Por Qué No Son Perdonados Algunos Pecadores

Nadie debería descansar hasta no estar seguro de que su pecado ha sido perdonado. Puede ser perdonado, y puede estar seguro de que fue perdonado; y no debería dar descanso a sus ojos, ni sueño ligero y tranquilo a sus párpados, mientras no hubiere recibido la seguridad, con absoluta certeza, de que su transgresión ha sido perdonada y su iniquidad ha sido quitada.

Ustedes, queridos amigos, pueden ser pacientes con el sufrimiento pero no deberían ser pacientes con el pecado. Ustedes pueden orar pidiendo sanidad con una completa resignación a la voluntad de Dios por si quisiera concederla; pero han de pedir perdón con importunidad, sintiendo que han de alcanzarlo. Podrían no estar seguros de que sea la voluntad de Dios librarlos de la enfermedad, pero pueden estar muy ciertos que es Su voluntad oírlos cuando claman a Él para que los salve del pecado.

Y si, a su primer clamor, no son salvados, busquen conocer por qué rehúsa concederles la bendición que tanto desean. Es muy legítimo hacerle esta pregunta a Dios una y otra vez: “¿Por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?”

También hemos de imbuirnos de este asunto en nuestro propio corazón y en nuestra conciencia, para ver si pudiéramos descubrir por qué no nos es concedido ese perdón por un tiempo, pues Dios nunca actúa arbitrariamente y sin razón; y, pueden contar con que, si escudriñamos diligentemente a la luz de la lámpara del Señor, seremos capaces de encontrar una respuesta a esta pregunta de Job: “¿Por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?”

La pregunta de Job podría ser formulada por un hijo de Dios; pero podría ser hecha con mayor frecuencia por otras personas que todavía no han sido llevadas conscientemente a la familia del Señor.

I. Tomaré primero nuestro texto como UNA PREGUNTA QUE, COMO EN EL CASO DE JOB, PODRÍA HACER UN VERDADERO HIJO DE DIOS: “¿Por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?”

Algunas veces, amados amigos, esta pregunta es formulada bajo un malentendido. Job era un hombre que sufría grandemente; y aunque él sabía que no era tan culpable como sus impertinentes amigos trataban hacerlo, sí temía que, posiblemente, sus grandes aflicciones fueran el resultado de algún pecado; y, por tanto, se presentó delante del Señor con esta desconsolada interrogación: “¿por qué continúas enviándome todo este dolor y esta agonía? Si es por causa del pecado, ¿por qué, entonces, no perdonas primero el pecado, y luego quitas sus efectos?”

Ahora, yo entiendo que hubiera sido un malentendido de parte de Job suponer que sus aflicciones eran el resultado del pecado. Fíjense, hermanos, que nosotros estamos por naturaleza tan llenos de pecado que siempre podemos creer que hay suficiente mal dentro de nosotros que nos pudiera conducir a sufrir de severa aflicción, si Dios tratara con nosotros según la justicia; pero por favor recuerden que, en el caso de las aflicciones y pruebas de Job, el propósito del Señor no era castigar a Job por su pecado, sino mostrar en el patriarca -para Su honra y gloria- las maravillas de Su gracia, habilitando a Job con gran paciencia, para que aún se aferrara a Dios bajo el sufrimiento más horrendo, y para que triunfara en todo ello.

Job no estaba siendo castigado; él estaba siendo honrado. Dios le estaba dando un nombre entre los grandes de la tierra. El Señor lo estaba elevando, lo estaba promoviendo, estaba poniéndolo en el rango superior, estaba haciendo que se convirtiera en uno de los padres y modelos de la antigua iglesia de Dios. Estaba haciendo por Job cosas extraordinariamente buenas, para que ustedes o yo, al revisar toda su historia, pudiéramos muy bien decir: “yo estaría muy contento de recibir las aflicciones de Job si pudiera contar también con la gracia de Job, y tener el lugar de Job en la Iglesia de Dios.”

Podría ocurrirles, amados, que pensaran que su aflicción presente es el resultado de algún pecado en ustedes, pero podría no ser nada relacionado. Podría ser que el Señor les ama de una manera muy especial porque son una rama fructífera, y Él los está podando para que puedan producir mayor fruto.

Como Rutherford dijo en su día a una apreciada dama que había perdido a varios de sus hijos: “usted es tan dulce para el Bienamado que está celoso por su causa, y está quitándole todos los objetos de su amor terrenal para poder absorber para Sí el afecto de todo su corazón.”

Era la propia dulzura del carácter de la piadosa mujer lo que condujo a su Señor a actuar como lo hizo con ella, y yo creo que hay algunos hijos de Dios que ahora están sufriendo simplemente porque son agraciados.

Hay ciertos tipos de aflicción que sólo sobrevienen a los más eminentes miembros de la familia de Dios; y si ustedes son algunos de aquellos que son honrados de esta manera, en vez de preguntarle a su Padre Celestial: “¿cuándo perdonarás mi pecado?”, podrían decirle con mayor propiedad: “Padre mío, puesto que Tú has perdonado mi iniquidad, y me has adoptado como un miembro de Tu familia, acepto alegremente mi porción de sufrimiento, ya que en todo esto, Tú no estás trayendo a mi mente el recuerdo de ningún pecado no perdonado, pues yo sé que todas mis transgresiones fueron contadas sobre la cabeza del Macho Cabrío de la antigüedad. Como Tú no estás poniendo delante de mí ningún motivo de contención entre Tú y yo, pues yo camino en la luz como Tú estás en la luz, y tengo una dulce y bendita comunión contigo, me inclinaré delante de Ti, y amorosamente besaré Tu vara, aceptando de Tus manos cualquier cosa que Tu decreto infalible establezca para mí.”

Sería algo bendito, queridos amigos, que pudieran adentrarse en ese estado de mente y de corazón; y podría suceder que su ofrecimiento de la oración del texto estuviera cimentado sobre un total malentendido de lo que el Señor está haciendo con ustedes.

Algunas veces, también, un hijo de Dios usa esta oración bajo un sentido muy inusual de pecado. Ustedes saben que, cuando están contemplando un paisaje, pueden fijar su mirada de tal manera sobre un objeto en especial, que ya no miran el resto del paisaje. Podrían dejar de ver sus grandes bellezas porque observaron únicamente una pequeña parte del mismo.

Ahora, de manera semejante, ante la observación del creyente, hay un amplio rango de pensamiento y de sentimiento. Si fijan su mirada sobre su propia pecaminosidad, como muy bien podrían hacerlo, pudiera ser que se olviden de la grandeza del amor todopoderoso y de la grandiosidad del sacrificio expiatorio; pero, sin embargo, aunque no los olvidaran, no pensarían tanto en ellos como debieran, pues parecería que hacen de su propio pecado y de toda su atrocidad y gravedad, el objeto central de su consideración.

Hay ciertos momentos en que no puedes evitar hacerlo; esos pensamientos y esos sentimientos me sobrevienen a mí, así que puedo hablar basándome en mi propia experiencia. Encuentro que algunas veces, sin importar lo que haga, el pensamiento rector en mi mente tiene que ver con mi propia pecaminosidad, con mi pecaminosidad incluso desde mi conversión, con mis deficiencias y mis descarríos de mi Dios lleno de gracia, y con mis pecados incluso de mis cosas santas.

Ahora bien, es bueno pensar en nuestro pecado de esta manera, pero no es bueno pensar en él desproporcionadamente en comparación con otras cosas.

Cuando he acudido al médico porque estoy enfermo, he pensado naturalmente en mi enfermedad; pero, ¿acaso no he pensado también en el remedio que me había de prescribir, y en los muchos casos en que una enfermedad ha cedido frente a ese remedio? Entonces, ¿acaso no sería indebido que fijara mis pensamientos enteramente sobre un hecho y excluyera otros hechos compensatorios?

Sí, y así es precisamente como actuamos muchos de nosotros, y luego clamamos a Dios como lo hizo Job: “¿Por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?”, cuando, en verdad, ya está quitada y ha sido perdonada.

Si intentáramos verlo, fluye delante de nosotros ese arroyo sagrado de la sangre propiciatoria de nuestro Salvador que cubre toda nuestra culpa, de tal forma que, aunque sea grande, no existe a los ojos de Dios, pues la sangre preciosa de Jesús la ha borrado toda para siempre.

Hay otros momentos en los que el creyente podría, tal vez, articular la pregunta de nuestro texto; esto es, siempre que se meta en problemas con su Dios. Ustedes saben que después de que somos completamente perdonados -como lo somos al momento de creer en Jesús- no somos considerados más como criminales delante de Dios; sino que nos convertimos en Sus hijos.

Ustedes saben que es posible que un hombre que ha sido llevado a la corte como un prisionero, sea perdonado; pero supongan que, después de ser perdonado, fuera adoptado por aquel que actuó como su juez, y fuera integrado a su familia convirtiéndose en su hijo. Ahora, después de hacer eso, no supondrían que sería capaz de llevarlo nuevamente delante del tribunal, para juzgarlo y ponerlo en prisión. No; si se convirtiera en el hijo del juez, sé lo que haría con él; lo pondría bajo las reglas de su casa, a las cuales todos los miembros de su familia se espera que habrán de conformarse. Luego, si él se portara mal en su condición de hijo, entonces no habría esa libertad de trato y de comunión entre él y su padre que debería existir. Por la noche, el padre podría rehusar besar al hijo descarriado y desobediente. Cuando sus hermanos están gozando de la sonrisa del padre, podría corresponderle un ceño fruncido como su porción; no que el padre lo hubiera echado de su familia, o lo hubiera hecho en alguna medida menos hijo de lo que era, pero hay una nube entre ellos, debido a su comportamiento indebido.

Temo, mis queridos amigos, que algunos de ustedes han de haber sentido, algunas veces, lo que esta experiencia significa; pues entre ustedes y su Padre Celestial -aunque ustedes están seguros y Él nunca los apartará de Sí- hay una nube. Ustedes no están caminando en la luz, y su corazón no es recto a los ojos de Dios. Yo los exhorto sinceramente a que no permitan que esta triste situación ocurra; o si alguna vez sucediera, les ruego que no permitan que ese triste estado de cosas dure ni siquiera un día. Resuelvan la contienda con su Dios antes de que se vayan a la cama. Tal vez el hijo ha estado enfadándose y enfurruñándose y su padre ha tenido que hablarle muy ásperamente; durante largo tiempo ha sido muy altanero para ceder; pero, al fin, el pequeñito ha venido y ha dicho: “padre, estaba mal, y los siento”; y al instante hubo una perfecta paz entre los dos. El padre le dijo: “eso es todo lo que quería que me dijeras, mi querido hijo. Yo te he amado incluso cuando has sido díscolo, pero yo quería que sintieras y reconocieras que estabas actuando mal; y ahora que lo sientes y lo reconoces, mi molestia ha concluido. Acércate a mi pecho, pues tú eres tan amado para mí como el resto de la familia.”

Puedo imaginar muy bien que, cuando han tenido propósitos encontrados con Dios, Él ha rehusado por un tiempo depositar en el corazón de ustedes el sentido de Su amor paternal. Entonces les suplico que vayan a Él, y les sugiero que no pueden orar a Él más apropiadamente que con las palabras del texto: “¿Y por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?” O soliciten en oración, como lo hizo Job, un poco más tarde: “‘Hazme entender por qué contiendes conmigo,’ pues quiero estar en paz contigo, y mi espíritu recién nacido no puede tener descanso mientras haya alguna causa de contienda entre nosotros.”

Hasta aquí me he dirigido a los hijos de Dios. Ahora solicito sus sinceras oraciones para que sea guiado a hablar sabia y poderosamente a los demás.

II. LA PREGUNTA EN NUESTRO TEXTO PODRÍA SER FORMULADA POR ALGUNOS INDIVIDUOS QUE NO SON CONSCIENTEMENTE HIJOS DE DIOS: “¿Por qué no quitas mi rebelión, y perdonas mi iniquidad?”

Y, primero, me parece oír que alguien hace este tipo de interrogación: “¿Por qué Dios no quita mi rebelión, y acaba con ella? Cuando asisto a este lugar, oigo mucho acerca de la expiación por la sangre, y de la reconciliación a través de la muerte de Cristo; pero, ¿por qué Dios no me dice simplemente: ‘Es cierto que has hecho mal, pero yo te perdono, y allí termina todo el asunto’?”

Con suma reverencia para con el nombre y el carácter de Dios, debo decir que tal curso de acción es imposible. Dios es infinitamente justo y santo, Él es el Juez de toda la tierra, y debe castigar el pecado.

Ustedes saben, queridos amigos, que hay momentos, incluso en la historia de los reinos terrenales, en los que los gobernantes dicen, al menos por sus acciones si no es que por sus palabras: “hay sedición por todas partes, pero dejaremos que continúe; no queremos parecer severos, así que no queremos suprimir a los rebeldes.”

¿Cuál es la consecuencia inevitable de tal conducta? Pues bien, que el mal se torna peor y peor; los hombres rebeldes presumen basándose en la libertad que les es concedida, y se toman mayores libertades; y, a menos que el legislador tuviera la intención que su ley fuera pateada por toda la calle como un balón de fútbol, a menos que pretenda que la paz y la seguridad de sus súbditos que cumplen con la ley sea absolutamente destruida, al final está obligado a actuar; y dice: “no; no puede permitirse que este estado de cosas continúe. Yo sería cruel para con los otros a menos que desenvaine la espada y haga justicia para ser respetado por todo mi reino.”

Yo les digo, queridos amigos, que la cosa más terrible del universo sería un mundo lleno de pecado, y, sin embargo, que no hubiera un infierno para su castigo. La más espantosa condición en la que se podría encontrar alguien es la condición de absoluta anarquía, cuando cada persona hace lo que le plazca, y la ley se vuelve totalmente despreciable.

Ahora, si después de que los hombres hubieren vivido vidas de impiedad y pecado, de los que nunca se arrepintieron, y de cuya culpa no han sido exonerados, Dios los llevara tranquilamente al cielo, todo gobierno moral habría llegado a un término, y el propio cielo no sería un lugar al que alguien necesitara desear llegar. Si los impíos fueran allí en el mismo estado en que se encuentran aquí, el cielo se convertiría en una suerte de antesala del infierno, un respetable lugar de condenación; pero ese no podría ser nunca el caso. “El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”

Él ha formulado un plan maravilloso por el cual puede perdonar al culpable sin sacudir, en el menor grado, los cimientos de Su trono, o poner en peligro Su gobierno. ¿Quisieran ser salvados de esa manera o no? Si rechazaran el camino de salvación de Dios, han de perderse, y la culpa permanecerá a su propia puerta. Dios no permitirá la anarquía para satisfacer sus antojos, ni dejará vacío el trono del cielo para que podamos ser salvados según nuestro propio capricho.

Al costo infinito del amor de Su corazón, por la muerte de Su propio amado Hijo, Él ha provisto una vía de salvación; y si ustedes rechazaran eso, no necesitarían hacerse la pregunta de Job, pues sabrían por qué no quita su rebelión y no perdona su iniquidad; y sobre su cabeza recaerá la sangre de su alma inmortal.

Tal vez alguien más diga: “bien, entonces, si esa es la vía de salvación de Dios, creamos en Jesucristo, y obtengamos el perdón de inmediato. Pero tú hablas de la necesidad de un nuevo nacimiento, y de dejar el pecado, y de seguir la santidad, y dices que sin santidad nadie verá al Señor.”

Sí, en efecto lo digo, pues la Palabra de Dios lo dice; y yo repito que, si Dios otorgara el perdón y luego permitiera que los hombres continuaran en el pecado justamente como lo hacían antes, sería una maldición para ellos en lugar de una bendición.

Vamos, si el hombre deshonesto prospera en el mundo, ¿es eso acaso una bendición para él? No, ciertamente no; pues únicamente se volvería más deshonesto. Si un hombre practica el libertinaje y escapara a sus consecuencias en esta vida, ¿es eso acaso una bendición para él? No; pues se convierte en un mayor libertino; y si Dios no castigara a los hombres por su pecado, sino que les permitiera ser felices en el pecado, sería una mayor maldición para ellos que si Él viniera y les dijera: “Por cada transgresión de mi justa ley, habrá un debido castigo; y para todo mal moral sobrevendrán también males físicos en aquellos que los cometan.”

Yo doy gracias a Dios porque no permita que el pecado produzca felicidad; bendigo a Dios porque pone el castigo a espaldas del mal, pues así debería ser. La maldición del pecado está en el propio mal más que en su castigo; y si se convirtiera en algo feliz que un hombre fuera pecador, entonces los hombres pecarían, y pecarían repetidamente, y pecarían más gravemente aún; y esto Dios no lo tolerará.

“Bien”, -dirá algún otro amigo- “ese no es mi problema. Yo deseo ser salvado por la expiación de Cristo, y estoy perfectamente ansioso de ser conducido a dejar de pecar, y a recibir de Dios un nuevo corazón y un espíritu recto; ¿por qué, entonces, no me perdona, y borra mis transgresiones?”

Bien, pudiera ser, primero, porque tú no has confesado tu mal proceder. Recordarás que el apóstol Juan dice: “Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados.” Tú preguntas: “¿a quién confesaré mis pecados?” ¿Acaso has de venir a mí con tu confesión? ¡Oh, no, no, no! Yo no podría soportar eso. Existe un viejo proverbio que describe la inmundicia así: “es tan inmundo como el oído de un sacerdote.” No puedo imaginarme algo más sucio que eso, y no tengo ningún deseo de ser un partícipe de la inmundicia. Acude a Dios, y confiésale a Él tu pecado; vierte en el oído de Aquel a quien has ofendido la triste historia de tu corazón; di con David: “Contra ti, contra ti solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos.”

Querido amigo ansioso, si me dijeras: “durante muchos meses he buscado al Señor, y no puedo encontrarle, ni alcanzar paz de conciencia”; yo te aconsejaría que intentaras el efecto de este plan: enciérrate solo en tu aposento, y haz una detallada confesión de tu transgresión. Tal vez tuviste la oportunidad de ser hipócrita al confesarla de manera poco exhaustiva; así que intenta confesarla en detalle, reflexionando especialmente en aquellos pecados más graves que provocan mayormente a Dios y ensucian más la conciencia, de la manera que David oró: “Líbrame de homicidios, oh Dios.” Ese era su gran crimen; él había causado la muerte de Urías, así que confesó que era culpable de la sangre, y oró para ser librado de ella.

De igual manera, confiesa tu pecado, cualquiera que hubiere sido. Yo estoy persuadido que, a menudo, la confesión a Dios alivia al alma de su carga de culpa. Justo como cuando un hombre tiene un tumor en formación, y un médico sabio hunde su bisturí, y lo que se había formado es quitado, y la inflamación cede, sucede con frecuencia lo mismo con lo que la conciencia ha acumulado si, por la confesión, el corazón es operado y el mal acumulado es dispersado. ¿Cómo podríamos esperar que Dios dé reposo a nuestra conciencia si no le confesamos nuestro pecado?

¿Acaso no podría ser posible, también, queridos amigos que no puedan obtener perdón y paz, porque ustedes están todavía practicando algún pecado conocido? Ahora, su Padre Celestial tiene el propósito de otorgarles misericordia de una manera que será para su permanente beneficio.

¿Qué están haciendo que está mal? Yo no los conozco tan íntimamente como para poder decir qué es lo que está mal con ustedes; pero conocí a un hombre que no podía obtener nunca la paz con Dios porque había altercado con su hermano, y como no quería perdonar a su hermano, no era razonable que esperara recibir el perdón de Dios.

Había otro hombre que buscó al Señor durante largo tiempo, pero no podía obtener nunca paz por esta razón: era un viajante de paños, y tenía lo que se suponía que era un medidor de yardas, pero el medidor no tenía las medidas completas; y, un día, durante el sermón, sacó su medidor corto en el lugar de adoración, y lo rompió contra su rodilla, y entonces encontró la paz con Dios cuando renunció claramente a aquello que había sido el instrumento de su fechoría. Él había buscado en vano el perdón todo el tiempo que había perseverado en el mal; pero tan pronto como renunció a eso, el Señor susurró paz a su alma.

¿Acaso alguno de ustedes toma “una embriagante gota en exceso” en casa? ¿Acaso es ese su pecado apremiante? Me dirijo a las mujeres lo mismo que a los hombres cuando formulo esa pregunta. Ustedes se ríen por la sugerencia, pero no es un asunto de risa, pues es tristemente cierto que muchos, de quienes no se sospecha que lo hagan, son culpables de beber en exceso. Ahora, podría ser que nunca hubiera paz entre Dios y su alma hasta que la copa sea suprimida. La copa debe desaparecer si Dios ha de perdonar su pecado; así que entre más pronto desaparezca, mejor será para ustedes.

Tal vez, en su caso, el pecado sea que no gobiernan sus familias debidamente. Cuando sus hijos hacen algo malo, ¿no son censurados nunca? ¿Se les permite de hecho que crezcan para que sean hijos del demonio? ¿Esperan que Dios y ustedes estén de acuerdo mientras esto sea así? Piensen en qué queja tenía Dios con Elí en relación a ese tema, y recuerden cómo terminó esa contención, porque Elí increpó blandamente a sus hijos: “¿Por qué hacéis cosas semejantes?”, pero no los reprimió cuando se envilecían.

Miren, queridos amigos, Dios no nos salvará debido a nuestras obras; la salvación es enteramente por gracia, pero luego esa gracia se muestra al conducir al pecador sobre quien es concedida, a renunciar al pecado al que se había entregado anteriormente.

Entonces, ¿qué elegirán: su pecado o su Salvador? No traten de asir al pecado con una mano, y al Salvador con la otra, pues ambos no podrían ser suyos; así que elijan por cuál optarán. Ruego a Dios que les muestre cuál es el pecado que les está impidiendo la paz, y luego les conceda la gracia para renunciar a él.

“Bien” -dirás- “no creo que este sea mi caso en absoluto, pues yo en verdad me esfuerzo de todo corazón, en renunciar a todo pecado, y estoy buscando sinceramente la paz con Dios.”

Bien, amigo, tal vez no la has encontrado porque no has sido completamente sincero en buscarla. Parecerías ser sincero mientras estás aquí el domingo por la noche, pero, ¿cuán sincero eres el lunes por la noche? Tal vez eres bastante sincero entonces, porque vienes a la reunión de oración, pero, ¿qué pasa el martes, y el miércoles, y el resto de la semana? Cuando un hombre realmente quiere que su alma sea salvada, debería abandonar todo hasta no haber resuelto ese asunto de suma importancia. Sí, me aventuraré a decir tanto como eso.

Recuerden lo que hizo la mujer de Samaria cuando recibió la palabra de Cristo junto al pozo de Sicar. Ella había ido al pozo en busca de agua; pero mírenla cuando va de regreso a la ciudad. ¿Hay acaso algún cántaro sobre su cabeza? No; la mujer dejó su cántaro, y olvidó lo que había sido para ella una ocupación necesaria una vez que fue conducida a pensar seriamente acerca de su alma y de su Salvador.

No quiero que olviden que, cuando han encontrado a Cristo, pueden cargar con su cántaro, y, sin embargo, asirse a Cristo; pero, mientras no lo hubieren recibido realmente por fe, me gustaría verlos tan plenamente absorbidos en la búsqueda de la única cosa necesaria, que todo los demás es colocado en un lugar secundario, o más bajo que eso; y si llegaran a decir: “mientras no sea salvado, no voy a hacer absolutamente nada; me iré a mi aposento y voy a clamar a Dios pidiendo misericordia, y de esa recámara no saldré mientras no me bendiga”, yo no los acusaría de fanatismo, ni nadie más lo haría que conociera el valor relativo de las cosas eternas y de las cosas del tiempo y del sentido.

Vamos, hombre, para salvar tu abrigo, ¿desperdiciarías tu vida? “No”, responderías; “el abrigo es una insignificancia comparado con mi vida.” Bien, entonces, como tu vida es de mayor valor que tu abrigo, y como tu alma es de mayor valor que tu cuerpo, y como lo primero que necesitas es obtener el perdón de tu pecado para que tu alma sea salva, mientras no se haya hecho eso, todo lo demás puede hacerse de lado. ¡Que Dios les conceda tal desesperado denuedo que los induzca a querer y tener esa bendición! Cuando alcancen esa determinación, la tendrán; cuando no puedan recibir una negativa de Dios, no recibirán una negativa.

Hay todavía algo más que voy a mencionar como una razón por la que algunos hombres no encuentran al Salvador, y sus pecados no son perdonados; y es porque no se apartan de la base errónea y se colocan sobre la base correcta. Si has de ser perdonado alguna vez, querido amigo, debe ser enteramente por un acto del favor divino e inmerecido.

Ahora, tal vez estás tratando de hacer algo para recomendarte delante de Dios; tú rechazarías con desdén la doctrina de ser salvado por tus propios méritos; pero, aun así, tú tienes un concepto de que hay una cosa u otra en ti que te puede recomendar ante Dios en alguna medida o grado, y todavía piensas que la base de tu perdón debe radicar en alguna medida en ti.

Bien, ahora, nunca podrías tener el perdón de esa manera. La salvación es o toda por obras, o de lo contrario, toda de gracia. ¿Estás anuente a ser salvado como un pecador culpable y merecedor del infierno, como uno que no merece la salvación, sino que, por el contrario, merece soportar la ira de Dios? ¿Estás dispuesto a que, a partir de este momento y en adelante, se dirá de ti: “ese hombre fue perdonado gratuitamente de todas sus transgresiones, no por él mismo, sino únicamente por causa de Cristo”? Esa es una buena base sobre la que puedes apoyarte; esa es una roca sólida.

Pero algunos hombres parecieran poner un pie sobre la roca, y dicen: “sí, la salvación viene por Cristo.” Y, ¿dónde está tu otro pie, amigo mío? ¡Oh!, dice que ha sido bautizado, o que ha sido confirmado, o que de alguna manera u otra ha hecho algo en lo que puede confiar.

Ahora, toda esa confianza no es sino apoyarse sobre arena; e independientemente de cuán firme sea plantado tu otro pie sobre la roca, te caerías si este pie está sobre arena. Necesitas una buena base para ambos pies, querido amigo; y procura conseguirla. Este debe ser su lenguaje:

“Tú, oh Cristo, eres todo lo que necesito;
Lo encontrado en Ti sobrepasa todo.”

No busques en ninguna otra parte algo o alguien que pueda salvarte; sino mira a Cristo, y solo a Cristo. ¿Acaso eres demasiado orgulloso para hacer eso? Tendrás que humillarte debajo de la mano poderosa de Dios, y entre más pronto lo hagas mejor será para ti. “¡Oh, pero yo, yo. . .yo en verdad debo hacer algo! Escucha:

“Mientras no te aferres a la obra de Jesús
Por medio de una simple fe,
‘Hacer’ sería algo mortal,
‘Hacer’ termina en la muerte.”Derriba tu ‘hacer’ que es mortal,
Y ponlo a los pies de Jesús,
Apóyate en Él, únicamente en Él,
¡Quien es gloriosamente completo!”

Este es el Evangelio: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo.” Nunca verás arriba en el cielo un letrero que muestre los nombres de “Cristo y Compañía”. No, es Cristo, y solo Cristo, quien es el Salvador del pecador. Él reclama esto para Sí: “Yo soy el Alfa y la Omega”; esto es, “Yo soy A, y Yo soy Z. Yo soy la primera letra del alfabeto, y Yo soy la última letra, y Yo soy cada una de las letras desde la primera hasta la última.”

Querido amigo, ¿harás que Él sea eso para ti? ¿Lo recibirás como tu Salvador ahora? “El que cree en mí, tiene vida eterna.” Un amigo nos dijo, en una de nuestras reuniones de oración, que “si se deletrea T-I-E-N-E significa que ya es suya.” “El que cree en el Hijo” es un pecador salvado, posee esa vida eterna que no muere nunca, y que no le puede ser arrebatada.

Por tanto, amados amigos, crean en Jesús, y ustedes también tendrán esta vida eterna, tendrán el perdón, tendrán paz, tendrán a Dios, y tendrán al mismo cielo para gozarlo antes de mucho tiempo. ¡Que Dios les conceda eso, por Su gran misericordia en Cristo Jesús! Amén y Amén.