Los Milagros a la Muerte de Nuestro Señor

La muerte de nuestro Señor es un prodigio ocurrido en un entorno de maravillas. Nos trae a la memoria al diamante Kohinoor rodeado de un círculo de piedras preciosas. Así como el sol, en medio de los planetas que lo rodean, opaca a todos con su brillo, así la muerte de Cristo es más prodigiosa que los portentos que ocurrieron en ese momento. Sin embargo, después de haber visto al sol, nos place estudiar los planetas; de la misma manera, después de creer en la muerte única de Cristo, y de poner nuestra confianza en Él como el Crucificado, consideramos un gran placer examinar en detalle esas cuatro maravillas planetarias mencionadas en el texto, que circundan al grandioso sol de la muerte de nuestro Señor.

Los prodigios son éstos: el velo del templo se rasgó en dos; la tierra tembló; las rocas se partieron; los sepulcros se abrieron.

I. Vamos a referirnos al primero de estos milagros. Esta noche no puedo extenderme mucho. No tengo fuerzas. Quiero simplemente sugerir algunos pensamientos.

Consideren EL VELO RASGADO, o los misterios revelados. Por la muerte de Cristo el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo, y los misterios que habían estado ocultos en el Lugar Santísimo, a lo largo de muchas generaciones, fueron expuestos a la mirada de todos los creyentes. Comenzando, por decirlo así, en lo superior, en la Deidad de Cristo, y siguiendo hasta la parte inferior de la humanidad de Cristo, el velo se rasgó, y todo fue descubierto a los ojos espirituales.

1. Éste fue el primer milagro de Cristo después de muerto. El primer milagro de Cristo en vida fue significativo, y nos enseñó mucho. Él convirtió el agua en vino, como para mostrar que elevaba toda la vida común a un grado superior, y puso en toda la verdad un poder y una dulzura que no habrían podido estar allí, a no ser por Él. Pero este primer milagro después de muerto, está por encima del primer milagro de Su vida, porque ustedes recordarán que ese primer milagro fue obrado en Su presencia. Él estaba allí, y convirtió el agua en vino.

Pero Jesús, como hombre, no estaba en el templo. Ese milagro fue obrado en su ausencia, y esto acrecienta su maravilla. Ambos son igualmente prodigiosos, pero hay un toque más sorprendente en el segundo milagro: y es que Jesús no se encontraba presente para hablar y ordenar que el velo se rasgara en dos. El alma se había separado de Su cuerpo, y ni Su cuerpo ni Su alma estaban en ese lugar secreto de los tabernáculos del Altísimo; y sin embargo, sin importar la distancia, Su voluntad fue suficiente para rasgar ese grueso velo de lino torcido y de obra primorosa.

El milagro de convertir el agua en vino fue realizado en una casa particular, en medio de la familia y de aquellos discípulos que eran amigos de esa familia; pero este prodigio fue realizado en el templo de Dios. Hay una singular condición sagrada acerca de ello, porque fue un hecho milagroso obrado en ese recinto misterioso y tremendo, que era el centro de la adoración consagrada, y la morada de Dios. ¡Vean! Él muere, y a la propia puerta del eminente santuario de Dios, rasga el velo en dos. Hay una solemnidad ligada a este milagro, como obrado por Jehová, que difícilmente puedo comunicar con palabras, pero que ustedes sentirán en su propia alma.

Tampoco olviden que fue realizado por el Salvador después de Su muerte, y esto coloca al milagro bajo una luz extraordinaria. Él rasga el velo en el propio instante de la muerte. Jesús entregó el espíritu, y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos. Parecería que Él se preparó durante treinta años para el primer milagro de Su vida, y obra Su primer milagro después de muerto al momento de expirar. En el instante en que Su alma se separaba de Su cuerpo, en ese preciso momento, nuestro bendito Señor tomó el grandioso velo de la casa simbólica de Su Padre, y lo rasgó en dos.

2. Este primer milagro después de muerto ocupa tal lugar, que no podemos contemplarlo sin considerarlo seriamente. Fue muy significativo, colocándose a la cabeza de lo que yo podría llamar una nueva dispensación. El milagro de convertir el agua en vino abre Su vida pública, y establece la clave de ella. Este otro, comienza Su obra después de Su muerte, y marca su tono. ¿Qué significa?

¿Acaso no significa que la muerte de Cristo es revelación y explicación de secretos? Disipa todos los tipos y sombras de la ley ceremonial; los disipa porque se cumplen y se explican en la muerte de Cristo. La muerte del Señor Jesús es la llave de toda filosofía verdadera: Dios encarnado, muriendo por el hombre: si eso no explica un misterio, entonces no podrá ser explicado. Si con este hilo en tu mano, no puedes seguir el laberinto de los asuntos humanos, ni puedes aprender el grandioso propósito de Dios, entonces no puedes seguirlos del todo. La muerte de Cristo es la gran rasgadora del velo, la gran reveladora de secretos.

Es también la grandiosa abridora de caminos. No había un camino hacia el lugar santo hasta que Jesús, al morir, rasga el velo; el camino al Lugar Santísimo no fue manifestado hasta que Él murió. Si deseas acercarte a Dios, la muerte de Cristo es el camino a Él. Si quieres el acceso más cercano y la comunión más íntima que una criatura pueda tener con su Dios, he aquí, el sacrificio de Cristo te revela el camino. Jesús no dice únicamente: “Yo soy el camino,” sino que al rasgar el velo, abre ese camino. Al ser rasgado el velo de Su carne, el camino hacia Dios es definido con claridad para cada alma creyente.

Es más, la cruz elimina todos los obstáculos. Cristo, al morir, rasgó el velo. Entonces, entre Su pueblo y el cielo ya no queda ninguna obstrucción, o si hay alguna, si los temores de la gente inventan un obstáculo, el Cristo que rasgó el velo, continúa rasgándolo todavía. Él rompe las puertas de bronce, y parte en dos las barras de hierro. Miren, en Su muerte, “Subirá el que abre caminos delante de ellos… y a la cabeza de ellos Jehová.” Él ha abierto y aclarado el camino, y todo Su pueblo escogido puede seguirlo al glorioso trono de Dios.

Esto es representativo del espíritu de la dispensación bajo la cual vivimos ahora. Los obstáculos son eliminados; las dificultades son resueltas; el cielo es abierto a todos los creyentes.

3. Fue un milagro digno de Cristo. Deténganse un minuto y adoren a su agonizante Señor. ¿Acaso no singulariza Él Su muerte con un milagro así? ¿Acaso no comprueba Su inmortalidad? Es cierto que Él ha inclinado Su cabeza a la muerte. Obediente a la voluntad de Su Padre, cuando se da cuenta que ha llegado para Él la hora de morir, inclina Su cabeza en un consentimiento voluntario; pero en ese instante cuando lo declaran muerto, Él rasga el velo del templo. ¿Acaso no hay inmortalidad en Él, aunque haya muerto?

Y vean el poder que poseía. Sus manos están clavadas; Su costado está a punto de ser traspasado. Clavado allí, Él no puede protegerse de los insultos de la soldadesca, pero en Su debilidad suprema es tan fuerte que rasga el pesado velo del templo de arriba abajo.

Miren Su sabiduría, pues en ese momento, viendo el hecho espiritualmente, Él abre para nosotros toda sabiduría, y descubre los secretos de Dios. El velo que Moisés puso sobre su rostro, es quitado por Cristo al momento de Su muerte. La verdadera Sabiduría, al morir, predica Su más grandioso sermón, rasgando lo que se escondía de la mirada de los ojos creyentes: la suprema verdad.

Amados, si Jesús hace esto por nosotros en Su muerte, ciertamente seremos salvos por Su vida. Jesús que murió, vive ahora, y nosotros confiamos que Él nos conducirá al “santuario no hecho de mano.”

Antes de pasar al segundo milagro, yo invito a cada uno de mis lectores que todavía no conoce al Salvador, a pensar seriamente en los prodigios que ocurrieron a Su muerte, y juzguen qué clase de hombre era Quien ofreció Su vida por nuestros pecados. Su Padre no permitió que Él muriera sin acompañamiento de milagros, para mostrar que Él había abierto un camino para que los pecadores se pudieran acercar a Dios.

II. Pasamos ahora al segundo milagro: “LA TIERRA TEMBLÓ.”

Lo inamovible fue sacudido por la muerte de Cristo. Cristo no tocó la tierra: Él fue elevado sobre la tierra en el madero. Él moría, pero al hacer a un lado Su poder, en el acto de la muerte, Él hizo que la tierra bajo Sus pies, que nosotros llamamos “el globo sólido,” temblara. ¿Cuál fue la enseñanza de eso?

¿Acaso no significó, en primer lugar, que el universo físico presintió la última sacudida terrible que le espera? El día llegará cuando el Cristo aparezca sobre la tierra, y a su tiempo, todas las cosas que son, serán enrolladas y desechadas, como ropas viejas. Una vez más Él hablará, y sacudirá no solamente la tierra, sino también el cielo. Las cosas que no pueden ser sacudidas permanecerán, pero esta tierra no es una de esas cosas: ella será desencajada. “La tierra y las obras que en ella hay serán quemadas.” Nada permanecerá ante Él. Él únicamente es. Estas otras cosas sólo parecen ser; y ante el terror causado por Su rostro, todos los hombres temblarán, y el cielo y la tierra saldrán huyendo. Así, cuando Él murió, la tierra pareció anticipar su destino, y tembló en Su presencia. ¡Cómo va a temblar cuando Aquél que vive de nuevo venga con toda la gloria de Dios! ¡Cómo temblarías, querido lector, si te despertaras en el mundo venidero sin un Salvador! ¡Cómo vas a temblar en aquel día cuando venga para juzgar al mundo en justicia, y tengas que comparecer ante el Salvador a quien has despreciado! Piensa en eso, te lo ruego.

¿Acaso ese milagro no significó también lo siguiente?: el mundo espiritual será movido por la cruz de Cristo. Él muere en la cruz y sacude al mundo material, como una predicción que esa muerte Suya sacudiría al mundo sumido en la perversión, y convulsionaría al reino moral. Hermanos, piensen en eso. Nosotros decimos: “¿Cómo moveremos al mundo alguna vez?” Los apóstoles no se hacían esa pregunta. Ellos tenían confianza en el Evangelio que predicaban. Quienes los oían veían esa confianza; y cuando ellos abrían sus bocas, los demás afirmaban, “Estos que trastornan el mundo entero también han venido acá.” Los apóstoles creían que trastornarían al mundo con la simple predicación del Evangelio.

Yo les ruego que ustedes crean lo mismo. Esta es una ciudad muy grande, esta ciudad de Londres. ¿Cómo podremos conmoverla alguna vez? China, Indostán, África: esas son inmensas regiones. ¿Les será revelada la cruz de Cristo? Sí, hermanos míos, pues ya sacudió la tierra, y todavía sacudirá a las grandes masas de la humanidad. Si sólo tuviéramos fe en ella y perseverancia para continuar con la predicación de la Palabra, es sólo asunto de tiempo para que el nombre de Jesús sea conocido por todos los hombres, y toda rodilla se doble ante Él, y toda lengua confiese que Él es Cristo, para gloria de Dios el Padre. La tierra ciertamente tembló bajo la cruz; y temblará otra vez. El Señor Dios sea alabado por ello.

Ese viejo mundo: cuántos años había existido, no puedo decirlo. No estamos en capacidad de calcular la edad del mundo, desde ese principio que es mencionado en el primer versículo del Libro de Génesis. Independientemente de cuán viejo haya sido, tenía que temblar cuando el Redentor murió. Esto nos traslada a otra de nuestras dificultades. El sistema del mal con el que debemos enfrentarnos ha estado establecido durante tanto tiempo, y es tan vetusto y reverente hacia la antigüedad, que nos convencemos que: “no podemos hacer mucho contra los viejos prejuicios.” Pero fue la vieja, vieja tierra la que se estremeció y tembló bajo el Cristo agonizante, y lo hará otra vez.

Sistemas magníficos sostenidos por la filosofía y la poesía, todavía se rendirán ante lo que se llama comparativamente la nueva doctrina de la cruz. Ciertamente no es nueva, sino que es más antigua que la propia tierra. Es el propio Evangelio de Dios, perpetuo y eterno. Sacudirá lo antiguo y venerable, tan ciertamente como el Señor vive; y yo veo la profecía de esto en el temblor de la tierra bajo la cruz.

Parece imposible que la simple predicación de Cristo pueda hacer esto, ¿no es cierto? Y debido a ello, ciertos hombres buscan proporcionar a la predicación de Cristo todas las ayudas posibles de música y de arquitectura y no sé cuántas otras cosas más, hasta que la cruz de Cristo queda cubierta con una capa de invenciones humanas, aplastada y enterrada por la sabiduría del hombre.

Pero, ¿qué fue lo que hizo que la tierra temblara? Fue sencillamente la muerte de nuestro Señor, sin ninguna adición de sabiduría o poder humanos. Parecería una causa insuficiente para que produjera un resultado tan grande; pero fue suficiente, ya que “lo insensato de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres”; y Cristo, con Su muerte, es suficiente para hacer que la tierra tiemble bajo la cruz.

Vamos, aceptemos no usar ninguna otra arma en la batalla en la que estamos empeñados, que no sea el Evangelio; ninguna hacha de combate que no sea la cruz. ¿Somos capaces de creer que la vieja, vieja historia, es la única historia que debe contarse para reconciliar al hombre con Dios? Jesús murió en lugar del pecador, el justo por el injusto, un magnífico despliegue de la gracia y de la justicia de Dios en un solo acto. Si pudiéramos apegarnos sólo a esto, veríamos rápidamente la victoria del lado de nuestro conquistador Señor.

Dejo ese segundo milagro, en el que pueden ver que lo inconmovible es sacudido, cuando la tierra tembló.

III. Sólo una o dos sugerencias acerca del tercer milagro: LAS ROCAS SE PARTIERON.

Se me ha informado que, aún en el presente, hay en Jerusalén ciertas evidencias de rocas partidas, del tipo más inusual. Los viajeros afirman que no son del tipo que son producidas por terremotos o por cualquier otra causa conocida. Acerca de eso diré muy poco; pero es algo maravilloso que, cuando Cristo murió, cuando Su alma fue arrancada de Su cuerpo, cuando el velo del templo se partió en dos, así la tierra, su parte rocosa, la estructura más sólida de todas, fue rasgada en golfos y precipicios en un solo instante. ¿Qué otra cosa nos muestra este milagro sino esto: que lo insensible se sobresaltó? ¡Cómo! ¿Acaso las rocas pueden sentir? Pues, se partieron al presenciar la muerte de Cristo. Los corazones de los hombres no respondieron a los clamores agonizantes del Redentor moribundo, pero las rocas sí respondieron: se partieron. Él no murió por las rocas; sin embargo, las rocas fueron más tiernas que los corazones de los hombres, por quienes Él derramó Su sangre.

“Todas las cosas muestran algún signo de razón,
Excepto este mi insensible corazón.”

Esto lo afirmó un poeta; y dijo la verdad. Las rocas pueden partirse, mas los corazones de algunos hombres no se parten ante la visión de la cruz. Sin embargo, amados, aquí está el punto que me parece ver: esa obstinación y esa dureza de corazón serán conquistadas por la muerte de Cristo. Tú le puedes predicar a alguien acerca de la muerte, y puede ser que no tiemble ante su certeza o su solemnidad; sin embargo, háblale de eso. Tú le puedes predicar a alguien acerca del infierno, pero él endurecerá su corazón, como Faraón, contra el juicio del Señor; sin embargo, háblale de eso. Deben usarse todos los medios que puedan conmover a un hombre. Pero lo que puede afectar mayormente al corazón más obstinado y duro es el grandioso amor de Dios, visto tan sorprendentemente en la muerte del Señor Jesucristo. No me detendré para mostrarles cómo es, pero sólo les recordaré que es así. En el caso de muchos de nosotros, fue esto lo que hizo brotar de nuestros ojos lágrimas de arrepentimiento, y nos condujo a someternos a la voluntad de Dios.

Yo sé que eso fue lo que sucedió conmigo. Miré miles de cosas, pero no me ablandé. Mas cuando

“Vi a Uno colgado de un madero
En medio de agonías y de sangre,”

y muriendo allí por mí, entonces me dí golpes en el pecho, y sentí amargura por Él, como alguien que siente amargura por su primogénito. Yo estoy seguro que sus propios corazones confiesan que el grandioso quebrantador de rocas es el Salvador agonizante.

Ahora bien, de la misma manera que ocurre con ustedes, así encontrarán que sucede con otras personas. Cuando hayan realizado su mejor esfuerzo sin alcanzar éxito, utilicen este último martillo: La cruz de Cristo. A menudo he visto grabada en latín, en piezas de cañones, esta inscripción: “el último argumento de los reyes.” Es decir, los cañones constituyen el argumento final de los reyes. Pero la cruz es el argumento final de Dios. Si un Salvador moribundo no te convierte, ¿qué cosa podrá hacerlo? Si Sus heridas sangrantes no te conducen a Dios, ¿qué cosa podrá hacerlo? Si Jesús carga con nuestro pecado en Su propio cuerpo en el madero, y quita ese pecado, y si esto no te lleva a Dios, con la confesión de tu pecado y el odio hacia ese pecado, entonces ya no queda nada más para ti. “¿Cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?” La cruz parte las rocas. Hermanos y hermanas, continúen enseñando acerca del amor del moribundo Hijo de Dios. Continúen predicando a Cristo. Con ello abrirán túneles en los Alpes de la soberbia y en las colinas de granito del prejuicio. Encontrarán una entrada para Cristo en la intimidad de los corazones de los hombres, aunque sean duros y obstinados; y esto ocurrirá por la predicación de la cruz en el poder del Espíritu.

IV. Y ahora concluyo con el último milagro. Estas maravillas se acumulan y dependen la una de la otra. El temblor de la tierra produjo, sin duda, que las rocas se partieran; y las rocas partidas ayudaron al cuarto milagro. “SE ABRIERON LOS SEPULCROS.” Las tumbas se abrieron, y los muertos se levantaron. Ese es nuestro cuarto encabezado.

Es la gran consecuencia de la muerte de Cristo. Los sepulcros se abrieron. El hombre es el único animal que le da importancia a un sepulcro. Algunas personas se preocupan por la forma en que serán enterradas. Esa es la última preocupación que jamás cruzaría mi mente. Yo estoy persuadido que la gente me va enterrar por odio, o por amor, pero especialmente por amor a ellos mismos. Eso no debe preocuparnos. Pero el hombre a menudo ha mostrado su soberbia por medio de su tumba. Eso es algo extraño. Poner guirnaldas a la horca es una novedad, creo, que todavía no se ha perpetrado; pero amontonar mármol y estatuas impresionantes sobre una tumba: ¿qué es eso sino adornar el patíbulo, o mostrar la magnífica grandeza del hombre cuando únicamente su nimiedad es manifiesta? Polvo, cenizas, podredumbre, putridez, y luego una estatua, y todo tipo de cosas bonitas, para hacerte creer que la criatura que regresa al polvo, después de todo, es alguien grande. Ahora, cuando Jesús murió, se abrieron los sepulcros, y los muertos fueron expuestos: ¿qué significa esto?

Yo creo que tenemos en este último milagro “la historia de un hombre.” Allí yace muerto: descompuesto, muerto en delitos y pecados. Pero, ¡en qué bello sepulcro yace! Asiste a la iglesia; es un disidente (no conformista), cualquiera de las dos cosas que ustedes prefieran; es una persona muy moral; es un caballero; es un ciudadano; es dueño de su compañía; será alcalde de la ciudad algún día; es tan bueno: ¡oh, es tan bueno! Sin embargo, no posee la gracia en su corazón, no hay Cristo en su fe, no tiene amor a Dios. Ustedes ven en qué sepulcro está enterrado: un alma muerta en una tumba dorada. Mediante Su cruz nuestro Señor parte este sepulcro y lo destruye.

¿Cuánto valen nuestros méritos en presencia de la cruz? La muerte de Cristo es la muerte de la justicia propia. La muerte de Jesús es una superfluidad si nosotros pudiéramos salvarnos a nosotros mismos. Si somos tan buenos que no necesitamos al Salvador, entonces ¿por qué Jesús murió desangrándose sobre el madero? La cruz parte los sepulcros de la hipocresía, el formalismo, y la justicia propia en los que están escondidas las personas que están espiritualmente muertas.

¿Qué sigue a continuación? Abre los sepulcros. La tierra se resquebraja. Allí yace el muerto pero ahora es revelado a la luz. ¡La cruz de Cristo provoca esto! El hombre todavía no ha sido revivido por la gracia, pero es conducido a descubrirse a sí mismo. Él sabe que yace en el sepulcro de su pecado. Ha recibido el suficiente poder de parte de Dios para que esté allí, ya no como un cadáver tapado con mármol, sino más bien como un cadáver del que el sepulturero ha quitado los cúmulos de tierra, y lo ha dejado desnudo a la luz del día. ¡Oh, es algo grandioso cuando la cruz abre de esta manera los sepulcros!

Tú no puedes convencer a los hombres de pecado, excepto por la predicación de un Salvador crucificado. La lanza con la que alcanzamos los corazones de los hombres, es esa misma lanza que traspasó el corazón del Salvador. Tenemos que usar la cruz como el recurso para crucificar la justicia propia, y para hacer que el hombre confiese que está muerto en pecados.

Después que los sepulcros habían sido abiertos, y las tumbas se habían resquebrajado, ¿qué siguió a continuación? Se impartió la vida. “Muchos cuerpos de santos que habían dormido, se levantaron.” Ellos habían regresado al polvo; pero cuando tienen un milagro, éste puede ser igualmente uno grandioso. Me sorprende que haya personas que puedan creer sin dificultad en un tipo de milagros, pero no acepten otros. Una vez que se tenga en cuenta la Omnipotencia, todas las dificultades cesan.

Así sucede con este milagro. Los cuerpos se reintegraron súbitamente, y allí estaban, completos y listos para levantarse. ¡Qué cosa tan maravillosa es la implantación de la vida! No hablaré de ella en un hombre muerto, sino que quiero hablar de ella en un corazón muerto. ¡Oh Dios, envía Tu vida a algún corazón muerto en este momento, mientras yo predico! Eso que da vida a las almas muertas es la muerte de Jesús. Mientras avistamos la expiación y vemos a nuestro Señor sangrando en lugar nuestro, el Espíritu divino obra en el hombre, y el aliento de vida es soplado en él. Él quita el corazón de piedra, y pone un corazón de carne que palpita con una nueva vida.

Esta es la maravillosa obra de la cruz: es por la muerte de nuestro Señor que la regeneración viene al hombre. No habría nuevos nacimientos si no fuera por esa muerte en especial. Si Jesús no hubiera muerto, nosotros nos habríamos quedado muertos. Si Él no hubiera inclinado Su cabeza, ninguno de nosotros habría podido levantar la cabeza. Si Él no se hubiera ido de los vivos, en la cruz, nosotros habríamos permanecido entre los muertos eternamente y para siempre.

Ahora prosigamos, y ustedes verán que esas personas que recibieron la vida, a su debido tiempo salieron de los sepulcros. Está escrito que abandonaron sus tumbas. Por supuesto que lo hicieron. ¿Quiénes entre lo vivientes desearían permanecer en una tumba? Y ustedes, queridos lectores, si el Señor les da vida, no permanecerán en sus tumbas. Si ustedes han estado acostumbrados a ser fuertes bebedores, o sometidos a cualquier otro pecado que los aceche, ustedes lo dejarán; no sentirán ningún apego a su sepulcro. Si han vivido en compañía de impíos, y encontraban la diversión en lugares cuestionables, no se detendrán en sus tumbas. No tendremos necesidad de ir por ustedes para alejarlos de sus antiguas asociaciones. Ustedes mismos estarán ansiosos de alejarse de ellas.

Si alguien fuera enterrado vivo, y se diera cuenta que está dentro de un ataúd antes de exhalar su último suspiro, estoy seguro que si los terrones fueran levantados, y la tapa fuera quitada, él no necesitaría que se le suplicara insistentemente que saliera de su tumba. Sino todo lo contrario. La vida no ama la prisión de la muerte. Entonces que Dios conceda que el Salvador moribundo extienda Su mano y los saque de las tumbas en las que todavía moran; y si ahora les otorga la vida, estoy seguro que la muerte de nuestro Señor les hará entender que si uno murió por todos, entonces todos murieron, y que Él murió por todos, para que quienes viven ya no vivan más para sí, sino para Quien murió y resucitó por ellos.

¿Qué camino siguieron esas personas una vez que hubieron salido de sus tumbas? Se nos informa que “vinieron a la santa ciudad.” Exactamente eso. Y todo aquel que haya sentido el poder de la cruz debería esforzarse al máximo en su camino a la santidad. Anhelará unirse al pueblo de Dios; deseará ir a la casa de Dios, y tener comunión con el tres veces santo Dios. Yo no esperaría que quienes han sido revividos quisieran ir a otra parte. Cada criatura busca su propia compañía: las bestias buscan su guarida, y los pájaros su nido; y el hombre restaurado y regenerado camina hacia la ciudad santa.

¿Acaso la cruz no nos atrae a la iglesia de Dios? Yo no desearía que alguien se uniera a la iglesia por cualquier otro motivo que no estuviera tomado de las cinco heridas y del costado sangrante de Jesús. Nosotros nos damos primero a Cristo, y luego a Su pueblo por Su amada causa. Es la cruz la que lo logra.

“Jesús muerto en el madero
Alcanza esta maravillosa victoria.”

Se nos informa, y con esto cierro esta maravillosa historia, que ellos fueron a la Ciudad Santa “y aparecieron a muchos.” Esto es, algunos de los que habían sido levantados de los muertos, no lo dudo, aparecieron a sus esposas. ¡Qué rapto experimentarían cuando vieron de nuevo a su amado esposo! Puede ser que algunos de ellos aparecieran a su padre y su madre; y tampoco dudo que muchos padres y madres que resucitaron, aparecieran primero a sus hijos.

¿Qué nos enseña esto, sino que si la gracia del Señor nos levanta de los muertos, debemos ser diligentes en mostrar ese hecho? Aparezcámonos a muchos. Que la vida que Dios nos ha dado sea manifiesta. No la escondamos, sino más bien vayamos con nuestros antiguos amigos y hagamos nuestras epifanías como Cristo hizo la Suya. Para Su gloria, manifestémonos y aparezcámonos a otros. ¡Gloria al Salvador moribundo! ¡Toda alabanza sea dada al grandioso Sacrificio!

¡Oh, que estas pobres palabras débiles mías motiven algún interés en ustedes, acerca de nuestro Señor agonizante! Estén listos a morir por Él. Y ustedes que todavía no lo conocen, piensen en este grandioso misterio: que Dios tomó la naturaleza de ustedes y se hizo hombre y murió, para que ustedes no mueran; y cargó con su pecado para que ustedes fueran liberados de él. Vengan y confíen en mi Señor hoy, se los suplico. Mientras el pueblo de Dios se reúne a la mesa para partir el pan, que sus espíritus se dirijan con prontitud, no a la mesa ni al sacramento, sino al propio Cristo y a Su sacrificio. Amén.

Porción de la Escritura leída antes del sermón: Mateo 27: 35-54.

Nota del traductor: Kohinoor: diamante hindú del tamaño de un pulgar, de 186 quilates (38 gramos de peso). Es uno de los 2,800 diamantes de la corona de la Reina de Inglaterra.