El Pacto

Es algo maravilloso que Dios entre en un pacto de gracia con los hombres. Que hiciera al hombre y fuera misericordioso con él, es fácilmente concebible; pero que estreche Su mano con Su criatura y ponga Su augusta majestad en un vínculo con esa criatura por Su propia promesa, es algo prodigioso. Una vez que sé que Dios ha hecho un pacto, no me sorprende que lo recuerde, pues Él es “Dios que no miente.” “Habló, ¿y no lo ejecutará?” ¿Ha hecho una promesa solemne alguna vez? Sería inconcebible que no la cumpliera. La doctrina del texto se elogia por sí sola ante todo hombre razonable y considerado: si Dios ha establecido un pacto, será siempre fiel a ese pacto. Es a ese punto al que quiero llamar su atención ahora, con el deseo de que tenga una aplicación práctica.

Que Dios establezca un pacto de gracia con nosotros es una bienaventuranza tan grande, que espero que cada uno de los que están aquí presentes diga en su corazón: “¡Oh, que el Señor estableciera un pacto conmigo!”

Analizaremos prácticamente este asunto, primero, respondiendo a la pregunta: ¿En qué consiste este pacto? En segundo lugar, haciendo la pregunta: ¿tengo yo alguna porción en él? Y, en tercer lugar, pidiendo que cada uno diga: “Si en verdad tengo un pacto con Dios, entonces cada parte de ese pacto será cumplida, pues Dios hace memoria de Su pacto perpetuamente.”

I. Primero, entonces, ¿EN QUÉ CONSISTE ESTE PACTO?

Si acudieras a un abogado y le preguntaras cuál es el contenido de una escritura legal, te respondería: “podría darte un extracto, pero sería mejor que te la leyera.” Podría darte la esencia y la sustancia de esa escritura; pero si quieres ser muy preciso, y se tratara de un asunto de mucha importancia, tú le dirías: “me gustaría que la leyeras.”

Vamos a leer ahora ciertos pasajes de la Escritura que contienen el pacto de gracia, o un extracto del mismo. Vayan a Jeremías 31: 31-34: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero este es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo. Y no enseñará más ninguno a su prójimo, ni ninguno a su hermano, diciendo: Conoce a Jehová; porque todos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehová; porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.”

Impriman cada una de esas palabras en diamantes, pues el sentido es inconcebiblemente precioso. Dios, en el pacto, promete a Su pueblo que, en lugar de escribir Su ley sobre tablas de piedra, la escribirá en las tablillas de sus corazones. En vez de que la ley sea dada en la forma de un mandamiento duro y estrujante, será colocada dentro de ellos como un objeto de amor y de deleite, y será escrita sobre la naturaleza transformada de los amados objetos de la elección de Dios: “Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón”; ¡qué privilegio del pacto es este!

“Y yo seré a ellos por Dios”. Por tanto, todo lo que hay en Dios les pertenecerá a ellos. “Y ellos me serán por pueblo.” Ellos me pertenecerán; los amaré como algo Mío; los guardaré, los bendeciré, los honraré, y proveeré para ellos como Mi pueblo. Seré su porción, y ellos serán Mi porción.

Noten el siguiente privilegio. Todos ellos recibirán instrucción celestial sobre el punto más vital: “Todos me conocerán”. Puede ser que haya algunas cosas que no conozcan, pero “Todos me conocerán”. Me conocerán como su Padre; conocerán a Jesucristo como su Hermano; conocerán al Espíritu Santo como su Consolador. Tendrán trato y comunión con Dios. ¡Qué privilegio del pacto es este!

De aquí proviene el perdón, “Porque perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.” ¡Qué limpieza total del pecado! Dios perdona y olvida; ambos componentes van juntos. “Perdonaré la maldad de ellos, y no me acordaré más de su pecado.” Todos desaparecerán, toda su transgresión será borrada, y no será mencionada en su contra nunca más para siempre. ¡Qué indecible favor! Este es el pacto de gracia.

Les pido su atención al hecho de que en el pacto no hay condicionales tales como “si”, o “pero”, y no hay requerimientos establecidos por el pacto para el hombre. Todo consiste en el: “Yo haré” de Dios y, por consiguiente, en el “ellos harán”. “Yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.” Es un contrato escrito en un tono real, y su estilo majestuoso no se ve afectado por un “quizá” o un “tal vez”, sino que permanece siempre en “será” y “haré”. Estas dos palabras son una prerrogativa de la majestad divina; y en este portentoso acto de entrega, en el que el Señor otorga un cielo de gracia a los pecadores culpables, la entrega es según la soberanía de Su propia voluntad, sin que haya nada que ponga en riesgo al don o que torne insegura a la promesa.

De esta manera les he leído el pacto en una forma.

Pasen unas cuantas páginas de su Biblia, y llegarán a un pasaje de Ezequiel. Allí tendremos al profeta de ojos vivos -aquel que podía vivir entre las ruedas y los serafines- diciéndonos qué es el pacto de gracia. Leemos en Ezequiel, en el capítulo once y en los versículos diecinueve y veinte: “Y les daré un corazón, y un espíritu nuevo pondré dentro de ellos; y quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne, y les daré un corazón de carne, para que anden en mis ordenanzas, y guarden mis decretos y los cumplan, y me sean por pueblo, y yo sea a ellos por Dios.”

Encontrarán otra forma del pacto un poco más adelante, en el capítulo treinta y seis de Ezequiel, comenzando en el versículo veinticinco. ¡Cuán atentamente deberían oír esto! Escuchar las mismísimas palabras del propio pacto de Dios es muchísimo mejor que oír cualquier predicación de hombre mortal, pues son las palabras de un pacto que salva a quienes están involucrados en él. A menos que tengan una participación en él, serán ciertamente infelices.

Leámoslo: “Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra… Y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por Dios.” Esta promesa siempre viene al final, “Yo seré a vosotros por Dios.”

En esta forma del pacto, les pido otra vez que sean testigos de que Dios no exige nada, no pide ningún precio, no requiere de un pago, sino que hace una promesa tras otra a las personas con quienes establece el pacto, todas gratuitas, todas incondicionales, todas hechas de acuerdo a la munificencia de Su corazón real.

Entremos en un poco más de detalle acerca de esto. Dios ha establecido un pacto con ciertas personas en el sentido de que hará todo esto por ellas, y en cada caso es por pura gracia. Él les quitará sus corazones de piedra: por esta promesa nos queda claro que cuando comenzó con ellos, tenían corazones de piedra. Él perdonará sus iniquidades: cuando comenzó con ellos, tenían muchas iniquidades. Les dará un corazón de carne: cuando comenzó con ellos, no tenían un corazón de carne. Hará que anden en Sus estatutos: cuando comenzó con ellos, no guardaban Sus estatutos. Eran personas pecadoras, voluntariosas, perversas y degeneradas, y las llamó muchas veces para que vinieran a Él, y se arrepintieran, pero no quisieron. Aquí Él habla como un rey, y ya no suplica más, sino que decreta. Dice: “Yo haré esto y lo otro por ustedes, y, a cambio, ustedes serán esto y lo otro.” ¡Oh, bendito pacto! ¡Oh gracia poderosa y soberana!

¿Cómo acaeció esto? Aprendan la doctrina de los dos pactos.

El primer pacto del que hablaremos ahora fue el de obras, el pacto establecido con nuestro primer padre Adán. Este no es el primero en propósito, sino que fue el primero que fue revelado en el tiempo. Este era su contenido: tú Adán, y tu posteridad, vivirán y serán felices si guardan mi ley. Para probar tu obediencia hacia Mí, hay un cierto árbol; si lo dejas en paz, vivirás: si lo tocas, morirás, y aquellos a quienes representas también morirán.

Nuestra primera cabeza del pacto arrebató con avidez el fruto prohibido y cayó: ¡y qué caída fue esa, hermanos míos! Allí, ustedes, y yo, y todos nosotros, caímos, y a la vez quedó demostrado de una vez por todas que por las obras de la ley nadie puede ser justificado; pues si Adán, que era perfecto, quebrantó la ley tan rápidamente, podemos estar seguros de que ustedes y yo quebrantaríamos cualquier ley que Dios promulgara. No había ninguna esperanza de felicidad para ninguno de nosotros por medio de un pacto que contuviera un “si”. Ese viejo pacto es eliminado, pues ha fracasado completamente. No nos trajo nada sino una maldición, y nos alegra que haya envejecido, y, en lo concerniente a los creyentes, que haya desaparecido.

Luego vino el segundo Adán. Ustedes conocen Su nombre; Él es el siempre bendito Hijo del Altísimo. Este segundo Adán estableció un pacto con Dios, más o menos de esta manera: el Padre dice: Te doy un pueblo; ese pueblo será Tuyo: has de morir para redimirlo, y cuando hubieres hecho esto, cuando por causa de ellos hubieres cumplido Mi ley, y la hubieres honrado, cuando por su causa hubieres soportado Mi ira en contra de sus transgresiones, entonces Yo los bendeciré; ellos serán Mi pueblo; perdonaré sus iniquidades; cambiaré sus naturalezas; los santificaré, y los haré perfectos.

Había un aparente “si” en este pacto al principio. Ese “si” dependía de la suposición de que el Señor Jesús obedeciera la ley, y pagara la recompensa; una suposición que Su fidelidad ponía más allá de toda duda. No hay ningún “si” en el pacto ahora. Cuando Jesús inclinó Su cabeza, y dijo: “Consumado es”, no quedó ningún “si” en el pacto.

Por tanto, existe ahora como un pacto enteramente unilateral: un pacto de promesas, de promesas que deben ser cumplidas, porque la otra porción del pacto ya fue cumplida, y ahora la parte del Padre ha de ser cumplida. Él no puede dejar de cumplir, ni lo hará, aquello que pactó con Cristo que haría. El Señor Jesús recibirá el gozo puesto delante de Él. “Verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho.” Por su conocimiento justificará a muchos, el Cristo que se convirtió en el Siervo justo de Dios, pues, ¿no llevó Él nuestras iniquidades? Todos aquellos para los que Él fue la Fianza, ¿cómo podrían dejar de ser aceptados? ¿Ven por qué el pacto, según lo he leído, permanece tan absolutamente sin los condicionales “si”, “pero” y “quizá”, y se basa únicamente en “haré” y “será”? Es porque un lado del pacto, que parecía incierto, fue puesto en las manos de Cristo, que no puede fallar ni ser desalentado. Él ha cumplido Su parte del pacto, y ahora permanece firme, y ha de permanecer firme por siempre y para siempre.

Este es ahora un pacto de pura gracia, y solamente de gracia: que nadie intente mezclar obras en ese pacto, ni nada de mérito humano. Dios salva ahora porque Él elige salvar, y por sobre nuestras cabezas nos llega un sonido como de una trompeta marcial, pero que contiene una profunda y tranquila música: “Tendré misericordia del que tendré misericordia, y seré clemente para con el que seré clemente.” Dios nos observa a todos perdidos y arruinados, y, en Su infinita misericordia, viene con absolutas promesas de gracia para aquellos que ha entregado a Su Hijo Jesús.

Es suficiente, entonces, con respecto al pacto.

II. Ahora sigue la importante pregunta, “¿TENGO YO ALGUNA PARTICIPACIÓN EN EL PACTO?” ¡Que el Espíritu Santo nos ayude a averiguar la verdad acerca de este punto! A ustedes que están realmente ansiosos en sus corazones por saberlo, quisiera persuadirlos sinceramente para que lean la Epístola a los Gálatas.

Lean la Epístola completa, si quieren saber si tienen alguna parte o porción en el pacto de gracia. ¿Cumplió Cristo la ley por mí? ¿Están dirigidas a mí las promesas de Dios, absolutas e incondicionales? Pueden saberlo si responden a tres preguntas.

Primero, ¿están en Cristo? ¿No advirtieron que dije que todos nosotros estábamos en Adán, y en Adán todos caímos? Ahora, “Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación de vida.”

¿Están ustedes en el segundo Adán? Ciertamente ustedes estaban en el primer Adán, pues así fue como cayeron. ¿Están en el segundo Adán? Porque, si están en Él, son salvos en Él. Él ha guardado la ley por ustedes. El pacto de gracia establecido con Él, fue hecho con ustedes, si están en Él; pues, tan ciertamente como Leví estaba en los lomos de Abraham cuando Melquisedec le salió al encuentro, así estaban todos los creyentes en los lomos de Cristo cuando murió en la cruz. Si están en Cristo, ustedes son parte y porción de la simiente a quien la promesa fue hecha; pero sólo hay una simiente, y el apóstol afirma: “No dice: Y a las simientes, como si hablase de muchos, sino como de uno: Y a tu simiente, la cual es Cristo.” Entonces, si están en Cristo, están en la simiente, y el pacto de gracia fue hecho con ustedes.

Debo hacerles otra pregunta: ¿tienen fe ustedes? Mediante esta pregunta recibirán ayuda para responder a la pregunta previa, pues los creyentes están en Cristo. En la Epístola a los Gálatas, encontrarán que la marca de quienes están en Cristo es que creen en Cristo. La señal de todos los que son salvos no es la confianza en las obras, sino la fe en Cristo. En la Epístola a los Gálatas, Pablo insiste en esto, “El justo por la fe vivirá”, y la ley no es fe. Una y otra vez lo expresa de esta manera.

Vamos, entonces, ¿creen en Jesucristo con todo su corazón? ¿Es su única esperanza para el cielo? ¿Descansan todo su peso, toda la fuerza de su salvación, en Jesús? Entonces están en Él, y el pacto es suyo; y no hay ninguna bendición que Dios haya decretado dar, que no les dé a ustedes. No hay una bendición que, por la grandeza de Su corazón, haya resuelto otorgar a Sus elegidos, que Él no les otorgue a ustedes. Si creen en Cristo Jesús, tienen la marca, el sello, la insignia de Sus elegidos.

Esta otra pregunta podría ser de ayuda; es: ¿han nacido de nuevo? Los refiero nuevamente a la Epístola a los Gálatas, que quisiera que cada persona ansiosa leyera por entero y muy cuidadosamente. Allí verán que Abraham tuvo dos hijos: uno de ellos nació según la carne; fue Ismael, el hijo de la esclava. Aunque fue el primogénito, no era el heredero, pues Sara dijo a Abraham: “Echa a esta sierva y a su hijo, porque el hijo de esta sierva no ha de heredar con Isaac mi hijo.” El que nació según la carne no heredó la promesa del pacto.

¿Está fundamentada tu esperanza del cielo en el hecho de que tuviste una buena madre y buen padre? Entonces tu esperanza es nacida de la carne, y no estás en el pacto. Constantemente oigo decir que los hijos de padres piadosos no necesitan la conversión. He de denunciar esa perversa falsedad. “Lo que es nacido de la carne, carne es”, y no es nada mejor. Los que son nacidos de la carne no son los hijos de Dios. No crean en el agraciado linaje, o en los santos ancestros. Deben nacer de nuevo, cada uno de ustedes, o perecerán para siempre, sin importar quiénes sean sus padres.

Abraham tuvo otro hijo, Isaac: él no nació de la fuerza de su padre, ni según la carne en absoluto, pues se nos informa que tanto Abraham como Sara habían envejecido; más bien, Isaac nació por el poder de Dios, de acuerdo a la promesa. Él fue el hijo dado por la gracia.

Ahora, ¿han nacido alguna vez de esta manera: no por la fuerza humana, sino por el poder divino? La vida que está en ustedes, ¿es una vida dada por Dios? La verdadera vida no es engendrada de la voluntad del hombre, ni de la sangre, ni de la excelencia natural; sino que es engendrada por la obra del Espíritu eterno, y es de Dios.

Si tú tienes esta vida, estás en el pacto, pues está escrito, “En Isaac te será llamada descendencia”. Los hijos de la promesa son los que son considerados la simiente. Dios dijo a Abraham: “En tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra”, y eso fue porque Él tenía el propósito de justificar a los gentiles por medio de la fe, para que la bendición dada al creyente Abraham pudiera venir sobre todos los creyentes. Abraham es el padre de los fieles, o el padre de todos aquellos que creen en Dios, y con ellos es establecido el pacto.

Entonces, aquí tenemos las preguntas probatorias: ¿estoy en Cristo? ¿Creo en Jesús? ¿Soy nacido por el poder del Espíritu de Dios según la promesa, y no por el nacimiento carnal, o según las obras? Entonces estoy en el pacto; mi nombre está en el registro eterno. Antes de que las estrellas comenzaran a brillar, el Señor había pactado bendecirme. O antes de que la tarde y la mañana constituyeran el primer día, mi nombre estaba en Su libro. Cristo, antes de la fundación del mundo, estrechó la mano de Su Padre en el salón del consejo de la eternidad, y se comprometió a redimirme, y a llevarme a mí y a multitudes de personas a Su eterna gloria; y Él lo hará, pues nunca quebranta sus compromisos de afianzamiento.

Quiero que estén muy seguros acerca de estos puntos, pues, oh, ¡qué paz engendrará en sus almas; qué descanso de corazón es entender el pacto, y saber que tu nombre está registrado en él!

III. Este es nuestro último punto. Si en verdad creemos, basados en la sólida evidencia de la Palabra de Dios, que somos de la simiente con la que fue establecido el pacto en Cristo Jesús, entonces TODA BENDICIÓN DEL PACTO VENDRÁ A NOSOTROS. Voy a expresarlo más personalmente: cada bendición del pacto vendrá a ‘TI’.

El diablo dice: “no, no vendrá”. ¿Por qué no, Satanás? “Vamos”, -responde- “tú eres incapaz de hacer esto o aquello.” Refieran al demonio al texto; díganle que lea aquellos pasajes que yo he leído para ustedes, y pregúntenle si puede detectar un “si” o un “pero”, pues yo no puedo hacerlo. “¡Oh!”, -dice él- “pero, pero, pero, pero no puedes hacer lo suficiente, no puedes sentir lo suficiente.” ¿Dice allí algo acerca de sentir? Únicamente dice: “Les daré un corazón de carne.” Entonces sentirán lo suficiente. “¡Oh, pero!”, -dice el diablo- “tú no puedes ablandar tu empedernido corazón.” ¿Acaso dice que yo he de hacerlo? ¿No dice acaso: “Quitaré el corazón de piedra de en medio de su carne”? El tenor del pacto es: Yo lo haré; Yo lo haré. El diablo no se atreve a decir que Dios no puede hacerlo; él sabe que Dios puede habilitarnos para hollarlo bajo nuestros pies. “¡Oh, pero!”, -dice él- “no podrás mantenerte en tu camino si comienzas a ser un cristiano.” ¿Acaso dice algo acerca de eso, más allá de esto: “Para que anden en mis ordenanzas”? Qué importa que no tengamos poder en nosotros o por nosotros mismos para continuar andando en Sus estatutos; pues Él tiene el poder para hacer que sigamos andando en ellos. Él puede obrar en nosotros la obediencia y la perseverancia final en la santidad; Su pacto promete virtualmente estas bendiciones para nosotros.

Regresando a lo que dijimos anteriormente: Dios no pide nada de nosotros, sino que nos da a nosotros. Nos ve muertos, y nos ama incluso estando muertos en nuestros delitos y pecados. Nos ve débiles, e incapaces de ayudarnos a nosotros mismos; Él interviene, y produce en nosotros así el querer como el hacer, por Su buena voluntad, y luego nosotros nos ocupamos en nuestra salvación con temor y temblor.

La base de esto, el propio cimiento de esto, es Él mismo; y no encuentra nada en nosotros que le sirva. No hay ni fuego ni leña en nosotros, ni mucho menos el cordero para el holocausto, sino que todo es vacío y condenación. Él interviene con “yo haré” y entonces “ustedes serán”, a semejanza del ayudador real que otorga ayuda gratuita a los pecadores desvalidos y miserables, de conformidad a las riquezas de Su gracia. Ahora, estén seguros de que, habiendo hecho un pacto como este, Dios hace memoria de Su pacto perpetuamente.

Lo hará, primero, porque no puede mentir. Si dice que lo hará, Él lo hará. Su propio nombre es: “Dios que no miente”. Si yo estoy en Cristo, he de ser salvo: nadie puede impedirlo. Si soy un creyente en Cristo, he de ser salvo; todos los demonios del infierno no pueden detenerlo, pues Dios ha dicho: “El que en él cree, no es condenado.” “El que creyere y fuere bautizado será salvo.” La palabra de Dios no es Sí y No. Él sabía lo que decía cuando pronunció el pacto, y nunca lo ha cambiado, ni lo ha contradicho.

Entonces, si soy un creyente, he de ser salvo, pues estoy en Cristo, a quien es hecha la promesa; si tengo la nueva vida en mí, he de ser salvo, pues, ¿acaso no es esta vida espiritual la simiente viva e incorruptible que vive y permanece para siempre? ¿No dijo Jesús: “El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna”? Yo he bebido el agua que Cristo me dio, y debe saltar para vida eterna. No es posible que la muerte mate a la vida que Dios me ha dado, ni tampoco que los espíritus caídos huellen y apaguen el fuego divino que el propio Espíritu de Cristo ha colocado en mi pecho. He de ser salvo, pues Dios no puede negarse a Sí mismo.

A continuación, Dios hizo el pacto libremente. Si no hubiese tenido el propósito de guardarlo, no lo habría establecido. Cuando un hombre es arrinconado por alguien que le dice: “ahora debes pagarme”, entonces es propenso a prometer más de lo que pueda cumplir. Declara solemnemente: “te pago dentro de quince días”. Pobre individuo, no tiene dinero ahora, y no tendrá dinero entonces, pero hace una promesa porque no puede evitarlo.

No se puede imaginar tal necesidad con nuestro Dios. El Señor no estaba bajo ninguna coacción: podría haber dejado que los hombres perecieran por causa del pecado; no había nadie que lo impulsara a establecer el pacto de gracia, o ni siquiera que sugiriera la idea. “¿A quién pidió consejo para ser avisado?” Él estableció el pacto por Su propia voluntad real, y puedes estar seguro de que nunca se retractará. Un pacto establecido tan libremente ha de ser cumplido plenamente.

Además, en el documento del pacto hay un sello. ¿Vieron el sello? La cosa importante en una escritura de donación, es la firma o el sello. ¿Qué es esto: esta salpicadura roja al pie del documento? ¡Es sangre! Sí; es sangre. ¿De quién es la sangre? Es la sangre del Hijo de Dios. Esto ha ratificado y sellado el pacto. Jesús murió. La muerte de Jesús ha hecho que el pacto se guarde. ¿Acaso puede Dios olvidar la sangre de Su amado Hijo, o despreciar Su sacrificio? Imposible. Él salvará a todos aquellos por quienes murió como un Sustituto del pacto. Sus redimidos no serán abandonados en la cautividad, como si el precio del rescate no hubiese efectuado nada. ¿Acaso no ha dicho Él: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera”? Ese pacto permanece firme, aunque las viejas columnas de la tierra se inclinen, pues el desprecio a la sangre no puede ser nunca posible de parte del Padre.

Además, Dios se deleita en el pacto, y así estamos seguros de que no se retractará. Es el puro gozo de Su santo corazón. Él se deleita en hacer el bien a Su pueblo. Pasar por alto la transgresión, la iniquidad, y el pecado es el esparcimiento de Jehová. ¿Alguna vez oyeron a Dios cantar? Es singular que el Ser Divino se solace con cánticos; sin embargo, un profeta nos ha revelado así al Señor: “Callará de amor, se regocijará sobre ti con cánticos.” El pacto es el corazón de Dios escrito con la sangre de Jesús; y puesto que la naturaleza entera de Dios corre paralela con el tenor del pacto eterno, pueden estar seguros de que incluso sus jotas y sus tildes permanecen firmes.

Y luego, por último, ¡oh tú que estás en el pacto, no debes atreverte a dudar de que Dios te salve, te guarde y te bendiga, viendo que tú has creído en Jesús, y estás en Jesús, y eres vivificado a nueva vida! No te atreverás a dudar si te digo algo más: si tu padre, si tu hermano, si tu amigo más querido hubieren expresado solemnemente un hecho, ¿tolerarías que alguien te dijera que mintieron? Sé que te indignarías ante una acusación así; pero supón que tu padre hubiere hecho un juramento de la manera más solemne, ¿acaso pensarías por un minuto que había perjurado y jurado una mentira?

Ahora busca en la Palabra de Dios, y encontrarás que Dios, debido a que sabía que un juramento entre los hombres es el fin de la controversia, se ha agradado en sellar el pacto con un juramento. “Para que por dos cosas inmutables, en las cuales es imposible que Dios mienta, tengamos un fortísimo consuelo los que hemos acudido para asirnos de la esperanza puesta delante de nosotros.” Dios ha alzado Su mano al cielo, y ha jurado que Cristo recibirá la recompensa de Su pasión, que Sus comprados serán llevados bajo Su dominio, que habiendo cargado Él con el pecado, y habiéndolo quitado, no habrá nunca una segunda acusación contra Sus redimidos.

Allí está todo. ¿Crees tú en Cristo? Entonces Dios producirá en ti así el querer como el hacer por Su buena voluntad; Dios vencerá tu pecado; Dios te santificará; Dios te salvará; Dios te guardará; Dios te llevará hacia Él al final. Apóyate en ese pacto, y entonces, movido por una intensa gratitud, sigue adelante para servir a tu Señor con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas. Siendo salvo, vive para alabarle. No trabajes para ser salvado, sino debido a que eres salvo, pues el pacto ha asegurado tu salvación. Liberado del temor servil que un Ismael habría podido conocer, vive la vida gozosa de un Isaac; y movido por el amor del Padre, gasta lo tuyo y aun gástate tú mismo por Él. Si la esperanza egoísta de ganar el cielo por obras ha impulsado a algunos hombres a grandes sacrificios, mucho más debería impulsarnos al más noble servicio, el piadoso motivo de gratitud hacia Él, que ha hecho esto por nosotros, y debería hacernos sentir que no es un sacrificio en absoluto. “Pensando esto: que si uno murió por todos, luego todos murieron; y por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos.” “No sois vuestros, porque habéis sido comprados por precio.”

Si ustedes están bajo el pacto de gracia, la señal de los que están bajo el pacto está en ustedes, y el sagrado carácter de los que están en el pacto será manifestado en ustedes. Bendigan y magnifiquen a su Dios del pacto. Tomen la copa del pacto, e invoquen Su nombre. Argumenten las promesas del pacto, y reciban todo lo que necesitan. Amén