El Primer Villancico de Navidad

Es una superstición adorar a los ángeles; lo correcto es amarlos. Aunque sería un gran pecado y un delito contra la Corte Soberana del Cielo, rendir la más leve adoración al ángel más poderoso, sin embargo, sería poco amable e impropio que no les diéramos a los santos ángeles un lugar en el más ardiente amor de nuestro corazón. De hecho, el que contempla el carácter de los ángeles, y observa sus muchas obras de simpatía con los hombres, y su bondad hacia ellos, no puede resistir el impulso de su naturaleza: el impulso de amarlos. El incidente específico de la historia angélica al que se refiere nuestro texto, es suficiente para soldar nuestro corazón a los ángeles para siempre. ¡Cuán libres de envidia eran los ángeles! Cristo no descendió del cielo para salvar a sus compañeros cuando cayeron. Cuando Satanás, el ángel poderoso, arrastró con él a una tercera parte de las estrellas del cielo, Cristo no se bajó de su trono para morir por ellos; sino que los entregó a prisiones de oscuridad para ser reservados al juicio.

Sin embargo, los ángeles no envidiaron a los hombres. Aunque recordaban que Él no escogió a los ángeles, no murmuraron cuando eligió a la simiente de Abraham; y aunque el bendito Señor no condescendió nunca para tomar la forma de un ángel, ellos no consideraron algo indigno expresar su gozo cuando lo vieron ataviado con el cuerpo de un bebé. ¡Cuán libres eran, también, del orgullo! No se avergonzaron de venir y anunciar las buenas nuevas a humildes pastores. Me parece que tuvieron tanto gozo cantando sus villancicos esa noche delante de los pastores que velaban sobre sus rebaños, como lo habrían tenido si su Señor les hubiera ordenado que cantaran sus himnos en los salones del César.

Hombres engreídos, hombres poseídos de orgullo, consideran un honor predicar delante de reyes y príncipes; y consideran como gran condescendencia tener que ministrar de vez en cuando a las humildes muchedumbres. No así los ángeles. Extendieron sus prestas alas, y abandonaron con premura sus brillantes asientos de arriba, para contar a los pastores que estaban en la llanura, durante la noche, la maravillosa historia de un Dios Encarnado. ¡Y observen cuán bien contaron la historia, y seguramente sentirán amor por ellos! No la contaron con la lengua tartamudeante del que cuenta una historia en la que no tiene ningún interés; tampoco lo hicieron con el interés fingido de un hombre que quiere conmover las pasiones de otros, cuando él mismo no siente ninguna emoción; sino que contaron la historia con el gozo y la alegría que únicamente los ángeles conocen.

Ellos cantaron la historia, pues no se podían quedar para contarla en densa prosa. Ellos cantaron, “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Me parece que cuando cantaban, sus ojos brillaban de alegría, y sus corazones ardían de amor y sus pechos estaban llenos de gozo, como si las buenas nuevas para el hombre hubieran sido buenas nuevas para ellos mismos. Y, ciertamente, eran buenas nuevas para ellos, pues el corazón que vibra al unísono convierte las buenas nuevas para otros en buenas nuevas para sí mismo.

¿No aman a los ángeles? Ustedes no se inclinarían ante ellos y están en lo correcto en eso; pero ¿no los amarán? ¿Acaso no es una parte de la expectación que tienen del cielo, que allí morarán con los santos ángeles, así como con los espíritus de los justos hechos perfectos? ¡Oh, cuán dulce es pensar que estos seres santos y amables son nuestros guardianes cada hora! Ellos hacen rondas a nuestro alrededor, tanto en el ardor del mediodía como en la oscuridad de la noche. Ellos nos guardan en todos nuestros caminos; nos llevan en sus manos para que nuestros pies no tropiecen en piedra en ningún momento. A nosotros que somos herederos de la salvación, ellos nos ministran incesantemente; tanto de día como de noche son nuestros guardianes, pues ¿acaso no saben que “El ángel de Jehová acampa alrededor de los que le temen”?

Pero vamos a cambiar nuestro enfoque, habiendo pensado en los ángeles por un momento, para considerar más bien este villancico, en lugar de los ángeles mismos. Su cántico fue breve, pero como observa de manera excelente Kitto, fue “muy digno que los ángeles expresaran las verdades más grandiosas y benditas, en tan breves palabras, que para un agudo entendimiento casi se convierten en opresivas por la fecunda plenitud de su significado.” “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Esperando contar con la ayuda del Espíritu Santo, vamos a considerar estas palabras de los ángeles desde cuatro perspectivas. Voy a sugerir simplemente algunos pensamientos instructivos que brotan de estas palabras; luego algunos pensamientos emotivos; luego unos cuantos pensamientos proféticos; y posteriormente, uno o dos pensamientos preceptivos.

I. Primero, entonces, en las palabras de nuestro texto, hay muchos PENSAMIENTOS INSTRUCTIVOS.

Los ángeles cantaron algo que los hombres podían entender (algo que los hombres deben entender), algo que hará que los hombres sean mejores si lo entienden. Los ángeles estaban cantando acerca de Jesús que nació en el pesebre. Debemos ver su himno como construido sobre este cimiento. Cantaron de Cristo, y de la salvación que Él vino a traer a este mundo. Y lo que dijeron de esta salvación fue esto: dijeron, primero, que daba gloria a Dios; en segundo lugar, que daba paz al hombre; y, en tercer lugar, que era una señal de buena voluntad de parte de Dios para con la raza humana.

1. Primero, dijeron que esta salvación daba gloria a Dios. Ellos habían estado presentes en muchas augustas ocasiones, y se habían unido en muchos solemnes coros para alabanza de su Creador Todopoderoso. Ellos estuvieron presentes en la creación: “Cuando alababan todas las estrellas del alba, y se regocijaban todos los hijos de Dios.” Ellos vieron muchos planetas cuando fueron formados entre las palmas de las manos de Jehová, y fueron puestos a girar por Sus eternas manos a través de la infinitud del espacio. Ellos habían cantado solemnes cánticos sobre muchos mundos que el Grandioso Ser había creado. No dudamos que a menudo habían cantado “Al que está sentado en el trono, . . . , sea la alabanza, la honra, la gloria y el poder,” manifestándose en la obra de la creación. No dudo, tampoco, que sus cantos habían cobrado fuerza a través de las edades. Cuando fueron creados, su primer aliento fue un himno, y así cuando vieron que Dios creaba nuevos mundos, entonces su canto agregó otra nota; ellos ascendieron un poco más en la escala de adoración.

Pero esta vez, cuando vieron que Dios descendía de Su trono para convertirse en un bebé, mecido en el pecho de una mujer, subieron sus notas más todavía; y remontándose a las máximas escalas de la música angélica, cantaron las notas más elevadas de la divina gama de alabanza, y entonaron, “¡Gloria a Dios en las alturas!” pues sentían que Dios no podía tener más bondad. Así dieron su más alta alabanza a Él, en el más elevado acto de Su Deidad. Si es cierto que hay una jerarquía de ángeles, agrupados en rango sobre rango en magnificencia y dignidad (si el apóstol nos enseña que hay “ángeles, tronos, dominios, principados y potestades,” entre los benditos habitantes del mundo superior), yo puedo suponer que cuando la noticia fue comunicada por primera vez a los ángeles que se encontraban a las orillas del mundo celestial, y vieron desde el cielo y miraron al bebé recién nacido, enviaron las nuevas al punto de donde el milagro había procedido, cantando:

“Ángeles, desde los dominios de gloria,
Apréstense a volar a la tierra,
Ustedes que cantan la historia de la creación,
Ahora proclamen el nacimiento del Mesías;
Vengan y adoren,
Adoren a Cristo, el Rey recién nacido.”

Y conforme el mensaje se difundía de rango en rango, al fin, los ángeles de la presencia, esos cuatro querubines que perpetuamente vigilan alrededor del trono de Dios (esas ruedas llenas de ojos), se incorporaron a los acordes, y, recogiendo el canto de todos los grados inferiores de ángeles, se remontaron por encima del pináculo divino de armonía con su propio canto solemne de adoración, sobre el cual las huestes completas clamaron: “los más altos ángeles te alaban.” “¡Gloria a Dios en las alturas!” Ay, no hay mortal que pueda imaginar jamás cuán suntuoso fue ese himno. Luego, observen que si los ángeles cantaron antes de que el mundo fuera hecho y mientras era creado, sus aleluyas fueron más plenos, más fuertes, más grandiosos, y expresados de todo corazón, cuando vieron a Jesucristo nacido de la Virgen María para ser el redentor del hombre: “¡Gloria a Dios en las alturas!”

¿Cuál es la instructiva lección que se debe aprender de esta primera sílaba del canto angélico? Pues es esta: que la salvación es la suprema gloria de Dios. Él es glorificado en cada gota de rocío que destella al sol en la mañana. Él es engrandecido en cada flor del bosque que florece en la maleza, aunque su hermosura no sea vea, y gaste su dulzura en el aire de la floresta. Dios es glorificado en cada pájaro que gorjea en el ramaje; en cada oveja que salta en el prado. ¿Acaso los peces en el mar no le alaban? Desde el diminuto pececillo hasta el gigantesco Leviatán, todas las criaturas que nadan en el agua ¿no bendicen y alaban Su nombre? ¿Acaso no todas las criaturas le enaltecen? ¿Hay algo bajo el cielo, excepto el hombre, que no glorifique a Dios? ¿Acaso no le exaltan las estrellas, cuando escriben Su nombre en el azul del cielo con sus letras doradas? ¿Acaso no le adoran los rayos cuando desparraman su brillo en flechas de luz que atraviesan la oscuridad de la medianoche? ¿No le ensalzan los truenos cuando vibran como tambores en la marcha de los ejércitos de Dios? ¿Acaso no le exaltan todas las cosas, desde lo más diminuto hasta lo más grande? Pero, canta, canta, oh universo, hasta cansarte, aunque tú no puedes aportar un canto tan dulce como el cántico de la Encarnación. ¡Aunque la creación sea un órgano majestuoso de alabanza, no puede alcanzar el compás del cántico de oro: Encarnación! Hay más en la encarnación que en la creación, más melodía en Jesús en el pesebre, de la que hay en mundos sobre mundos que despliegan su grandeza alrededor del trono del Altísimo.

Haz una pausa, cristiano, y considera esto por un minuto. Ve cómo cada atributo es engrandecido aquí. ¡Mira cuánta sabiduría hay aquí! Dios se vuelve hombre para que Dios pueda ser justo y justificar al impío. ¡Contempla qué poder!, pues ¿hay un mayor poder que el que puede esconder el poder? ¡Cuán grande poder es que la Deidad se desvista y se haga hombre! Contempla cuán grande amor nos es revelado así cuando Jesús se hace hombre. ¡Contempla qué fidelidad! ¡Cuántas promesas se han cumplido en este día! ¡Cuántas solemnes obligaciones han sido saldadas en esta hora! Mencionen un atributo de Dios que no esté manifiesto en Jesús, y su ignorancia será la razón del por qué no lo han visto. El todo de Dios es glorificado en Cristo; y aunque alguna parte del nombre de Dios esté escrito en el universo, aquí es donde se lee mejor: en Él que era el Hijo del Hombre, y, sin embargo, era el Hijo de Dios.

Pero permítanme decir una palabra aquí, antes de abandonar este punto. Debemos aprender de esto que si la salvación glorifica a Dios, y le glorifica en sumo grado, y hace que las más elevadas criaturas le ensalcen, puede agregarse esta reflexión: entonces, no puede ser el Evangelio esa doctrina que glorifica al hombre en la salvación. Pues la salvación glorifica a Dios. Los ángeles no eran arminianos, pues ellos cantaron: “¡Gloria a Dios en las alturas!” Ellos no creen en ninguna doctrina que le quite la corona a Cristo, y la ponga sobre la cabeza de hombres mortales. No creen en ningún sistema de fe que haga que la salvación dependa de la criatura, y, que realmente dé a la criatura la alabanza, pues ¿no estamos hablando de que el hombre se salva a sí mismo si toda la salvación descansa en su propio libre albedrío? No hermanos míos, habrá algunos predicadores que se deleitan en predicar una doctrina que engrandece al hombre; pero los ángeles no se deleitan en ese evangelio. Las únicas buenas nuevas que hicieron cantar a los ángeles, son esas que ponen a Dios primero, a Dios por último, a Dios en medio, y a Dios sin fin, en la salvación de sus criaturas, y ponen la corona entera y únicamente sobre la cabeza de Quien salva sin ayuda. “¡Gloria a Dios en las alturas!” es el canto de los ángeles.

2. Cuando hubieron cantado esto, entonaron lo que nunca habían cantado antes. “¡Gloria a Dios en las alturas!” era un cántico viejo, muy viejo; ellos lo habían cantado desde antes de la fundación del mundo. Pero, ahora lo cantaron como si fuera un cántico nuevo delante del trono de Dios: pues agregaron esta frase: “y en la tierra paz.” No cantaron esto en el huerto. Había paz allí, y era obvio e innecesario que se cantara. Había más que paz allí; pues allí había gloria a Dios. Pero ahora, el hombre había caído, y desde el día en que los querubines sacaron al hombre con espadas encendidas, no había habido paz en la tierra, excepto en el pecho de algunos creyentes, que habían obtenido la paz de la fuente viva de esta encarnación de Cristo. Las guerras se habían propagado en todos los confines de la tierra; los hombres se habían matado entre sí, montones sobre montones. Había habido guerras internas y guerras externas. La conciencia había combatido con el hombre; Satanás había atormentado al hombre con pensamientos de pecado. No había habido paz en la tierra desde que cayó Adán. Pero ahora, cuando hizo su aparición el Rey recién nacido, la banda de los pañales que lo envolvía era la bandera blanca de la paz. El pesebre fue el lugar donde el pacto fue firmado, por medio del cual la guerra entre el hombre y su conciencia, entre la conciencia del hombre y su Dios, debía llegar a un fin. Fue en ese momento, ese día, que la trompeta sonó: “envaina la espada, oh hombre, envaina la espada, oh conciencia, Dios está ahora en paz con el hombre, y el hombre está en paz con Dios.” ¿No sienten, hermanos míos, que el Evangelio de Dios es paz para el hombre? ¿Dónde más se puede encontrar la paz sino en el mensaje de Jesús? Anda legalista, trabaja por la paz con esfuerzo y dolor, y nunca podrás encontrarla. Anda, tú, que confías en la ley: anda al Sinaí; mira a las llamas que vio Moisés, y retrocede y tiembla y desespérate, pues la paz no se puede encontrar en ninguna parte, excepto en Él, de Quien se dice, “Y éste será nuestra paz.” Y ¡qué paz es, amados! Es paz como un río, y justicia como las olas del mar. Es la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, que guarda nuestros corazones y nuestras mentes por medio de Jesucristo nuestro Señor. Esa paz sagrada entre el alma perdonada y el Dios perdonador; esta maravillosa expiación entre el pecador y su juez, esto era lo que los ángeles cantaban cuando dijeron: “Y en la tierra paz.”

3. Y luego, sabiamente terminaron su canción con una tercera nota. Dijeron: “Buena voluntad para con los hombres.” Los filósofos han dicho que Dios tiene una buena voluntad para con el hombre; pero nunca he conocido a algún hombre que obtenga mucho consuelo de esa aseveración filosófica. Los sabios han pensado, de lo que hemos visto en la creación, que Dios tenía mucha buena voluntad para con el hombre, pues de lo contrario Sus obras nunca habrían sido construidas para su comodidad; pero nunca he oído de algún hombre que arriesgara la paz de su alma sobre una esperanza tan débil como esa. Pero no sólo he oído de miles, sino que los conozco, que están muy seguros que Dios tiene buena voluntad para con los hombres; y si les preguntan su motivo, les darán una plena y perfecta respuesta. Ellos dicen que Él tiene buena voluntad para con el hombre porque dio a Su Hijo. No se puede suministrar una mayor prueba de bondad entre el Creador y sus criaturas que cuando el Creador da a Su Unigénito y bienamado Hijo para entregarlo a la muerte.

Aunque la primera nota es semejante a Dios, y aunque la segunda nota es pacífica, esta tercera nota es la que más derrite mi corazón. Algunos piensan de Dios como si fuese un ser malhumorado que odia a toda la humanidad. Algunos lo conciben como si fuera una subsistencia abstracta sin ningún interés en nuestros asuntos. Escuchen bien, Dios tiene “buena voluntad para con los hombres.” Ustedes saben lo que significa: buena voluntad. Bien, todo lo que significa, y más, Dios lo tiene para con ustedes, hijos e hijas de Adán. Blasfemo, tú has maldecido a Dios; Él no ha cumplido Su maldición en ti; Él tiene buena voluntad para contigo, aunque tú no tienes buena voluntad para con Él. Infiel, tú has pecado duro y tupido contra el Altísimo; Él no ha dicho cosas duras contra ti, pues Él tiene buena voluntad para con los hombres. Pobre pecador, tú has quebrantado Sus leyes; estás medio temeroso de venir al trono de Su misericordia porque te podría desdeñar; escucha esto, y ten consuelo: Dios tiene buena voluntad para con los hombres, tanta buena voluntad que Él ha dicho y lo ha dicho con juramento: “Vivo yo, dice Jehová el Señor, que no quiero la muerte del impío, sino que se vuelva el impío de su camino, y que viva.” Tanta buena voluntad que inclusive ha condescendido a decir: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” Y si ustedes preguntaren: “Señor, ¿cómo sabré que Tú tienes esta buena voluntad para conmigo?” Él señala aquel pesebre, y responde: “pecador, ¿si no tuviese una buena voluntad para contigo, me habría separado de mi Hijo? ¿Si no tuviese buena voluntad para con la raza humana, habría entregado a mi Hijo para que se hiciera uno de esa raza y haciéndolo, pudiera redimirla de la muerte?

Ustedes que dudan del amor del Señor, miren ese círculo de ángeles; miren su resplandor de gloria; escuchen su cántico, y que sus dudas se disipen en esa dulce música y que sea enterrada en una mortaja de armonía. Él tiene buena voluntad para con los hombres; Él está deseoso de perdonar; Él pasa por alto la iniquidad, la transgresión, y el pecado. Y fíjense en esto, si Satanás agregara luego: “pero aunque Dios tenga buena voluntad, Él no puede violar Su justicia, y por ello Su misericordia puede ser ineficaz, y tú puedes morir;” entonces escuchen esa primera nota del himno, “¡Gloria a Dios en las alturas!” y repliquen a Satanás y a todas sus tentaciones, que cuando Dios muestra buena voluntad para con un penitente pecador, no solamente hay paz en el corazón del pecador, sino que trae gloria para cada atributo de Dios, y así Él puede ser justo y sin embargo puede justificar al pecador, y glorificarse Él mismo.

No pretendo decir que haya abierto todas las instrucciones contenidas en estas tres frases, pero tal vez puedo guiarlos en un tren de pensamiento que pueda servirles durante la semana. Espero que durante toda la semana tengan ustedes una verdadera feliz Navidad, sintiendo el poder de esta palabras, y conociendo la unción de ellas. “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres.”

II. A continuación debo presentarles algunos PENSAMIENTOS EMOTIVOS.

Amigos, ¿acaso este versículo, este cántico de los ángeles, no sacude su corazón de felicidad? Cuando leo eso, y encuentro a los ángeles cantándolo, pienso en mis adentros: “Si los ángeles presentaron a la grandiosa Cabeza del Evangelio un cántico, ¿no debería predicar yo cantando? Y mis queridos lectores, ¿no deberían vivir con cánticos? ¿No deberían alegrarse sus corazones y regocijarse sus espíritus? Bien, pensé, hay unos fanáticos religiosos sombríos que nacieron en una oscura noche de Diciembre que piensan que una sonrisa en el rostro es algo impío, y creen que es inconsistente que un cristiano se alegre y se regocije. ¡Ah!, sería bueno que estos señores hubiesen visto a los ángeles cuando cantaban junto a Cristo; pues si los ángeles cantaban acerca de Su nacimiento, aunque no les concernía, ciertamente los hombres deberían cantar acerca de ese nacimiento durante toda su vida, cantar acerca de él cuando mueran, y cantar acerca de él cuando vivan en el cielo para siempre. Yo ciertamente anhelo ver en la iglesia una cristiandad mucho más cantora. Los últimos años han estado engendrando en nuestro medio una cristiandad gimiente e incrédula. Ahora, yo no dudo de su sinceridad, pero sí dudo de su carácter saludable. Digo que puede ser verdadera y lo suficientemente real; Dios no quiera que yo hable una palabra contra la sinceridad de quienes la practican; pero es una religión enfermiza.

Watts hizo un comentario muy atinado cuando dijo:

“La religión nunca fue diseñada
Para disminuir nuestros placeres.”

Está diseñada para eliminar algunos de nuestros placeres, pero nos proporciona muchos más, para compensar con creces lo que nos quita; así que no los disminuye. Oh, ustedes, que no ven en Cristo nada, sino un tema para estimular sus dudas y hacer que las lágrimas rueden por sus mejillas; oh, ustedes que siempre están diciendo:

“Señor, qué tierra tan despreciable es esta,
Que no nos pertrecha de vituallas.”

Acérquense y vean a los ángeles. ¿Narran su historia con gemidos, y llantos, y suspiros? Ah, no; gritan fuertemente: “¡Gloria a Dios en las alturas!” Mis queridos hermanos, imítenlos. Si ustedes son profesantes de la religión, traten siempre de tener un talante alegre. Que otros guarden luto; pero:

“¿Por qué razón los hijos de un rey
Se lamentan todos sus días?”

Unjan su cabeza y laven su rostro; no den la impresión de que están ayunando. Siempre regocíjense en el Señor, y otra vez les digo, regocíjense. Especialmente en esta semana, no se avergüencen de estar contentos. No necesitan pensar en algo impío para estar felices. La penitencia, y los flagelos y el infortunio son cosas que no son muy virtuosas, después de todo. Los condenados son miserables; que los salvos sean felices. ¿Por qué habrían de tener comunión con los perdidos, teniendo sentimientos de perpetuo luto? ¿Por qué no, más bien, anticipar los gozos del cielo, y comenzar a cantar en la tierra ese cántico que no necesitarán terminar nunca? Entonces, la primera emoción que necesitamos fomentar en nuestros corazones es la emoción del gozo y la alegría.

Bien, ¿qué sigue? Otra emoción es la confianza. No estoy seguro de estar en lo correcto al llamarla una emoción, pero en mí es tan afín a eso, que me aventuraré a equivocarme si es ese el caso. Ahora, si cuando Cristo vino a esta tierra, Dios hubiera enviado a alguna negra criatura del cielo, (si existen tales criaturas allá) para decirnos, “Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” y si esa criatura entregara el mensaje con el ceño fruncido y tartamudeando, si yo hubiera estado allí y hubiera escuchado, habría tenido escrúpulos para creerle, pues habría dicho: “no pareces un mensajero que Dios envía, tartamudo como eres, pregonando unas buenas nuevas como esas.” Pero cuando los ángeles vinieron no había la posibilidad de dudar de la verdad de lo que decían, pues era claro que los ángeles creían lo que decían; lo dijeron porque lo creían, pues lo dijeron cantando, con gozo y alegría.

Si algún amigo, habiendo oído que heredaste un legado, viniera a verte con un rostro solemne, y una lengua que sonara como la campana de un funeral, preguntando: “¿sabes que Fulano de Tal te ha dejado diez mil libras esterlinas?” Pues bien, tú responderías, “¡Ah!, qué atrevido,” y te reirías en su cara. Pero si tu hermano súbitamente irrumpiera en tu habitación, y exclamara: “¿qué piensas? ¡Eres un hombre rico; Fulano de Tal te ha dejado diez mil libras esterlinas!” Entonces tú dirías: “pienso que es muy probable que sea verdad, pues se ve muy alegre por ello.”

Pues bien, cuando estos ángeles vinieron del cielo proclamaron las nuevas como si las creyeran; y aunque yo a menudo impíamente he dudado de la buena voluntad de mi Señor, pienso que nunca hubiera podido dudarlo al oír el canto de estos ángeles. No, yo habría dicho: “los propios mensajeros son una prueba de la verdad, pues parecería que lo han oído de los mismos labios de Dios; no tienen ninguna duda al respecto, pues vean cuán gozosamente proclaman la noticia.”

Ahora, pobre alma, tú que está temerosa que Dios te destruya, y que piensas que Dios no tendrá nunca misericordia de ti, mira a los ángeles cantando y atrévete a dudar. No vayas a la sinagoga de los hipócritas de rostros alargados para oír al ministro que predica con un tonillo nasal, con la aflicción reflejada en su rostro, mientras les dice que Dios tiene buena voluntad para con los hombres; yo sé que no vas a creer lo que él dice, pues no predica con gozo en su rostro; les está diciendo buenas nuevas con un gruñido, y no es probable que ustedes acepten el mensaje. Pero síganse derecho, a la llanura donde los pastores de Belén pernoctan, y cuando oigan que los ángeles cantan el Evangelio, por la gracia de Dios en ustedes, no podrán evitar quedar convencidos que ellos sienten de manera manifiesta el valor de lo que dicen. ¡Bendita Navidad, que trae tales criaturas como los ángeles, para confirmar nuestra fe en la buena voluntad de Dios para con los hombres!

III. Ahora debo presentarles el tercer punto. Hay algunas EXPRESIONES PROFÉTICAS contenidas en estas palabras.

Los ángeles cantaron “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Pero yo miro alrededor, y ¿qué es lo que veo en el ancho, ancho mundo? No veo que Dios sea honrado. Veo a los paganos inclinándose ante sus ídolos; observo al católico romano arrojándose sobre los harapos inmundos de sus reliquias, y las horribles figuras de sus imágenes. Miro a mi alrededor, y veo a la tiranía gobernando sobre los cuerpos y las almas de los hombres; veo a Dios olvidado; veo a una raza mundana persiguiendo las riquezas; veo a una raza sangrienta siguiendo a Moloc; veo a la ambición cabalgando como Nimrod sobre la tierra, a Dios olvidado, y Su nombre deshonrado. Y ¿es de todo esto que los ángeles cantaron? ¿Acaso es todo esto lo que los llevó a cantar: “Gloria a Dios en las alturas”? ¡Ah, no! Se acercan días más claros. Ellos cantaron: “Y en la tierra paz.” Pero todavía oigo el clarín de guerra; y el hórrido rugido del cañón: ¡todavía no han vuelto sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces! La guerra reina todavía. ¿Es de todo esto que los ángeles cantaron? Y mientras veo guerras hasta los confines de la tierra, ¿debo creer que esto es todo lo que los ángeles esperaban?

¡Ah, no!, hermanos; el villancico de los ángeles es grande en profecía; sintió dolores de parto con glorias. Dentro de unos cuantos años, los que vivan la profecía verán por qué los ángeles cantaron; porque aún un poquito, y el que ha de venir vendrá, y no tardará. Cristo el Señor vendrá otra vez y cuando venga botará a los ídolos de sus tronos; Él hará pedazos toda forma de herejía y cada tipo de idolatría; reinará de polo a polo con ilimitado dominio: reinará cuando como un rollo, aquellos cielos azules hayan pasado. Ninguna contienda vejará el reino del Mesías, la sangre no será entonces derramada; colgarán en alto el yelmo sin usar, y no estudiarán más la guerra. Se aproxima la hora en la que el templo de Jano será cerrado para siempre, y cuando el cruel Marte será corrido de la tierra. Viene el día cuando el león como el buey comerá paja, y el leopardo con el cabrito se acostará; cuando el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna de la víbora y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid. Se aproxima la hora; los primeros rayos de luz solar han alegrado la era en que vivimos. He aquí, Él viene, con trompetas y con nubes gloria; vendrá el que esperamos con gozosa expectación, cuya venida será gloria para Sus redimidos, y confusión para Sus enemigos. ¡Ah!, hermanos, cuando los ángeles cantaron esto, hubo un eco a lo largo de todos los pasillos de un glorioso futuro. El eco era:

“¡Aleluya! Cristo el Señor
Dios Omnipotente reinará.”

Ay, y sin duda los ángeles oyeron por fe la plenitud del villancico:

“¡Escuchen! El cántico del jubileo
Fuerte como el rugido de potentes truenos,
O como la plenitud del mar,
Cuando rompe sobre la costa.”

“¡Cristo nuestro Dios Todopoderoso reina!

IV. Ahora, tengo una lección más para ustedes, y habré concluido. Esa lección es PRECEPTIVA.

Yo deseo que cada quien que guarde la Navidad este año, la guarde como la guardaron los ángeles. Hay muchas personas que, cuando hablan acerca de guardar la Navidad, quieren decir con ello cortar las bandas de su religión por un día del año, como si Cristo fuera el Señor del desgobierno, como si el nacimiento de Cristo debiera celebrarse como las orgías de Baco. Hay algunas personas muy religiosas, que en Navidad no olvidarían nunca ir a la iglesia por la mañana; ellos creen que la Navidad es casi tan santa como el domingo, pues reverencian la tradición de los antepasados. Sin embargo, su forma de pasar el resto del día es muy notable; pues si logran ver su camino por las escaleras para llegar directamente a su cama en la noche, será por accidente. Considerarían que no han guardado la Navidad de manera apropiada , si no se entregaran a la glotonería y a la borrachera. Son muchos los que piensan que la Navidad no puede ser observada, a menos que hayan gritos de alegría y júbilo en la casa, y añadido a eso, la turbulencia del pecado.

Ahora, hermanos míos, aunque nosotros, como sucesores de los puritanos, no guardamos el día en ningún sentido religioso, y no le reconocemos nada especial sino que lo consideramos un día cualquiera: creyendo que cada día puede ser una Navidad, como debe serlo, y deseando hacer que cada día sea una Navidad, si se puede, sin embargo debemos de dar el ejemplo a los demás de cómo comportarse ese día; y especialmente porque los ángeles dieron gloria a Dios: hagamos lo mismo.

Además, los ángeles dijeron: “paz a los hombres:” esforcémonos si podemos por hacer la paz el próximo día de Navidad. Ahora, anciano amigo, tú no aceptas a tu hijo: él te ha ofendido. Invítalo en Navidad. “Paz en la tierra;” ustedes saben: ese es un villancico de Navidad. Lleven la paz a su familia.

Ahora, hermano, has hecho un voto que nunca le vas a hablar otra vez a tu hermano. Búscalo y dile: “oh, mi querido amigo, que no se ponga el sol sobre nuestro enojo.” Invítalo, y dale tu mano. Ahora, señor Comerciante, tienes un competidor en el negocio, y has hablado algunas palabras muy duras acerca de él últimamente. Si no haces las paces hoy, o mañana, o tan pronto como puedas, hazlo el día de Navidad. Esa es la manera de guardar la Navidad, paz en la tierra y gloria a Dios. Y, oh, si tienes algo en tu conciencia, algo que te impida tener paz en tu mente, guarda la Navidad en tu habitación, pidiéndole a Dios que te dé paz; pues es paz en la tierra, paz en la mente, paz en ti mismo, paz contigo, paz con tus semejantes, paz con tu Dios. Y no pienses que has celebrado bien ese día hasta que puedas decir, “oh Dios,

“Con el mundo, conmigo, y contigo
Quiero estar en paz antes de dormir.”

Y cuando el Señor Jesús se haya convertido en tu paz, recuerda que hay otra cosa, buena voluntad para con los hombres. No trates de guardar la Navidad sin guardar buena voluntad para con los hombres. Tú eres un caballero y tienes sirvientes. Bien, intenta encender sus chimeneas con el fuego de un buen trozo de alimento sustancial para ellos. Si ustedes son ricos, tendrán a los pobres en su vecindario. Encuentren algo para vestir al desnudo, y alimentar al hambriento, y alegrar al que se lamenta. Recuerden, es buena voluntad para con los hombres. Traten, si pueden, de mostrarles buena voluntad en esta estación especial; y si hacen eso, los pobres dirán conmigo, que verdaderamente desearían que hubieran seis Navidades en el año.

Que cada uno de nosotros salga de este lugar con la determinación, que si estamos enojados todo el año, esta siguiente semana será una excepción; que si le hemos gruñido a todo el mundo el año pasado, durante este tiempo de Navidad nos esforzaremos para ser amablemente cálidos hacia los demás; y que si hemos vivido todo este año en enemistad con Dios, ruego que por Su Espíritu esta semana nos dé paz con Él; y entonces, ciertamente, hermano mío, será la Navidad más feliz que hayamos tenido jamás en nuestras vidas. Ustedes, jóvenes, van a ir a su casa a reunirse con su padre y su madre; muchos de ustedes irán directamente de su trabajo a su casa. Ustedes recordarán lo que prediqué la Navidad del año pasado. Vayan a casa con sus amigos, y díganles lo que el Señor ha hecho para su alma, y eso hará una bendita ronda de historias junto a la chimenea de Navidad. Si cada uno de ustedes cuenta a sus padres cómo el Señor los encontró en la casa de oración; cómo, cuando dejaron la casa, ustedes eran unos jóvenes gallardos alegres y alborotados, pero que han vuelto a amar al Dios de su madre, y a leer la Biblia de su padre. ¡Oh, cuán feliz Navidad sería!

¿Qué más diré? Que el Señor les dé paz con ustedes mismos; que les dé buena voluntad para con todos sus amigos, con sus enemigos, y con sus vecinos; y que les dé gracia para dar gloria a Dios en las alturas. No agregaré nada más, excepto al concluir este sermón, que deseo a cada uno de ustedes, cuando llegue el día, la más feliz Navidad que hayan tenido jamás en sus vidas.

“Ahora con ángeles alrededor del trono, Querubines y serafines, Y la iglesia, que todavía es una, Elevemos el solemne himno; ¡Gloria al grandioso YO SOY! Gloria al Cordero victimado.Bendición, honor, gloria, poder
Y dominio infinito,
Al Padre de nuestro Señor,
Al Espíritu y al Verbo;
Como fue antes en todos los mundos,
Como es, y como será jamás.”