Pablo, Su Capote y Sus Libros

Los necios han hecho comentarios sobre los pequeños detalles de la Escritura. Se han sorprendido de que un asunto tan nimio como un capote deba ser mencionado en un libro inspirado; pero deberían saber que esta es una de las múltiples indicaciones de que el libro fue escrito por el mismo autor que escribió el libro de la naturaleza.

¿Acaso no hay cosas en el volumen de la creación que nos circunda, que nuestra corta vista llamaría nimiedades? ¿Cuál es el valor peculiar de las margaritas en la floresta, o de los botones de oro en los prados? ¡Si los comparamos con el mar agitado, o con las eternas colinas, cuán insignificantes nos parecen!

¿Por qué tiene el colibrí un plumaje tan maravillosamente enjoyado y por qué es derrochada tanta destreza maravillosa en el ala de una mariposa? ¿Por qué hay tal curiosa maquinaria en la pata de una mosca, o tal incomparable complejidad óptica en el ojo de una araña? Puesto que para la mayoría de los hombres estas son nimiedades, ¿habrían de quedar fuera de los planes de la naturaleza?

No; porque la grandeza de la destreza divina es tan visible en lo diminuto como en lo grandioso: y de igual manera sucede en la Santa Escritura: las cosas pequeñitas conservadas en el ámbar de la inspiración, están muy lejos de ser inapropiadas o innecesarias.

Además, ¿no hay nimiedades en la providencia? No sucede cada día que una nación sea desgarrada por una revolución, o que un trono sea sacudido por una rebelión: con mayor frecuencia el nido de un pájaro es destruido por un niño, o un hormiguero es tumbado por un azadón. No sucede cada hora que un torrente inunde una provincia, pero, ¿con cuánta frecuencia humedecen las gotas de rocío las verdes hojas? No leemos a menudo acerca de huracanes, tornados, y terremotos, pero los anales de la providencia podrían revelar la historia de muchos granos de polvo transportados por el fuerte viento del verano, muchas hojas marchitas arrancadas a los álamos, y muchos juncos meciéndose a orillas del río. Por lo tanto aprendan a ver en las pequeñeces de la Biblia, al Dios de la providencia y de la naturaleza.

Observen dos cuadros, y detectarán, si tienen cualidades artísticas, ciertos detalles minúsculos que revelan la misma autoría si provinieran de la misma mano; a menudo la propia pequeñez, para el ojo artístico, delatará al pintor más seguramente que los brochazos más prominentes, que pudieran ser falsificados con mucha mayor facilidad. Los expertos detectan los rasgos de la escritura de una persona por un ligero temblor en los trazos ascendentes, el giro de la impresión final, un punto, la virgulilla de la letra t, o asuntos más detallados.

¿No podemos ver la escritura legible del Dios de la naturaleza y de la providencia en el propio hecho que las sublimidades de la revelación están entremezcladas con comentarios caseros y cotidianos? Pero después de todo no son trivialidades. Me atrevo a decir que mi texto contiene mucha instrucción espiritual.

Confío que este capote caliente sus corazones esta mañana, que estos libros los instruyan, y que el propio apóstol sea para ustedes un ejemplo de heroísmo, apropiado para motivar sus mentes para que lo imiten.

I.Primero, VEAMOS ESTE MEMORABLE CAPOTE que Pablo dejó con Carpo en Troas.

Troas era una muy importante ciudad portuaria de Asia Menor. Muy probablemente Pablo fue detenido en Troas en la segunda ocasión en que fue llevado ante el emperador romano. Los soldados usualmente se apropiaban de los vestidos sobrantes que poseía la persona que era arrestada, y tales objetos eran considerados como propinas para los que efectuaban el arresto.

El apóstol pudo haber sido prevenido de su arresto, y por eso, prudentemente, encargó sus pocos libros y su capa, que constituían todo su menaje de casa, al cuidado de un cierto hombre honesto llamado Carpo. Aunque Troas estaba a seiscientas millas sobradas de camino de Roma, el apóstol Pablo es demasiado pobre para comprar un vestido y así solicita a Timoteo, que venía en esa dirección, que traiga su capote. Lo necesita mucho, pues el crudo invierno se aproxima, y el calabozo es muy, muy frío.

Este es un breve detalle de las circunstancias. Ciertos comentaristas estudiosos han llenado páginas enteras tratando de descubrir qué tipo de capote era; pero como nosotros no sabemos absolutamente nada al respecto, les dejaremos este asunto, creyendo que saben lo mismo que nosotros, pero nada más.

1. Pero, ¿qué nos enseña el capote? Hay cinco o seis lecciones incluidas allí. La primera es: hemos de percibir aquí con admiración, la completa abnegación del apóstol Pablo por amor al Señor. Recuerden, mis queridos amigos, lo que el apóstol fue una vez. Pablo era eminente, famoso, y rico. Había sido instruido a los pies de Gamaliel. Era tan celoso entre sus hermanos que no podía sino inspirar el sincero respeto de ellos. Iba acompañado por un grupo de soldados cuando fue de Jerusalén a Damasco. Yo no sé si el caballo que montaba era suyo, pero debe de haber sido un hombre de importancia puesto que se le destinó a una plaza muy importante en asuntos religiosos. Pablo era un hombre de buena posición en la sociedad, y sin duda, cualquier persona que viera al joven Saulo de Tarso habría dicho: “se convertirá en un hombre eminente; cuenta con todas las oportunidades en la vida; tiene una educación liberal, un temperamento celoso, abundantes dones, y la estimación general de los gobernantes judíos; será un hombre grandioso.”

Pero cuando el Señor se encontró con él aquel día en el camino a Damasco, ¡cómo cambió todo para Pablo! Entonces pudo decir en verdad: “Pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo. Y ciertamente, aun estimo todas las cosas como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por amor del cual lo he perdido todo, y lo tengo por basura, para ganar a Cristo, y ser hallado en él.”

Comienza a predicar y su carácter es cambiado. Ahora, nada es demasiado malo para Pablo entre sus asociados judíos. “Quita de la tierra a tal hombre, porque no conviene que viva,” fue la expresión exacta del sentimiento judío hacia él. Pablo continúa sus labores, y pierde su riqueza: la ha esparcido entre los pobres, o ha sido secuestrada por sus amigos. Viaja de un lugar a otro sacrificando no pocas comodidades. La esposa a la que probablemente estuvo unido -pues ningún hombre soltero podía votar en el Sanedrín como lo hizo Pablo en contra de Esteban- cayó enferma y murió, y el apóstol prefería ahora una vida de soltero, para poder entregarse enteramente a su obra.

Si hubiera tenido esperanza en este mundo solamente, habría sido el más miserable de todos los hombres. Con el paso del tiempo ha encanecido y ahora los propios hombres que le debían su conversión lo han abandonado. Cuando llegó por primera vez a Roma estuvieron a su lado, pero ahora todos se han ido como las hojas en el invierno, y el pobre anciano, “siendo como soy, Pablo ya anciano,” está sin nada en el mundo que pueda llamar propiedad suya sino un viejo capote y unos cuantos libros, y todo eso está a seiscientas millas de distancia.

¡Ah, cómo se vació y a qué extremo de pobreza estaba dispuesto a caer por amor al nombre de Cristo! No se quejen porque Pablo mencione sus vestidos: uno mayor que él lo hizo, y lo hizo en una hora más solemne que la hora en la que Pablo escribió la Epístola. Recuerden Quién fue el que dijo: “Partieron entre sí mis vestidos, y sobre mi ropa echaron suertes.” El Salvador había de morir en la absoluta desnudez, y el apóstol es reducido a algo semejante a Él cuando se encuentra temblando de frío.

Hermanos, ¿estaba Pablo en lo correcto en todo esto? ¿Fueron razonables sus sacrificios? El propósito que Pablo perseguía, ¿era digno de todo este sufrimiento y abnegación? ¿Fue arrastrado por un excesivo impulso de fanatismo para invertir en un objetivo inferior, lo que no se requería de él? Ningún creyente aquí presente considera que fuera así. Todos ustedes creen que si pudieran renunciar a las riquezas, y al talento, y a la estima, sí, y también a su propia vida por Cristo, sería una excelente decisión.

Yo digo que ustedes lo creen así, pero, ¿pero cuántos de nosotros lo hemos puesto en práctica alguna vez? ¿No habría sido mejor que dijera, cuán pocos de nosotros? Hay algunas personas que raramente tienen una oportunidad de sacrificar para Cristo en lo absoluto. Lo que dan, es tomado de su excedente; nunca lo resienten. Es un lujo refinado cuando un hombre siente tal amor por Jesús que es capaz de dar hasta quedar en la estrechez.

Si Pablo fuera razonable, ¿qué somos tú y yo? Si Pablo da como un cristiano debe dar, ¿cuán avergonzados deberíamos estar de nosotros mismos? Si él se reduce a la pobreza por Cristo, ¿qué diremos de esos profesantes bastardos que no están dispuestos a perder ni una nimiedad en su negocio por causa de la honestidad? Qué diremos de aquellos que afirman: “yo sé cómo hacer dinero, y sé cómo guardarlo,” y miran con desprecio a aquellos que son más generosos que ellos.

Si se sienten contentos de condenar a Pablo, y acusarlo de necedad, háganlo, pero si no, si este no fuera sino un servicio razonable, y el servicio que la gracia infinita de Dios -que Pablo experimentó- requería de él, entonces hagamos algo parecido. Si han experimentado un amor semejante, amen así al Señor, y gasten lo suyo y aun ustedes mismos han de gastarse del todo.

2. En segundo lugar, queridos amigos, nos damos cuenta de cómo abandonaron al apóstol sus amigos. Si no tenía un capote propio, ¿no habrían podido prestarle uno algunos de sus amigos? Diez años antes, el apóstol fue conducido encadenado a lo largo de la vía Apia rumbo a Roma; y cincuenta millas antes de llegar a Roma, un pequeño grupo de miembros de la Iglesia vino para reunirse con él; y cuando llegó a una distancia de veinte millas de la ciudad, en las “Tres Tabernas,” llegó un grupo todavía mayor de discípulos para escoltarlo, de tal forma que Pablo, el prisionero encadenado, llegó a Roma acompañado por todos los creyentes de esa ciudad.

Pablo era entonces un hombre más joven; pero ahora, por una razón u otra, diez años después, no llega nadie a visitarlo. Está confinado en una prisión, y ni siquiera saben dónde está, de tal forma que Onesíforo, cuando llega a Roma, tiene que buscarlo con mucha diligencia. Pablo es tan oscuro como si nunca hubiese tenido un nombre, y aunque es todavía un apóstol tan grande y glorioso como siempre lo fue, los hombres lo han olvidado de tal manera, y la Iglesia lo ha despreciado de tal manera, que se queda sin amigos.

La iglesia de los Filipenses, diez años antes, había realizado una colecta para él cuando estuvo en prisión; y aunque había aprendido a contentarse en cualquier situación en que se encontrase, le agradeció su contribución como una ofrenda de grato olor a Dios. Ahora está viejo, y ninguna iglesia lo recuerda. Es llevado a juicio, y allí están Eubulo, y Pudente y Lino. ¿No podría alguno de ellos estar a su lado cuando sea conducido delante del emperador? “En mi primera defensa ninguno estuvo a mi lado.” ¡Pobre tipo, sirvió a su Dios, y trabajó hasta quedar sumido en la pobreza por causa de la Iglesia, pero la Iglesia lo ha olvidado! ¡Oh, cuán grande debe haber sido la angustia del amoroso corazón de Pablo ante tal ingratitud! ¿Por qué razón las pocas personas que estaban en Roma, -aunque no hubieran podido ser más pobres- no dieron una contribución en su ayuda? Aquellos que eran de la casa de César, ¿no habrían podido encontrar un capote para el apóstol? No. Ha sido abandonado tan completamente, que aunque está a punto de morir de fiebre intermitente en el calabozo, ni un alma quiere prestarle o darle un capote.

¡Qué paciencia enseña esto a quienes se encuentran en una condición similar! ¿Ha sido tu porción, hermano mío, ser abandonado por los amigos? ¿Hubo otros tiempos cuando tu nombre era el símbolo de la popularidad, cuando muchos vivían de tu favor como insectos bajo tu rayo de luz, y has llegado al punto en que has sido olvidado como un muerto borrado de la mente? ¿Encuentras a tus más allegados amigos en tus tribulaciones más grandes? ¿Han dormido ya en Jesús aquellos que te amaron y respetaron alguna vez? ¿Y acaso otros se han vuelto hipócritas y falsos? ¿Qué harás ahora? Debes recordar este caso del apóstol; está puesto aquí para tu consuelo.

Él tuvo que atravesar aguas tan profundas como las peores que estés llamado a vadear, pero recuerda lo que Pablo dice: “Pero el Señor estuvo a mi lado, y me dio fuerzas.” Entonces, cuando el hombre te abandone, Dios será tu amigo. Este Dios, es nuestro Dios por siempre y para siempre: no únicamente en los climas soleados, sino por siempre y para siempre. Este Dios, es nuestro Dios en las noches oscuras así como en los días brillantes.

Acude a Él y plantea tu queja delante de Él. No murmures. Si Pablo tuvo que sufrir de abandono, tú no debes esperar un mejor trato. Que no te falle tu fe, como si algo nuevo te hubiese sucedido. Esto es común a todos los santos. David tuvo su Ahitofel, Cristo Su Judas, Pablo su Demas, y, ¿esperas tú que te vaya mejor? Conforme mires a ese vetusto capote, que habla de la ingratitud humana, ten ánimo, y confía en el Señor, pues Él fortalecerá tu corazón. “Sí, espera a Jehová.”

3. Hay una tercera lección. Nuestro texto revela la independencia mental del apóstol. ¿Por qué el apóstol no pidió prestado un capote? ¿Por qué no solicitó que le regalaran uno? No, no, no. Ese no es el estilo del apóstol en lo absoluto. Él tiene un capote, y aunque esté a seiscientas millas de distancia, esperará hasta que se lo lleven. Aunque hubiera unas personas que podrían prestarle uno, él sabe que el que comienza endeudándose termina doliéndose, y que aquellos que mendigan son raramente bienvenidos.

Yo no creo que un cristiano deba avergonzarse de pedir prestado o de mendigar si es absolutamente compelido a ello, pero nunca me ha gustado esa clase de personas que practican cualquiera de esas dos cosas sistemáticamente. Yo quisiera que muchos pobres no arruinaran la caridad de los demás al estar prestos a pedir con base en cada necesidad pretendida.

Un cristiano haría bien en recordar que no es nunca para su honra -aunque no siempre sea para su deshonra- pedir. “Cavar, no puedo; mendigar, me da vergüenza,” dijo el mayordomo infiel, y si hubiese sido fiel, habría estado mucho más avergonzado. Lo repito: cuando se llega al punto de una extrema necesidad, y un hombre tiene que pedirle a su semejante, que lo haga valerosamente; pero que no lo haga demasiado apresuradamente, sino que, como el apóstol, en tanto que pueda pasarse sin ello, diga: “ni comimos de balde el pan de nadie, sino que trabajamos con afán y fatiga día y noche.” Pablo enseñaba que el ministro de Dios tiene el derecho de ser sostenido por el pueblo. “Si nosotros sembramos entre vosotros lo espiritual, ¿es gran cosa si segáremos de vosotros lo material?”, pregunta el apóstol. Insiste en que no se le ponga bozal al buey que trilla; sin embargo, aunque sostiene esto como un gran principio general, Pablo no toma nada para sí; él continúa en su oficio de hacer tiendas; cose las lonas y gana su sustento; así que no resulta ser una carga para nadie.

¡Cuán noble ejemplo! ¡Cuán ansiosos deberían de haber estado todos los cristianos de ver que no sufriera ninguna necesidad en su ancianidad! Sin embargo, llega a ser pobre; pero su espíritu independiente no se quebranta en ningún momento, pues decide esperar hasta que su capote sea traído desde una distancia de seiscientas millas, en lugar de pedirle a alguien que le dé o le preste un capote.

Que el cristiano sea así de independiente, pues aunque la independencia no es una gracia cristiana, es sin embargo una gracia común, que cuando es entrelazada con el cristianismo, es muy hermosa, y le viene bien al carácter de un hijo de Dios.

4. El cuarto comentario es: vean en esto cuán poca importancia daban los apóstoles a la forma en que vestían. Pablo necesita lo mínimo para mantenerse caliente; no solicta nada más. No hay ninguna duda de ningún tipo que las otras partes de sus vestiduras se estaban tornando muy raídas; que se encontraba en verdad vestido de harapos, y por esto necesitaba el capote para cubrirse.

Leemos que en los tiempos antiguos, muchos de los más eminentes siervos de Dios se vestían de la manera más pobre. Cuando el buen Obispo Hooper fue conducido a la hoguera, ya había estado largo tiempo en prisión, y estaba tan desprovisto de vestidos, que tomó prestada una toga de un viejo académico, llena de andrajos y hoyos, para poder ponérsela, y caminó a la hoguera cojeando por los dolores producidos por el nervio ciático y el reumatismo.

Leemos de Jerónimo de Praga que estuvo recluido en un calabozo húmedo y frío, y que se le denegó cualquier cosa que lo cubriera en su desnudez y lo protegiera del frío.

Algunos ministros son muy cuidadosos de vestir invariablemente de una manera canónica e hidalga. Me agrada aquel comentario que hizo Whitfield, cuando alguien de mala índole le preguntó cómo podía predicar sin una sotana. “Ah” -respondió él- “puedo predicar sin una sotana, pero no puedo predicar sin un carácter.” ¿Qué importa el vestido exterior en tanto que el carácter sea recto?

Esta es una lección para nuestros miembros particulares también. Algunas veces les oímos decir: “no pude salir el domingo: no tenía el vestido apropiado para entrar.” Cualquier vestido es adecuado para venir a la casa de Dios, si ha sido comprado, sin importar cuán burdo pueda ser. Si son los mejores vestidos que Dios te ha dado, no murmures. Considerando que la prueba del vestido es muy dolorosa para algunos de los más pobres del pueblo de Dios, este texto fue puesto en la Biblia para su consuelo.

Su Señor no usó ninguna ropa suave ni vestidos delicados. Su vestidura consistía en una túnica, la cual era sin costura, de un solo tejido de arriba abajo, y sin embargo, nunca se avergonzó de usarla en la presencia de reyes y sacerdotes.

Siempre creeré que el cristiano debe cultivar una noble indiferencia a estas cosas externas; pero cuando se llega a la extrema necesidad de una absoluta falta de vestidos, entonces puede consolarse en este pensamiento: “ahora soy un compañero del Señor; ahora camino en la misma prueba que experimentaron los apóstoles; ahora sufro de la misma manera que sufrieron.”

Todo santo es una imagen de Cristo, pero un santo pobre es su imagen expresa, pues Cristo fue pobre. De tal manera que si eres conducido a necesidad extrema referida a la pobreza, de tal forma que no tengas nada que ponerte que sea decente, no te desalientes, sino más bien di: “mi Señor sufrió lo mismo, y también el apóstol Pablo”; y, por tanto, cobra aliento y ten buen ánimo.

5. El capote de Pablo en Troas nos muestra cuán fuerte era el apóstol para resistir la tentación “Yo no lo veo,” me dices. El apóstol tenía el don de hacer milagros. Nuestro Salvador, aunque era capaz de hacer milagros, nunca hizo nada semejante a un milagro para Su propio beneficio; tampoco lo hicieron Sus apóstoles. Los dones milagrosos les habían sido confiados con propósitos y fines evangélicos, para el bien de otros y para la promoción de la verdad; pero nunca para beneficio de ellos.

Nuestro Salvador fue tentado por el diablo -ustedes recordarán- cuando tenía hambre, para que convirtiera a las piedras en pan. Era una fuerte tentación para que aplicara poderes milagrosos que tenían por objetivo otros fines, para Su propia comodidad. Pero Él reprendió a Satanás y le dijo: “No sólo de pan vivirá el hombre.”

Pablo también tenía poder para producir un capote si hubiese querido. ¿Por qué no habría podido? Su simple sombra sanaba al enfermo; si hubiese querido, habría podido impedir que el frío y la humedad tuvieran algún efecto en él. Pablo, que había levantado a vida al muerto Eutico, cuando cayó de lo alto, y produjo su calor vital, podría ciertamente haber mantenido el calor de su propio cuerpo si así lo hubiese decidido.

Y me atrevo a decir que el diablo lo visitaba a menudo y le decía: “si eres un apóstol de Dios, si puedes obrar milagros, manda que esta atmósfera suba de temperatura, que estos harapos se junten, y formen para ti un vestido confortable.” Ustedes no saben -no podrían decir, pues no han sido nunca expuestos a eso- qué severas pugnas debe de haber tenido el apóstol para resistir la torva tentación de usar sus dones milagrosos en su beneficio.

Oh, hermanos, me temo que ustedes y yo somos mucho más propensos a ceder al ego de lo que era el apóstol. Nosotros predicamos el Evangelio, y si Dios nos ayuda, ¡oh!, el diablo directamente querrá que participemos de la alabanza. “Predicaste un buen sermón esta mañana,” le dijo alguien a John Bunyan, cuando bajó las escaleras. “Llegas demasiado tarde” -le respondió el honesto John- “el diablo ya me había dicho eso cuando estaba predicando.”

Sí, nosotros obramos los milagros, pero nos llevamos el honor de ello para nosotros mismos. Allí radica la tentación para cualquier hombre que posee dones: usarlos para sus propios propósitos, y si lo hiciera, sería un mayordomo infiel a su Señor. Yo les suplico en verdad que ya sea en la escuela dominical o en la iglesia, no permitan nunca que el poder de obrar milagros que Dios les ha dado sea usado para ustedes mismos.

Ustedes pueden hacer por Cristo cosas poderosas, a través de la fe y de la oración, pero no permitan nunca que la oración y la fe sean prostituidas para un propósito tan rastrero como ministrar para la carne. Yo sé que las mentes carnales no entenderían esto, pero las mentes espirituales, que conocen las tentaciones del diablo, saben cuán dura será una batalla vitalicia para reprimirnos de hacer eso que aparentemente nos hará felices, pero que al mismo tiempo nos volvería profanos.

6. La sexta lección extraída de este capote es: este pasaje nos enseña con qué precisión un hijo de Dios es similar a otro. Sé que consideramos a Abraham, y a Isaac, y a Jacob como seres muy grandes y bienaventurados; creemos que vivieron en una región más elevada que nosotros. No podemos creer que si hubieran vivido en estos tiempos, habrían sido Abraham, Isaac y Jacob. Suponemos que estos son días muy malos, y que cualquier gran eminencia de gracia, o de abnegación, no es fácilmente alcanzable.

Hermanos, mi propia convicción es que si Abraham, Isaac y Jacob hubiesen vivido ahora, en vez de ser menores santos, habrían sido mayores santos, pues ellos vivieron únicamente en la alborada, y nosotros vivimos en pleno mediodía.

Con frecuencia escuchamos que los apóstoles son llamados “San” Pedro y “San Pablo”; y de esta manera son colocados en alto como en un elevado nicho. Si nosotros hubiéramos visto a Pedro y a Pablo, los habríamos considerado como pertenecientes a un tipo ordinario de personas: sorprendentemente semejantes a nosotros; y si nos hubiésemos adentrado en su vida diaria y en sus pruebas, habríamos dicho: “Bien, ustedes son maravillosamente superiores a lo que yo soy en la gracia; pero de alguna manera u otra, ustedes son hombres semejantes a mí. Tengo un temperamento irascible, y tú Pedro, también lo tienes. Tengo un aguijón en mi carne, y tú Pablo, también lo tienes. Tengo a un enfermo en casa, y la suegra de Pedro también yace enferma de fiebre. Yo me quejo de reumatismo, y el apóstol Pablo, en su etapa de anciano, siente el frío, y necesita su capote.”

Ah, no debemos considerar la Biblia como un libro propicio para almas transcendentales y sumamente elevadas. Es un libro cotidiano; y estas buenas personas eran personas comunes y corrientes, excepto que tenían mayor gracia, pero nosotros podemos alcanzar más gracia de la misma manera que ellos pudieron; la fuente de la que se surtían está tan llena y tan disponible para nosotros como estuvo para ellos. Sólo tenemos que creer de la manera que ellos lo hicieron, y confiar en Jesús al modo de ellos, y aunque nuestras pruebas sean tan duras como las de ellos, venceremos por medio de la sangre del Cordero.

A mí me gusta en verdad ver que la religión sea sacada a luz en nuestra vida diaria. No me hablen acerca de la piedad del Tabernáculo, sino háblenme de la piedad de su taller, y de su mostrador, y de su cocina. Déjenme ver cómo la gracia les capacita para ser pacientes en el frío, o gozosos en el hambre, o diligentes en el trabajo. Aunque la gracia no es algo común, brilla mejor en las cosas comunes. Predicar un sermón, o cantar un himno no es sino algo insignificante comparado con el poder de aguantar frío, y hambre, y desnudez, por amor de Cristo.

Ánimo entonces, valor entonces, compañero peregrino, pues el camino no fue allanado para Pablo más de lo que es aplanado para nosotros. No había un camino real al cielo en aquellos días diferente al que hay ahora. Ellos tenían que atravesar pantanos, y lodazales y ciénagas como tenemos que hacerlo nosotros todavía.

“Ellos luchaban duramente como lo hacemos ahora
Con pecados, y dudas y temores”

Pero ganaron la victoria finalmente, y nosotros lo haremos también. Suficiente entonces en cuanto al capote que fue dejando en Troas con Carpo.

II. Echaremos una MIRADA A SUS LIBROS.

No sabemos qué tipo de libros eran, y sólo podemos elaborar conjeturas en cuanto a qué clase de pergaminos eran. A Pablo le quedaban unos cuantos libros, tal vez envueltos en el capote, y Timoteo había de tener el cuidado de llevárselos.

Incluso un apóstol debe leer. Algunos de nuestros hermanos ultra calvinistas piensan que un ministro que lee libros y estudia su sermón ha de ser un muy deplorable espécimen de predicador. Un hombre que sube al púlpito, y profesa que improvisa su texto, y habla cualquier cantidad de tonterías, es el ídolo de muchos. Si habla sin premeditación, o pretende hacerlo, y no presenta nunca lo que llaman un plato de sesos de hombres muertos, ¡oh, ese es un predicador!

¡Cuán censurados son por el apóstol! ¡Él es inspirado, y sin embargo, necesita libros! ¡Ha estado predicando al menos por treinta años, y, sin embargo, necesita libros! ¡Tenía una experiencia más vasta que la mayoría de los hombres, y, sin embargo, necesitaba libros! ¡Había sido arrebatado al tercer cielo, y había oído palabras inefables que no le es dado al hombre expresar, y, sin embargo, necesitaba libros! ¡Pablo había escrito la mayor parte del Nuevo Testamento, y, sin embargo, necesitaba libros!

El apóstol le dice a Timoteo y así le dice a todo predicador: “Ocúpate en la lectura.” El hombre que nunca lee no será leído nunca; el que nunca cita no será citado nunca. El que no quiere usar los pensamientos de los cerebros de otros hombres, demuestra que no tiene un cerebro propio.

Lo que es válido en cuanto a los ministros se aplica a todo nuestro pueblo. Ustedes necesitan leer. Renuncien todo lo que quieran a la literatura ligera, pero estudien todo lo que sea posible las sanas obras teológicas, especialmente a los escritores puritanos, y exposiciones de la Biblia. Estamos muy persuadidos que la mejor manera de ocupar su tiempo libre, es ya sea leer u orar. Podrían obtener mucha instrucción de los libros que después podrían usar como una verdadera arma en el servicio de su Dios y Señor. Pablo clama: “Trae los libros.” Únanse a ese clamor.

Nuestra segunda observación es que el apóstol no se avergüenza de confesar que él en verdad lee. Está escribiendo a su joven hijo Timoteo. Ahora, a algunos viejos predicadores no les gusta decir algo que permita que los jóvenes conozcan sus secretos. Ellos suponen que deben asumir un aire muy dignificado, y hacer un misterio de su predicación; pero todo esto es ajeno al espíritu de veracidad. Pablo necesita libros, y no se avergüenza de decirle a Timoteo que los necesita; y Timoteo puede ir y decirle a Tíquico y a Tito si quisiera; a Pablo no le importa.

Pablo es aquí un retrato de diligencia. Él se encuentra en prisión; no puede predicar: ¿qué hará? Como no puede predicar, entonces se dedicará a leer. Es lo mismo que leemos de los antiguos pescadores y sus botes. Los pescadores habían abandonado los botes. ¿Qué estaban haciendo? Estaban remendando sus redes. Entonces, si la providencia te ha puesto sobre un lecho de enfermo, y no puedes dar tu clase; si no puedes estar trabajando para Dios en público, remienda tus redes por medio de la lectura. Si una ocupación te es quitada, escoge otra, y que los libros del apóstol te den una lección de diligencia.

Pablo dice: “mayormente los pergaminos.” Yo pienso que los libros eran especialmente obras latinas y griegas, pero que los pergaminos eran orientales; y posiblemente eran los pergaminos de la Santa Escritura; o con la misma probabilidad, eran sus propios pergaminos, en los que estaban escritos los originales de sus cartas que están en nuestra Biblia como las Epístolas a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, etcétera.

Ahora, debe ser “mayormente los pergaminos” con toda nuestra lectura; que sea mayormente la Biblia. ¿No le das ningún peso a este consejo? Este consejo es más necesario ahora en Inglaterra que casi en cualquier otro tiempo, pues el número de personas que lee la Biblia, yo creo, se está reduciendo cada día. Las personas leen los puntos de vista de sus denominaciones según son expresados en las publicaciones periódicas; leen los puntos de vista de su líder conforme son expresados en sus sermones o en sus obras, pero el Libro, el viejo y buen Libro, el divino manantial del que brota toda la revelación, es demasiado frecuentemente abandonado. Ustedes pueden acudir a charcos humanos, hasta abandonar el arroyo claro como el cristal que fluye del trono de Dios.

Lean los libros, por todos los medios posibles, pero mayormente los pergaminos. Escudriñen la literatura humana, si quieren, pero mayormente permanezcan firmes guiados por ese Libro que es infalible, la revelación de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

III. Ahora queremos tener UNA ENTREVISTA CON EL APÓSTOL PABLO MISMO, pues podemos aprender mucho de él.

Es casi demasiado oscuro para verle. ¡Lo encontraremos en ese terrible cuchitril! El hórrido calabozo -la suciedad yace sobre el piso hasta que llega a parecer un camino que es raramente rastrillado- la corriente de aire sopla a través de la única rendija que ellos llaman una ventana. El pobre anciano, sin su capote, se envuelve en su raído vestido. Algunas veces lo ves puesto de rodillas para orar, y luego sumerge su pluma en la tinta, y le escribe a su amado hijo Timoteo. No tiene ningún compañero, excepto Lucas, que entra ocasionalmente durante un breve tiempo. Ahora, ¿cómo encontraremos al anciano? ¿Cuál será su estado de ánimo?

Lo encontramos lleno de confianza en la religión que le ha costado tanto; pues en el primer capítulo, en el versículo doce, lo escuchamos decir: “Por lo cual asimismo padezco esto; pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día.” Sin duda, con frecuencia el tentador le decía: “Pablo, ¡qué barbaridad, lo has perdido todo por tu religión! Te ha conducido a la mendicidad. Mira, la has predicado, y, ¿cuál ha sido su recompensa? Los mismos hombres que has convertido te han abandonado. Renuncia a ella, renuncia a ella, no puede valer todo esto. Vamos, ni siquiera te pueden traer un capote para envolverte; te dejan que te congeles, y muy pronto tu cabeza será cercenada de tu cuerpo. Retira tu mano del estandarte y retírate.” “No” -responde el apóstol- “Yo sé a quién he creído.”

Vamos, he escuchado de profesantes que dicen: “Desde que he sido cristiano he perdido en mi negocio, y por tanto voy a renunciar a serlo.” Pero nuestro apóstol se aferra con un apretón vital. Y, oh, no hay corazón en nuestra piedad si nuestras aflicciones nos hacen dudar de la verdad de nuestra religión, pues estas pruebas, en tanto que producen paciencia, y la paciencia experiencia y la experiencia esperanza, nos transforman de tal manera que no estamos avergonzados, sino que más firmemente nos aferramos a Cristo.

Sólo piensen que oyen al apóstol decir: “Yo sé a quién he creído.” Es muy fácil para nosotros decirlo. Estamos muy cómodos, sentados tranquilamente en nuestras bancas; regresaremos a casa y tendremos una abundante comida; vestiremos confortablemente; estamos rodeados de amigos que nos sonreirán, y no es difícil decir: “Yo sé a quién he creído”; pero si fueses vejado por un lado por Hermógenes y Fileto, y por otro lado por Alejandro el calderero, y Demas, no se te haría tan fácil decir: “Fiel es el Señor.”

Contemplen a este noble paladín que es tan inconmovible en los peores momentos como lo fue en los mejores momentos. “Estoy enseñado para estar saciado,” dijo él una vez, y ahora puede decir: “Estoy enseñado para tener hambre y padecer necesidad.”

Pero no sólo está confiado. Observarán que este gran anciano está teniendo comunión con Jesucristo en sus sufrimientos. Vayan al segundo capítulo, al versículo diez. ¿Hubo alguien que pronunciara alguna vez un lenguaje más dulce que este? “Por tanto, todo lo soporto por amor de los escogidos, para que ellos también obtengan la salvación que es en Cristo Jesús con gloria eterna. Palabra fiel es esta: si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él; si le negáremos, él también nos negará. Si fuéremos infieles, él permanece fiel; El no puede negarse a sí mismo.”

Ah, hay dos en el calabozo: no solamente el hombre que está sufriendo tribulación como un hacedor de maldad, hasta sufrir cadenas, sino que está sentado con él uno semejante al Hijo del Hombre, compartiendo todas sus tribulaciones, y cargando con todos sus desalientos, y por tanto alzando su cabeza. Bien puede el apóstol regocijarse de tener comunión con Cristo en sus sufrimientos, llegando a ser semejante a Él en su muerte.

Y esto no es todo. No solamente está confiado por el pasado, y en la dulce comunión del presente, sino que está resignado por el futuro. Miren en el capítulo cuatro, y en versículo seis. “Porque yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.” Es un emblema hermoso tomado del becerro del sacrificio. Allí está, atado a los cuernos del altar, y listo para ser ofrecido. Así que el apóstol está como un sacrificio listo para ser ofrecido sobre el altar.

Me temo que no todos podemos decir que estamos listos para ser ofrecidos. Pablo estaba listo para ser un holocausto; si Dios lo hubiera querido, sería consumido hasta las cenizas en la hoguera. O sería una libación, como en efecto lo fue, cuando un torrente de sangre fluyó bajo la filosa espada. Estaba listo para ser un sacrificio de paz, si Dios lo hubiera querido, para morir en su cama. En todo caso, él era una ofrenda voluntaria para Dios; pues él se ofreció voluntariamente, como dice: “Yo ya estoy para ser sacrificado, y el tiempo de mi partida está cercano.” ¡Glorioso anciano!

Muchos cristianos profesantes han sido vestidos de púrpura, y la han pasado suntuosamente cada día, y, sin embargo, no podrían decir nunca que estaban listos para ser ofrecidos, sino que veían el tiempo de su partida con dolor y aflicción. Entonces, al reflexionar en el pobre, aterido y harapiento Pablo, piensen en la joya que cargaba en su pecho; y, oh, hijos de la pobreza, recuerden que la magnificencia de una santa vida, y la grandeza y la nobleza de un corazón consagrado, pueden liberarlos por completo de cualquier vergüenza que pueda adherirse a sus harapos y a su pobreza; pues como el sol al ponerse, pinta las nubes con todos los colores del cielo, así sus propios harapos, y pobreza, y vergüenza, pueden convertir su vida en algo mucho más ilustre, conforme el esplendor de su piedad los ilumine con un resplandor celestial.

Todavía no hemos concluido con el apóstol; pues lo encontramos no solamente resignado, sino triunfante. “He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe.” Vean al guerrero griego que acaba de regresar de la batalla. Tiene muchas heridas, y hay una incisión en su frente; su pecho sangra aquí y allá con cortadas y heridas superficiales; un brazo está dislocado; cojea, como Jacob, por su muslo descoyuntado; está cubierto con el humo y el polvo de la batalla; está manchado de múltiples salpicaduras de sangre; está desfallecido, y cansado, y a punto de morir, pero, ¿qué dice? Cuando alza su brazo derecho, con su escudo sujeto firmemente a él, grita: “he peleado la buena batalla, he conservado mi escudo.” Ese era el objeto de la ambición de todo guerrero griego. Si conservaba su escudo regresaba a casa cubierto de gloria.

Ahora, la fe es el escudo del cristiano. Y aquí veo al apóstol que, aunque muestra todas las señales del conflicto, triunfa en estas señales del Señor Jesús, diciendo: “He peleado la buena batalla; mis propias cicatrices y heridas lo demuestran; he guardado la fe.” Mira esa adarga de oro de la fe sujeta a su brazo, y se regocija por ello. El tirano Nerón no tuvo nunca un triunfo como el del apóstol Pablo, ni tampoco todos los guerreros de Roma, cuando las multitudes escalaban por los techos de las chimeneas, y miraban abajo a la procesión. Ninguno de ellos había recibido una gloria tan verdadera como este hombre solitario, que ha pisado él solo el lagar, y de los pueblos nadie había con él; él se ha enfrentado al león, como un paladín solitario, sin ningún ojo que tuviera compasión, ni brazo que salvara, pero aun así triunfante hasta el fin. ¡Espíritu valeroso!, no te preocupes del viejo capote en Troas, en tanto que tu fe esté segura.

Además, no sólo triunfa en el presente, sino que está en espera de una corona. Cuando el luchador griego había peleado la buena batalla, le era presentada una corona; y así Pablo, que escribe acerca del viejo capote, escribe también: “Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

Cuando estaba describiendo a Pablo, y hablando de la pobreza de muchos creyentes: “Ah” -dijo el pecador- “¿quién querría ser un cristiano? ¿Quién querría sufrir tanto por Cristo? ¿Quién querría perderlo todo como Pablo?” Las mentes mundanas aquí presentes están pensando: “¡Qué tonto es ser arrastrado por una excitación semejante!” ¡Ah, pero miren cómo cambió la perspectiva! “¡Por lo demás, me está guardada una corona!” ¿Qué habría pasado si hubiese estado vestido de púrpura, y hubiese nadado en la abundancia, y hubiese sido grande, y no hubiese una corona para él en el cielo, ningún gozo en el más allá, sino una temerosa espera del juicio? Véanlo, salta de su calabozo a su trono. Nerón puede cortarle la cabeza, pero esa cabeza llevará una corona estrellada.

Ánimo, entonces, ustedes que son pisoteados, afligidos, y están desesperados, tengan buen ánimo, pues el fin compensará el camino, y todas las asperezas de la peregrinación serán recompensadas por la gloria que espera a todos aquellos que están confiados en Cristo Jesús.

Concluimos, habiendo terminado con este viejo capote, cuando preguntamos, ¿no es hermoso ver, al leer esta epístola, y ciertamente todas las cartas del apóstol, cómo todo lo que pensaba el apóstol estaba conectado con Cristo?; ¿cómo había concentrado cada pasión, cada poder, cada pensamiento, cada acto, cada palabra, y había colocado todo en Cristo?

Yo creo que hay muchos que aman a Cristo de una manera semejante a la forma en que el sol brilla hoy; pero ustedes saben que si concentran los rayos de ese sol con un espejo ustorio, y fijan todos esos rayos sobre cualquier objeto, entonces, ¡qué calor se genera, qué incendio, qué flama, qué fuego!

Muchísimos hombres esparcen su amor y admiración sobre casi toda criatura, y Cristo recibe muy poco, así como todos recibimos algunos rayos del sol; pero el hombre es el que, a semejanza de Pablo, orienta todos sus pensamientos y palabras hacia un foco. Entonces arde su camino a lo largo de la vida; su corazón está ardiendo; como carbones de enebro son sus palabras; es un hombre de fuerza y energía; tal vez no tenga un capote, pero a pesar de eso es un gran hombre, y el Zar en su manto imperial no es sino un enano babeante al lado de este gigante del ejército de Dios.

Oh, yo quisiera que fijáramos nuestros pensamientos en Cristo en esta mañana. ¿Estamos confiando en Él en esta mañana? ¿Es Él toda nuestra salvación y todo nuestro deseo? Si así fuera, entonces vivamos para Él. Aquellos que son enteramente de Cristo no son muchos. Oh, que fuéramos desposados como castas vírgenes a Cristo, para que no tuviéramos otro amante, y no conociéramos otro objeto de deleite. Que estos ojos fueran ciegos para todo excepto para Cristo; y que estos oídos fueran sordos para toda música excepto para la voz de Cristo; y que estos pies fueren cojos para cualquier camino excepto para el camino de la obediencia a Él; que estas manos estuvieran paralizadas para todo excepto para trabajar para Él; y que este corazón estuviere muerto para todo gozo que no provenga de Jesús.

Así como la paja flota sobre el río, y es arrastrada al océano, así quisiera yo ser despojado de todo poder y voluntad para hacer cualquier cosa excepto aquello que mi Señor quiere que haga, y ser arrastrado por la corriente de Su gracia directamente hacia delante, listo para ser ofrendado, o listo para vivir, listo para sufrir, o listo para reinar tal como Él lo quiera, anhelando únicamente que Él sea servido en mi vivir y en mi morir.

Poco importa qué capote uses, o si no tienes ninguno; bastaría únicamente que concentraras todos tus poderes mentales y corporales, y las energías espirituales en Cristo Jesús, y únicamente en Él. Que aquellos de ustedes que no han confiado nunca en Jesús estén listos a confiar en Él ahora. Él no abandonó a Pablo, incluso en su necesidad, y no te abandonará a ti.

“Confía en Él, nunca te engañará,
Aunque lo tengas en poca estima;
Él no te dejará nunca, nunca,
Ni permitirá que lo dejes por completo.”

Por tanto, confíen en Él ahora y para siempre, por medio de Jesús. Amén.

Nota del traductor:
El testimonio de tantos destacados predicadores, teólogos y comentaristas en la historia de la iglesia referente a la desaparición de los dones milagrosos de la era apostólica, es un factor de considerable importancia, especialmente en la medida que entre ellos hubo hombres que fueron usados poderosamente por el Espíritu Santo para despertar continentes enteros a la fe en Cristo, hombres que de ninguna manera podrían ser acusados de contristar al Espíritu Santo.

Charles Haddon Spurgeon testifica en multitud de sermones en favor de este punto de vista. Los apóstoles -predicaba Spurgeon- eran “hombres que fueron escogidos como testigos porque habían visto personalmente al Salvador, un oficio necesariamente destinado a la extinción, por lo demás muy razonablemente, porque el poder de hacer milagros fue también retirado”. (Púlpito del Tabernáculo Metropolitano 1871, Vol. 17, 178). Y también: “Aunque no podemos esperar y no necesitamos desear los milagros que acompañaron el don del Espíritu Santo, en tanto que físicos, sin embargo, podemos desear y esperar lo que se pretendía y era simbolizado por ellos, y podemos contar con que veremos portentos espirituales semejantes realizados entre nosotros en este día.” (Púlpito del Tabernáculo Metropolitano 1881, Vol. 27, 521). También, “aquellas obras del Espíritu Santo que son concedidas en nuestra época a la Iglesia de Dios, son en todo sentido tan valiosas como los dones milagrosos iniciales que ya no están con nosotros. La obra del Espíritu Santo, por medio de la cual los hombres son resucitados de su muerte en el pecado, no es inferior al poder que llevó a los hombres a hablar en lenguas”. (Púlpito del Tabernáculo Metropolitano 1884, Vol. 30, 386 y siguientes).


 

Tomado de Signs of the Apostles: Observations on Pentecostalism Old and New. Walter J. Chatry. The Banner of Truth Trust. Las Señales de los Apóstoles: Observaciones sobre el Pentecostalismo Antiguo y Moderno. Traducción de Allan Román.