La Justificación por Gracia

El monte del consuelo es el monte del Calvario; la casa de consolación está construida con la madera de la cruz; el templo de licores celestiales tiene su fundamento sobre la roca hendida, hendida por la lanza que traspasó Su costado. Ninguna escena de la historia sagrada alegra jamás el alma como la escena del Calvario.

“¿No es extraño, que la hora más oscura
Que alguna vez amaneció en la tierra pecaminosa
Toque el corazón con un poder más suave
Para consolarlo, que la alegría de un ángel?
¿Que mire mejor a la cruz el ojo que lamenta,
Que al lugar donde las estrellas de Belén brillan?

En ninguna otra parte puede el alma encontrar consuelo jamás, sino en ese lugar donde la miseria reinó, donde la aflicción triunfó, y donde la agonía alcanzó su clímax. Allí la gracia ha excavado una fuente que siempre fluye con aguas puras como el cristal, y cada gota es capaz de aliviar los dolores y las agonías de la humanidad. Ustedes han tenido sus épocas de dolor, mis hermanos y hermanas en Cristo Jesús; y ustedes confesarán que no fue en el Monte de los Olivos donde encontraron consuelo, ni tampoco en el Monte Sinaí, ni en el Tabor; más bien Getsemaní, Gabata, y el Gólgota han sido los instrumentos de consuelo para ustedes. Las hierbas amargas de Getsemaní con frecuencia han quitado las amarguras de sus vidas; el flagelo de Gabata a menudo ha ahuyentado con el látigo sus preocupaciones, y los gemidos del Calvario han hecho huir a todos los otros gemidos.

Entonces esta mañana tenemos un tema que confío será el instrumento de consuelo de los santos de Dios, viendo que surge en la cruz, y a partir de allí corre en un arroyuelo rico en bendiciones perennes para todos los creyentes. Observen que tenemos en nuestro texto, primero que nada, la redención de Cristo Jesús; en segundo lugar, la justificación de los pecadores que fluye de esa redención; y luego, en tercer lugar; la manera de dar esta justificación, “gratuitamente por su gracia.”

I. Entonces, primero, tenemos LA REDENCIÓN QUE ES EN O POR CRISTO JESÚS.

La figura de la redención es muy sencilla, y ha sido utilizada con mucha frecuencia en la Escritura. Cuando un prisionero ha sido capturado y sometido a esclavitud por algún poder bárbaro, ha sido usual, antes de que pueda ser liberado, que se pague un precio de rescate. Ahora, nosotros, como estamos inclinados a la culpabilidad por la caída de Adán, y somos por tanto virtualmente culpables, fuimos entregados a la venganza de la ley por el irreprochable juicio de Dios; fuimos entregados en manos de la justicia; las justicia nos reclamó como sus esclavos para siempre, a menos que pudiéramos pagar un rescate mediante el cual nuestras almas pudieran ser redimidas. Ciertamente nosotros éramos pobres como los hijuelos del búho, no teníamos con qué bendecirnos a nosotros mismos. Éramos, como nuestro himno lo ha expresado, “deudores en bancarrota;” nuestra casa fue embargada; todo lo que teníamos fue vendido; nos quedamos desnudos, y pobres y miserables, y por ningún medio podíamos encontrar una recompensa; y justo en ese momento, Cristo entró y se hizo nuestro patrocinador, y, en el lugar y posición de todos los creyentes, pagó el precio del rescate para que nosotros pudiéramos en esa hora ser liberados de la maldición de la ley y de la venganza de Dios, y seguir nuestro camino, limpios, libres, y justificados por Su sangre.

Permítanme mostrarles algunas de las cualidades de la redención que es en Cristo Jesús. Ustedes recordarána la multitud que Él ha redimido; no solamente yo, ni solamente tú, sino “una gran multitud, la cual nadie podía contar,” que excederá en número a las estrellas del cielo, que no pueden ser contadas por los mortales.

Cristo ha comprado para Sí a algunos de cada reino, y de cada nación, y lengua, bajo el cielo; Él ha redimido de entre los hombres a algunos de cada rango, desde el más elevado hasta el más bajo; a algunos de cada color: blancos y negros; a algunos de cada posición en la sociedad; a los mejores y a los peores. Jesucristo se ha entregado a Sí mismo por algunos provenientes de todas las categorías, para que puedan ser redimidos para Él.

Ahora, en relación a este rescate, tenemos que observar que se pagó todo, y todo fue pagado de una vez. Cuando Cristo redimió a Su pueblo, lo hizo por completo; no dejó ni una sola deuda sin pagar, ni ningún pequeño saldo para ser pagado después. Dios demandó de Cristo el pago de los pecados de todo Su pueblo; Cristo intervino y pagó hasta el último centavo que Su pueblo debía. El sacrificio del Calvario no fue un pago parcial; no fue una exoneración parcial, sino que fue un pago completo y perfecto, y obtuvo una completa y perfecta remisión de todas las deudas de todos los creyentes que han vivido, que viven o que vivirán hasta el fin de los tiempos.

En ese día que Cristo colgó en la cruz, no dejó ningún saldo que nosotros tuviéramos que pagar como una satisfacción para Dios; no dejó absolutamente nada, desde un hilo hasta el cordón de los zapatos, que Él no haya satisfecho. Todas las demandas de la ley fueron pagadas, en ese momento y en ese lugar por Jehová Jesús, el gran Sumo Sacerdote de todo Su pueblo. Y bendito sea Su nombre, lo pagó todo de una vez. El rescate fue tan invaluable, tan digno de un príncipe, y tan generoso fue el precio demandado por nuestras almas, que uno pensaría que hubiera sido maravilloso si Cristo lo hubiera pagado en abonos; parte ahora y parte después.

Los rescates de los reyes a veces han sido pagados en parte con un pago inicial, y luego en abonos durante un plazo de años. Pero no sucede así con nuestro Salvador: de una vez por todas Él se dio a Sí mismo como sacrificio; de inmediato contó el precio, y dijo: “Consumado es,” no quedando nada adicional que Él tuviera que hacer, ni nada que nosotros tuviéramos que llevar a cabo. Él no abonó un pago parcial, y luego declaró que vendría de nuevo a morir, o que sufriría de nuevo, o que obedecería de nuevo; sino que liquidó en el acto, hasta el último centavo, el rescate de todo el pueblo, y se le dio el recibo del pago total, y Cristo clavó ese recibo en Su cruz, y dijo: “Consumado es, consumado es; he suprimido el manuscrito de las ordenanzas, lo he clavado en la cruz. ¿Quién es el que condenará a Mi pueblo, o le levantará algún cargo? ¡Pues yo deshice como una nube tus rebeliones, y como niebla tus pecados!”

Y cuando Cristo pagó todo este rescate, observen bien, que ¡Él lo hizo todo por Sí mismo! Él fue muy especial acerca de eso. Simón, el Cireneo, pudo haber llevado la cruz; pero Simón, el Cireneo, no podía ser clavado en ella. Ese círculo sagrado del Calvario estaba reservado exclusivamente para Cristo. Dos ladrones estaban con Él allí; ni había en ese lugar hombres justos, para que nadie dijera luego que la muerte de esos dos hombres justos ayudó al Salvador. Dos ladrones estaban colgados con Él, para que los hombres pudieran ver que había majestad en Su miseria, y que Él podía perdonar a los hombres y manifestar Su soberanía, aun cuando se estaba muriendo. No había hombres justos que sufrieran; ninguno de Sus discípulos compartió Su muerte. Pedro no fue arrastrado allí para ser decapitado. Juan no fue clavado a una cruz al lado de Él. Fue dejado solo allí.

Él dice: “He pisado yo solo el lagar, y de los pueblos nadie había conmigo.” El total de la tremenda deuda fue puesto sobre Sus hombros; todo el peso de los pecados de todo Su pueblo fue colocado sobre Él. Una vez pareció tambalearse bajo ese peso: “Padre mío, si es posible.” Pero luego se puso firme: “pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.” Todo el castigo de Su pueblo fue destilado en una sola copa; ningún mortal podría darle ni siquiera un sorbo. Cuando Él se llevó la copa a Sus labios, era tan amarga, que casi la rechazó: “pase de mí esta copa.” Pero Su amor por Su pueblo era tan grande, que tomó la copa con Sus dos manos, y

“De un solo sorbo de amor
Bebió hasta el fondo la condenación,”

por todo Su pueblo. La tomó toda, lo soportó todo, lo sufrió todo; de tal forma que ahora y por siempre no hay llamas del infierno para ellos, no hay potros de tormento; no tienen aflicciones eternas; Cristo ha sufrido todo lo que ellos deberían haber sufrido, y ellos deben salir, y saldrán libres. El trabajo fue llevado a cabo completamente por Él mismo, sin ayuda de nadie.

Y además observen que fue aceptado. Verdaderamente fue un rescate excelente. ¿Qué podría igualarlo? Un alma que “está muy triste, hasta la muerte;” un cuerpo desgarrado por la tortura; una muerte del tipo más inhumano; y una agonía de tal carácter que la lengua no puede mencionar, ni la mente de un hombre puede imaginar su horror. Fue un precio muy bueno. Pero pregunto: ¿fue aceptado? Ha habido precios que se han pagado algunas veces, o más bien que se han ofrecido, que nunca fueron aceptados por las personas a quienes se les había ofrecido, y por eso el esclavo no obtuvo su libertad. Pero este rescate sí fue aceptado.

La evidencia es clara. Cuando Cristo declaró que Él pagaría la deuda por todo Su pueblo, Dios envió al oficial para que lo arrestara; lo arrestó en el huerto de Getsemaní, y prendiéndolo lo arrastró al pretorio de Pilato, a casa de Herodes, y al tribunal de Caifás; el pago fue hecho por completo, y Cristo fue puesto en el sepulcro. Estuvo allí, encerrado en prisión vil, hasta que la aceptación fuera ratificada en el cielo. Durmió allí durante tres días en Su tumba. Fue declarado que la ratificación fuera esta: el fiador quedaría en libertad tan pronto como sus compromisos de la fianza fuesen cumplidos. Ahora dejen que sus mentes visualicen a Jesús enterrado. Él está en el sepulcro. Es cierto que Él ha pagado toda la deuda, pero el recibo no ha sido entregado todavía; Él duerme en esa estrecha tumba. Encerrado allí con un sello sobre una piedra gigante, duerme todavía en Su tumba; la aceptación de Dios todavía no ha sido otorgada. Los ángeles todavía no han descendido del cielo para decir: “la obra está hecha, Dios ha aceptado Tu sacrificio.” Ahora es la crisis de este mundo; oscila tambaleante en la balanza. ¿Aceptará Dios el rescate o no? Veremos. Un ángel desciende del cielo con un resplandor intenso; remueve la piedra; y sale el cautivo, sin vendas en Sus manos, habiendo dejado atrás Su indumentaria fúnebre; libre, para no sufrir nunca más, para no morir nunca más. Ahora,

“Si Jesús no hubiera pagado la deuda,
Nunca habría sido puesto en libertad.”

Si Dios no hubiera aceptado Su sacrificio, Él estaría en Su tumba en este momento; nunca se hubiera levantado de Su tumba. Pero Su resurrección fue una señal de que Dios lo había aceptado. Dijo: “He tenido una reclamación contra Ti hasta esta hora; esa reclamación ha sido satisfecha ahora; eres libre.” La muerte entregó a su cautivo real, la piedra fue rodada y el conquistador salió llevando cautiva a la cautividad.

Y además, Dios dio una segunda prueba de aceptación; pues llevó al cielo a Su unigénito Hijo, y lo sentó a Su diestra, muy por encima de los principados y potestades; y por medio de eso quiso decirle: “Siéntate en el trono, pues has hecho la obra poderosa; todas tus obras y todas tus miserias son aceptadas como el rescate de los hombres.” Oh, amados míos, piensen qué escena tan maravillosa debe haber sido cuando Cristo ascendió a la gloria. ¡Qué noble certificado de la aceptación de Su Padre! ¿No les parece contemplar la escena en la tierra? Es muy simple. Unos cuantos discípulos están sobre una colina, y Cristo comienza a ascender con un movimiento lento y solemne, como si un ángel Lo impulsara con suavidad gradualmente, como niebla o vapor que se levanta de un lago hasta los cielos. ¿Pueden imaginar lo que sucedía allá a lo lejos? Pueden concebir por un momento cómo, cuando el poderoso conquistador entró por las puertas del cielo, los ángeles lo recibieron,

“Trajeron su carroza de lo alto,
Para transportarlo a Su trono;
Batieron sus triunfantes alas, y exclamaron,
‘La obra grandiosa ya está hecha.'”

¿Pueden imaginar cómo resonaban los aplausos cuando Él entró por las puertas del cielo? ¿Pueden concebir cómo se empujaban unos a otros para ver cómo se aproximaba Él, vencedor y sangrante de la batalla? ¿Ven a Abraham, Isaac, Jacob, y a todos los santos redimidos, reunidos para contemplar al Salvador y al Señor? Ellos habían deseado verlo, y ahora sus ojos Lo contemplaban en carne y sangre, ¡el conquistador de la muerte y del infierno! ¿Pueden verlo, con el infierno sujetado a las ruedas de Su carruaje, arrastrando a la muerte cautiva a través de las calles reales del cielo? ¡Oh, qué espectáculo había allí ese día! Ningún guerrero romano obtuvo jamás un triunfo así; nadie vio jamás un espectáculo tan majestuoso. La pompa de todo el universo, la realeza de la creación entera, los querubines y los serafines, y todos los poderes creados, se maravillaron ante esa escena. Y Dios mismo, el Eterno, coronó todo cuando estrechando a Su Hijo contra Su pecho, dijo: “Bien hecho, bien hecho; has finalizado la obra que Te encomendé. Quédate para siempre, mi Amado.”

¡Ah! Pero Él nunca habría tenido ese triunfo si no hubiera pagado toda la deuda. A menos que Su Padre hubiera aceptado el precio del rescate, el rescatador nunca hubiera sido honrado de tal manera; pero debido a que fue aceptado, por eso Él triunfó así. Suficiente, entonces, en lo que concierne al rescate.

II. Y ahora, con la ayuda del Espíritu de Dios, voy a referirme al EFECTO DEL RESCATE; siendo justificados: “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención.”

Ahora, ¿cuál es el significado de justificación? Los teólogos los confundirán, si les preguntan. Voy a hacer mi mejor esfuerzo para explicar la justificación de manera sencilla y simple, para que me entienda inclusive un niño. No hay tal cosa como una justificación que pueda ser obtenida en la tierra por los hombres, excepto de una sola manera. La justificación, ustedes saben, es un término forense; siempre es empleado en un sentido legal. Un prisionero es traído al tribunal de justicia para ser juzgado. Sólo hay una forma en que ese prisionero puede ser justificado; esto es, no debe ser encontrado culpable; y si no es encontrado culpable, entonces es justificado: esto es, se ha demostrado que es un hombre justo.

Si ese hombre es encontrado culpable, no puede ser justificado. La Reina puede perdonarlo, pero ella no puede justificarlo. Sus hechos no son justificables, si fuera culpable de ellos; y él no puede ser justificado por ellos. Puede ser perdonado; pero ni la realeza misma podrá jamás lavar el carácter de ese hombre. Es tan criminal cuando es perdonado como lo era antes de ser perdonado. No hay ningún medio entre los hombres de justificar a un hombre de una acusación que es levantada en su contra, excepto cuando se demuestra que no es culpable.

Ahora, la maravilla de maravillas es que se ha demostrado que somos culpables, y sin embargo somos justificados: se ha leído el veredicto en contra nuestra de: culpables; y sin embargo, a pesar de ello, somos justificados. ¿Puede algún tribunal terrenal hacer eso? No, la redención de Cristo logró eso que es una imposibilidad para cualquier tribunal de la tierra. Todos nosotros somos culpables. Lean el versículo 23 que precede inmediatamente al texto: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios.” Allí es presentado el veredicto de culpables, y sin embargo inmediatamente después se dice que somos justificados gratuitamente por Su gracia.

Ahora, permítanme explicarles cómo justifica Dios al pecador. Voy a suponer un caso imposible. Un prisionero ha sido juzgado y condenado a muerte. Él es un hombre culpable; él no puede ser justificado porque es culpable. Pero ahora, supongan por un momento que pudiera ocurrir algo así: que alguien más pudiera participar, y que pudiera asumir toda la culpa de ese hombre, que pudiera ponerse en su lugar y por algún proceso misterioso, que por supuesto es imposible entre los hombres, se convirtiera en ese hombre; o tomara sobre sí el carácter de ese hombre; él, el hombre justo, pone al rebelde en su lugar, y convierte al rebelde en un hombre justo. Nosotros no podemos hacer eso en nuestras cortes.

Si yo me presentara ante un juez, y él decidiera que debe encarcelarme durante un año en vez de un desgraciado que fue condenado ayer a un año de prisión, yo no podría asumir su culpa. Podría sufrir su castigo, pero no podría llevar su culpa. Ahora, lo que la carne y la sangre no pueden hacer, eso hizo Jesucristo mediante Su redención. Aquí estoy yo, el pecador. Yo me refiero a mí mismo como representando a todos ustedes. Estoy condenado a muerte. Dios dice: “Voy a condenar a ese hombre; debo, quiero y lo voy a castigar.” Cristo interviene, me hace a un lado, y se pone en mi lugar. Cuando se pide que hable el reo, Cristo dice: “Culpable;” y hace que mi culpa sea suya. Cuando se va a aplicar el castigo, Cristo se presenta. Dice: “castígame a Mí,” “he puesto mi justicia en ese hombre, y Yo he tomado sobre Mí los pecados de ese hombre. Padre, castígame a Mí y considera a ese hombre como si fuera Yo. Deja que él reine en el cielo; y que yo sufra sus miserias. Déjame que Yo soporte su maldición, y que él reciba mi bendición.” Esta maravillosa doctrina del intercambio de lugares entre Cristo y los pobres pecadores, es una doctrina de revelación, pues no habría podido ser concebida por la naturaleza humana.

Permítanme que lo explique de nuevo, no sea que no quedó muy claro. La forma en que Dios salva a un pecador no es, como dicen algunos, ignorando el castigo. No; el castigo ha sido cumplido por completo. Es colocando a otra persona en el lugar del rebelde. El rebelde debe morir; Dios dice que debe morir. Cristo dice: “Yo seré el sustituto del rebelde. El rebelde tomará mi lugar y Yo tomaré el suyo.” Dios consiente a esto. Ningún monarca de la tierra tendría poder para dar su consentimiento a un cambio así. Pero el Dios del cielo tenía el derecho de hacer lo que Él quisiera. En su infinita misericordia dio su beneplácito al arreglo. “Hijo de mi amor,” dijo, “debes colocarte en el lugar del pecador; debes sufrir lo que correspondía sufrir a él; debes ser considerado culpable, tanto como él fue considerado culpable; y después voy a ver al pecador bajo otra luz. Lo veré como si fuera Cristo; lo aceptaré como si fuera mi unigénito Hijo, lleno de gracia y de verdad. Le daré una corona en el cielo y lo llevaré en Mi corazón por toda la eternidad.” Esta es la forma en que somos salvados, “siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.”

Y ahora proseguimos a explicar algunas de las características de esta justificación. En el momento en que un pecador arrepentido es justificado, recuerden, él es justificado en relación a todos sus pecados. He aquí un hombre plenamente culpable. En el instante en que cree en Cristo, recibe su perdón de inmediato, y sus pecados ya no son más suyos; son arrojados a las profundidades del mar. Fueron puestos sobre los hombros de Cristo y han desaparecido. Ahora es un hombre justo a los ojos de Dios, y acepto en el Amado. “¡Cómo!”, dicen, “¿quieres decir eso literalmente?” Así es, en efecto. Esa es la doctrina de la justificación por la fe.

El hombre deja de ser considerado por la justicia divina como un ser culpable. En el instante en que él cree en Cristo toda su culpa es quitada. Pero voy un paso más allá. En el momento que el hombre cree en Cristo, deja de ser considerado culpable desde la perspectiva de Dios. Y lo que es más, se vuelve justo, se vuelve meritorio. Pues en el instante en que Cristo toma sus pecados, él toma la justicia de Cristo; así que cuando Dios mira al pecador que sólo una hora antes estaba muerto en pecados, ahora lo contempla con tanto amor y afecto como siempre miró a Su Hijo. Él mismo lo ha dicho: “Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado”.

Él nos ama tanto como su Padre Le ama a Él. ¿Pueden creer en una doctrina como ésa? ¿No sobrepasa a todo pensamiento? Pues bien, es una doctrina del Espíritu Santo; la doctrina mediante la cual debemos esperar ser salvados. ¿Podría yo ilustrar mejor este pensamiento para cualquier persona no instruida? Les voy a decir la parábola que encontramos en los profetas, la parábola de Josué el sumo sacerdote. Josué entra vestido con ropas inmundas; esas ropas inmundas representan sus pecados. Quítenle esas ropas inmundas; ese es el perdón. Pongan una mitra en su cabeza, vístanlo con ropajes reales, háganlo rico y apreciable: eso es la justificación.

Pero, ¿de dónde salen estas ropas, y a dónde van a parar esos harapos? Los harapos que Josué vestía pasan a Cristo, y con las vestiduras de Cristo se viste Josué. El pecador y Cristo hacen exactamente lo que hicieron Jonatán y David; Jonatán dio su ropa David, y David dio a Jonatán sus vestidos; así también Cristo toma nuestros pecados, y nosotros tomamos la justicia de Cristo; y por medio de esta gloriosa sustitución e intercambio de lugares, los pecadores son liberados y son justificados por Su gracia.

“Pero”, dice alguien, “nadie es justificado así, sino hasta que se muera.” Créanme, lo es.

“El instante en que un pecador cree,
Y confía en su Dios crucificado,
Recibe de inmediato su perdón;
Salvación plena, mediante Su sangre.”

Si aquel joven por allá ha creído verdaderamente en Cristo hoy, habiéndose dado cuenta mediante una experiencia espiritual de lo que yo he intentado describir, está tan justificado ahora a los ojos de Dios como lo estará cuando esté ante el trono. Los espíritus gloriosos no son más aceptables a Dios en el cielo que el pobre hombre aquí en la tierra que ha sido justificado una vez por la gracia. Es una perfecta purificación, es un perfecto perdón, una perfecta imputación. Somos plenamente, libremente y totalmente aceptados por Cristo nuestro Señor.

Sólo una palabra más sobre esto, y dejaré el tema de la justificación. Quienes han sido justificados una vez, son justificados irreversiblemente. Tan pronto un pecador ocupa el lugar de Cristo, y Cristo toma el lugar del pecador, no hay temor de un segundo cambio. Si Jesús ha pagado la deuda una vez, la deuda está saldada y nunca más será presentada al cobro; si son perdonados, son perdonados de una vez y para siempre. Dios no otorga al pecador Su libre perdón firmado de Su puño y letra para retractarse más tarde y castigarle. Está lejos de Dios proceder de esta manera. Él dice: “He castigado a Cristo; tú puedes irte libremente”. Y después de esto “nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios”, porque “justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”.

Oigo que alguien exclama “Esa es una doctrina extraordinaria”. Bien, alguien puede pensar así; pero déjenme decirles que es una doctrina que profesan todas las iglesias protestantes, aunque no la prediquen. Es la doctrina de la iglesia anglicana; es la doctrina de Lutero; es la doctrina de la iglesia presbiteriana; es visiblemente la doctrina de todas las iglesias cristianas; y si resulta extraña a los oídos de ustedes, es porque no están acostumbrados a oír, y no porque la doctrina sea extraña. Es doctrina de la Santa Escritura que nadie puede condenar a quien Dios justifica, y nadie puede acusar a aquellos por los que Cristo ha muerto, pues están completamente liberados de pecado. Así que, como dice uno de los profetas, Dios “no ha notado iniquidad en Jacob, ni ha visto perversidad en Israel”. En el mismo instante en que ellos creen, sus pecados son imputados a Cristo, dejan de ser suyos, y la justicia de Cristo les es imputada y contada como suya, de manera que son aceptados.

III. Y ahora voy a terminar con un tercer punto, el cual espero exponer brevemente y con mucho denuedo: LA FORMA DE OTORGAR ESTA JUSTIFICACIÓN.

John Bunyan diría que hay personas a quienes se les hace agua la boca por este gran don de la justificación. Algunos de mis lectores estarán diciendo: “¡Oh, si yo pudiera ser justificado! Pero, ¿podré serlo, amigo? He sido un borracho, he sido un blasfemo y todo lo ruin que pueda ser un hombre. ¿Acaso puedo ser justificado? ¿Tomará Cristo mis negros pecados y tomaré yo Sus blancas vestiduras?” Sí, pobre alma, si tú lo deseas, si Dios te ha hecho desearlo. Si confiesas tus pecados, Cristo está dispuesto a tomar tus harapos y a darte Su justicia para que sea tuya para siempre. “Bien, pero, ¿cómo se puede obtener?”, dirá alguno. “¿He de ser un santo varón durante muchos años para llegar a conseguirlo?” ¡Escucha!: “Gratuitamente por su gracia”, “gratuitamente”, porque no hay precio que pueda pagarlo; “por su gracia”, porque no es por nuestros méritos. “Pero yo he estado orando por ello y no creo que Dios me perdone si no hago algo para merecerlo.” Te digo, amigo, que si traes alguno de tus méritos, jamás serás perdonado. Dios otorga su justificación gratuitamente, y si tú traes algo para pagarla, te lo tirará a la cara, y no te dará Su justicia. Él la otorga gratuitamente.

El viejo Rowland Hill fue cierta vez a predicar a una feria. Observó cómo los comerciantes vendían sus mercancías en subasta pública. Entonces Rowland dijo: “Yo también voy a hacer una subasta en la que venderé vino y leche sin dinero y sin precio. Mis amigos allí, dijo, se esfuerzan porque ustedes puedan llegarles sus precios, mi problema es que yo no encuentro quién sea capaz de bajarse a los míos”. Y esto, mis queridos lectores, sucede con los hombres. Si yo predicara una justificación que se pudiera comprar con dinero, ¿quién se iría de aquí sin ser justificado? Si yo predicara una justificación que se puede obtener caminando cien kilómetros, ¿no nos convertiríamos en peregrinos cada uno de nosotros, mañana mismo? Si yo predicara una justificación que consistiera en flagelos y torturas, habría muy pocas personas que no aceptarían la tortura, y debo agregar que muy severamente.

Pero si se trata de una justificación que es gratuita, gratuita, gratuita, los hombres la desprecian. “¡Cómo!, ¿voy a obtenerla completamente gratis, sin que yo haga nada?” Así es; la debes obtener a cambio de nada, o jamás la tendrás: es “gratuita.” “Pero, ¿acaso no puedo ir a Cristo y apelar a su misericordia diciendo: Señor, justifícame, pues no soy tan malo como los demás?” Eso no te servirá de nada, porque es “por su gracia”. “Pero, ¿no podré albergar una esperanza porque voy a la iglesia dos veces al día?” No señor; es “por su gracia”. “Pero, ¿tampoco podré alegar que intento ser cada vez mejor.” No señor; es “por su gracia”. Insultas a Dios queriendo comprar Sus tesoros con tu dinero falso. ¡Oh, qué ideas tan pobres tienen los hombres sobre el valor del Evangelio de Cristo, cuando piensan que pueden comprarlo! Dios no aceptará las sucias monedas de ustedes para que compren el cielo. Una vez, un rico moribundo, creyó que podría comprar un lugar en el cielo construyendo por su cuenta una serie de asilos. Un buen hombre se aproximó a su lecho de enfermo y le preguntó: “¿Cuánto más va a dejar usted?” “Veinte mil libras.” “Esa cantidad no podría comprar el suficiente espacio para que sus pies puedan pisar el cielo, pues sus calles son de oro. ¿Qué valor puede tener su oro? Sería considerado como nada, cuando el suelo del cielo está empedrado con oro.”

No amigos míos; no podemos comprar el cielo ni con oro, ni con buenas obras, ni con oraciones, ni con nada. ¿Cómo habremos, pues, de conseguirlo? Con sólo pedirlo. Todos los que nos reconocemos pecadores, podemos tener a Cristo con sólo pedirlo. ¿Deseas tú tener a Cristo? ¡Puedes tener a Cristo! “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” Pero si tú te apegas a tus propios conceptos diciendo: “No, yo trataré de hacer muchas obras buenas, y luego voy a creer en Cristo”, te respondo, amigo mío, que serás condenado si crees en semejante engaño. Solemnemente te advierto que no puedes ser salvo de esa manera. “Bien, pero, ¿no he de hacer buenas obras?” Ciertamente que sí; pero no debes confiar en ellas. Debes confiar solamente en Cristo, y después haces las buenas obras. “Pero”, dice alguien, “yo creo que si hiciera algunas buenas obras me servirían de recomendación cuando me acercara a Cristo.” No sería así; no constituirían recomendación alguna. Supongan que un mendigo usando guantes blancos de piel fina se acercara a la casa de alguien diciendo que tiene mucha necesidad y que necesita una limosna. ¿Le servirían de recomendación sus guantes blancos para mover a alguien a la caridad?, ¿podrá servirle de recomendación para lograr limosna un lindo sombrero nuevo que se compró esta mañana? “No”, dirías: “¡Eres un miserable impostor!; no necesitas nada, y no obtendrás nada; ¡fuera de aquí!”

El mejor distintivo de un mendigo son los harapos; y el mejor ropaje para un pecador que vaya a Cristo, es ir tal cual es, sin otra cosa que rodeado de pecado. “Pero no, dice alguien, debo ser un poco mejor, y entonces creo que Cristo me salvará.” No podrás ser mejor por mucho que lo intentes. Además, usando una paradoja, si pudieras mejorar, estarías en desventaja, porque cuanto peor seas, tanto mejor serás para ir a Cristo. Si son completamente impíos, vengan a Cristo; si sienten su pecado y renuncian a él, vengan a Cristo; aunque hayan tenido el alma más perversa y vil, vengan a Cristo; si sienten que no tienen nada en ustedes que les pueda servir de recomendación, vengan a Cristo.

“Confía en Jesús, confía plenamente;
No dejes que se mezcle otra confianza.”

No digo esto para alentar a ningún hombre a que continúe en su pecado. ¡Dios no lo quiera! Si continúan en pecado, no deben venir a Cristo; no pueden, sus pecados se lo impedirán. No pueden venir a Cristo y ser libres, y continuar encadenados al remo de su galera, al remo de sus pecados. No, señores, es el arrepentimiento; es dejar inmediatamente sus pecados. Pero fíjense bien que ni el arrepentimiento, ni el dejar sus pecados, puede salvarlos. Es Cristo, Cristo, Cristo, solamente Cristo.

Pero sé que muchos de ustedes se irán y tratarán de construir su propia torre de Babel para llegar al cielo. Unos lo harán de una manera y otros de otra. Adoptarán ceremonias: pondrán como cimiento de la estructura la doctrina del bautismo infantil, y encima colocarán la confirmación y la cena del Señor. “Iré al cielo”, dicen; “¿acaso no guardo el Viernes Santo y el día de Navidad? Soy mejor que esos disidentes. Soy una persona sumamente extraordinaria. ¿Acaso no oro más que cualquiera?” Estarás largo tiempo empujando esa rueda de molino, sin que consigas avanzar una pulgada. No es éste el camino para llegar a las estrellas. Alguien dice: “Iré y estudiaré la Biblia y creeré en la sana doctrina; y no dudo que, creyéndola, seré salvo”. ¡En verdad que no lo serás! No serás más salvo por creer en la verdadera doctrina que por hacer buenas obras. “¡Vaya!”, dirá otro, “eso me gusta; creeré en Cristo y viviré como mejor me plazca.” ¡En verdad que no serás salvo!; porque si crees en Cristo, El no te dejará vivir como le plazca a tu carne; por medio del Espíritu te constreñirá a mortificar tus inclinaciones y concupiscencias. Si te concede la gracia de que creas, también te dará después la gracia de vivir una vida santa. Si te da la fe, te dará después buenas obras. No puedes creer en Cristo a menos que renuncies a cada pecado y decidas servirle con pleno propósito de corazón. Por último, creo oír a un pecador que dice: “¿Acaso es ésa la única puerta?, y ¿puedo aventurarme a pasar por ella? Entonces lo haré. Pero no lo comprendo muy bien; soy como el pobre Tiff en ese libro tan notable titulado ‘Dred’. Hablan mucho acerca de una puerta, pero yo no veo esa puerta; hablan mucho sobre un camino, pero no puedo verlo. Porque si el pobre Tiff pudiera ver el camino saldría por él con aquellos niños. Hablan de combates, pero no veo que nadie luche, de otro modo yo también combatiría.”

Permítanme que se los explique, pues. Encuentro en la Biblia: “Palabra fiel y digna de ser recibida de todos: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores”. ¿Qué otra cosa pueden hacer, sino creer en esto y confiar en Él? Nunca serán defraudados con una fe como ésta. Les voy a poner otro ejemplo que he utilizado cientos de veces, pero que volveré a utilizar por no poder encontrar otro mejor. La fe es algo parecido a esto: Es una historia que se cuenta de un capitán de barco de guerra, cuyo hijo, un muchacho joven, era muy aficionado a subir por el cordaje del buque. Una vez, persiguiendo a un mono, subió al mástil hasta alcanzar la plancha mayor sobre el mástil. Y como ustedes saben, esa plancha es como una gran mesa redonda puesta sobre el mástil; así que, cuando el joven estuvo allí, tenía espacio suficiente; pero la dificultad estaba, usando la mejor explicación que puedo, en que no podía alcanzar el mástil que estaba debajo de esa plataforma, pues su estatura no le permitía descolgarse por la plancha, alcanzar el mástil y bajar. Allí estaba en esa plancha de madera; se las había arreglado para llegar allí, de alguna manera u otra, pero le era imposible bajar. Su padre se dio cuenta y quedó horrorizado; ¿qué debía hacer? ¡En unos instantes su hijo caería y quedaría destrozado! Estaba aferrado a la plataforma con todas sus fuerzas, pero en pocos segundos caería sobre la cubierta convirtiéndose en una masa informe. El capitán pidió un megáfono, y llevándoselo a la boca gritó: “¡Muchacho, la próxima vez que el barco se incline lo suficiente, lánzate al mar!” Era en verdad su única salvación; podía ser rescatado del agua, pero jamás se salvaría si caía sobre cubierta. El pobre muchacho miró al mar; la altura era impresionante, no podía soportar la idea de arrojarse a la corriente que rugía allá abajo; le pareció brava y peligrosa. ¿Cómo podría lanzarse a ella? Y así se aferró con todas sus fuerzas a la plataforma, aunque no había duda que pronto se soltaría y perecería. El padre pidió una pistola, y apuntando al muchacho dijo: “Muchacho, la próxima vez que el barco se incline, lánzate al mar, o si no te disparo.” El chico sabía que su padre cumpliría su palabra, y así, cuando el barco se inclinó hacia un costado, se lanzó al mar. Los robustos brazos de los marineros fueron tras él, y lo rescataron, subiéndole a cubierta.

Como aquel joven, nosotros nos encontramos por naturaleza en una posición de peligro extremo, del cual, ni ustedes ni yo tenemos la menor posibilidad de escapar por nosotros mismos. Desafortunadamente, tenemos algunas buenas obras propias a las que, como aquella plataforma, nos aferramos de forma tan entrañable que no las soltaremos nunca. Cristo sabe que, si no las soltamos, terminaremos hechos pedazos, pues esa confianza putrefacta nos destruirá. Y por eso dice: “Pecador, abandona esa confianza en tus propias obras, y arrójate en el mar de mi amor.” Nosotros miramos hacia abajo diciendo: “¿Podré ser salvo confiando en Dios? Parece como si estuviera disgustado conmigo, y no podría confiar en Él”. ¡Ah!, ¿no te persuadirá el tierno grito de la misericordia?: “El que creyere será salvo.” ¿Acaso es necesario que te apunte con el arma de la destrucción?: “El que no creyere será condenado.” Ahora te encuentras en la misma posición que aquel joven; te hallas en una situación que encierra un peligro inminente, y despreciar el consejo del Padre es motivo de la más terrible alarma, y hace que tu peligro se agrave. ¡Debes hacerlo, o de otro modo morirás! ¡Deja de aferrarte! La fe consiste en que un pecador se suelte de su asidero y se deje caer, y así es salvado. Y aquello que parecía ser su destrucción es el medio de su salvación. Crean en Cristo, oh, pobres pecadores, crean en Cristo. Ustedes que conocen su culpa y su miseria, arrójense sobre Él; vengan y confíen en mi Señor, y como Él vive, ante quien estoy, nunca confiarán en Él en vano; sino que serán perdonados, y proseguirán su camino gozándose en Cristo Jesús.