Santos que cantan

Algunas personas necesitan que se les diga esto, pero para el salmista no era necesario, le venía a él como algo natural. Ahora que había sido restaurado, quería tomar su lugar en medio de los cantantes del coro para cantarle a Jehová. No estaba satisfecho con cantar solo, ¿qué hijo de Dios lo estaría? David había estado gravemente enfermo, y el Señor lleno de gracia le había restaurado la salud. David dijo: “Jehová Dios mío, a ti clamé, y me sanaste. Oh Jehová, hiciste subir mi alma del Seol; me diste vida, para que no descendiese a la sepultura.” Tan pronto recuperó la salud y la fuerza, los instintos de santidad de David lo guiaron a alabar al Señor. La primera cosa que debe hacerse, tan pronto se tiene clara la garganta después de una enfermedad, es cantar alabanzas a Dios; la primera cosa que se debe hacer cuando los ojos recobran otra vez su brillo, es mirar al Señor con agradecimiento y gratitud.

Cuando observamos los pájaros en la primavera, vemos que cuando se despierta el primero, y comienza a cantar, está llamando a sus compañeros. ¿Acaso no es su canción una invitación a todos los cantores emplumados del bosque para que se unan a él, y viertan en coro su armonía?

De igual manera, es característico de un corazón rebosante de alabanza que naturalmente busque sociedad en su canto. No nos gusta alabar solos a Dios; podemos hacerlo, y lo haremos si debemos hacerlo; pero nuestro corazón a menudo grita fuertemente a nuestros hermanos y hermanas en Cristo: “alaben ustedes al Señor.” Nuestro mismo “Aleluya” tiene la intención de sacudir a otros para que se unan en esta santa práctica, pues quiere decir precisamente “alaben ustedes al Señor.”

Mi único deseo en este preciso instante es que, aquellos de nosotros que hayamos recibido de Dios una misecordia especial, alabemos Su nombre; y luego que todos los demás, (si hubiese alguien que no hubiera recibido una de esas misericordias notables que muchos de nosotros hemos recibido), también se sientan exhortados a unirse en el cántico sagrado de agradecimiento hacia nuestro Dios.

Este es un deber que es placentero; no hay nada más delicioso que cantar alabanzas al Señor. Asimismo es un deber que es muy provechoso; será tanto una bendición para ustedes como algo agradable a Dios. Cantar tiene un efecto curativo sobre muchas de las enfermedades del alma; estoy seguro que aligera las cargas de la vida, y casi diría que acorta el tedioso camino del deber si solamente pudiéramos cantar mientras nos desplazamos por él. Esta santa ocupación es agradable y provechosa, y nos prepara para otro mundo y para un estado más elevado. Me gusta cantar con el doctor Watts:

“Me gustaría dar aquí comienzo a mi música,

Para que mi alma se eleve:

¡Oh, que algunas notas celestiales llevasen

Mis emociones a los cielos!”

Vamos camino a la gloria, asi que cantemos mientras completamos nuestra jornada; y como canta la alondra cuando remonta el vuelo, batiendo sus alas al compás de su música y aumentando su canto conforme sube por los aires, que así suceda con nosotros en nuestro ascenso hacia las puertas del cielo: cada día un salmo, cada noche una marcha que se ha completado y que nos acerca al hogar, más cercanos a la música del cielo y con mayor capacidad para imitarla. Cantemos ahora, al menos en nuestros corazones, si no podemos cantar con los labios, cantemos al Señor. Ese es nuestro texto: “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad.”

Me parece que nuestro texto es sumamente adecuado para la Santa Cena que vamos a celebrar la noche de este domingo. Estamos a punto de reunirnos a la mesa donde están colocados los memoriales de la muerte de nuestro Salvador, y hay tres cosas acerca del texto que me llevan a considerarlo muy apropiado para una ocasión como ésta. Esas cosas son, en primer lugar, la especial adecuación de la exhortación para nuestro presente culto: “Cantad a Jehová.” En segundo lugar, la especial conveniencia del tema para que lo meditemos: “La memoria de su santidad.” Luego, en tercer lugar, la admirable conveniencia de la compañía que es invitada a unirse en el cántico, pues son exactamente las mismas personas que son invitadas a sentarse a la mesa de la comunión: “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad.”

I. Primero, entonces, consideremos LA ESPECIAL ADECUACIÓN DE LA EXHORTACIÓN PARA NUESTRO PRESENTE CULTO: “Cantad a Jehová.”

Deben venir a la mesa donde recuerdan la muerte de su Salvador, donde deben alimentarse de los memoriales de Su pasión. Vengan aquí con un corazón listo para cantar. “¡Oh!” dirá alguno, “yo pensé que debía venir con lágrimas.” Sí, ven con llanto; serán lágrimas muy dulces para Cristo si las dejas caer sobre Sus pies para lavarlos con tu llanto penitencial. “¡Oh, señor!” dirá otro, “yo pensé que definitivamente debía venir con profunda solemnidad.” Así debe ser, y ay de ti si te acercas de cualquier otra manera; pero, ¿piensas que hay un divorcio entre la solemnidad y el gozo? Yo no lo pienso.

La excesiva frivolidad está emparentada con la tristeza, y pronto se coagula y se convierte en ella; la risa es solamente superficial, y justo debajo de su piel está el suspiro. Pero en el hombre que es calmado, quieto, sobriamente cuidadoso, hay profundidades de gozo que no se pueden medir. Hay un pequeño gozo superficial que puede ir cantando sobre las piedras del arroyuelo, pero que pronto se desvanece. Yo no los estoy invitando a ese tipo de alegría, sino más bien a ese gozo solemne que sienten los hombres piadosos, y que puede expresarse adecuadamente en un himno santo. “Cantad a Jehová.” Esa no es música frívola. “Cantad a Jehová.” Esa no es ninguna balada o canción; es un salmo, profundo, solemne y de mucho contenido, y su gozo es grandioso. “Cantad a Jehová, vosotros sus santos.”

“Pero aun así,” me dirán, “no podemos ver la conveniencia de cantar en esta mesa de Santa Cena.” Bien, entonces, si no pueden hacerlo, pronto la verán, pues les recuerdo que en esta mesa celebramos una obra consumada. Salomón dijo: “Mejor es el fin del negocio que su principio.” El gozo no está en la siembra sino en la cosecha. El Señor nos ordena que pongamos pan y vino sobre la mesa para mostrarnos que Su obra está consumada por Su muerte. Allí está el pan y allí está el vino; estos elementos son diferentes y separados. Ellos indican la carne y la sangre, pero la sangre separada de la carne, una señal segura que la muerte ha ocurrido. Es la muerte de Cristo la que celebramos mediante esta comunión, y esa muerte tiene inscrita sobre ella esta frase: “Consumado es.”

Él había concluido la obra que el Padre le había asignado, y por tanto entregó el espíritu. Yo ciertamente me regocijo porque la muerte de Cristo es un hecho consumado. Nosotros hemos cantado, en tonos doloridos, con un corazón casi sangrante, la triste historia de la cruz, y los clavos, y la lanza, y la corona de espinas, y ha sido un dulce alivio para nosotros cuando el poeta nos ha llevado a cantar:

“Ya no más lanza sangrienta,

Ya no más ni cruz ni clavos,

Pues el infierno mismo tiembla ante Su nombre,

Y todos los cielos adoran.”

Es una infinita satisfacción para nosotros que:

“La cabeza que una vez fue coronada de espinas,

Está ahora coronada de gloria.”

Toda la vergüenza y la triteza han llegado a su fin, todo eso terminó; nos acercamos a la mesa para comer este pan, y para beber de esta copa, en memoria de una gloriosa obra, una obra que le costó al Salvador Su vida, pero una obra que es completa y perfecta, y aceptada por Dios.

¿Recuerdan las labores de Hércules? ¿Qué son esas labores comparadas con el trabajo del Cristo de Dios? ¿Piensan en las conquistas de César? ¿Qué son éstas junto a las victorias de Cristo, que ha llevado cautiva a la cautividad, y ha recibido dones para los hombres? Amados hermanos, yo pienso que ninguna música puede ser demasiado alta, demasiado agradable, demasiado gozosa, cuando nos reunimos alrededor de esta mesa, y nos decimos unos a otros: “Estamos celebrando el feliz término de eso que Jesús se propuso hacer cuando nació en Belén, cuando vivió en Nazaret, cuando sudó grandes gotas de sangre en Getsemaní, y murió en la cruz del Calvario.” Por tanto, “Cantad a Jehová, vosotros sus santos.”

Veo también otra razón más de por qué debemos acercarnos a esta mesa con un himno santo, y es, no sólo a causa de una obra consumada, sino a causa de un resultado obtenido, al menos en cierta medida. Miren ustedes. En vez de carne veo pan; en vez de sangre veo vino. Yo sé que el pan y el vino son símbolos de la carne y la sangre, pero también sé que son algo más; no sólo son símbolos de las cosas en sí, sino también de lo que sale de esas cosas. Me voy a explicar mejor. Hoy, debido a que Cristo ha muerto, se ha preparado una mesa para las almas muertas de hambre de los hombres. Dios ha abierto Su casa; como un rey grandioso, coloca Su mesa en la calle, y envía a sus siervos y les ordena que inviten a los hambrientos, a los pobres, a los necesitados, a los sedientos, para que vengan y coman y beban y queden satisfechos; y puesto que, enloquecidos y embrutecidos por su pecado, no quieren venir, Él agrega este mandato: “Fuérzalos a entrar, para que se llene mi casa.”

Y, hermanos y hermanas, cuando ustedes y yo nos reunimos alrededor de esta mesa, si en verdad hemos venido a Cristo espiritualmente, Él ve en nosotros una parte de la recompensa de Sus sufrimientos. El festival ha durado estos mil ochocientos años, y relevos de invitados han estado continuamente celebrando el festín a la mesa del grandioso Rey que dice: “Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida,” y Sus invitados todavía están llegando, millones de ellos, y todos habrían muerto si no hubieran vivido alimentánse de Cristo, todos ellos se habrían perdido si no hubieran sido salvados por la sangre preciosa de Jesús. Todavía están llegando, y nuestro ojo profético ve, en los batallones que se están congregando en este domingo en todo el mundo, la vanguardia de un ejército más poderoso, el cual nadie puede contar, de todas naciones y tribus y pueblos y lenguas. Por tanto, “Cantad a Jehová, vosotros sus santos.” La simple preparación de la mesa de la comunión, y la reunión de hombres y mujeres alrededor de ella para gozar espiritualmente del festín de su Señor agonizante, es una razón muy importante para estar agradecidos.

En tercer lugar, existe una razón de por qué algunos de nosotros debemos cantar al Señor, pues aquí hay una bendición gozada. No solamente se están congregando muchos en diversas partes del mundo, y se están alimentando de la carne y de la sangre del Crucificado, sino que es motivo de un gozo especial que ustedes y yo estemos aquí también. Estoy contento, amado hermano, que estés aquí; es un gran motivo de gozo para mí que mi hermano en la carne esté aquí, y es un gran deleite que muchos de ustedes con quienes he convivido durante tanto tiempo en feliz comunión estén aquí; pero yo no podría soportar estar ausente. Si yo tuviera que irme al finalizar el servicio, y dejarlos a ustedes aquí para que estén en comunión con el Señor, y yo no tuviera ni parte ni porción en el asunto, me perdería de un gozo sumamente grande.

Ustedes que aman al Señor, ¿quieren recordar aquellos días cuando no lo conocían a Él, pero que anhelaban conocerlo? Hubo una época en que ustedes suspiraban y clamaban por Él, y si alguien les hubiera dicho: “ustedes se sentarán a la mesa con una grandiosa compañía en tal y tal noche, y el Señor será muy precioso para ustedes, y su corazón estará desbordante de deleite,” ustedes habrían respondido: “me temo que eso es demasiado bueno para ser verdad, y no creo que eso me suceda alguna vez a mí.”

A mí me ocurrió durante un tiempo, que si yo hubiera podido ser el último de los perrillos bajo la mesa de Cristo, y hubiera recogido las migajas y los rancios mendrugos, y los huesos despreciados por otros, yo hubiera lamido Sus pies con mucho gozo. Sin embargo ahora, ¡miren! Estoy sentado en medio de Sus hijos, y soy uno de ellos, y tengo el placer de pasar a ustedes, mis hermanos y hermanas, los exquisitos bocadillos que Él pone en la mesa, y si ustedes no cantan, yo debo hacerlo; si nadie de ustedes quiere cantar, yo tendré que cantar solo, no puedo evitarlo. Pero yo creo que cada uno de ustedes siente la misma maravilla, deleite y gratitud al pensar que ustedes también están participando de esta cena.

Hay todavía otro tema por el que debemos cantar al venir a esta mesa, y es que esta comunión nos recuerda una esperanza revivida. ¿Qué dijo el apóstol Pablo relativo a esta ordenanza? “Así, pues, todas las veces que comiereis este pan, y bebiereis esta copa, la muerte del Señor anunciáis hasta que él venga.” Esta es una de las señales que nuestro Señor nos ha dado como garantía que vendrá de nuevo; en efecto, Él dice: “Coman ese pan, beban de esa copa, y yo me acercaré más y más, cada vez que ustedes se congreguen así alrededor de Mi mesa.”

Bueno, entonces, si ustedes no cantaron la última vez, deben cantar ahora al pensar que Jesús viene otra vez. No se ha ido para siempre; de acuerdo a la Escritura, no se ha ido por mucho tiempo. Cada hora lo acerca más, y ya no puede faltar mucho para que Él venga otra vez. Recuerden lo que los dos varones con vestiduras blancas les dijeron a los discípulos: “Este mismo Jesús, que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá” (literalmente y personalmente) “como le habéis visto ir al cielo.” Tan cierto como que Jesús vive, Sus pies se posarán en el último día sobre el Monte de los Olivos, y Él vendrá para reinar entre Sus ancianos gloriosamente.

Esta segunda venida de nuestro Señor, no como una ofrenda por el pecado, no en vergüenza ni humillación, sino en toda la gloria de Su Padre y de Sus santos ángeles, nos lleva a golpear con golpes de gozo los címbalos agudos. Nosotros ya estamos anticipando el triunfo final del Señor Jesucristo, cuando todos Sus enemigos se inclinen ante Él. Sucederá, así se hará, y esta Cena es el memorial de que ciertamente será así; por tanto, “Cantad a Jehová, vosotros sus santos.”

Pienso que he demostrado que esta exhortación se adecúa muy bien a nuestro presente culto.

II. Ahora, en segundo lugar, queridos amigos, observen LA ESPECIAL CONVENIENCIA DEL TEMA PARA NUESTRA MEDITACIÓN: “Y celebrad la memoria de su santidad.”

Se necesita un santo para que celebre la memoria de un Dios santo. Los pecadores odian la santidad porque ellos temen la santidad; pero los santos aman la santidad porque ellos no tienen ningún motivo para temerle, y porque, por otro lado, se ha convertido en una fuente de consuelo y gozo para ellos.

Alrededor de esta mesa, quiero que piensen en primer lugar, acerca de la santidad divina vindicada. Dios nos amó, hermanos, y quiso salvarnos; pero no quiso ser injusto aun para salvarnos. Su grandioso corazón estaba lleno de amor, pero aun para satisfacer ese corazón de amor Él no podría tolerar que Su ley justa fuese deshonrada, ni que Su gobierno moral fuese menoscabado. Algunas veces los hombres hablan del castigo de Dios al pecado como si fuera un capricho en Él. Es una necesidad; está impreso en la misma existencia de los seres morales que la santidad debe traer felicidad, y que la impiedad debe acarrear tristeza, y Dios no va a revertir lo que Él ha ordenado muy adecuadamente para que sea el orden eterno de las cosas.

Dios debe ser justo, y por tanto no podría pasar por alto la culpa humana, y tolerarla. Entonces, ¿qué debe hacerse? Él mismo, en la persona de Su amado Hijo (pues no olviden nunca que Dios el Padre dio a Su Unigénito y bienamado Hijo) Él mismo, en la persona de Su amado Hijo vino a este mundo, asumió nuestra naturaleza, y en esa naturaleza se convirtió en el Representante de Su pueblo, y como su Representante cargó sobre Sí mismo con sus pecados; y siendo encontrado con los pecados imputados a Él, Dios trató con nuestro pecado como puesto en Él. Lo encontró allí, y lo castigó allí, y por causa de nuestro pecado Jesús se desangró, y Jesús murió; y ahora, cuando nosotros venimos a un estado de paz con Dios, no es sobre las ruinas de una ley quebrantada, no es sobre las tablas rotas que Moisés rompió al pie del monte, sino que venimos al Dios santo por un camino santo.

Los pecadores son perdonados de una manera justa, los injustos son considerados como justos de una manera justa; en la salvación de un pecador, la justicia de Dios no está inactiva o velada. Él es justo, y el que justifica al que es de la fe en Jesús. Yo amo esta gloriosa verdad; me parece que el atractivo de la misericordia en Cristo consiste en que es una misericordia justa. La quintaesencia del deleite es que, cuando el santo llegue al cielo, estará tan justamente allí como el pecador en el infierno estará justamente allí. Se verá tanto de la santidad divina en la salvación del ladrón moribundo como en la condenación de ese otro ladrón que pereció en su pecado.

Por tanto, conforme nos sentemos a la mesa del Señor, “celebremos la memoria de su santidad.” Vamos a tener comunión con un Dios que, aunque tenga comunión con nosotros, y entregue Su amor a Sus elegidos, no quebrantaría Su propia ley, ni haría eso que, bajo el juicio más estricto, pudiera considerarse como injusto. Yo me gozo ciertamente en ese hecho incuestionable, y mi corazón se alegra al tiempo que les recuerdo esto.

Y, a continuación, demos gracias al recordar la declarada santidad de Cristo. Es una feliz ocupación contemplar el perfecto carácter de nuestro amado Redentor. Si se pudiera haber encontrado una falta o defecto en Él, no habría podido ser el Sustituto adecuado para nosotros. Si hubiera cometido un único pecado, no habría podido cargar con nuestros pecados, ni habría podido quitarlos. Piensen, por tanto, cuando se sienten alrededor de esta mesa, cuán puro Cristo fue Él, un hombre perfecto y un Dios perfecto, poseedor de un carácter sin mancha, y luego, puesto que esto era absolutamente necesario para llevar a cabo la expiación que ahora celebran en esta mesa, “celebrad la memoria de su santidad.”

Me parece que lo veo entrar, con Sus vestiduras blancas como la nieve, ceñido con un cinturón de oro, con un rostro que por Su pureza y brillo es semejante al sol cuando brilla en su cenit; y yo me postro, y admiro y adoro, no solamente Su misericordia, y Su mansedumbre, y Su caridad, sino la santidad perfecta de mi Redentor y Señor. Al acercarse a esta mesa, amados hermanos, celebren la memoria de la santidad de Aquél que se sienta a la cabecera del banquete: el propio Señor Jesús, que les pasa la copa, y les dice: “Bebed de ella todos,” y quien parte el pan y dice: “Tomad, comed: esto es mi cuerpo, que por vosotros es dado; haced esto en memoria de mí.” “Celebrad la memoria de su santidad.”

También pienso que será muy congruente con nuestra presente actividad que pensemos en la santidad de Dios como la garantía de nuestra salvación. Decir esto podría parecer algo muy sorprendente, pero es verdaderamente cierto. ¡Bendito sea el Dios justo! Después de todo, nosotros descansamos nuestra esperanza en la justicia de Dios. Si Dios pudiera mentir, entonces ni una sola promesa suya sería confiable. Si Dios pudiera hacer algo injusto, entonces Su pacto podría ser arrastrado por el viento. Pero Dios no es injusto para olvidar la obra de Su amado Hijo, y “Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor.” El que ha empeñado Su palabra para con ustedes diciendo: “Y serán para mí especial tesoro, ha dicho Jehová de los ejércitos, en el día en que yo actúe,” mantendrá Su compromiso inviolable, y ustedes estarán allí. El que ha dicho: “No se avergonzarán los que esperan en mí,” mantendrá Su promesa, y ustedes nunca serán avergonzados.

Ustedes, pobres pecadores, cuando vienen a Cristo por primera vez, miran la misericordia de Dios y confían en ella y hacen muy bien en esto; pero después que han estado un poco con Cristo, vienen a “celebrar la memoria de su santidad.” Ustedes ven que, detrás de Su misericordia, como verdadero cimiento y pilar de Su gracia, está Su justicia. Amados hermanos, al acercarnos a la mesa de la comunión, demos gracias por el recuerdo de una esperanza que está cimentada sobre la justicia de Dios, y por tanto cantemos alabanzas a Su santo nombre.

Algo más. Pienso que en esta mesa, podemos dar gracias que la santidad de Dios es nuestra meta, el objetivo al que apuntamos, ay, y que algún día alcanzaremos. “Sed santos, porque yo soy santo.” “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto.” Algunas veces yo les pregunto a nuestros jóvenes amigos, cuando se van a unir a la iglesia, que sin son perfectos; y con sus ojos muy abiertos me miran y dicen: “Oh, no, ¡estamos muy lejos de serlo!” Entonces, cuando les pregunto: “¿Quisieran ser perfectos?” sus ojos brillan con deleite, casi como si dijeran: “¡Claro, ese es el cielo que estamos buscando, ser absolutamente libres de pecado! No nos importa la tristeza, la enfermedad, el dolor, la persecución, ni nada parecido, siempre y cuando pudiéramos deshacernos del pecado.”

“Si el pecado es perdonado, estoy confiado;” y si el pecado es conquistado estoy perfectamente feliz. Este será el caso con todos los creyentes uno de estos días, pero no aquí. De todas las personas que he conocido jamás, que me han dicho que eran perfectas, puedo afirmar que yo estaba moralmente seguro que no lo eran; sólo necesitaba escucharlos durante cinco minutos, para que me demostraran su propia imperfección. Pero, amados hermanos, seremos perfectos un día. “El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.”

Él los sostiene ahora como una vasija que está todavía sin terminar en la rueda del alfarero; ustedes ahora son arcilla, y el grandioso Alfarero está poniendo Sus dedos sobre ustedes, y los está moldeando. El trabajo de moldeado se encuentra a la mitad, pero Él no los desechará nunca; Él no comienza a formar una vasija para honor, y luego abandona Su trabajo, sino que Él perfecciona todo aquello que comienza; y, uno de estos días, ustedes y yo estaremos juntos como una parte de la obra perfecta de Dios de la cual Él mismo dirá: “Es muy buena.” Por lo cual, cuando venimos a esta mesa, aunque nos acerquemos suspirando debido a nuestras propias imperfecciones, vengamos cantando a causa de la santidad de Dios, esa santidad que compartiremos un día.

“¡Oh, gloriosa hora! ¡Oh, mansión bendita!

Yo estaré muy cerca, y seré semejante a mi Dios.”

Los hijos tendrán la semejanza de su Padre, los hermanos serán conformados a las glorias del Primogénito; por lo cual, “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad.”

III. Por último, el texto es muy apropiado para la comunión debido a LA ADECUACIÓN DEL PUEBLO a quien está dirigido, pues es el mismo pueblo que debe acercarse a esta mesa: “Cantad a Jehová, vosotros sus santos.”

En primer lugar, entonces, quienes vienen a esta mesa deben ser “santos.” “¡Ah!” dirá alguien, “así es como me referí a uno de ustedes esta tarde: ‘uno de tus santos.'” Yo supongo que pensabas que era un feo nombre, ¿no es cierto? Bien, puedes llamarme así cuantas veces quieras, únicamente deseo que demuestres que el título es verdadero. “Mira allí,” le dijo un hombre a un cristiano al momento de empujarlo al albañal, “toma eso, John Bunyan!” ¿Qué respondió el otro hombre? Pues, recogió su sombrero, y dijo: “puedes empujarme al albañal de nuevo si me llamas por ese nombre, pues me da mucha satisfacción recibir ese cumplido.” Llamas a alguien “santo,” ¿y luego piensas que lo has ofendido? ¿Por qué no lo llamas noble? ¿Por qué no lo llamas un par del reino? Pues muchos de sus nobles, muchos de sus pares del reino, son cosa muy pobre cuando son comparados con los “santos.”

Yo prefiero ser un santo que un emperador, o que todos los emperadores comprimidos en uno. ¡Un “santo”, es un título glorioso! “¡Oh!” dirá alguno, “yo me refiero a los santos de Cromwell.” ¿A ellos? Bien, no eran un mal tipo de santos, después de todo, ya sea que los midas por la fortaleza de su brazo en el día de la batalla, o por la fuerza de sus pulmones cuando cantaban, “Que se levante Dios, y que Sus enemigos sean dispersados,” y gritaban en el nombre de Jehová en medio de la batalla, o cuando regresaban a sus tiendas, y se arrodillaban en oración, y tenían comunión con el Altísimo.

Pero yo no me refiero a los santos de Cromwell, y ya no voy a hablar más de ellos; pero sí digo que esto es lo que cada cristiano debería ser, un “santo.” Quiere decir una persona santa, una persona que se esfuerza por ser santa, uno que es apartado para servicio y gloria de Dios. Estas son las personas que deben celebrar la memoria de la santidad de Dios, porque Dios los ha hecho santos también. Ellos son partícipes de la naturaleza divina, habiendo escapado de la corrupción de este mundo por causa de la lascivia, y así son santos, y ellos son las personas que deben venir a la mesa del Señor.

Pero observen que no solamente son santos, sino que son “vosotros sus santos.” Es decir, son los santos de Dios; no los santos de Roma, sino los santos de Dios; puede que sean los santos de Cromwell, pero mejor aún, ellos son los santos de Dios. “Oh vosostros sus santos.” Es decir, ellos son santos que son hechura Suya, pues eran grandes pecadores hasta que Él los convirtió en santos; y son santos que Él guarda, pues pronto se volverían pecadores si Él no los guardara. Ellos son santos alistados en Su ejército, juramentados para servir bajo Su estandarte, para serle fieles a Él hasta la muerte.

Ellos son “sus santos,” esto es, ellos son santos que Él compró con Su preciosa sangre, y que Él tiene el propósito de conservar para siempre porque los ha comprado a un precio muy grande. Ellos son santos que estarán con Él en aquel día cuando aparezca con todos Sus santos. Entonces, “Cantad a Jehová, vosotros sus santos.” Si Dios te ha hecho santo, si perteneces a Cristo, y por tanto eres santo, deja que tu corazón cante; arroja fuera tus dudas, despójate de tus temores, olvida tus tristezas: “Cantad a Jehová, vosotros sus santos.”

Además, estas personas a las que se refiere el texto, el tipo de gente que debe venir a la mesa de la Santa Cena, son santos agradecidos de Dios. Ellos “celebran la memoria de su santidad.” El hombre que no tiene que dar gracias, no debe sentarse a la mesa del Señor, pues es llamada la eucaristía, que significa dar gracias. Todo el propósito es dar gracias de principio a fin. Jesús tomó el pan, y dio gracias; de la misma manera también tomó la copa, y dio gracias. Así que, “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad (dad gracias).” Si queremos acercarnos correctamente a la mesa del Señor, debemos ser santos agradecidos.

Luego, finalmente, quienes vienen a la mesa del Señor deben ser santos cantores. “Los santos que se lamentan, ¿no pueden venir?” ¡Oh, sí! Que vengan y sean bienvenidos, pero que aprendan a cantar. Los santos débiles y enclenques, ¿no pueden venir? ¡Oh, sí! Pero que no permanezcan en ese estado. “Los santos que gimen, ¿no pueden venir?” Sí, pueden venir si quieren; pero los gemidos están fuera de lugar cuando tienes tu cabeza en el pecho de Cristo, y tienes Su carne y Su sangre como tu alimento; cuando tienes tu festín en Él, deben cesar todos tus gemidos y lamentos.

Yo quisiera que más elementos del pueblo de Dios se pusieran a cantar; he conocido a unos cuantos que verdaderamente eran santos cantores. Recuerdo a un señor de muy avanzada edad en los días de mi primera juventud. La primero que hacía cuando se levantaba en la mañana, era cantar un himno mientras se lavaba y se vestía. Cuando bajaba las escaleras, la familia ya sabía que venía, al oírlo cantar. Cuando salía a la calle iba tarareando trozos de alguna canción, y la gente se reía, y decían que el viejo Fulano de Tal siempre estaba cantando. Nunca podías callar al buen anciano, pues tan pronto terminaba un himno comenzaba otro, y si alguien lo detenía para que no cantara, solamente esperaba un poco para comenzar a cantar otra vez, pero en ese momento de silencio, cantaba en su corazón.

No tenemos suficientes santos cantores. El otro domingo por la mañana me di cuenta que en un rincón del Tabernáculo estaba la tripulación de un barco salvavidas, y uno de esos hermanos comenzó a decir “¡Amén!” tan pronto comencé a orar. Alguien hizo que se callara, y no puedo decir que lo lamenté, ni por mí ni por la congregación en general; pero cuando terminó el servicio, él y sus compañeros dijeron que les había gustado la predicación, ¡pero que cuántas personas muertas estaban allí presentes! El marino en cuestión era un metodista de hueso colorado, acostumbrado a exclamar “¡Gloria!” y “¡Aleluya!” así que no pudo entenderlos a ustedes.

Uno de mis amigos me dijo: “Si yo no hubiera dicho: ‘¡aleluya!’ el otro domingo por la mañana, habría reventado.” Me gusta que la gente llegue a esa condición; y si algunas veces tienen que romper el silencio y gritar “¡Gloria!” pues es mejor eso que dejar que revienten. Es una gran misericordia que sientan que sus corazones están tan rebosantes que están a punto de reventar.

La gente expresa su admiración y su deleite espontáneamente por cosas muy inferiores a los gozos de Dios, y a los privilegios de Su pueblo; por tanto, “Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad.” Ahora ustedes deben terminar este sermón en mi lugar, poniéndose de pie y cantando:

“¡Todos alaben el poder del nombre de Jesús!

Que los ángeles caigan postrados:

Traigan la diadema real,

Y corónenlo a Él como Señor de todo.”