Dios, diciéndole al ministro -que era una persona laxa y lenta- después de haberlo buscado cuatro o cinco veces sin poder verlo, que yo ya había cumplido con mi deber, y si no me daba una cita, yo mismo convocaría a una reunión de la iglesia, y les diría que yo creía en Cristo, y les pediría que me recibieran. Yo sé que cuando lo dije, tenía la intención de hacerlo. Yo sé que no había nadie entre todos ellos que tuviera la intención de hacerlo más intensamente en aquel momento, y lo digo en serio ahora.

Yo me entrego a Cristo, y a la religión de Cristo. No me importa hablar sobre política cuando tiene que ver con el cristianismo; no me importa cooperar con la causa común de la filantropía, o con cualquier obra para el bien de mis semejantes; pero no me entrego de todo corazón y espíritu a ninguna obra sino a aquella de divulgar el conocimiento del nombre de Cristo. Esto, pienso, debería ser lo primero y lo último para el cristiano. ¿Cubre tu religión tu ropaje, o tu ropaje cubre tu cristianismo? ¿Cuál de los dos casos es aplicable a ti, amigo? Tú eres un político: eso está muy bien; me alegra que haya un hombre honesto en un lugar así; sin embargo, ¿cubre tu religión tu política, o tu política devora tu religión? Tú eres un obrero; bien, es una posición honorable, y todo honor ha de ser acordado al hombre que trabaja duro; pero, ¿permea tu religión y le da calidad a tu duro trabajo? ¿Amas a Cristo en medio de todo eso? ¿Sientes en todo momento que, por sobre todo, debes ser un cristiano? Entonces no me importa lo que seas, ya sea que seas un herrero o un deshollinador, un rey o un barrendero; eso no tiene importancia. Lo primero y lo más importante es que seas un cristiano, y todo lo demás debe subordinarse a eso, pues la Iglesia cristiana tiene el derecho de esperar esto.

Ahora, yo sé que hay algunos que dicen: “bien, yo espero haberme entregado al Señor, pero no pretendo entregarme a ninguna iglesia, porque __________” Ahora, ¿por qué no? “Porque puedo ser un cristiano sin ella.” ¿Estás muy convencido de eso? ¿Puedes ser tan buen cristiano desobedeciendo los mandamientos de tu Señor, como si fueras obediente a ellos? Bien, supón que todos los demás hicieran lo mismo; supón que todos los cristianos del mundo dijeran: “yo no me uniré a la Iglesia.” Entonces no habría una Iglesia visible; no habría ordenanzas. Eso sería algo muy malo, y, sin embargo, si uno lo hiciera -lo que es correcto para uno es correcto para todos- ¿por qué no habríamos de hacerlo todos los demás? Entonces ¿tú crees que si fueras a hacer un acto que tiene la tendencia a destruir a la Iglesia visible de Dios, serías tan buen cristiano como si hicieras lo más que pudieras para edificar esa Iglesia? ¡Yo no lo creo, amigo! Ni tú tampoco. Tú no crees tal cosa; se trata sólo de una excusa engañosa para esconder algo más.

Allí está un ladrillo, y es uno muy bueno. ¿Para qué está hecho ese ladrillo? Para ayudar a construir una casa con él. No tiene caso que ese ladrillo te diga que es tan buen ladrillo mientras esté tirado en el suelo como si estuviese en la casa. Es un ladrillo que no sirve para nada; no sirve mientras no sea colocado en la pared. De igual manera ustedes, cristianos vagabundos, yo no creo que ustedes estén cumpliendo su propósito; están viviendo contrariamente a la vida que Cristo quiere que vivan, y han de ser culpados en gran manera por el daño que hacen.

“¡Oh!”, -dice uno- “aunque espero que amo al Señor, si yo fuera a unirme a la Iglesia, sentiría que es una gran atadura para mí“. Es justo lo que deberías sentir. ¿No deberías sentir que estás ligado a la santidad ahora, y ligado a Cristo ahora? ¡Oh, esas benditas ataduras! Si hay algo que me pudiera hacer sentir más ligado a la santidad de lo que estoy, me gustaría sentir ese grillete, pues sentirse ligado a la santidad no es otra cosa que libertad, y rectitud, y solicitud de vida.

“¡Oh!”, -dice otro- “si yo me uniera a la Iglesia, me temo que no sería capaz de persistir.” Tú esperas persistir, supongo, fuera de la Iglesia; es decir, ¡te sientes más seguro desobedeciendo a Cristo que obedeciéndole! ¡Qué extraño sentimiento es ese! ¡Oh!, sería mejor que fueras y dijeras: “mi Señor, yo sé que tus santos deben estar unidos en la comunión de la iglesia, pues las iglesias fueron instituidas por Tus apóstoles: y yo confío que tengo gracia para cumplir con esa obligación: no tengo ninguna fuerza propia, Señor mío, pero mi fuerza radica en apoyarme en Ti: iré donde Tu me guíes, y todo lo demás lo dejaré en Tus manos.”

“¡Ah!, pero”, -dice otro- “yo no puedo unirme a la Iglesia; es tan imperfecta.” ¡Entonces, tú eres perfecto, por supuesto! Si es así, te aconsejo que te vayas al cielo, y te unas allá a la Iglesia, pues ciertamente no eres idóneo para unirte a ella en la tierra, y estarías fuera de tu lugar.

“Sí”, -dice otro- “pero veo que los cristianos tiene muchas cosas malas.” ¡No hay nada malo en ti mismo, supongo! Yo sólo puedo decir, hermanos míos, que si la Iglesia de Dios no es mejor de lo que yo soy, lo siento. Cuando yo me uní a la Iglesia, sentía que iba a recibir mucho más bien del que yo podría aportarle, y con todas las fallas que he visto al vivir estos veinte años o más en la Iglesia cristiana, puedo decirles, como hombre honesto, que los miembros de la Iglesia son los excelentes de la tierra, en quienes está todo mi deleite, aunque no sean perfectos, y más bien estén a gran distancia de serlo. Si fuera del cielo, hubiera de encontrarse a alguien que viva realmente cerca de Dios, son los miembros de la Iglesia de Cristo.

“¡Ah!”, -dice otro- “pero hay muchos hipócritas.” Tú mismo eres muy cabal y sincero, supongo. Confío que lo seas, pero entonces, deberías venir y unirte a la Iglesia, para aumentar su integridad por medio de la tuya.

Estoy seguro, mis queridos amigos, de que ninguno de ustedes cerraría su tienda mañana por la mañana, o rehusaría aceptar cualquier moneda de oro cuando algún cliente les fuera a pagar, sólo porque hubiere algunos falsificadores que estuvieran pagando con monedas de oro falsas. No, ustedes no lo harían, y no creen en la teoría de ciertas personas, de que debido a que algunos cristianos profesantes son hipócritas, entonces todos lo son, pues eso sería como si dijeras que, porque algunas monedas de oro son falsas, entonces todas las monedas de oro son falsas, lo que sería claramente un error, pues si todas las monedas de oro fueran falsas, no sería negocio para el falsificador presentar sus monedas falsificadas: las monedas falsas son de valor sólo cuando la cantidad de buen metal sobrepasa al malo. Hay todavía una muy buena cantidad de respetables cristianos de oro en el mundo e incluso todavía en la Iglesia, y puedes estar seguro de ello.

“Bien”, -dice alguien- “yo no creo, -aunque espero ser un siervo de Dios- que pueda unirme a la Iglesia; verás, es muy despreciada.” ¡Oh, qué bendito desprecio es ese! Yo en verdad creo, hermanos, que no hay honor en el mundo que se equipare al de ser despreciado por lo que se da en llamar “Sociedad” en este país. La mayoría de la gente es esclava de lo que llaman “Respetabilidad”. ¡Respetabilidad! Cuando un hombre se pone el día domingo un abrigo que ha comprado con su dinero; cuando adora a Dios por la noche o durante el día, ya sea que los hombres lo vean o no: cuando es un hombre honesto e íntegro -no me importa cuán bajos sean sus ingresos- él es un hombre respetable, y no debe doblegar su cuello ante la idea de Sociedad o de su respetabilidad artificial.

Estos diversos tipos de farsantes, pues no son otra cosa, impiden que muchos se unan a la Iglesia cristiana, porque tienen miedo de ser despreciados por la gente respetable de la Sociedad. Precisamente leí ayer en un periódico que no serviría de nada crear miembros de la nobleza no-conformistas (1), para que se volvieran respetables en su religión, porque en la siguiente generación dejará de haber no-conformistas, ¡y me temo que es verdad! Es terrible que tan pronto como algunas personas se elevan en su posición social, renuncian a la Iglesia a la que se entregaron cuando se consagraron al Señor. El día llegará cuando los cristianos más pobres serán exaltados por encima de los nobles más altivos que no temieron al Señor; cuando Dios tome de las miserables viviendas y casuchas de Londres, una nobleza de una raza imperial que hará sonrojar a todos los reyes y príncipes del mundo. Y a estos los pondrá por encima de los serafines, mientras otros serán echados de Su presencia.

Yo le digo a cualquiera de ustedes, que no quiera unirse a la Iglesia porque hacerlo rebajaría su respetabilidad: tampoco yo te pido que te unas a ella, ni Cristo tampoco te lo pide: si la Sociedad y la Respetabilidad son los dioses que adoras, acude a tus dioses miserables y adóralos, pero Dios lo requerirá de tus manos en el día de las cuentas. No hay nada mejor que el servicio de Cristo.

En lo que a mí respecta y si el servicio de Cristo lo requiriera, acepto ser despreciado, ser señalado, ser abucheado en las calles, ser llamado con todo tipo de apodos, y prefiero eso a todas las estrellas de las órdenes de caballería y dignidades de la nobleza, pues este es el verdadero honor del cristiano cuando sirve verdaderamente a su Señor.

Viene el día en el que el Señor hará una división entre aquellos que lo aman y aquellos que no lo aman, y cada día se está alistando para esa última división. Esta misma noche esa división está siendo realizada; en la predicación del Evangelio se está implementando. Que cada hombre tome su posición, y se haga la pregunta: ¿estás con Cristo o con Belial? ¿Estás con Dios, con Cristo, con la sangre preciosa, o todavía estás al nivel de los placeres pecaminosos y sus deleites? Como tendrás que responder por ello cuando los cielos estén ardiendo, y la tierra se tambalee, y la trompeta del juicio te convoque delante del gran trono blanco, ¡entonces da cuenta de ello ahora!

Y ustedes, espíritus valerosos, que han amado a su Salvador, si no se han unido nunca a Su ejército, vengan y alístense ahora. Y ustedes, espíritus amantes, que son tiernos, y que han retrocedido por un tiempo, pasen al frente ahora.

“Ustedes que son hombres ahora sírvanle,
Contra incontables enemigos.
Su valor crezca con el peligro,
Y a la fuerza opongan fuerza.”

Hoy, apoyen a Jesús: hoy, estén dispuestos a ser la escoria de todas las cosas por causa de Su nombre: y luego, cuando Él venga en la gloria, suya será la recompensa, una recompensa que sobrepasará todas las pérdidas que pudieran experimentar hoy.

“El que creyere y fuere bautizado, será salvo.” “El que cree en su corazón, y confiesa con su boca, será salvo.” Cree en el Señor Jesucristo, y que Su bendición descanse sobre ti. Amén.

Nota del traductor:

(1) No-conformistas: protestantes de Inglaterra que rehusaban hacerse miembros de la Iglesia Anglicana. También eran conocidos como Disidentes, es decir, aquellos que rehusaban aceptar las doctrinas y formas de la Iglesia Establecida u oficial en Inglaterra y Escocia.