El Evangelio Nos Llegó En Poder

A un trabajador le gusta ver los frutos de su trabajo. Es muy desalentador que le dedique mucho esfuerzo y no pueda ver los resultados. Los trabajadores de Dios en la fe, continuarían esforzándose, aunque no vieran resultados; pero es más consolador, mucho más fácil continuar en el servicio, cuando ven que Dios los está bendiciendo. Ahora bien, no es malo que un ministro Cristiano hable de las conversiones que ha conseguido bajo su ministerio. Pablo dijo que él hubiera hablado de ellas, pero como otros lo hacían tan continuamente, no era necesario mencionarlas. Sin embargo, bajo ninguna circunstancia Pablo habría actuado mal, y por consiguiente, concluimos que es muy aceptable a veces que veamos lo que se ha hecho, y que hablemos de ello, y especialmente porque si cualquier ministerio hace algo bueno, es porque Dios lo ha hecho, y toda la gloria se le debe a Él y a Él solamente.

No hablar de lo que Dios ha hecho sería una ingratitud. Podría tener alguna semejanza con la humildad, pero en realidad sería deslealtad al Altísimo. Por eso mismo Pablo no dudó en hablar de sus conversos en Tesalónica, y de su buen carácter, y del buen fruto que habían dado, y de la forma en que habían difundido el evangelio en otras comarcas. Él no se jactaba; le daba la gloria a Dios, pero él comentaba lo que se había hecho. Nosotros pensamos que podemos hacer lo mismo; en la medida que Dios bendiga nuestro trabajo, cualquiera de nosotros puede hablar de ello para alabanza y gloria de Dios, y para el estímulo de nuestros compañeros trabajadores. El Apóstol en este pasaje nos dice lo que ha hecho Dios en Tesalónica. Procederemos de inmediato a desarrollarlo, pues nuestro texto es largo.

Y notarán ustedes que nos dice, primero, lo que había predicado en Tesalónica; luego cómo le había llegado a la gente; y, en tercer lugar, cuál había sido el resultado de esto para ellos mismos; y, en cuarto lugar, cuál había sido el resultado para otra gente. Primero, el Apóstol nos dice:

I. QUÉ FUE PREDICADO EN TESALÓNICA.

Él dice, “Nuestro evangelio” (observen la frase), nuestro evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente.” ¿Por qué le llama Pablo “nuestro evangelio”? Él no lo inventó; él no lo pensó, ni lo hacía nuevo cada domingo. No; era el evangelio de Cristo mucho antes que fuera el evangelio de Pablo. Sin embargo le llama nuestro evangelio para diferenciarlo, porque había otros evangelios. Había quienes llegaban y decían, “¡Esta es la buena nueva! y otros, por otro lado, decían, “¡Esta es la buena nueva! Pero Pablo dice que hay otro evangelio, y agrega, “No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban.” Él, por consiguiente, afirmó sus pies y dijo, “Traigan los evangelios que quieran, cada uno de ustedes; pero yo tengo un evangelio que predico, diferente al de ustedes, y ese evangelio es el que he predicado a los Tesalonicenses, el cual no les ha llegado en palabra solamente.” En estos tiempos, amados míos, debe hacerse una diferenciación entre el evangelio de los hombres y el evangelio de Dios; hoy día el evangelio del hombre es bastante popular. Alguien se pone a pensar hasta que le duele la cabeza, produce disparates, viene y los ofrece como algo nuevo. Los hombres van hasta el fondo de un tema y lo baten hasta que remueven el lodo de ese fondo y luego no pueden ver su propio camino, y nadie más puede verlo, y luego salen con algo maravilloso y, usando palabras difíciles de pronunciar y más difíciles de entender, ganan el prestigio barato de ser grandes eruditos y profundos teólogos. Bien, dejemos que sigan su camino; ese es su evangelio; pero nosotros tenemos otro evangelio, el cual lo hemos ganado de otra manera, y deseamos propagarlo de otra manera. Pablo dijo “nuestro evangelio,” pues, para hacer una distinción.

Pero también quiso decir que era su evangelio porque le había sido encomendado; lo había recibido como un depósito sagrado; él era, por decirlo así, un mayordomo de Dios, con la misión de preservar y mantener viva la verdad en el mundo; y Pablo la preservó sin adulterarla. Así cuando terminó su vida pudo decir, “He peleado la buena batalla, he guardado la fe.” Si alguien adulteró el evangelio, no fue Pablo. Él lo entregó tal como Cristo se lo dio. ¡Oh! ¡que cada uno de nosotros que es llamado a predicar el evangelio, y, por supuesto, cada miembro de la iglesia sienta que la verdad nos es encomendada para conservarla en el mundo! Nuestros antepasados la conservaron en la hoguera, y en el tormento cruel, y cuando se fueron al cielo en sus carros de fuego dejaron la verdad para que la preservaran sus hijos. Transmitida a nosotros por la larga fila de mártires y confesores, Presbiterianos y Puritanos, ¿qué vamos a hacer con ella ahora? ¿No sentiremos que todo el costo de conservarla a través de los siglos nos exige actuar igual que ellos, si hubiera la necesidad (aun a costa de nuestra sangre) y que, mientras vivamos, nunca se diga que en nuestra vida, en nuestra oración, en nuestra conversación, o en nuestra predicación, el evangelio sufrió en nuestras manos? “Yo sé a quién he creído,” dijo Pablo, y “estoy convencido de que él es poderoso para guardar mi depósito,” o, más bien, como algunos lo interpretan, “Él es capaz de guardar mi depósito, el cual se me encomendó para guardar; también Cristo guardará y preservará el evangelio puro y claro, aun hasta la última hora del tiempo.” ¡Que el Señor nos lo conceda, para gloria de su nombre!

Pero además pienso que el Apóstol utilizó el término “nuestro evangelio” no sólo para diferenciarlo y porque sintió que le fue encomendado, sino porque él mismo lo había gozado y lo había experimentado. ¿Qué derecho tiene alguien de predicar lo que no ha disfrutado ni hecho suyo? He oído de cierto médico que usualmente probaba sus propias medicinas en él mismo; seguro que debiera ser siempre la práctica de aquellos que sirven al médico celestial. ¿Cómo vendremos y predicaremos el bálsamo de Galaad, el cual cura todas las heridas, si las nuestras no han sido curadas? ¡En qué lastimoso caso se encuentra el desdichado que habla de regeneración, pero no ha nacido otra vez; que predica la fe, pero nunca ha creído; que habla de perdón, pero nunca ha sido lavado en la preciosa sangre; habla de la justicia de Cristo, pero tiembla en la desnudez de su propia corrupción! ¡Ah! ¡hombre infeliz, ser heraldo de buenas nuevas, mientras él mismo no participa en ellas! A Ezequiel, antes que tuviera que ir y hablar del mensaje de Dios, se le dio un mensaje, y ¿qué decía? “Hijo de hombre, come este rollo.” Tuvo que tomar el mensaje escrito en el rollo y comerlo, y cuando estaba en su propio cuerpo entonces pudo hablar del mensaje con gran poder.

Es una buena máxima antigua la que dice: “Si tu predicación debe llegar al corazón, debe salir del corazón.” Debe haber conmovido a nuestras almas, antes que podamos esperar conmover las almas de otros. El Señor es mi testigo que al predicar aquí a ustedes, todos estos años, amados míos, les he predicado lo que he probado y aplicado de la buena Palabra de Dios. He predicado la doctrina del pecado humano, porque he sentido su poder, sentido su amargura y vergüenza, y me he revolcado en el polvo ante Dios, casi con desesperación. Les he predicado el poder de la sangre preciosa para limpiar el pecado, porque he mirado hacia las amadas heridas de Cristo y he encontrado purificación en ellas. Sólo les hemos hablado de lo que nosotros mismos hemos conocido, y sentido, y comprobado que es cierto. Me iría a mi habitación esta noche sintiéndome desventurado si no tuviera más seguridad de la verdad de mi mensaje que la que pudiera encontrar en la experiencia de otros hombres.

Ahora muchos de ustedes están comprometidos en la predicación de Cristo a otros, y en enseñar a Cristo a los niños en las escuelas. Siempre hablen de la llenura de sus propios corazones, porque cuando puedan decir, “He probado esto; me regocijo en esto,” la palabra de ustedes seguramente llegará con poder a los corazones de quienes los escuchan. El hombre que desee traer a otros a Cristo debe de imitar a Elías, el profeta, quien, cuando halló al niño muerto en su cama y que no podía ser levantado a la vida de ninguna manera, fue y puso su boca en la boca del niño, y sus manos sobre las manos del niño, y sus pies sobre los pies del niño, y entonces poco a poco la vida se le restituyó al niño. Debemos sentir una compasión interna por aquellos a quienes queremos traer a Cristo, y entonces proclamar desde nuestra propia alma lo que sabemos acerca del Salvador, y entonces llegará con frescura y con poder, y Dios y el Espíritu Santo bendicen esto. Esta entonces, fue la razón que Pablo tuvo para llamarlo “nuestro evangelio”, el evangelio encomendado a él, el evangelio que había probado y aplicado a sí mismo. Ahora quiero que ustedes observen en segundo lugar:

II. CÓMO LLEGÓ EL EVANGELIO A LOS DE TESALÓNICA.

Él lo describe como viniendo en cuatro grados, primero, dice, “nuestro evangelio no llegó a vosotros sólo en palabras, sino también en poder y en el Espíritu Santo y en cuarto lugar, en plena convicción.” Bien, estas cuatro palabras me permiten dividir a mi auditorio en este momento. A todos los que han asistido regularmente a esta casa de reunión, que se han sentado en estas bancas durante algún tiempo, ciertamente nuestro evangelio ha venido en palabra; todos la han escuchado, y la han escuchado de tal manera que entienden su sentido, el don de ella. La han oído de muchas maneras y formas prestándole la debida atención. Oh, pero es de temerse que hay algunos para los que la palabra ha venido en eso, en palabras solamente, y es muy triste para el predicador (y debe ser más triste para los que se encuentran en tal condición), que esta Palabra que da vida sea solamente una palabra. Hubo el banquete del evangelio, y el mensaje fue enviado, pero quienes habían sido invitados no vinieron al banquete. Escucharon el mensaje y eso fue todo. Allí están los enfermos junto al estanque de Betesda; ven el agua y eso es todo; pero no entran al estanque y no son curados. ¡Oh, encontrarse enfermo y tener la curación a la mano! ¡Tener hambre, y que el pan esté disponible! ¡Estar sediento, y con un arroyo corriendo a nuestro pies, y no beber! Recuerden, queridos lectores, que si la Palabra de Dios viene a ustedes hoy como palabra solamente, algún día será más que eso, ya que es una verdad cierta de la Escritura que los que oyen la palabra son responsables por lo que oyen. “Mirad, pues, cómo oís,” deberá ser algo a lo que tengamos que responder el día del juicio. “¡Ustedes escucharon el evangelio, pero lo rechazaron!” será una de las acusaciones que se presentarán en contra de los que lo escucharon, y será más tolerable para Tiro y para Sidón que para ellos. Me gustaría ahora dividir esta congregación, respondiendo a esta pregunta: “¿Cuántos hay aquí presentes para quienes el evangelio ha venido en palabra solamente?” Dejen que hablen sus conciencias; que cada hombre ponga su mano sobre su corazón y responda: “¿Es ese mi caso?” Si es así, rogamos que salgan de esa condición de inmediato, que no pasen ni un día más así. ¡Que la Palabra venga a ustedes de otra manera!

Pero, en segundo lugar, había algunos a quienes les llegó con poder. Ahora bien, hay oyentes a quienes el evangelio les llega con un poder inspirador. Solían ser descuidados, pero ahora ya no pueden serlo. Oyen la palabra “¡eternidad! ¡eternidad! ¡eternidad!” resonando en sus oídos, y los sobresalta y los despierta. No pueden estar a gusto mientras estén enemistados con Dios; sienten que su nido está agitado. Ha llegado a ellos con poder. Más que eso, hay quienes han sentido un efecto aplastante; los ha golpeado duramente; ha magullado su rectitud; ha hecho astillas sus propias esperanzas; y aunque no han mirado hacia Cristo para la esperanza verdadera, sienten el poder del evangelio, que coloca a todas las otras esperanzas en el polvo. ¡Ah! Yo sé que algunos de ustedes han sentido el poder del evangelio, porque se han ido a sus casas y han orado, tal vez docenas de veces, después de escuchar el sermón, se han ido a sus recámaras, y han comenzado a orar, pero a la mañana siguiente lo han olvidado. El bien de ustedes ha sido como el rocío de la mañana, y se ha evaporado cuando el calor de las preocupaciones del día le ha llegado. ¡Ay! En muchos surcos hemos sembrado en vano. Hemos lanzado la semilla en terreno pedregoso; la hemos lanzado al lado del camino, y nuestros esfuerzos han sido vanos; sin embargo, debemos continuar todavía predicando el evangelio, porque a algunas personas les llegará aún con mayor poder.

Otra vez, yo pediría otra división de la congregación. Sé que hay algunos que estarán bajo esta división. No son salvos, pero no pueden burlarse del evangelio; no pueden pasar ante él con indiferencia. Es como una espada aguda de dos filos; perfora, corta, y hiere. Yo le ruego a Dios que los mate espiritualmente, para que puedan recibir nueva vida.

Ahora, el tercer grado de la llegada de la Palabra a Tesalónica fue que vino en el Espíritu Santo. ¡Ah! Aquí está el camino bendito; porque si viene en otro poder que no sea éste, vendrá en vano; pero si viene en el Espíritu Santo, ¡Oh!, entonces, entonces se logra su objetivo, porque el Espíritu Santo aligera a los hombres por una misteriosa operación, que no podemos describir, pero que muchos hemos sentido, la cual llega a los hombres creando en ellos una nueva vida, y como ellos estaban muertos en el pecado entonces comienzan a vivir como no lo habían hecho antes. Ese mismo Espíritu los ilumina, mostrándoles mil verdades que nunca antes habían visto; descubren que han entrado en un nuevo mundo; han pasado de la oscuridad a la luz maravillosa. Entonces el Espíritu de Dios comienza a purificarlos. Los limpia de este y ese pecado, y los libra de impurezas, los renueva; está en ellos como un espíritu para quemar y consumir al pecado, un espíritu que los limpia limpiándolos de sus maldades. Luego viene como un espíritu de consolación y les da alegría y paz, los eleva sobre sus preocupaciones, sus tentaciones, sus dudas y los llena con un anticipo de bendición eterna. ¡Oh! Bendito es ese hombre para quien nuestro evangelio llega con el Espíritu Santo. Amados, no nos admira si las personas se burlan del evangelio en sí mismo, o si otros lo oyen y no son conmovidos por él, porque el evangelio en sí mismo es como una espada sin el brazo de un guerrero que la sostenga. Pero cuando el Espíritu de Dios viene, el hombre ya no duda más. Es cuando coloca la verdad en el corazón (de manera que alma y espíritu, articulación y médula, se sumergen en ella) que los hombres son convencidos, convertidos, salvos, y la verdad es para ellos ciertamente una cosa viva. Rueguen, oh, amados miembros de esta iglesia, rueguen porque la palabra de Dios, nuestro evangelio, pueda venir en el Espíritu Santo.

Pero hubo una cuarta clase para quienes la palabra llegó en un grado más elevado; porque se agrega “y en plena convicción.” A todos los cristianos llega en el Espíritu Santo, pero para algunos llega con un grado aún mayor de poder espiritual.

Ellos creen en el evangelio, pero no lo creen tímidamente; lo aceptan como una realidad firme, sólida, indisputable; se aferran a él como con una mano de hierro, y su propio interés en él no permanece en duda. No, ellos saben en quien creen, están persuadidos de que Él es capaz de guardar lo que se le ha encomendado. Ellos creen en Cristo con la fe de Abraham, que no titubeó ante la promesa por falta de fe. Las nubes y la oscuridad se han ido del cielo de ellos, y ven el éter azul claro de la presencia de Dios por encima de ellos. Se regocijan en el Señor siempre, y otra vez se vuelven a regocijar. Hay algunos así en esta congregación; bendigo a Dios por cada uno de ellos. Que haya muchos más; porque ustedes que poseen plena certidumbre son los hombres fuertes para el servicio. Teniendo la alegría del Señor en sus propias almas, ésta se convierte en su fuerza cuando salen a luchar las batallas del Maestro, porque ustedes sienten el amor del Maestro. Que el Señor nos dé muchos, muchos más en la iglesia, para quienes la palabra de Dios venga en el Espíritu Santo y con plena certidumbre. Así fue como llegó la palabra de Dios a ellos. Debo de pasar al tercer punto y ése es:

III. ¿CUÁL HABIA SIDO EL RESULTADO DE ESTO EN ELLOS MISMOS?

Observen que el apóstol dice primero, “También os hicisteis imitadores de nosotros y del Señor.” Cuando se convierte un hombre no está apto para ser un conductor; tiene que ser un imitador. No tomamos reclutas sin experiencia y los hacemos capitanes; deben ser entrenados; deben ir a las filas y marchar un poco. De manera que, una de las primeras cosas que la gracia hace, es hacer de un hombre un discípulo, es decir, un aprendiz, y entonces él ve en la palabra de Dios lo que debe de ser su vida y su conducta y, viendo alrededor de él, ve algunos de los que Dios ha bendecido con su gracia, cuya vida y conducta está de acuerdo con la Palabra, y él sigue a los sirvientes de Dios, no ciegamente; hace una distinción entre ellos y su Maestro, solamente los sigue tanto como se mantengan en compañía con el Señor. “También os hicisteis imitadores de nosotros y del Señor.” Hermanos yo sé que muchos de ustedes aquí presentes, cuando la palabra de Dios vino a ustedes, se hicieron imitadores de hombres santos. Si ustedes oían de una buena acción, deseaban imitarla. Si ustedes leían alguna biografía que hablaba de nobles hechos, aspiraban a emular tales hechos. Y cuando leyeron el carácter de su Señor y Maestro en los cuatro Evangelistas, ustedes pidieron tener la gracia de vivir una vida de sacrificio, de devoción a Dios y de amor hacia los hombres. Bien, no se trata de una obra pequeña de la gracia, cuando un hombre es llamado para ser un imitador de lo que es bueno.

Al mismo tiempo, nos dice que esa gente recibió la Palabra de Dios “en medio de gran tribulación, con gozo del Espíritu Santo.” Yo sé que hay algunos en este templo que, cuando recibieron el evangelio, tuvieron que sufrir por él, pero aun así se gozaron. Desde el día que se revistieron de Cristo públicamente, fueron insultados, se volvieron sujetos de humillación. Hermanos, algunos se han alejado de nosotros porque no pudieron aguantar las constantes burlas, pero otros se han quedado por la gracia de Dios y se han hecho capaces de soportar cualquier estigma o cualquier desdén. Y cierto, ¿no es acaso algo sin importancia soportar las bromas y mofas de la gente si el corazón está dirigido hacia Dios? ¿Qué nos importa, qué podría importarnos aunque todos los hombres nos señalaran con el dedo y nos silbaran por ello? Sé verdadero con Dios, creyente, y con tu conciencia también, y bien puedes recibir la Palabra “con el gozo del Espíritu Santo,” y “en medio de gran tribulación.” Esta es una prueba del ministerio de un ministro cristiano, que puede señalar a quienes se han convertido en imitadores de lo que es bueno, y han continuado aun cuando hayan tenido que sufrir por eso.

Pero parece que esa gente de Tesalónica fue más allá. Crecieron de ser imitadores en algún sentido y, entonces, se volvieron líderes. “De tal manera que habéis sido ejemplo para todos los creyentes de Macedonia y de Acaya,” Ahora bien, es una cosa muy sencilla para un cristiano ser ejemplo para un pecador. Debe serlo, y no es cristiano si no lo es. Tu religión no valdría nada si no la colocas como un bello ejemplo para los impíos. Pero hay un grado mayor de gracia cuando un hombre se convierte en ejemplo hasta para los cristianos (cuando es un creyente tal, que otros pueden verlo como un cristiano maduro) que pueden considerarlo como un tipo de lo que debe ser un cristiano. Pablo dice que algunos de esos idólatras degradados a los que les había predicado el evangelio primero lo siguieron a él y al Señor, después crecieron en gracia, de manera que se pusieron al frente y llegaron a ser ejemplo para los creyentes. Déjenme sostener esto, amados, para motivación de ustedes. Que ninguno de nosotros esté contento con el ordinario y frío ser cristiano de hoy en día. ¡Qué fría y pobre materia es! Si el propio Señor viniera, ¿hallaría fe en la tierra? ¿Dónde está el celo de los días pasados? ¿Dónde está el ardor, donde está la valentía de las edades que fueron? Si estas cosas no se encontraran en ningún lado, Oh, hermano mío, busca tenerlas en tu propia alma. Pídele a Dios si te ves forzado a ver a otros decaer, que tú no decaigas, porque la gracia de Dios puede hacer de ti un ejemplo para el resto de su gente. De ellos hay aquí esta noche, de quienes podría hablar, que el Señor los bendiga y los conserve como son, porque he visto aquí a cristianos apostólicos.

Si no lo he visto en ningún otro lado, lo he visto aquí entre algunos de mis hermanos y hermanas aquí presentes, cuyo servicio será recordado en el día del juicio. No desean que sea conocido aquí, ni lo será, pero con lágrimas y oraciones se han dedicado a Cristo, y lo han servido bien, y Él los recordará en ese día.

Más aún, el Apóstol sigue adelante para decirnos lo que fue hecho por estos Tesalonicenses, a saber: que se convirtieron de los ídolos. ¡Oh! ¡Que Dios nos convierta de todo ídolo que tengamos! No adoramos dioses de madera y piedra, pero cuántos hay que profesan la fe pero que todavía adoran el conocimiento; que lo busquen, pero que no lo adoren. Hay quienes adoran la fama; otros que adoran el placer. Esta ciudad está llena de idólatras por todos lados. Cuando la gracia de Dios viene, hace que los hombres adoren al Dios desconocido, y dejen sus ídolos para los que así lo prefieran. Convirtiéndose de los ídolos, los Tesalonicenses sirvieron al Dios viviente. No sólo reconocieron que era el Dios viviente; sino que comenzaron a servirlo; pusieron su fuerza a favor de Su causa. Así será entre nosotros cada vez que la Palabra haya venido en el Espíritu Santo; dedicaremos nuestro tiempo y nos gastaremos en el servicio de nuestro Creador y Redentor.

Y agrega que esperaban la venida del Señor. ¡Oh! Ésta es una gran señal de gracia, cuando el Cristiano espera que venga su Señor, y vive como quien lo espera en cualquier momento. Si ustedes y yo supiéramos esta noche que el Señor va a venir antes que este servicio termine, ¿en qué estado de nuestro corazón nos sentaríamos en estas bancas? En ese estado debemos estar. Si yo supiera que vería a mi Señor antes que se levantara otra vez el sol, ¿cómo predicaría? Debo predicar justo en la forma como si fuera a venir de inmediato, y no hubiera duda en ello. Estaríamos muy poco apegados a las cosas de este mundo si supiéramos que Cristo estaba por llegar rápidamente; así de poco debemos apegarnos a ellas. Nos deberíamos preocupar muy poco por las incomodidades de la vida sabiendo que todo terminará y que Cristo vendrá en muy breve plazo; así de poco deberíamos preocuparnos de las incomodidades de la vida. ¡Bendito es el hombre cuya alma está siempre esperando la venida del Señor! Puede no estudiar los textos de las Escrituras para saber los tiempos y estaciones, pero, si siempre está esperando que su Señor venga en cualquier momento, y vive bajo el sentimiento de esa convicción, y bajo el poder de ella, será un hombre santo. “¡Qué clase de personas” dice Pedro “debéis ser vosotros en conducta santa y piadosa!” Así deseamos ser por el poder del Espíritu Santo. Así hemos observado lo que hizo la gracia de Dios para los de Tesalónica. Ahora señalemos:

IV. ¿CUÁL FUE EL RESULTADO DE ESTO PARA OTROS?

Aquí deseo hablar esencialmente a los miembros de esta iglesia. Tesalónica era un puerto de mar. También era una ciudad importante de Macedonia. Por ello, cualquier cosa que se hiciera en Tesalónica era muy seguro que se supiera en toda Macedonia y el resto de Grecia. Si la iglesia en Tesalónica hubiera sido una iglesia aburrida, soñolienta, como son algunas iglesias cristianas, hubiera perdido una excelente oportunidad de hacer el bien, pero al ser una iglesia completamente despierta, realmente llena de la propia fuerza de Dios, desde esa iglesia resonó la Palabra de Dios por toda Grecia, y cuando los barcos dejaban el puerto portaban la buena nueva al Asia menor y a otras tierras, de manera que Tesalónica se convirtió en el punto de partida para los heraldos de la cruz. Ahora bien, si hay un lugar en el mundo que debiera sentir su responsabilidad, ese lugar es Londres. No somos egoístas, creo, cuando decimos que es el mismo corazón del mundo. Cualquier cosa que se haga aquí seguramente se sabrá, y una iglesia seria en Londres es solamente lo que debiera ser. Una iglesia en Londres de cualquier prominencia que sea soñolienta, y aburrida, y fría tendrá que rendir una muy pesada cuenta cuando venga el gran Maestro. En la iglesia en Tesalónica resonó el evangelio involuntariamente, y también voluntariamente. Lo hicieron involuntariamente, porque hablaron sus mismas vidas. Si no predicaron, estaban tan llenos de fe, de buenas obras, y santidad, que otra gente hablaba de ello, y lo daba a conocer, y la obra de Dios en las entrañas de la iglesia, podía ser percibida en las vidas de sus miembros, y así se difundió. ¡Oh! Cuán feliz sería cualquier pastor cuyo pueblo fuera tan piadoso, tan unido, tan generoso, tan perseverante, tan devoto, tan lleno de fe y del Espíritu Santo, que por todos lados se hablara de ellos, y por ellos, por su conducta, la Palabra de Dios resonara en otras partes. Asegúrense de eso, hermanos míos, asegúrense de eso. Dios nos ha colocado donde somos observados por muchos. Denles algo para observar que sea valioso. Con los ojos de una multitud de testigos sobre nosotros, corramos con paciencia la carrera que nos es asignada.

Pero también la iglesia en Tesalónica envió la Palabra voluntariamente. No tengo duda que, si tenían hombres que podían predicar el evangelio, les pedían que fueran y lo predicaran; y si algunos salían de viaje, ya fueran capitanes o mercaderes que iban de lugar en lugar, o personas de influencia, o lo que fueran, les decían, “A cualquier lado que vayan perseveren en propagarlo. Prediquen el evangelio; divulguen a Jesucristo. Sean misioneros, todos ustedes.” Ahora pues, en esto puedo regocijarme, y lo haré, pues así ha sido entre nosotros. En este momento presente, supongo que no menos de trescientos de nuestros hijos que hemos tenido en las rodillas están predicando el evangelio, mientras yo predico aquí, quiero decir ministros de Cristo predicando el evangelio. Además de eso, por todas esas calles están predicando nuestros evangelistas en las esquinas. Debiera haber aún más de ellos. Algunos de ustedes que vienen a oírme los domingos en la noche, no debieran venir. Si tienen la gracia de Dios en su corazón, vengan y obtengan suficiente carne espiritual para que se alimenten, pero recuerden que Londres está desfalleciendo por falta del evangelio. ¿Cómo se atreven ustedes, entonces, a estar sentados quietos para gozar del evangelio mientras los hombres perecen? Hay casas que son accesibles; hay salas pequeñas y grandes; hay esquinas; hay todo tipo de lugares en donde se puede predicar a Jesús. ¡Oh! Esforcémonos con toda nuestra fuerza para hacer que sea conocido a lo largo y a lo ancho de esta gran ciudad.

En este momento tenemos predicando a nuestros hijos, los hijos de esta iglesia, en Australia, en América, (hay abundancia de ellos allí) predicando el evangelio de Cristo, en las islas del Pacífico, a través de toda la extensión de nuestros Dominios. Demos gracias a Dios que hay tantos; pero debía haber muchos más. Propongo como una teoría, que un hombre cristiano no pregunte: “¿Estoy llamado a predicar el evangelio? Sino que debe preguntar ¿Hay alguna razón para que yo no predique el evangelio?” El viejo plan era que los jóvenes predicaran ante la Iglesia para ver si podían predicar. Creo que debemos educarlos de tal manera que sólo que demuestren que no pueden predicar, no prediquen. Ahora bien, el Señor Oncken ha sido bendecido en Alemania, como ustedes saben, en el engrandecimiento de muchas iglesias Bautistas, y él siempre trabaja bajo esta teoría: Todo miembro de la iglesia debe decir, al llegar, qué puede hacer. Si dice que no puede hacer nada, y es viejo, y enfermo, y tiene que estar en cama, muy bien, puede servir a Dios con el sufrimiento; pero si tiene alguna habilidad, y dice, “no puedo hacer nada,” entonces la respuesta es, “No puedes entrar en la iglesia.” No podemos tener vagos; sólo debemos tener abejas trabajadoras en la colmena. Pienso que sería una buena decisión del Tabernáculo el expulsar a todo miembro que no esté haciendo esto o lo otro por el Señor Jesucristo. Me temo que algunos de ustedes se tendrían que ir.

Bien, no promoveremos esa resolución, pero promoveremos otra, a saber, que todo miembro que haya sido zángano hasta este momento orará para ser abeja; que todo el que no haya hecho nada, le pida al Señor que le ayude a empezar; que aquellos que han hecho la mitad de lo que pueden, quieran hacer la otra mitad; y que aquellos que están haciendo todo lo que pueden quieran siempre hacer un poco más, porque siempre el hacer algo más de lo que uno puede, a la larga, es el mejor tipo de obra, porque entonces tienes que descansar en la fuerza de Dios cuando estás en el límite de la tuya, y ahí está el punto donde los resultados se obtienen. Pido las oraciones de los queridos hermanos que han estado con nosotros, algunos de ellos, por dieciséis y diecisiete años en este servicio, para que Dios no frene su mano a la mitad; que así como nos ha multiplicado a una congregación sin igual de 4,500 miembros aproximadamente, también nos dé una gracia sin igual; que nuestro celo, y seriedad, y entusiasmo pueda estar en proporción con el número; y que el éxito alcanzado por Dios esté en proporción con las responsabilidades colocadas sobre nosotros.

¡Hago sonar la trompeta de nuevo esta noche! Como dijo Dios, “Háblenles a los hijos de Israel que vayan adelante,” así quiero hablarles. ¡Adelante, en el nombre de Dios; adelante! El mundo aún reposa en el malo. ¡Adelante, ustedes portadores de luz! Dispersen las tinieblas. Aún se ríe Satanás de Dios. ¡Adelante con el arma invencible de la cruz, y háganlo que luche! Hagan sonar sus trompetas alrededor de los muros de Jericó; que siga el asedio. Dejen que suene la trompeta, y caerá al suelo el muro aplastado por el poder del Dios eterno.

¡Adelante! Oigo a los ángeles decirlo. ¡Adelante! Me parece oír a innumerables espíritus diciéndolo. Haciéndonos señas como el Hombre de Macedonia, que llamó a Pablo al otro lado del mar. ¡Adelante! Las mismas potencias del infierno detrás de nosotros bien pueden empujarnos. ¡Adelante! El amor de Cristo dentro de nosotros, nos impulsará, y que cada hombre y mujer aquí reunidos, que hayan sido redimidos por la sangre resuelvan esta noche, con la fuerza de Jehovah, hacer por Dios y por su verdad algo más de lo que hasta ahora hayamos pensado, para alabanza de la gloria de su gracia. Que Dios los bendiga, por causa de Jesús. Amén.