La Excelencia Superlativa del Espíritu Santo

Los santos de Dios pueden estimar sus pérdidas como ganancias mayores con toda razón. Las adversidades de los creyentes ministran a su prosperidad en gran manera. Aunque nosotros sabemos ésto, sin embargo, por la debilidad de la carne, temblamos ante las aflicciones que enriquecen el alma, y tememos contemplar los negros barcos que nos traen esos cargamentos de oro como tesoro. Cuando el Espíritu Santo santifica el horno, el fuego refina nuestro oro y consume nuestra escoria; sin embargo, al torpe mineral de nuestra naturaleza le desagradan los carbones ardientes, prefiriendo permanecer enterrado en las oscuras minas de la tierra. Nosotros actuamos como los niños necios que lloran porque se les ordena que tomen la medicina que sanará sus enfermedades.

Sin embargo, nuestro Salvador lleno de gracia nos ama demasiado sabiamente como para evitarnos el problema en razón de nuestros temores infantiles; Él ve anticipadamente el bien que nos proporcionarán nuestras aflicciones, y por tanto nos sume en ellas motivado por Su sabiduría y verdadero afecto.

Para estos primeros apóstoles era un problema muy grave perder a su maestro y amigo. La tristeza invadía sus corazones al pensar que Él partía, pero sin embargo Su partida les proporcionaría la grandísima bendición del Espíritu Santo. Por esta razón, ni sus súplicas ni sus lágrimas podían impedir la temida separación. Cristo no iba a gratificar sus deseos a cuenta de un costo muy grande como era la retención del Espíritu. A pesar que los apóstoles se dolían tanto con esa prueba tan severa, Jesús no permanecería con ellos, porque Su partida era conveniente en grado sumo. Amados hermanos, nosotros debemos esperar ser objeto de esa misma disciplina amorosa. Sepamos que vamos a perder condiciones felices y gozos selectos cuando Jesús sabe que la pérdida nos beneficiará más que el gozo.

Dios ha dado dos grandes dones a Su pueblo: primero, nos dio a Su Hijo; segundo, nos dio a Su Espíritu. Después que nos hubo dado a Su Hijo para que se encarnara, para que obrara justicia y ofreciera una expiación por nosotros, ese regalo fue entregado completo, y no quedó nada pendiente a ese respecto. “Consumado es,” proclamó la plenitud de la expiación, y Su resurrección mostró la perfección de la justificación. Entonces no era necesario que Cristo permaneciera más tiempo sobre la tierra pues Su obra aquí abajo estaba terminada para siempre.

Ahora es el tiempo para el segundo don, la venida del Espíritu Santo. Éste no podía ser otorgado antes que Cristo hubiese ascendido, pues este escogidísimo favor estaba reservado para adornar con el más elevado honor la ascensión triunfante del grandioso Redentor. “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.” Esta fue, según nos informa Pedro, la grandiosa promesa que Jesús recibió de Su Padre. “Así que, exaltado por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.”

Para que Su entrada triunfal en el cielo pudiera ser sellada con insigne gloria, los dones de Espíritu de Dios no podían ser esparcidos entre los hijos de los hombres hasta que el Señor hubiera subido con voz de mando, con sonido de trompeta. Al haberse otorgado el primer don, se volvió necesario que Aquél cuya persona y obra constituyen esa bendición que no tiene precio, se tuviera que retirar para tener el poder para distribuir el segundo beneficio por cuyo único medio el primer don se vuelve de algún servicio para nosotros. Cristo crucificado no tiene ningún valor práctico para nosotros sin la obra del Espíritu Santo; y la expiación que Jesús realizó no puede salvar nunca ni una sola alma, a menos que el bendito Espíritu de Dios la aplique al corazón y a la conciencia.

Jesús no es visto nunca mientras el Espíritu Santo no abra el ojo: el agua del pozo de la vida no es recibida nunca mientras el Espíritu Santo no la haya sacado de las profundidades. Como medicina que no es usada porque carece de una prescripción médica; como manjares que no han sido probados porque están fuera del alcance de las personas; como tesoro que no es valorado porque está escondido bajo tierra; así es Jesús el Salvador, hasta que el Espíritu nos enseña a conocerlo, y aplica Su sangre a nuestras almas.

Es para honrar al Espíritu Santo que yo deseo hablar esta mañana, y oh, que la misma lengua de fuego que se asentó en otros tiempos sobre los apóstoles descanse ahora sobre el predicador, y que la Palabra venga con poder a nuestros corazones.

I. Vamos a comenzar nuestro sermón comentando que LA PRESENCIA CORPORAL DE CRISTO DEBE HABER SIDO SUMAMENTE PRECIOSA.

Únicamente quienes aman a Cristo pueden decir cuán preciosa es. El amor desea estar siempre con el objeto amado y su ausencia causa dolor. El significado pleno de la expresión: “El dolor ha invadido su corazón,” lo conocen únicamente quienes anticipan una dolorosa separación de esa clase. Jesús se había convertido en el gozo de sus ojos, en el sol de sus días, en la estrella de sus noches: como la esposa, al regresar del campo, ellos se apoyaban sobre su amado. Eran como niños pequeñitos, y ahora que su Dios y Señor se iba, ellos se quedaban como huérfanos.

Hacían bien en sentir mucha tristeza de corazón. Hay tanto amor, hay tanto dolor, cuando el objeto del amor se va. Juzguen ustedes, hermanos míos, el gozo que la presencia corporal de Cristo nos daría esta mañana y luego ustedes podrán decir cuán preciosa debe ser. ¿Acaso algunos de nosotros no hemos estado esperando por años la venida de Cristo? Hemos alzado nuestros ojos en la mañana y hemos dicho: “Tal vez Él vendrá hoy,” y cuando el día ha concluído, hemos continuado nuestra espera en nuestras horas de insomnio, y nuestras esperanzas han sido renovadas cuando sale el sol otra vez. Nosotros Lo esperamos con mucho anhelo de acuerdo a Su promesa; y como hombres que aguardan a su Señor, estamos con nuestros lomos ceñidos esperando Su aparición. Estamos esperando y nos apresuramos al día del Señor. Esta es la radiante esperanza que levanta el ánimo de los cristianos, la esperanza que el Salvador descenderá para reinar entre Su pueblo gloriosamente. Supongan que Él se apareciera súbitamente en esta plataforma ahora; imagínense cómo le aplaudiríamos. Vamos, el que fuere cojo, ante el gozo de Su advenimiento, saltaría como una liebre, y hasta el sordo podría cantar lleno de alegría. ¡La presencia del Señor! ¡Qué felicidad! ¡Ven pronto! ¡Ven pronto, Señor Jesús! Debe ser realmente algo precioso gozar de la presencia corporal de Cristo.

Piensen en la gran ventaja que sería en la instrucción de Su pueblo. Ningún misterio podría confundirnos si lo refiriéramos todo a Él. Las disputas de la Iglesia cristiana pronto llegarían a su fin, pues Él nos diría más allá de toda contienda el significado de Su Palabra. No habría a partir de ese momento ningún desaliento para la Iglesia en su obra de fe o en su trabajo de amor, pues la presencia de Cristo sería el fin de todas las dificultades y la conquista segura de todos los enemigos. No tendríamos que dolernos, como lo hacemos ahora, de nuestro olvido de Jesús, pues podríamos verlo algunas veces; y una mirada a Él nos proporcionaría una buena provisión de gozo, de tal forma que como el profeta de Horeb, podríamos aguantar cuarenta días con la fuerza de ese alimento.

Sería un experiencia deliciosa saber que Cristo está en algún lugar de la tierra, pues entonces Él asumiría la supervisión personal de Su Iglesia universal. Él podría advertirnos de los apóstatas; podría rechazar a los hipócritas; consolaría a los débiles de mente, y reprendería a los que yerran. Cuán deleitable sería verlo caminar por en medio de los candeleros de oro, sosteniendo a las estrellas con Su diestra. Entonces las iglesias no necesitarían ser subdivididas ni fracturadas por causa de perversas pasiones. Cristo crearía la unidad. El cisma dejaría de existir y la herejía sería desarraigada. La presencia de Jesús, cuyo rostro es como el sol brillando en su cenit, haría madurar todos los frutos de nuestro jardín, consumiría todas las malas hierbas y daría vida a todas las plantas. La espada de dos filos en Su boca destruiría a Sus enemigos, y Sus ojos de fuego avivarían las santas pasiones de Sus amigos.

Pero quisiera comentar algo sobre este punto, porque en él la imaginación se ejercita a sí misma a costa del buen juicio. Yo me pregunto si el deleite que nos ha provocado en este momento el pensamiento que Cristo estuviera aquí en Su presencia corporal, no tendrá en sí levadura de carnalidad. Yo me pregunto si la Iglesia está ya preparada para gozar de la presencia corporal de su Salvador, sin caer en error al conocerlo según la carne. Puede ser que se necesiten siglos de educación antes que la Iglesia esté preparada para ver otra vez a su Salvador en la carne, sobre la tierra, porque yo veo en mí mismo (y yo supongo que sucede lo mismo con ustedes) que mucho del deleite que yo espero que me vendrá de la compañía de Cristo, es conforme a lo que ven los ojos y al juicio de la mente; y la vista siempre es la marca y el símbolo de la carne.

II. Sin embargo, abandonando ese punto, venimos ahora al segundo, que es, QUE LA PRESENCIA DEL CONSOLADOR, COMO LA TENEMOS EN LA TIERRA, ES MUCHO MEJOR QUE LA PRESENCIA CORPORAL DE CRISTO.

Nos hemos imaginado que la presencia corporal de Cristo nos traería mucha bendición y nos conferiría innumerables beneficios; pero de acuerdo a nuestro texto, la presencia del Espíritu Santo que obra en la Iglesia es más conveniente para ella. Pienso que esto les quedará muy claro, si lo consideran por un momento: que la presencia corporal de Cristo en la tierra, independientemente de cuán buena pueda ser para la Iglesia, implicaría muchos inconvenientes en nuestra presente condición, inconvenientes que son evitados por Su presencia a través del Espíritu Santo.

Cristo, siendo verdaderamente hombre, en cuanto a Su humanidad debería habitar en un cierto lugar, y para poder ir a Cristo sería necesario que nosotros viajáramos a Su lugar de residencia. Conciban a todos los hombres forzados a viajar desde los confines de la tierra para visitar al Señor Jesucristo que habitaría en el Monte Sión, o en la ciudad de Jerusalén. Qué viaje tan largo sería ese para quienes viven en los últimos rincones del mundo. Indudablemente ellos se embarcarían con gozo en ese viaje, y como la paz sería universal, y la pobreza estaría erradicada, los hombres no tendrían ninguna restricción para hacer un viaje así; todos podrían realizarlo; sin embargo, como no todos vivirían allí donde podrían ver a Cristo cada mañana, tendrían que contentarse con darle una mirada de vez en cuando. En cambio, vean, hermanos míos, el Espíritu Santo, el vicario de Cristo, habita en todas partes; y si nosotros queremos acudir al Espíritu Santo, no necesitamos movernos ni siquiera una pulgada; lo podemos encontrar en el armario o podemos hablar con Él en las calles. Jesucristo, según la carne, no podría estar presente en esta congregación y a la vez estar en la iglesia vecina, y mucho menos estar presente en los Estados Unidos, o en Australia, o en Europa, o en África al mismo tiempo; pero el Espíritu Santo está en todas partes, y por medio de ese Espíritu Santo, Cristo guarda Su promesa: “Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos.” Él no podría guardar esa promesa de acuerdo a la carne, o al menos, somos bastante incapaces de concebirlo haciendo eso; pero a través del Espíritu Santo, gozamos dulcemente de Su presencia, y esperamos hacerlo hasta el fin del mundo.

Piénsenlo bien, el acceso a Cristo, si estuviera aquí en Su personalidad corporal, no sería muy fácil para todos los creyentes. El día sólo tiene veinticuatro horas, y si nuestro Señor no durmiera nunca, si, como hombre, viviera todavía, y, como los santos arriba, no descansara ni de día ni de noche, a pesar de eso, sólo hay veinticuatro horas; y ¿qué serían veinticuatro horas para la supervisión de una Iglesia que nosotros confiamos que cubrirá toda la tierra? ¿Cómo podrían mil millones de creyentes recibir consuelo personal inmediato de Sus labios o las sonrisas de Su rostro? Aun en el momento presente hay varios millones de verdaderos santos en la tierra. ¿Qué podría hacer un hombre mediante su presencia personal, aun si ese hombre fuera la Deidad encarnada? ¿Qué podría hacer en un día para consuelo de todos éstos? Vamos, no podríamos esperar que cada uno de nosotros lo vería cada día; no, escasamente podríamos esperar tener nuestro turno una vez al año.

Pero, amados, ahora nosotros podemos ver a Jesús cada hora y cada momento de cada hora. Las veces que ustedes doblen su rodilla, Su Espíritu, que lo representa, puede tener comunión con ustedes y bendecirlos. No importa que sea a la medianoche que suba su clamor, o bajo la hoguera del ardiente mediodía, allí está el Espíritu esperando para derramar Su gracia, y los suspiros y los clamores de ustedes ascienden hasta Cristo en el cielo, y regresan con respuestas de paz. Tal vez a ustedes no se les ocurrieron estas dificultades al pensar de entrada en este tema; pero si reflexionan por un momento, verán que la presencia del Espíritu, evitando esa dificultad, da a cada santo un acceso a Cristo en todo momento; no sólo a unos cuantos favoritos, sino a cada creyente hombre o mujer, el Espíritu Santo es accesible, y así todo el cuerpo de los fieles puede gozar de una comunión presente y perpetua con Cristo.

Debemos considerar además que la presencia de Cristo en la carne, sobre la tierra, por cualquier otro propósito diferente al de terminar la presente dispensación, implicaría otra dificultad. Por supuesto, cada palabra que Cristo hubiera hablado desde el tiempo de los apóstoles hasta ahora, habría sido inspirada; y siendo inspirada habría sido una lástima que cayera en la tierra. Por tanto, escribas sumamente ocupados estarían anotando siempre las palabras de Cristo; y, hermanos míos, si en el corto curso de tres años nuestro Salvador se las arregló para hacer y decir tanto que uno de los Evangelistas nos informa que si se hubiera escrito todo, el mundo mismo no habría podido albergar los libros que se habrían escrito, yo les pido que se imaginen qué tremenda cantidad de literatura habría adquirido la Iglesia cristiana si hubiera preservado las palabras de Cristo a través de estos mil ochocientos sesenta y cuatro años.

Con toda certeza no habríamos tenido la Palabra de Dios en la forma simple y compacta de una Biblia de bolsillo. Más bien habría consistido en innumerables volúmenes de dichos y hechos del Señor Jesucristo. Únicamente el estudioso, no, ni siquiera el estudioso habría podido leer todas las enseñanzas del Señor, y el pobre y el ignorante estarían siempre en una terrible desventaja.

Pero ahora tenemos un libro que está terminado dentro de un alcance más bien reducido, y al que no se le debe agregar ni una sola línea; el canon de la revelación está sellado para siempre, y el hombre más pobre de Inglaterra que crea en Cristo, que acuda con un alma humilde a ese libro, y que mire a Jesucristo que está presente por medio de Su Espíritu aunque no según la carne, en poco tiempo puede comprender las doctrinas de la gracia, y entender con todos los santos cuáles son las alturas y las profundidades, y comprender el amor de Cristo que excede a todo conocimiento.

Por tanto entonces, debido a la inconveniencia, aunque la presencia corporal de Cristo pueda ser muy preciosa, es infinitamente mejor para el bien de la Iglesia que, hasta el día de Su gloria, Cristo esté presente por Su Espíritu, y no en la carne.

Además, hermanos míos, si Jesucristo estuviera todavía presente con Su Iglesia en la carne, la vida de fe no tendría el mismo espacio que tiene ahora para poder ser desplegada. Mientras hayan más cosas visibles para el ojo, habrá menos espacio para la fe: entre menos visibilidad, mayor manifestación de fe. La Iglesia Católica, que ya tiene suficiente poca fe, suministra todo lo que puede para obrar en los sentidos; las narices de ustedes son regaladas con incienso, y sus oídos son deleitados con dulces sonidos.

Entre más crece la fe, menos necesita de ayudas externas; y cuando la fe muestra su verdadero carácter, y está divorciada claramente del sentido y de la vista, entonces no necesita absolutamente nada en donde descansar, excepto en el poder invisible de Dios; ha aprendido a colgarse del mismo lugar de donde cuelga el mundo, es decir, de ningún soporte visible; de la misma forma que el arco eterno de ese cielo azul se despliega en lo alto sin ningún apoyo, así la fe descansa sobre los pilares invisibles de la verdad y de la fidelidad de Dios, y no necesita nada que la cimente o la apuntale.

La presencia de Cristo aquí, en carne corporal, y el conocimiento de Él de acuerdo a la carne, equivaldría a llevar a los santos de regreso a una vida de vista, y en alguna medida dañaría la simplicidad de la confianza desnuda. Ustedes recordarán que el apóstol Pablo dice: “De manera que nosotros de aquí en adelante a nadie conocemos según la carne;” y agrega, “y aun si a Cristo conocimos según la carne, ya no lo conocemos así.”

Al escéptico que nos pregunte: “¿Por qué crees tú en Cristo?”, si Cristo hubiera permanecido en la tierra, siempre podríamos darle una fácil respuesta: “Helo allí, allí está el hombre. Míralo mientras continúa todavía haciendo milagros.” Habría muy poco espacio para la santa adherencia de la fe a la Palabra desnuda de Dios, y ninguna oportunidad para que glorifique a Dios, confiando allí donde no puede rastrear: pero ahora, amados hermanos, el hecho que no contamos con nada visible hacia donde apuntar y que las mentes carnales puedan entender, este preciso hecho convierte al camino de la fe en algo mucho más acorde con su noble carácter.

“Fe, poderosa fe, la promesa ve,
Y mira a eso únicamente;”

que difícilmente podría hacer, si pudiera mirar a la persona visible de un Salvador presente. Será un día feliz para nosotros cuando la fe goce de la realización plena de sus esperanzas en la triunfante venida de su Señor; pero únicamente su ausencia puede entrenarla y educarla al punto necesario de refinamiento espiritual.

Más aún, la presencia de Jesucristo en la tierra afectaría materialmente la gran batalla de Dios en contra del error y del pecado. Supongan que Cristo destruyera a los que predican el error con milagros; supongan que los monarcas perseguidores vieran súbitamente sus brazos secos, o que todos los hombres que se opusieran a Cristo fueran devorados de pronto por el fuego. Vamos, se trataría entonces de una batalla entre la grandeza física y el mal moral, más bien que de una guerra en la que únicamente fuerza espiritual es empleada del lado del bien.

Pero ahora que Cristo se ha ido toda la lucha es entre espíritu y espíritu; entre Dios el Espíritu Santo y Satanás; entre la verdad y el error; entre la entrega de los creyentes y el apasionamiento de los incrédulos. Ahora la batalla es equilibrada. No tenemos milagros de nuestro lado; no los necesitamos, nos basta con el Espíritu Santo; no ordenamos fuego del cielo; ningún terremoto sacude la tierra bajo los pies de nuestros enemigos; Coré no es tragado; Datán no baja vivo al abismo. Nuestros enemigos poseen fuerza física y nosotros no la solicitamos. ¿Por qué? Porque por la acción divina nosotros podemos conquistar al error sin ella. En el nombre del Santo de Israel, en cuya causa nos hemos alistado; por Su poder somos suficientes sin necesidad de milagros, o señales, o maravillas. Si Cristo todavía estuviera aquí haciendo milagros, la batalla no sería tan espiritual como lo es ahora; pero la ausencia corporal del Salvador la convierte en un conflicto del espíritu del orden más noble y sublime.

Además, queridos amigos, el Espíritu Santo es más valioso para la Iglesia en su presente estado militante que lo que pudiera ser la presencia corporal de Cristo, pues Cristo debe estar aquí en una de dos maneras: Él debe estar aquí ya sea sufriendo, o sin sufrir. Si Cristo estuviera aquí sufriendo, entonces ¿cómo podríamos concluir que Su expiación ha sido consumada? ¿No es mucho mejor para nuestra fe que nuestro bendito Señor, habiendo hecho expiación por el pecado de una vez por todas, esté sentado a la diestra del Padre? ¿No es mucho mejor, pregunto yo, que verlo todavía batallando y sufriendo aquí abajo? “¡Oh! Pero,” dirá alguno, “¡tal vez no sufriría!” Entonces te pido que no desees tenerlo aquí hasta que nuestra guerra haya terminado, pues ver a un Cristo que no sufre en medio de Su pueblo sufriente; ver Su rostro calmo y tranquilo cuando tu rostro y el mío están arrugados de dolor; verlo sonriendo cuando nosotros estamos llorando, esto sería intolerable: no, eso no podría ser.

Hermanos, si Él fuera un Cristo sufriente ante nuestros ojos, entonces sospecharíamos que Él no ha completado Su trabajo; y, por otro lado, si Él fuera un Cristo que no sufre, entonces parecería como si Él no fuera un Sumo Sacerdote fiel hecho a semejanza de Sus hermanos. Estas dos dificultades nos conducen de regreso a un estado de agradecimiento hacia Dios porque no tenemos que responder a ese dilema, sino que el Espíritu de Dios, que es Cristo presente en la tierra, nos allana estas dificultades y nos proporciona toda la ventaja que podríamos esperar de la presencia de Cristo incrementada diez veces.

Solamente una observación adicional, que la presencia personal de Cristo, por mucho que la tengamos muy en alto, no produjo muy grandes resultados en Sus discípulos hasta que el Espíritu fue derramado de lo alto. Cristo era su Maestro; ¿cuánto aprendieron ellos? Bueno, allí tenemos a Felipe; Cristo tiene que decirle: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe?” Ellos estaban confundidos con preguntas que ahora pueden ser respondidas por niños pequeñitos; ustedes pueden ver que al final de su curso de entrenamiento de tres años con Cristo, no habían alcanzado sino un limitado progreso. Cristo no era únicamente su Maestro, sino también su Consolador; sin embargo, con cuánta frecuencia Cristo no pudo consolarlos por causa de su incredulidad.

Después que Él hubo pronunciado ese deleitable discurso que hemos estado leyendo, los encontró dormidos embargados por la tristeza. En este capítulo, cuando está intentando consolarlos, Él agrega: “Antes, porque os he dicho estas cosas, tristeza ha llenado vuestro corazón.” La intención de Cristo era nutrir las gracias de Sus discípulos, ¿pero dónde estaban esas gracias? Aquí tenemos a Pedro; él ni siquiera tiene la gracia del valor ni de la consistencia, sino que niega al Señor mientras el resto de ellos lo abandonan y huyen. Ni siquiera el Espíritu de Cristo había sido infundido en ellos. Su celo no había sido moderado por el amor, pues querían que el fuego del cielo consumiera a sus adversarios, y Pedro sacó una espada para cortar la oreja del siervo del Sumo Sacerdote. Ellos conocían escasamente las verdades que su Señor les había enseñado, y estaban muy lejos de absorber Su Espíritu celestial.

Inclusive sus dones eran muy débiles. Es cierto que una vez hicieron milagros, y predicaron, pero ¿con qué éxito lo hicieron? ¿Acaso han escuchado alguna vez que Pedro ganó tres mil pecadores por medio de un sermón? No fue sino hasta después que el Espíritu Santo vino. ¿Descubren que alguno de ellos es capaz de edificar a otros y construir la Iglesia de Cristo? No, el ministerio de nuestro Señor Jesucristo, considerado únicamente en relación a sus frutos inmediatos, no fue comparable a los ministerios que se dieron después que descendió el Espíritu. “A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.”

Su grandiosa obra como Redentor fue un triunfo completo de principio a fin; pero como Maestro, puesto que el Espíritu de Dios estaba únicamente sobre Él, y no sobre el pueblo, Sus palabras fueron rechazadas, Sus súplicas fueron despreciadas, Sus advertencias no fueron escuchadas por la gran multitud de personas. La poderosa bendición vino cuando se cumplieron las palabras de Joel. “Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán vuestros hijos y vuestras hijas; vuestros ancianos soñarán sueños, y vuestros jóvenes verán visiones. Y también sobre los siervos y sobre las siervas derramaré mi Espíritu en aquellos días.” Esa era la bendición, y una bendición que, nos atrevemos a decirlo otra vez, era tan rica y tan rara que ciertamente era conveniente que Jesucristo se fuera para que el Espíritu Santo descendiera.

III. Ahora prosigo al tercer punto del tema, y lo haré brevemente. Hemos llegado hasta aquí:

Que admitimos que la presencia de Cristo es preciosa, pero la presencia del Espíritu Santo se muestra muy claramente como de mayor valor práctico para la Iglesia de Dios que la presencia corporal del Señor Jesucristo. Avancemos entonces al tercer punto, que LA PRESENCIA DEL CONSOLADOR ES SUPERLATIVAMENTE VALIOSA.

Podemos concluir esto por los efectos que se vieron el día de Pentecostés. En el día de Pentecostés, el toque a rebato sonó la alarma celestial. Los soldados no estaban bien preparados para eso; constituían una minúscula banda, y tenían solamente esta virtud, que se contentaban con esperar hasta que les fuera dado poder. Estaban sentados quietos en el aposento de arriba. Un sonido poderoso se escucha a través de toda Jerusalén. El poderoso torbellino continúa su viaje hasta que alcanza el lugar elegido. Llena el lugar donde ellos permanecen sentados. Aquí encontramos un presagio de lo que el Espíritu de Dios será para la Iglesia. Vendrá misteriosamente sobre la Iglesia de acuerdo a la voluntad soberana de Dios; pero cuando venga como el viento, será para purgar la atmósfera moral, y para avivar el pulso de todos los que tienen respiración espiritual.

Esta es ciertamente una bendición, un beneficio que la Iglesia necesita grandemente; yo quisiera que este recio viento que sopla viniera sobre la Iglesia con una fuerza irresistible, arrastrando todo lo que encuentra: la fuerza de la verdad, pero aun más que eso, la fuerza de Dios introduciendo la verdad en los corazones y en la conciencia de los hombres.

Yo quisiera que ustedes y yo pudiéramos respirar este viento, y recibir su influencia que da vigor, para que podamos ser convertidos en campeones de Dios y de Su verdad. Oh, que pudiera llevarse nuestras nieblas de duda y las nubes de error. Ven, viento sagrado, Inglaterra te necesita; la tierra entera requiere de Ti. Las exhalaciones malolientes que proliferan en esta calma mortal desaparecerían si Tus rayos divinos iluminaran al mundo y conmovieran la atmósfera moral. Ven, Espíritu Santo, ven, no podemos hacer nada sin Ti; pero si tenemos Tu viento, nosotros desplegamos nuestras velas, y aceleramos nuestro curso hacia la gloria.

Además, el Espíritu vino como fuego. Una lluvia de fuego acompañaba al recio viento que soplaba. ¡Qué bendición es esto para la Iglesia! La Iglesia necesita fuego para avivar a sus ministros, para dar celo y energía a todos sus miembros. Teniendo este fuego, la Iglesia arde en su camino al éxito. El mundo la enfrenta con fuego hecho con gavillas de leña, pero ella confronta al mundo con el fuego de espíritus encendidos y almas que arden con el amor de Jesucristo. Ella no confía en el ingenio, ni en la elocuencia, ni en la sabiduría de sus predicadores, sino en el fuego divino que los cubre de energía. Sabe que los hombres son irresistibles cuando están llenos del consagrado entusiasmo enviado por Dios. Por lo tanto ella confía en esto, y su petición es: “¡Ven, fuego santo, habita en nuestros pastores y maestros! ¡Descansa sobre cada uno de nosotros!” Este fuego es una bendición que Cristo no nos trajo en persona, pero que ahora da a la Iglesia a través de Su Espíritu.

Y luego de esa lluvia de fuego descendieron unas lenguas. Esto, también, es el privilegio de la Iglesia. Cuando el Señor dio a los apóstoles diversas lenguas, es como si les hubiera dado las llaves de varios reinos. “Vayan,” les dijo, “Judea no es mi único dominio, vayan y abran las puertas de cada imperio, aquí están las llaves, ustedes pueden hablar cualquier idioma.” Queridos amigos, aunque no podamos hablar con cada individuo en su propio idioma, sin embargo, tenemos las llaves de todo el mundo sujetadas a nuestro cinturón si tenemos al Espíritu de Dios con nosotros. Ustedes tienen las llaves que abren los corazones humanos si el Espíritu de Dios habla por medio de ustedes. ¡Yo tengo hoy las llaves de los corazones de multitudes de personas aquí presentes, si el Espíritu Santo quiere usarlas!

Hay una eficacia en el Evangelio que es poco imaginada por quienes se refieren a él como locura de hombres, cuando el Espíritu está con nosotros. Yo estoy persuadido que los resultados que han seguido al ministerio durante nuestra vida son triviales e insignificantes, comparados con lo que serían si el Espíritu de Dios estuviera trabajando con más poder en medio de nosotros. No hay ninguna razón en la naturaleza del Evangelio o en el poder del Espíritu por la cual no se convierta una congregación entera con la predicación de un sermón. No hay ninguna razón en la naturaleza de Dios por la cual no pueda nacer una nación en un día, y por la cual, en un período de doce meses, una docena de ministros que predicaran a lo largo del mundo, no pudieran ser el instrumento para la conversión de cada elegido hijo de Adán a un conocimiento de la verdad. El Espíritu de Dios es perfectamente irresistible cuando extiende todo Su poder. Su potencia es tan divinamente omnipotente que al instante que sale la obra es completada.

El grandioso evento profético, vemos, ocurrió en el día de Pentescostés. El éxito alcanzado fue únicamente el correspondiente a los primeros frutos; Pentecostés no es la cosecha. Hemos estado acostumbrados a ver a Pentecostés como un despliegue gande y maravilloso del poder divino, que no podrá ser igualado en los tiempos modernos. Hermanos, va a ser superado. Yo no estoy parado sobre Pentecostés como sobre una montaña muy alta, preguntándome a qué altura estoy, sino que miro a Pentecostés como un pequeño monte que está surgiendo desde el cual veré montañas mucho más altas en la lejanía. No veo a Pentecostés como el fin de la cosecha, con los graneros llenos de gavillas, no, sino como una ofrenda de la primera gavilla ante el altar de Dios. Ustedes deben esperar mayores cosas, oren pidiendo mayores cosas, anhelen mayores cosas.

He aquí nuestra Inglaterra, sumida en una impasible ignorancia del Evangelio. Como la carga de una pesadilla sobre su pecho tiene la regeneración bautismal, que es apoyada por una horda de sacerdotes, ya sea porque creen en ese dogma o porque mantienen sus beneficios si se suscriben a esa mentira. ¿Cómo podrá ser sacudido ese íncubo (demonio) del pecho vivo de Inglaterra? “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.” Allí está Francia, maldecida con infidelidad, voluble, festiva, entregada al placer; ¿cómo podrá ser conducida a la sobriedad y santificada para Dios? “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.” Por allá está Alemania, con su escepticismo metafísico, su medio catolicismo, es decir, el luteranismo, y su abundante entrega al Papa; ¿cómo se levantará Alemania? “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.” Lejos, allá en Italia, se asienta la vieja Roma, la ramera de las siete colinas, que todavía reina triunfante en su trono sobre una gran parte de la tierra; ¿cómo podrá morir? ¿Dónde está la espada que encontrará su corazón? “No con ejército, ni con fuerza, sino con mi Espíritu, ha dicho Jehová de los ejércitos.”

Entonces, la única cosa que necesitamos es el Espíritu de Dios. No digan que necesitamos dinero; lo tendremos muy pronto cuando el Espíritu toque los corazones de los hombres. No digan que necesitamos edificios, iglesias, construcciones; todo esto puede servir de ayuda, pero la principal necesidad de la Iglesia es el Espíritu, y hombres en los que el Espíritu pueda ser derramado. Si antes de morir yo pudiera decir únicamente una oración, sería esta: “Señor, envía a Tu Iglesia hombres llenos del Espíritu Santo, y de fuego.” Denle a cualquier denominación hombres así, y su progreso será poderoso: quiten esos hombres, envíenles graduados universitarios, de gran refinamiento y profundo conocimiento, pero con poco fuego y con poca gracia, perros sordos que no pueden ladrar y muy pronto esa denominación irá en declive. Dejen que venga el Espíritu, y el predicador podrá ser rústico, simple, rudo, sin modales, pero estando el Espíritu sobre él, ninguno de sus adversarios prevalecerá; su palabra tendrá el poder de sacudir las puertas del infierno. Amados hermanos, ¿acaso no dije algo bueno cuando afirmé que el Espíritu de Dios es de superlativa importancia para la Iglesia, y que el día de Pentecostés parece decirnos precisamente eso?

Recuerden, hermanos, y aquí tenemos otro pensamiento que debería lograr que el Espíritu sea algo muy querido para ustedes, que sin el Espíritu Santo nada bueno pudo venir o vendrá jamás a cualquiera de sus corazones: ningún suspiro de penitencia, ningún clamor de fe, ninguna mirada de amor, ninguna lágrima de santa tristeza. El corazón de ustedes no podría palpitar nunca con vida divina, excepto por medio del Espíritu; ustedes son incapaces del menor grado de emoción espiritual, ya no se diga de acción espiritual, aparte del Espíritu Santo. Ustedes yacen muertos, viviendo únicamente para el mal pero absolutamente muertos para Dios, hasta que el Espíritu Santo venga y los levante de la tumba. Hoy no hay nada bueno en ti, hermano mío, que no haya sido puesto allí. Las flores de Cristo son todas exóticas: “Yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien.” “¿Quién hará limpio a lo inmundo? Nadie.” Todo debe venir de Cristo, y Cristo no le da nada a los hombres excepto a través del Espíritu de toda gracia. Valoren, entonces, al Espíritu, como el conducto de todo bien que viene a ustedes.

Y además, nada bueno puede salir de ustedes aparte del Espíritu. Aunque esté en ustedes, sin embargo yace dormido excepto que Dios produzca en ustedes así el querer como el hacer, por Su buena voluntad. ¿Deseas predicar? ¿Cómo puedes hacerlo a menos que el Espíritu Santo toque tu lengua? ¿Deseas orar? ¡Ay! Qué trabajo tan débil es, a menos que el Espíritu haga la intercesión por ustedes. ¿Quieren vencer al pecado? ¿Quieren ser santos? ¿Anhelan imitar a su Señor? ¿Desean elevarse a las alturas superlativas de la espiritualidad? ¿Quieren ser hechos como los ángeles de Dios, llenos de celo y ardor por la causa del Señor? No pueden sin el Espíritu: “Porque separados de mí nada podéis hacer.” ¡Oh, pámpano, tú no puedes dar fruto sin la savia! ¡Oh hijo de Dios, tú no tienes vida en ti mismo aparte de la vida que Dios te da a través de Su Espíritu! ¿No tengo razón, entonces, cuando dije que el Espíritu Santo es superlativamente precioso, de tal forma que aun la presencia de Cristo según la carne no es comparable a Su presencia en gloria y poder?

IV. Esto nos conduce a la conclusión, que es un punto práctico. Hermanos, si estas cosas son así, veamos, los que somos creyentes en Cristo, al misterioso Espíritu con profundo temor y reverencia.

Lo debemos reverenciar de tal manera de no contristarlo o provocarlo a ira por nuestro pecado. No lo apaguemos en ninguno de Sus menores movimientos en nuestra alma; nutramos cada sugerencia, y estemos listos a obedecer cada cada uno de Sus dictados. Si el Espíritu Santo es en verdad tan poderoso, no hagamos nada sin Él; no comencemos ningún proyecto, ni llevemos a cabo ninguna empresa ni concluyamos ninguna transacción, sin haber implorado Su bendición. Démosle el debido homenaje de sentir nuestra entera debilidad aparte de Él, y luego depender únicamente de Él, siendo esta nuestra oración: “Abre Tú mi corazón, y todo mi ser a Tu venida, y sosténme con Tu espíritu libre cuando haya recibido ese espíritu dentro de mí.”

Ustedes que son inconversos, permítanme implorarles que en cualquier cosa que hagan, nunca desprecien al Espíritu de Dios. Recuerden que hay un honor especial asignado a Él en la Escritura: “Todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres; mas la blasfemia contra el Espíritu no les será perdonada, ni en este siglo ni en el venidero.” Recuerden, “A cualquiera que dijere alguna palabra contra el Hijo del Hombre, le será perdonado; pero al que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonado.” Este es el pecado que es para muerte, del cual aun el tierno Juan dice: “por el cual yo no digo que se pida.” Por tanto, tiemblen en Su presencia, quítense el calzado de sus pies, pues cuando Su nombre es mencionado, el lugar en que ustedes están, tierra santa es. El Espíritu debe ser tratado con reverencia.

A continuación, como una observación práctica, debemos llenarnos de valor hoy, viendo el poder del Espíritu. Hermanos, nosotros sabemos que como un cuerpo de hombres que buscan adherirse estrechamente a la Escritura y practicar las ordenanzas y sostener las doctrinas según las recibimos del propio Señor, no somos sino pobres y despreciados; y cuando miramos a los grandes de la tierra, los vemos del lado de lo falso y no de lo verdadero. ¿Dónde están los reyes y los nobles? ¿Dónde están los príncipes, y dónde están los hombres poderosos? ¿Acaso no están en contra del Señor de los Ejércitos? ¿Dónde está el oro? ¿Dónde está la plata? ¿Dónde está la arquitectura? ¿Dónde está la sabiduría? ¿Dónde está la elocuencia? ¿No han hecho un bando en contra del Señor de los Ejércitos? ¡Entonces qué! ¿Vamos a desalentarnos? Nuestros padres no se desalentaron. Ellos dieron su testimonio en el cepo y en la prisión, pero no tenían temor en cuanto a la buena y vieja causa; como John Bunyan aprendieron a pudrirse en calabozos, pero no conocieron la cobardía. Sufrieron y dieron testimonio que no se desalentaron. ¿Por qué? Porque sabían (no que la verdad es poderosa y va a prevalecer, pues la verdad no es poderosa y no prevalecerá en este mundo hasta que los hombres sean diferentes de lo que son) pero sabían que el Espíritu de Dios es poderoso y prevalecerá.

Es mejor tener una iglesia pequeña formada por hombres pobres pero con el Espíritu de Dios con ellos, que tener una jerarquía de nobles, un ejército de príncipes con títulos nobiliarios y prelados que no tienen el Espíritu Santo, pues esto no es solamente la fuente de la fuerza, sino que es la fuerza misma; allí donde está el Espíritu de Dios hay libertad y poder. Entonces, hermanos, tengan valor, sólo tenemos que buscar eso que Dios ha prometido dar, y podemos hacer maravillas. Él dará el Espíritu Santo a quienes lo pidan. Despierten, miembros de esta iglesia, y oren con sinceridad; y todos los creyentes del mundo, clamen en voz alta a Dios para que Su brazo desnudo pueda ser visto. Despierten, hijos de Dios, pues ustedes conocen el poder de la oración. No le permitan ningún descanso al ángel del pacto hasta que hable la palabra, y el Espíritu obre poderosamente entre los hijos de los hombres.

La oración es un trabajo adaptado a cada uno de ustedes que están en Cristo. Ustedes que no pueden predicar, ustedes que no pueden enseñar, pueden orar; y su oración privada, desconocida por los hombres, quedará registrada en el cielo; esos clamores silenciosos y sinceros de ustedes traerán una bendición.

Una mañana, hace pocos días, cuando estábamos en una sesión especial de oración, había algunos hermanos presentes que repetían en un volumen de voz que casi no podía ser escuchado: “¡Hazlo Señor! ¡Hazlo! ¡Concédelo! ¡Escúchanos!” Me agrada ese tipo de oración en las reuniones de oración; no me interesan los gritos de algunos de nuestros hermanos metodistas, aunque si quieren gritar, que lo hagan, pero a mí me gusta oír a los amigos que oran con gemidos que no pueden expresarse: “¡Señor, envía el Espíritu! ¡Envía el Espíritu, Señor! ¡Trabaja! ¡Trabaja! ¡Trabaja!” Durante el tiempo del sermón es lo que un número de iglesias debía estar haciendo, clamando a Dios en sus corazones.

Cuando caminen por las calles y vean el pecado debían orar: “¡Señor, derríbalo con Tu Espíritu!” Y cuando vean a un hermano que lucha y se esfuerza por hacer el bien, debían clamar: “¡Señor, ayúdalo! Ayúdalo por el Espíritu.” Estoy persuadido que únicamente necesitamos más oración, y no habría ningún límite para la bendición; pueden evangelizar Inglaterra, pueden evangelizar Europa, pueden volver cristiano al mundo entero, si sólo supieran cómo orar. La oración puede obtener cualquier cosa de Dios, la oración lo puede obtener todo: Dios no le niega nada al hombre que sabe cómo pedir; el Señor nunca cierra Sus graneros sino hasta que tú cierras la boca; Dios no detendrá Su brazo mientras no detengas tu lengua. Clama en voz alta y no te detengas; no le des descanso hasta que envíe Su Espíritu otra vez para agitar las aguas y actuar en este mundo de tinieblas para traer luz y vida.

Clamen de día y de noche, oh, ustedes, elegidos de Dios, pues Él los vindicará con rapidez. El tiempo de la batalla se acerca. Roma afila su espada para la pelea, los hombres del error rechinan sus dientes llenos de ira. ¡Por la espada del Señor y de Gedeón! ¡Por el viejo poder y la majestad de los días antiguos! ¡Por el derrumbe de los muros de Jericó, aunque no tengamos mejores armas que los cuernos de carnero! ¡Por echar fuera a los paganos y por el establecimiento del Israel de Dios en la tierra! ¡Por la venida del Espíritu Santo con tal fuerza y poder, que así como el diluvio de Noé cubrió las cimas de las montañas, el diluvio de la gloria de Jehová cubra las cumbres del pecado y de la iniquidad, y el mundo entero sea gobernado por el Señor Dios Omnipotente!

Ustedes que no tienen el Espíritu, oren por Él. ¡Que el Señor los impulse a orar en este día! Pecadores inconversos, que el Espíritu les dé fe; recuerden que el Espíritu Santo les dice que confíen en Cristo. Si honran al Espíritu Santo, confíen en Cristo. Sé que deben ser regenerados primero, pero el hombre que confía en Cristo es regenerado. Ustedes deben arrepentirse, deben ser santos, pero el hombre que confía en Cristo se arrepentirá y será hecho santo; los embriones del arrepentimiento y de la santidad ya están en él. Pecador, confía en Cristo; el Espíritu Santo manda que confíes en Él hoy. Que Él te conduzca a confiar en Cristo, y Él tendrá la gloria, por siempre. Amén.