Para los Atribulados

La responsabilidad de un pastor consiste no sólo en cuidar a las ovejas felices, sino también en buscar a las enfermas del rebaño, y dedicarse de todo corazón a su consuelo y socorro. Siento, por tanto, que hago lo correcto cuando me pongo como especial objetivo hablarles a aquellos que están atribulados. Aquellos de ustedes que son felices y se regocijan en Dios, llenos de fe y seguridad, pueden muy bien soportar un sermón dirigido a sus hermanos más débiles; inclusive pueden estar alegres y agradecidos de irse sin su correspondiente porción, para que aquellos que están deprimidos en espíritu puedan recibir una doble medida del vino de la consolación. Es más, yo no estoy seguro que inclusive el cristiano más feliz se vea afectado al recordar los días de oscuridad que se escabullen aprisa, “porque son muchos.”

Así como los recuerdos de nuestros amigos moribundos vienen a nosotros como una nube, y “humedecen nuestros ardores insensatos,” así recordar que hay tribulaciones y aflicciones en el mundo sosegará nuestro regocijo, y prevendrá que degenere en una idolatría de las cosas del tiempo y del sentido. Por muchas razones, mejor es ir a la casa del luto que a la casa del banquete; la copa de casia amarga contiene virtudes que la copa de vino nunca conoció; moja tus labios con ella, joven amigo, pues no te hará ningún daño. Puede ser, oh tú que hoy rebosas de felicidad, que una pequeña provisión de advertencias y consolaciones sagradas demuestre que no resulta dañina para ti, sino que al contrario muy pronto te pondrá en una posición muy ventajosa. El sermón de esta mañana acerca de la aflicción puede sugerirles unos cuantos pensamientos que, siendo atesorados, madurarán como un fruto de verano, y sazonados por el tiempo, ayudarán a enfrentar el invierno que se aproxima.

Pero, manos a la obra. Es claro para todos los que leen las narraciones de la Escritura, o que conocen a hombres buenos, que los mejores siervos de Dios pueden ser colocados en la condición más baja. No hay una promesa de prosperidad presente asignada a la verdadera religión, que excluya la adversidad de las vidas de los creyentes. Como hombres, los miembros del pueblo de Dios comparten el mismo destino de los demás, y ¿cuál es ese destino sino aflicción? Sí, hay algunas aflicciones que son peculiares para los cristianos, algunas penas extras que experimentan por ser cristianos, aunque éstas están algo más que balanceadas por esos problemas peculiares y amargos que pertenecen a los impíos, y que son engendrados por sus transgresiones, de los cuales los cristianos son liberados.

Del pasaje que se abre ante nosotros, aprendemos que los hijos de Dios pueden ser llevados tan bajo que han escrito y cantado salmos que están llenos de angustia de principio a fin, y no tienen otro acompañamiento adecuado sino suspiros y gemidos. Ellos no lo hacen a menudo; sus cánticos son generalmente como los de David, que si bien pueden comenzar en el polvo, muy pronto se remontan a los claros cielos; pero algunas veces, yo afirmo, los santos son forzados a cantar dolorosos cantos que de principio a fin no contienen ninguna nota de gozo. Sin embargo, aun en su más lúgubre noche invernal, los santos tienen una aurora en su cielo, y en este Salmo ochenta y ocho, el más lúgubre de todos los salmos, hay un débil destello en el primer versículo, como un rayo estelar que se proyecta en el umbral: “Oh Jehová, Dios de mi salvación.” Hemán mantuvo su asidero en su Dios.

No todo es oscuridad en un corazón que puede clamar: “Dios mío;” y el hijo de Dios, independientemente de cuán bajo pueda hundirse, todavía mantiene su asidero en su Dios. “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré,” es la resolución de su alma. Jehová me hiere, pero Él es mi Dios. Él me mira con el ceño fruncido, pero Él es mi Dios. Él me pisotea hasta el propio polvo, pero sin embargo Él es mi Dios, y así lo llamaré hasta que muera: aunque cuando Él me deje yo clamaré: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” Más aún, el creyente en su peor momento todavía continúa orando, y ora, tal vez, más vigorosamente por causa de sus aflicciones.

La vara de Dios flagela a Su hijo para su beneficio, no para afectarlo. Nuestras penas son olas que nos arrastran a la roca. Este salmo está lleno de oración, y está igualmente endulzado con súplicas así como salado con aflicción. Llora como la reina Níobe, pero está de rodillas, y tiene sus ojos mirando a lo alto. Ahora, mientras un hombre pueda orar, nunca estará demasiado lejos de la luz; él está junto a la ventana, aunque, tal vez, las cortinas todavía no hayan sido descorridas. El hombre que puede orar tiene la clave en su mano para escapar del laberinto de aflicción. Como los árboles en el invierno, podemos decir del hombre que ora cuando su corazón está grandemente atribulado, “como el roble y la encina, que al ser cortados aún queda el tronco.”

La oración es el aliento del alma, y si respira, vive, y, viviendo, nuevamente acopiará fuerzas. Un hombre debe tener verdadera vida eterna en su interior mientras pueda continuar orando, y mientras tal vida exista, hay una esperanza garantizada. Sin embargo, el mejor hijo de Dios puede ser el mayor doliente, y sus sufrimientos pueden parecer aplastantes, destructivos, y sobrecogedores; también pueden ser tan prolongados, que lo pueden acompañar toda su vida, y su amargura puede ser intensa; este lúgubre salmo nos enseña todo eso y mucho más.

Demos primero, en seguimiento a nuestro tema, una exposición del texto; y luego, una breve exposición de los beneficios de la aflicción.

I. Voy a esforzarme, mediante unas pocas observaciones, para EXPLICAR EL TEXTO.

En primer lugar, su fuerte lenguaje sugiere el comentario que los santos atribulados son muy inclinados a exagerar sus aflicciones. Yo creo que todos nos equivocamos en esa dirección, y estamos muy inclinados a decir: “Yo soy el hombre que ha visto aflicción.” El hombre inspirado por Dios que escribió nuestro texto, fue tocado por esta común debilidad, pues exagera su caso. Lean sus palabras: “Sobre mí reposa tu ira.” No me cabe la menor duda que Hemán quería decir ira en su peor sentido. Él creía que Dios estaba verdaderamente enojado con él, y lleno de ira hacia él, inclusive como Él está airado con los impíos; pero eso no era verdad.

Como lo mostraremos de inmediato, hay una diferencia muy importante entre la ira de Dios con Sus hijos y la ira de Dios con Sus enemigos; y no creemos que Hemán haya tenido suficiente discernimiento de esa diferencia, de la misma manera que tememos que muchos hijos de Dios aun ahora la olvidan, y por tanto piensan que el Señor los está castigando de acuerdo a estricta justicia, y los está hiriendo como si Él fuera su verdugo. Ah, si los pobres creyentes anonadados pudieran ver esto, ellos aprenderían que eso mismo que ellos llaman ira, es únicamente amor, en su propia sabia manera, que busca su mayor bien.

Además, el Salmista dice: “Sobre mí reposa tu ira.” Ah, si Hemán hubiera sabido lo que era tener la ira de Dios reposando sobre él, habría retirado esa palabra, pues toda la ira que alguien pueda sentir jamás en esta vida, no es nada comparable a que Dios haga reposar Su dedo meñique. Es en el mundo venidero que la ira de Dios reposa sobre los hombres. Entonces cuando Dios extienda Su mano y presione con omnipotencia sobre alma y cuerpo para destruirlos para siempre en el infierno, la naturaleza arruinada siente en su destrucción sin término cuál es realmente el poder de la ira de Dios.

Aquí, la verdadera presión lastimante de la ira es desconocida, y especialmente desconocida por un hijo de Dios. Es una expresión demasiado fuerte si la pesamos en la balanza de la sobria verdad. Sobrepasa al hecho, aunque se tratara del hombre más lleno de pesares que la expresara sobre la tierra.

Luego Hemán agrega “Y me has afligido con todas tus ondas;” como si fuera un náufrago sobre el cual rompen todas las olas, y el océano entero, y todos los océanos estuvieran volcados con plenitud contra él como el único objeto de su furia. Su barca ha sido arrastrada a la costa y todos los rompientes se estrellan contra él; uno tras otro saltan sobre él como bestias salvajes, hambrientos como lobos, ávidos de devorarlo como leones: le parecía que ninguna ola se desviaba, que ninguna onda derrochaba su fuerza en otro lado, sino que la larga fila de rompientes rugían sobre él, como el único objeto de su ira.

Pero no era así. Todas las ondas de Dios no se han estrellado contra ningún hombre, excepto únicamente sobre el Hijo del Hombre. Hay todavía algunos problemas que no nos han correspondido, algunas aflicciones que nos son desconocidas. ¿Acaso hemos sufrido todas las enfermedades que hereda la carne? ¿Acaso no hay formas de dolor de las que han escapado nuestros cuerpos? ¿Acaso no hay tormentos mentales que no han estrujado nuestro espíritu? Y si pareciera que hemos atravesado el círculo entero de miseria mental y corporal, sin embargo en nuestras casas, en nuestros hogares o amistades ciertamente encontramos algún consuelo, y por tanto hemos sido resguardados de potentes ondas.

No todas las ondas de Dios te han afligido, oh Hemán, las aflicciones de Job y de Jeremías no fueron las tuyas. Ningún ser viviente puede conocer literalmente lo que serían todas las ondas de Dios. Quienes son condenados a sentir las ráfagas de Su indignación, las conocen en la tierra de tinieblas y del huracán permanente; ellos conocen lo que son todas las olas y las ondas de Dios; pero nosotros no las conocemos. La metáfora es lo suficientemente buena y admirable y correcta hablando poéticamente, pero como expresión de un hecho, es forzada.

Todos nosotros tenemos la inclinación de agravar nuestra aflicción: menciono esto aquí como un hecho general, que quienes son felices pueden tolerar, pero no quisiera vejar al enfermo con esta afirmación mientras está soportando el peso de su aflicción. Si él quiere aceptar con calma la sugerencia por decisión propia, le puede hacer bien, pero sería cruel arrojársela a la cara. Aunque es verdadera, no me gustaría susurrarla al oído de alguien que sufre, porque no le consolaría sino más bien le afligiría.

A menudo me he maravillado por el extraño consuelo que algunas personas ofrecen cuando dicen: “Ah, hay otros que sufren más que tú.” ¿Acaso entonces soy un demonio? ¿Se espera de mí que me goce con las noticias de las miserias de otras personas? Por el contrario, me duele pensar que haya dolores más agudos que el mío, y mi simpatía aumenta mi propio dolor. Yo puedo concebir que un espíritu maligno atormentado encuentre solaz al creer que otros son torturados con una llama todavía más feroz, pero ciertamente este consuelo diabólico no debe ser ofrecido a los cristianos. Muestra nuestra profunda depravación de corazón, que podamos hacer un cocimiento de consuelo utilizando las miserias de otros; y sin embargo, me temo que juzgamos la naturaleza humana con rectitud cuando le ofrecemos agua procedente de ese pútrido pozo.

Sin embargo, hay una forma de consuelo semejante a ese, pero de un origen mucho más legítimo, una consolación honorable y divina. Hubo UNO a quien la ira de Dios presionó con mucha dureza, UNO que fue afligido en verdad con todas las ondas de Dios, y ese UNO es nuestro hermano, un hombre como nosotros, el amante más carísimo de nuestras almas; y debido a que Él ha conocido y sufrido todo esto, Él puede sentir simpatía por nosotros independientemente de cuál sea la tribulación que se pueda abatir sobre nosotros. Su pasión ha terminado, mas no así Su compasión. Él ha soportado la indignación de Dios, y la ha desviado lejos de nosotros: las ondas han perdido su furia, y gastaron su fuerza sobre Él, y ahora Él se sienta sobre las inundaciones, sí, se sienta como Rey por siempre y para siempre.

Al pensar en Él, el Crucificado, nuestras almas pueden derivar consuelo, no sólo de Su simpatía y de Su socorro poderoso, sino que también podemos aprender a mirar nuestras tribulaciones con un ojo más calmo, y juzgarlas más de conformidad al verdadero estándar. En la presencia de la cruz de Cristo, nuestras propias cruces son menos colosales. Las espinas en nuestra carne no son nada cuando son colocadas lado a lado con los clavos y la lanza.

Ahora, en segundo lugar, observemos que los santos hacen bien en atribuir todas sus tribulaciones a su Dios. Hemán lo hizo así en el texto: “Sobre mí reposa tu ira, y me has afligido con todas tus ondas.” Él atribuye toda su adversidad al Señor su Dios. Es la ira de Dios, son las ondas de Dios las que lo afligen, y Dios hace que lo aflijan. Hijo de Dios, nunca olvides esto; todo lo que tú estás sufriendo por cualquier causa o motivo, te viene de la mano divina. Ciertamente, tú dices, “mi aflicción proviene de hombre impíos,” pero recuerden que hay una predestinación que, sin ensuciar los dedos del Infinitamente Santo, sin embargo gobierna los movimientos de los hombres perversos de la misma manera que lo hace con los santos ángeles. Sería algo funesto que no hubiera señalamientos de la providencia de Dios concernientes a los impíos; entonces la gran masa de la humanidad estaría enteramente abandonada a la suerte, y los hombres piadosos podrían ser aplastados sin esperanza por ellos.

El Señor, sin interferir con la libertad de sus voluntades, gobierna y rige, de tal forma que los impíos son como una vara en Su mano, con la que Él sabiamente azota a Sus hijos. Tal vez ustedes digan que sus aflicciones han surgido, no de los pecados de otros, sino de su propio pecado. Aun en ese caso, yo les pediría que las atribuyan a Dios con arrepentimiento. Qué importa que la tribulación haya surgido del pecado; sin embargo, es Dios el que ha decretado la aflicción que sigue a la transgresión, para que actúe como un instrumento de remedio para el espíritu. No miren a la causa secundaria, o, viéndola con profundo lamento, vuelvan principalmente su mirada a su Padre celestial, y “Prestad atención al castigo, y a quien lo establece.”

El Señor envía sobre nosotros el mal así como el bien de esta vida mortal; a Él le pertenece el sol que alegra y la helada que desanima; a Él le pertenece la calma profunda y el tornado fiero. Quedarse en las causas secundarias es con frecuencia frívolo, una suerte de burla solemne. Los hombres dicen de cada aflicción: “Pudiera haberse prevenido si tal y tal cosa hubiera ocurrido.” Tal vez si hubieran llamado a otro médico, se habría salvado la vida de ese niño amado; posiblemente si me hubiera movido en otra dirección en los negocios, no hubiera sido un perdedor. ¿Quién va juzgar lo que pudo haber sido? Nos perdemos en conjeturas sin término, y, crueles a nosotros mismos, recogemos material para penas innecesarias. Las cosas no sucedieron así; entonces, ¿por qué conjeturar acerca de cómo habrían sido si hubiesen sido diferentes? Es una insensatez. Hiciste lo mejor que pudiste, y no resultó: ¿por qué rebelarse? Fijar la mirada en la causa secundaria irritará a la mente. Nos indignamos con el más inmediato agente de nuestra pena, y así fallamos en someternos a Dios.

Si tú golpeas un perro, él morderá la vara que lo hiere, como si ella fuera la culpable. Cuán parecidos a los perros somos a veces, ya que cuando Dios nos está golpeando nosotros estamos gruñendo a Su vara. Hermano, perdona al hombre que te agravió; suyo fue el pecado, perdónalo, de la manera que tú esperas ser perdonado; pero tuya es la corrección, y viene de Dios, por lo tanto, sopórtala y pide gracia para que te aproveches de ella.

Entre más nos alejemos de los agentes intermedios, mejor, pues cuando llegamos a Dios, la gracia hace fácil la sumisión. Cuando sabemos que “Jehová es,” clamamos de inmediato, “haga lo que bien le pareciere.” Mientras yo atribuya mi dolor a un accidente, mi desgracia a un error, mi pérdida a la mala actuación de otro, mi malestar a un enemigo, y así sucesivamente, soy muy terrenal en la tierra, y romperé mis dientes con piedras de grava; pero cuando me elevo a mi Dios y veo Su mano aplicada al trabajo, me regresa la calma, y no tengo ninguna palabra de queja, “Enmudecí, no abrí mi boca, porque tú lo hiciste.”

David prefirió caer en las manos de Dios, y cada creyente sabe que se siente más seguro y más feliz cuando reconoce que aun en esas circunstancias está en las manos divinas. Discutir con el hombre es una obra pobre, pero suplicar a Dios trae ayuda y consuelo. “Echa sobre Jehová tu carga” es un precepto que será fácil de practicar cuando ves que la carga provino originalmente de Dios.

Y ahora, en tercer lugar, los hijos afligidos de Dios harán bien en tener una visión clara de la ira que se mezcla con sus aflicciones. “Sobre mí reposa tu ira.” Ese es el primer punto de Hemán. Él no menciona las ondas de aflicción sino hasta después de haber hablado de la ira. Nosotros deberíamos esforzarnos por descubrir la intención del Señor al golpearnos; qué se propone con la disciplina, y cuánto podemos responder a ese propósito. Necesitamos tener mucha visión para distinguir con claridad las cosas. Hay un tipo de ira y otro tipo de ira, un enojo y otro enojo. Dios no está airado nunca con Sus hijos en un determinado sentido, pero lo está en otro sentido. Como hombres, todos hemos desobedecido las leyes de Dios, y Dios se presenta ante nosotros en una relación de juez. Como un juez, Él debe aplicar sobre nosotros los castigos de Su ley, y debe, por necesidad de Su naturaleza, estar airado con nosotros por haber quebrantado la ley. Eso concierne a toda la raza humana.

Pero en el instante que un hombre cree en el Señor Jesucristo, sus ofensas ya no son ofensas; son colocadas sobre Cristo Jesús, el sustituto, y la ira se va junto con el pecado. La ira de Dios por los pecados de los creyentes se ha consumido en Cristo. Cristo ha sido castigado en lugar de ellos; el castigo debido a sus pecados ha sido soportado por Jesucristo. No permita Dios que el Juez de toda la tierra sea injusto alguna vez, si no fuera justo que Dios castigara a un creyente por un pecado que ya ha sido puesto sobre Jesucristo. Por esto, el creyente está totalmente libre de toda responsabilidad de sufrir la ira judicial de Dios, y de todo riesgo de recibir una sentencia punitiva procedente del Altísimo. El hombre es absuelto; ¿será juzgado otra vez? El hombre ha pagado la deuda; ¿será llevado ante el juez una segunda vez, como si todavía fuera un deudor? Cristo se puso en su posición y en su lugar, y por tanto pregunta audazmente: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.”

Ahora, entonces, el cristiano asume otra posición; él es adoptado para que pertenezca a la familia de Dios: él se ha convertido en hijo de Dios. Él está bajo la ley de la casa de Dios. En cada casa hay una economía, una ley por la cual los hijos y los siervos son gobernados. Si el hijo de Dios quebranta la ley de la casa, el Padre visitará su ofensa con azotes paternales, un tipo de visitación muy diferente de la de un juez.

Hay reos en prisión hoy que en breve sentirán los azotes en sus espaldas desnudas; eso es una cosa; pero aquel hijo desobediente va a recibir un flagelo de la mano de su padre; eso es algo muy diferente. Distantes, como lo están los polos, están la ira de un juez y la ira de un padre. El padre, estando enojado, ama a su hijo, y está principalmente enojado por esa misma razón; si no fuera su hijo probablemente no prestaría atención a su falta, pero debido a que es su propio muchacho quien ha hablado una falsedad o ha cometido un acto de desobediencia, siente que debe castigarlo, porque lo ama. Esto no necesita una explicación adicional.

Hay una ira justa en el corazón de Dios hacia los impenitentes hombres culpables; Él no siente nada de eso hacia Su pueblo. Él es Su padre, y si ellos transgreden, Él los visitará con azotes, no como un castigo legal, puesto que Cristo ha sobrellevado todo eso, sino como una suave disciplina paternal, para que puedan ver su insensatez y se arrepientan de ella; y para que, despertados por Su tierna mano, se puedan volver a su Padre y enmienden sus caminos.

Ahora, hijo de Dios, si estás sufriendo de cualquier manera el día de hoy, ya sea de los males de la pobreza o de la enfermedad corporal, o depresión del espíritu, recuerda que no hay una sola gota de ira judicial de Dios en todo ello. Tú no estás siendo castigado por tus pecados como un juez castiga a un culpable; nunca creas tal falsa doctrina; es claramente contraria a la verdad como es en Jesús. La doctrina del Evangelio nos dice que nuestros pecados fueron contados en la cabeza del Grandioso Chivo Expiatorio desde tiempos antiguos, y fueron quitados de una vez por todas, para nunca ser cargados más en contra nuestra.

Pero debemos usar el ojo de nuestro juicio al mirar nuestra presente aflicción para ver y confesar cuán ricamente, como hijos, merecemos la vara. Vuelvan al tiempo desde que fueron convertidos, queridos hermano y hermana, y consideren: ¿se sorprenden que Dios los haya castigado? Hablando de mí, yo me sorprendo de haber escapado de la vara en cualquier momento. Si yo hubiera sido forzado a decir “he sido azotado todo el día, y castigado todas las mañanas,” no me habría maravillado, pues mis faltas son muchas.

Cuán ingratos hemos sido, cuán faltos de amor y cuán indignos de ser amados, cuán falsos a nuestros votos más santos, cuán infieles a nuestras consagraciones más sagradas. ¿Acaso hay una única ordenanza sobre la cual no hayamos pecado? ¿Alguna vez nos hemos puesto de pie después de estar de rodillas, sin haber ofendido mientras estábamos en oración? ¿Acaso alguna vez hemos terminado un himno sin que nuestra mente haya divagado o sin haber experimentado frialdad de corazón? ¿Leímos alguna vez algún capítulo sin haber llorado como debimos, porque no recibimos la verdad en amor en nuestra alma como debimos haberlo hecho? Oh, buen Padre, si nos dolemos, ricamente merecemos que nos dolamos de nuevo.

Cuando hayas confesado tu merecimiento de castigo, déjame exhortarte a usar celosamente los mismos ojos para buscar el pecado particular que ha motivado el presente castigo. “Oh,” dirá alguno, “no creo poder encontrarlo jamás.” Puedes hacerlo. Tal vez yace a tu propia puerta. No sorprende que algunos cristianos sufran: me sorprendería que no sufrieran. Los he visto, por ejemplo, descuidar la oración familiar y otros deberes del hogar; y sus hijos los han deshonrado cuando han crecido. Si ellos claman, “qué terrible aflicción,” no quisiéramos decir: “ah, pero podrías haberla esperado; tú fuiste su causa;” pero tal expresión sería verdad.

Cuando los hijos han abandonado el techo paterno, y se han entregado al pecado, no nos hemos sorprendido cuando el padre ha sido duro, agrio y áspero de carácter. Nosotros no esperábamos recoger higos de los espinos, o uvas de los abrojos. Hemos visto algunos hombres cuyo único pensamiento era “gana dinero, gana dinero,” y sin embargo, han profesado ser cristianos. Tales personas han sido inquietas e infelices, pero eso no nos ha sorprendido. ¿Quisieran que el Señor tratara liberalmente con tales tacaños insolentes? No, si ellos caminan indócilmente con Él, Él se mostrará indócil hacia ellos. Hermano, las raíces de tus problemas pueden deslizarse bajo tu puerta donde yace tu pecado. Busca y mira.

Pero algunas veces la causa de tu disciplina yace un poco más lejos. Cualquier cirujano te dirá que hay enfermedades que se vuelven problemáticas en la flor de la vida, o en la vejez, que pudieron haber sido ocasionadas en la juventud por acciones indebidas, o por accidente, y el mal tuvo una presencia latente todos esos años. Así, los pecados de nuestra juventud pueden acarrearnos dolores en nuestros años de mayor madurez, y faltas y omisiones cometidas hace veinte años pueden flagelarnos hoy. Yo sé que es así. Si la falta es cometida en edad avanzada, debería conducirnos a una investigación más acuciosa, y a una oración más frecuente.

Bunyan nos dice que Cristiano se encontró con Apolión, y tuvo un viaje muy oscuro a través del Valle de Sombra de Muerte, debido a deslices que cometió cuando descendía en la colina hacia el Valle de la Humillación. Lo mismo puede suceder con nosotros. Tal vez cuando eras joven eras muy duro con las personas de espíritu deprimido; ahora tú eres uno de ellos: tu dureza es visitada sobre ti. Puede ser que, cuando estabas rodeado de mejores circunstancias, tenías la inclinación de despreciar al pobre y al necesitado; tu orgullo es castigado ahora.

Muchos ministros han ayudado a lesionar a otros, creyendo un reporte negativo acerca de ellos, y muy pronto él mismo se ha convertido en víctima de la calumnia. “porque con la medida que medís, os será medido.” Hemos visto hombres que podían montar el alto caballo entre sus congéneres, y hablar altivamente, y cuando han sido muy, muy abatidos, hemos entendido el enigma. Dios visitará las transgresiones de Sus hijos. Con frecuencia Él dejará que los pecadores comunes prosigan su vida sin ser reprendidos; pero no es así con Sus hijos.

Si fueran hoy a casa, y vieran a un grupo de muchachos tirando piedras y rompiendo ventanas, podrían no interferir con ellos, pero si vieran a su propio hijo en medio de ellos, estoy seguro que lo sacarían del grupo, y harían que se arrepintiera de eso. Si Dios ve que los pecadores prosiguen sus caminos perversos, puede ser que no los castigue ahora; Él les aplicará la justicia en otro estado; pero si es uno de Sus propios elegidos, Él se asegurará de hacerlo lamentar el día.

Tal vez la razón de tu tribulación no sea un pecado que has cometido, sino un deber que has descuidado. Investiga y mira, y ve dónde has sido culpable de omisión. ¿Hay acaso una ordenanza sagrada que has descuidado, o una doctrina que has rehusado creer?

Tal vez el castigo pueda ser enviado en razón de un pecado todavía no desarrollado, alguna latente propensión al mal. El dolor puede tener el objetivo de desenterrar el pecado, para que puedas perseguirlo. ¿Acaso tienes una idea de qué clase de demonio eres por naturaleza? Ninguno de nosotros sabe de lo que somos capaces si la gracia nos abandona. ¡Creemos que tenemos un carácter dulce, una disposición amigable! ¡Ya lo veremos! Caemos en un grupo provocativo, que se burla tanto de nosotros y nos insulta tanto, y tan hábilmente restriega nuestras llagas, que enloquecemos de ira, y nuestro excelente temperamento amigable se desvanece en humo, no sin dejar moretones atrás. ¿No es algo terrible ser sacudidos de esa manera? Sí lo es, pero si nuestros corazones fueran puros, ninguna clase de sacudimientos los ensuciaría. Pueden remover el agua pura tanto como quieran y no se levantará lodo. La depravación es mala cuando es vista, pero era lo mismo de mala cuando no era vista.

Puede ser una gran ganancia para un hombre saber qué pecado habita en él, pues entonces se humillará ante su Dios, y comenzará a combatir sus tendencias. Si jamás hubiera visto la inmundicia, nunca habría barrido la casa; si jamás hubiera sentido el dolor, la enfermedad habría acechado dentro, pero ahora que siente el dolor, acudirá con prontitud al remedio.

Algunas veces, por tanto, la tribulación puede ser enviada para que podamos discernir el pecado que habita en nosotros, y podamos buscar su destrucción. Qué haremos hoy si estamos bajo los golpes de la mano de Dios, sino humillarnos ante Él, y vamos como culpables deseando confesar exhaustivamente el pecado particular que pudo haberlo conducido a castigarnos, apelando a la preciosa sangre de Jesús para obtener perdón y al Espíritu Santo para tener poder para dominar nuestro pecado.

Cuando hayan hecho eso, permítanme darles una palabra de advertencia, antes de abandonar este punto. No esperemos, cuando tenemos problemas, que percibamos algún beneficio inmediato que se derive de ellos. Yo mismo he tratado de ver, cuando experimento un dolor agudo, si he crecido en resignación o si he orado con mayor devoción, o si he sido más arrebatado en comunión con Dios, y confieso que nunca he sido capaz de ver el más mínimo rastro de mejora en tales momentos, pues el dolor distrae y dispersa los pensamientos. Recuerden esa palabra, “pero después da fruto apacible de justicia.”

El jardinero toma su cuchillo y poda los árboles frutales para hacerlos que den más fruto; su hijito viene caminando trabajosamente tras él y grita: “padre, yo no veo que salgan frutos en los árboles después que los has cortado.” No, querido hijo, no es probable que los veas, pero regresa en unos pocos meses cuando la estación de frutas ha llegado, y entonces verás las doradas manzanas que agradecen al cuchillo. Gracias que están destinadas a durar, requieren tiempo para su producción, y no brotan y maduran en una noche. Si maduraran muy rápido, podrían secarse prontamente.

II. Ahora, puesto que el tiempo se me acaba, voy a tomar la segunda parte de mi sermón, y lo trataré con mucha brevedad. Quiero dar una muy breve EXPOSICIÓN DE LOS BENEFICIOS DE LA TRIBULACIÓN.

Este es un tema grandioso. Muchos volúmenes se han escrito acerca de él, y podría ser suficiente repetir el catálogo de los beneficios de la tribulación, pero no los detendré con esto.

La tribulación severa en un verdadero creyente tiene el efecto de soltar las raíces de su alma hacia el este y apretar el sostén del ancla de su corazón hacia el cielo. ¿Cómo puede amar el mundo que se ha vuelto tan funesto para él? ¿Por qué habría de buscar uvas que son tan amargas a su paladar? ¿Acaso no debería pedir las alas de una paloma para poder volar lejos hasta su propio país amado, y descansar para siempre?

Todo marinero en el mar de la vida sabe que cuando soplan los suaves céfiros, los hombres tientan al mar abierto con velas desplegadas, pero cuando viene aullando la negra tempestad desde su guarida, ellos se apresuran a toda velocidad hacia el lugar de abrigo. Las aflicciones cortan nuestras alas en relación a las cosas terrenales, de tal forma que no podemos volar lejos de la mano de nuestro amado Señor, sino que nos acurrucamos allí y le cantamos; pero las mismas aflicciones hacen crecer nuestras alas en relación a las cosas celestiales; somos emplumados como águilas, se posesiona de nosotros un espíritu de elevación; una espina está en nuestro nido, y desplegamos nuestras alas hacia el sol.

Con frecuencia la aflicción abre verdades para nosotros, y nos abre a nosotros a la verdad. No sé cuál de estas dos cosas es la más difícil. La experiencia abre las verdades que de otra manera estarían cerradas para nosotros; muchos pasajes de la Escritura nunca serán aclarados por algún comentarista; deben ser explicados mediante la experiencia. Muchos textos son escritos con una tinta secreta que debe ser sostenida contra el fuego de la adversidad para hacerla visible.

He oído que puedes ver las estrellas en un pozo cuando ninguna es visible por encima de la tierra, y yo estoy seguro que puedes discernir muchas verdades tachonadas de estrellas cuando estás abajo, en las profundidades de la tribulación, que no serían visibles para ti en otra parte.

Además, yo dije que nos abría a la verdad así como abría la verdad para nosotros. Nosotros somos superficiales en nuestras creencias: a menudo estamos empapados por la verdad, y sin embargo, se resbala fuera de nosotros como agua en un bloque de mármol; pero la aflicción, por así decirlo, nos labra y nos ara, y abre nuestros corazones, de tal manera que la verdad penetra hasta lo más íntimo de nuestra naturaleza y nos remoja como la lluvia al suelo arado. Bendito es ese hombre que recibe la verdad de Dios en lo más íntimo de su ser; nunca la perderá, sino que será la vida de su espíritu.

La aflicción, cuando es santificada por el Espíritu Santo, trae mucha gloria a Dios de los cristianos, a través de su experiencia de la fidelidad del Señor hacia ellos. Yo me deleito al escuchar a un viejo cristiano dando su propio testimonio personal acerca de la bondad del Señor. Vívidamente en mi mente brilla un evento ocurrido hace aproximadamente veinticinco años; está ante mí como si hubiese ocurrido ayer, cuando vi a un hombre venerable de ochenta años, de cabello cano y ciego ya por la edad, y lo escuché con simples acentos, sencillo como el lenguaje de un niño, contar cómo el Señor lo había conducido y lo había tratado bien, de tal forma que nada bueno le faltó de todo lo que Dios había prometido. Él hablaba como si fuera un profeta, y sus años prestaban fuerza a sus palabras. Pero supongan que él no hubiera conocido nunca la tribulación, ¿qué testimonio pudo haber dado? Si hubiera estado cubierto de lujos y nunca hubiera soportado el sufrimiento, pudo haber estado allí mudo y hubiera sido tan útil como si hubiera hablado. Nosotros debemos ser probados o no podremos engrandecer la fidelidad de Dios, quien no abandonará a Su pueblo.

Además, la aflicción nos da por medio de la gracia el inestimable privilegio de la conformidad al Señor Jesús. Oramos para ser como Cristo, pero ¿cómo podremos serlo si no somos para nada varones de dolores y no nos volvemos experimentados en quebranto? ¡Como Cristo, y sin embargo no atravesamos a lo largo del valle de lágrimas! Como Cristo, y sin embargo tener todo lo que el corazón puede desear, y nunca soportar la contradicción de los pecadores contra ti, y no decir nunca: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte.”

Oh, amigo, tú no sabes lo que pides. ¿Has dicho: “déjame sentarme a Tu derecha en Tu reino?” No se te puede conceder a menos que quieras beber de Su copa y ser bautizado con Su bautismo. Compartir Sus dolores debe preceder a compartir Su gloria. Oh, si alguna vez vamos a ser como Cristo, y habitar con Él eternamente, debemos estar contentos de pasar a través de mucha tribulación para alcanzarlo.

Además, nuestros sufrimientos son de gran servicio para nosotros cuando Dios los bendice, pues nos ayudan a ser útiles a otros. Debe ser algo terrible que un hombre no sufra nunca el dolor físico. Tú dices: “me gustaría ser ese hombre.” Ah, a menos que tuvieras gracia extraordinaria, te volverías duro y frío, y te convertirías en un tipo de hombre endurecido, quebrando a otras personas al tocarlas. No; que mi corazón sea tierno, inclusive suave, si debe ser suavizado por el dolor, pues ansío saber cómo vendar las heridas de mi compañero. Que mi ojo tenga una lágrima lista por las tristezas de mi hermano aun si para ello yo tuviera que derramar mil lágrimas por mis tristezas. Un escape del sufrimiento sería un escape del poder de simpatizar, y eso debería ser deprecado por sobre todo.

Lutero estaba en lo correcto cuando dijo que la aflicción era el mejor libro en la biblioteca del ministro. ¿Cómo puede el hombre de Dios simpatizar con los afligidos si no sabe nada acerca de sus problemas? Yo recuerdo a un patán tacaño y duro que decía que el ministro debería ser muy pobre, para que pudiera sentir simpatía por el pobre. Yo le respondí que pensaba que él debería ser muy rico por una temporada, para que pudiera tener simpatía hacia los muy ricos; y yo le sugerí que tal vez, sobre todo, sería muy práctico que se conservase en el centro, para que pudiera con mayor facilidad extenderse a la experiencia de todas las clases.

Si el hombre de Dios que va a ministrar a otros pudiera ser siempre robusto, tal vez sería una pérdida; si siempre fuera un enfermizo, igualmente sería una pérdida; pero que el pastor sea capaz de recorrer todos los lugares donde el Señor permite que vayan Sus ovejas, es sin duda para beneficio de Su rebaño. Y lo que es válido para los ministros también lo será para cada uno de ustedes, de conformidad a su llamado, para consuelo del pueblo de Dios.

Agradezcan entonces, amados hermanos, agradezcan la tribulación; y sobre todas las cosas agradezcan porque pronto habrá pasado, y estaremos en la tierra donde se hablará de estas cosas con gran gozo. Como los soldados muestran sus cicatrices y hablan de batallas cuando al fin llegan para pasar los días de su vejez en el campo y en su hogar, así nosotros, en la amada tierra hacia la cual nos apresuramos, hablamos de la bondad y de la fidelidad de Dios que nos condujo a través de todas las pruebas del camino.

A mí no me gustaría estar ante el anciano vestido de ropas blancas y escuchar que se diga: “Estos son los que han salido de la gran tribulación, todos excepto aquél.” ¿Te gustaría estar allí y verte señalado como el único santo que nunca conoció un dolor? Oh, no, pues serías un forastero en medio de la hermandad sagrada. Estaremos contentos de compartir la batalla, pues pronto llevaremos la corona y ondearemos la palma.

Yo sé que mientras estoy predicando, algunos de ustedes han dicho: “Ah, este pueblo de Dios tiene una situación muy difícil.” Eso han dicho. Los impíos no escapan del dolor por medio de su pecado. Yo nunca he sabido que un hombre escape de la pobreza por ser un derrochador; nunca he oído que un hombre haya escapado del dolor de cabeza o del corazón por medio de la borrachera; o que haya escapado del dolor corporal por ser licencioso. He oído precisamente lo contrario; y si hay aflicciones para los santos, hay otras para ustedes. Únicamente observen esto, impíos, observen esto. Para ustedes, estas cosas no obran para bien. Ustedes las pervierten y la vuelven perjuicios; pero para los santos obran beneficios eternos. Para ustedes, sus dolores son castigos; para ustedes son las primeras gotas del rojo granizo que caerá sobre ustedes para siempre. Pero no son eso para el hijo de Dios. Ustedes son castigados por sus transgresiones, y él no. Y permítannos decirles, también, que si por casualidad hoy están en paz, y en prosperidad, y en abundancia, y en felicidad, sin embargo, no hay ningún hijo de Dios aquí, sumido en abismos de tribulación, que quisiera tomar sus lugares bajo ninguna consideración del tipo que sea. Preferiría ser el perro de Dios, y ser pateado bajo la mesa, que ser el preferido del diablo y sentarse a la mesa con él. “Que Dios haga como Él quiera,” afirmamos, “durante un tiempo aquí; creemos que nuestro peor estado es superior al mejor de ustedes.”

¿Acaso piensan que amamos a Dios por lo que obtenemos de Él, y únicamente por eso? ¿Acaso es esa su noción del amor de un cristiano hacia Dios? Leemos en Jeremías acerca de algunos que decían que no dejarían de adorar a la Reina del Cielo. “Pues cuando,” decían ellos, “adorábamos a la Reina del Cielo, teníamos abundancia de pan, pero ahora nos morimos de hambre.” Así es como hablan los impíos, y eso es lo que el diablo pensó que era el caso de Job. Dice él: “¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene?”

El diablo no entiende el amor y el afecto reales; pero el hijo de Dios puede decirle al diablo en su cara que él ama a Dios aun si le cubre de llagas y lo sienta en medio de ceniza, y por la buena ayuda de Dios él tiene la intención de aferrarse a Dios a través de tribulaciones diez veces más pesadas de las que ha tenido que soportar, si vinieran sobre él. ¿Acaso no es un Dios bendito? Ay, dejen que las camas de nuestra enfermedad suenen con ello: Él es un Dios bendito. En las vigilias de la noche, cuando estamos agotados, y nuestro cerebro está caliente y enfebrecido, y nuestra alma está distraída, todavía confesamos que Él es un Dios bendito.

Cada sala de hospital donde se encuentren creyentes, debería resonar con esa nota. ¿Un Dios bendito? “Ay, eso es Él,” dicen el pobre y el necesitado el día de hoy, y eso dicen todos los pobres de Dios a través de toda la tierra. ¿Un Dios bendito? “Ay,” dice Su pueblo moribundo, “aunque Él nos matare, bendeciremos Su nombre. Él nos ama, y nosotros lo amamos; y, aunque todas Sus ondas nos aflijan, y Su ira repose sobre nosotros, no cambiaríamos nuestro lugar con reyes en sus tronos si ellos no tienen el amor de Dios.”

Oh, pecador, si Dios aflige a un hijo suyo tan pesadamente, Él te golpeará un día; y si a quienes ama somete a la aflicción, ¿qué hará con quienes se rebelan contra Él y lo odian? “Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían.” Que el Señor les bendiga y los conduzca a los lazos de Su pacto, por Cristo nuestro Señor. Amén.

Nota del traductor: Una de las figuras más trágicas de la mitología griega es la reina Níobe. Habiendo perdido a todos sus hijos, muertos por Apolo y Artemisa, se transformó en una roca, pero sus ojos siguieron vertiendo lágrimas que dieron origen a un manantial.