El Enfermo Que Se Tuvo Que Quedar

Estas fueron casi las últimas palabras del apóstol Pablo, pues las encontramos en los versículos finales de la última de sus Epístolas. El capítulo nos recuerda el adiós final de un moribundo a su amigo más querido, en el que trae a la mente a personas asociadas a su vida. Entre sus recuerdos de amor, vemos a Pablo recordando a Trófimo, con quien había compartido frecuentemente peligros de ríos y peligros de ladrones que, sin interrupción, acompañaron la carrera del apóstol. Dejó al buen hombre enfermo en Mileto, y como Timoteo estaba en Éfeso, y se encontraba a una corta jornada de él, no tenía necesidad de sugerirle que lo visitara, pues Timoteo con seguridad lo haría.

El amor de Jesús obra en los corazones de Sus discípulos gran ternura y unidad. El desbordamiento del alma grandiosa de nuestro Señor, ha saturado a todos Sus verdaderos seguidores con afecto fraternal: como Jesús ama a Pablo, Pablo ama a Timoteo, y Timoteo ineludiblemente ama a Trófimo. De este amor brota una comunión de sentimientos, de tal forma que, en simpatía, cada uno comparte los gozos y las tristezas de los demás. Cuando un miembro se regocija, el cuerpo se regocija, y cuando un miembro sufre, todo el cuerpo sufre con él.

Trófimo está enfermo y Pablo no puede olvidarlo, aunque él mismo espera morir la muerte de un mártir en unas pocas semanas; tampoco quiere que Timoteo ignore ese hecho, aunque dos veces en pocos versículos le apura a venir a Roma, diciendo: “Procura venir pronto a verme.”

Si Timoteo no pudiera visitar personalmente al amigo enfermo, era bueno de todas maneras que supiera de su aflicción, pues entonces le podría recordar en sus oraciones. “Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios.” Recordemos a quienes son uno con nosotros en Cristo, y especialmente llevemos en nuestros corazones a todos aquellos que son afligidos en su mente, en su cuerpo, o en sus bienes.

Si hemos tenido que dejar a Trófimo en Mileto, o en Brighton, o en Ventnor, dejemos con él también el amor de nuestro corazón; y si nos enteramos que otro Trófimo yace enfermo, no lejos de donde nosotros vivimos, aceptemos esa información como conteniendo en sí misma un citatorio para ministrar al amigo afligido. Que una santa simpatía sature todas nuestras almas, pues, independientemente de cuán activos y celosos seamos, todavía no hemos alcanzado un carácter perfecto a menos que estemos llenos de compasión, tengamos un corazón tierno, y seamos benévolos con los que sufren, pues ésta es la mente de Cristo.

Sencilla, como ciertamente es la afirmación de nuestro texto, se encuentra en un libro inspirado, y es por tanto algo más que una nota ordinaria de una carta común. Como otro versículo del mismo capítulo, “Trae, cuando vengas, el capote que dejé en Troas en casa de Carpo, y los libros, mayormente los pergaminos,” ha sido juzgado que está por debajo de la dignidad de la inspiración; pero nosotros creemos que no es así. El Dios que cuenta los cabellos de nuestras cabezas en providencia, puede muy bien mencionar a Su siervo enfermo, en la página inspirada. En lugar de objetar la pequeñez del hecho registrado, admiremos “el amor del Espíritu” que, mientras por un lado eleva a Ezequiel y a Daniel por encima de las esferas, e inspira el lenguaje de David y de Isaías al grado supremo de la poesía y de la elocuencia, también se digna inspirar una línea como esta, “y a Trófimo dejé en Mileto enfermo.”

¿Podemos aprender algo de esta sencilla línea de la pluma apostólica? Veamos. Si el mismo Espíritu divino que la inspiró, brilla sobre ella, no la habremos leído en vano.

I. Del hecho que Pablo dejó a Trófimo en Mileto enfermo, aprendemos que ES LA VOLUNTAD DE DIOS QUE ALGUNOS BUENOS HOMBRES NO GOCEN DE BUENA SALUD.

Cualquiera que haya sido la dolencia que aquejaba a Trófimo, Pablo ciertamente habría podido sanarlo, si el Espíritu divino le hubiera permitido el uso de sus poderes milagrosos con ese fin. Pablo había levantado a Eutico de los muertos, y le había devuelto el uso de sus extremidades inferiores al cojo de nacimiento en Listra; tenemos, por tanto, la absoluta certeza que si Dios le hubiera permitido al apóstol el uso de la energía sanadora, Trófimo se habría levantado de su lecho, y continuado su jornada a Roma. Sin embargo, ésa no era la voluntad del Señor; la vid que produce buen fruto debe ser podada, y Trófimo debía sufrir: habían fines que debían cumplirse en su enfermedad que no podrían ser alcanzados en salud. Pudo haber recibido restauración instantánea, pero bajo la dirección divina no le fue otorgada.

Esta doctrina nos guía lejos de la vana idea de la casualidad. No somos heridos por flechas lanzadas a la ventura, sino que nos dolemos por el determinado consejo del cielo. Una mano predominante está presente en todas partes, previniendo o permitiendo el mal, y nunca vuela furtivamente ningún dardo de la enfermedad, proyectado por el arco de la muerte. Si alguien debía estar enfermo, fue una sabia providencia la que seleccionó a Trófimo, pues era mejor que él estuviera enfermo y no Tito, ni Tíquico, ni Timoteo. Fue bueno, también, que se enfermó en Mileto, cerca de ciudad natal, Éfeso. No siempre podemos ver la mano de Dios en la providencia, pero podemos estar seguros, siempre, que está allí. Si ningún pajarillo cae a tierra sin nuestro Padre, seguramente ningún hijo de la familia divina es abatido sin Su sagrada voluntad. La suerte es una idea pagana, que no puede vivir en la presencia del Dios vivo, que trabaja y que está presente en todas partes. ¡Toda mente cristiana debe evitar esa palabra! Deshonra a Dios a la vez que nos lastima.

Esto también impide que consideremos que la aflicción es visitada en los hombres por su pecado personal. Muchas enfermedades han sido el resultado directo de la intemperancia, o algún otro tipo de perversidad; pero aquí tenemos a un hermano digno, bien aprobado, que tiene que guardar cama y es dejado en el camino por causa de una dolencia no atribuible a él. Es muy común hoy día, que los hombres tengan un espíritu duro y cruel, y atribuyan las enfermedades, inclusive las que corresponden a los verdaderos hijos de Dios, a alguna falta en sus hábitos de vida. Me pregunto cómo les gustaría que fueran tratados de la misma manera si estuvieran sufriendo, aunque pudieran lavarse sus manos en inocencia en cuanto a su vida diaria.

En el día de nuestro Señor le dijeron: “Señor, he aquí el que amas está enfermo;” y Salomón, mucho tiempo antes, escribió:”Porque Jehová al que ama castiga, como el padre al hijo a quien quiere.” Esta era una expresión más verdadera, más humana, y mejor, que la filosofía congelante de los tiempos modernos que achaca la enfermedad de cada hombre a su propia violación de la ley natural, y, en vez de derramar el bálsamo de consolación, derrama el ácido sulfúrico de la insinuación calumniosa.

Que el propio afligido se examine a sí mismo para ver si la vara no ha sido enviada para corregir algún mal secreto, y que considere diligentemente dónde puede enmendarse; pero lejos esté de nosotros que nos pongamos junto a su lecho como jueces o lictores, y veamos a nuestro amigo como un ofensor así como un sufriente. Tal brutalidad puede ser cedida a los filósofos, pero no es adecuada para los hijos de Dios.

No podemos tener a Trófimo en un menor concepto porque está enfermo en Mileto; es probablemente un hombre mucho mejor que cualquiera de nosotros, y tal vez es precisamente por eso que es probado. Hay oro en él que paga cuando es puesto en el crisol; lleva tan rico fruto que es digno de ser podado; es un diamante de un agua tan pura que pagará con creces el trabajo del lapidario. Esto puede que no sea verdad para muchos de nosotros, y, por eso escapamos de Sus pruebas más punzantes.

Como dice Santiago: “tengamos por bienaventurados a los que sufren,” y, como David, digamos: “Bienaventurado el hombre a quien tú, JAH, corriges, y en tu ley lo instruyes.” Las Escrituras dicen: “Porque el Señor al que ama, disciplina, y azota a todo el que recibe por hijo. Si soportáis la disciplina, Dios os trata como a hijos; porque ¿qué hijo es aquel a quien el padre no disciplina?” Lázaro de Betania, Dorcas, Epafrodito, y Trófimo son unos cuantos miembros de ese grandioso ejército de enfermos a quienes el Señor ama en su enfermedad, para quienes fue escrita la promesa: “Jehová los sustentará sobre el lecho del dolor; mullirás toda su cama en su enfermedad.”

II. Nosotros sólo tenemos ahora fortaleza y espacio para simples sugerencias, y así observamos, en segundo lugar, que HOMBRES BUENOS PUEDEN SER HECHOS A UN LADO CUANDO PARECE QUE SON MÁS NECESARIOS, como le sucedió a Trófimo cuando el anciano apóstol contaba solamente con una escolta muy reducida, y requería de su ayuda.

Pablo lo necesitó enormemente muy pronto, después que se vio obligado a dejarlo en Mileto, pues escribe con dolor: “Demas me ha desamparado, amando este mundo, y se ha ido a Tesalónica. Crescente fue a Galacia, y Tito a Dalmacia. Sólo Lucas está conmigo.” “A Tíquico lo envié a Éfeso.” Cuán contento habría estado con Trófimo, pues vemos cómo le ruega a Timoteo que procure venir pronto, y que tome a Marcos con él, cuyo servicio es grandemente requerido.

Sin embargo, ni siquiera por causa de Pablo, Trófimo puede ser sanado súbitamente: su Señor considera necesario que sienta el calor del horno, y al crisol debe ir. Nosotros pensamos que la iglesia no puede prescindir de su valioso ministro, de su misionero infatigable, de su fiel diácono, de su tierno maestro; pero Dios no lo cree así. Nadie es indispensable en la casa de Dios. Él puede hacer Su obra no solamente sin Trófimo, sino inclusive sin Pablo. Sí, vamos más adelante. Sucede a veces que la obra del Señor es avivada por la muerte de uno de quien parecía depender. Cuando un árbol grande y muy frondoso es cortado, muchos arbolitos más pequeños que eran diminutos y enanos al lado del otro árbol, súbitamente se desarrollan con un crecimiento vigoroso; de la misma manera, un buen hombre puede hacer mucho, pero cuando es quitado de en medio, otros pueden hacer más. Las enfermedades temporales de grandes obreros pueden llamar al frente a quienes, por pura modestia, han permanecido en la retaguardia, y el resultado puede ser gran ganancia.

El pobre Trófimo había sido, en sus días de buena salud, la causa inocente de meter a Pablo en un mundo de problemas, pues leemos en Hechos 21: 27, que los judíos provocaron un tumulto, porque imaginaban que Pablo había llevado a Trófimo al interior del templo, y así lo había profanado. Ahora, cuando podría haber sido de servicio, está enfermo, y sin duda, esa enfermedad representó una gran aflicción para Trófimo: pero tanto para él, como a menudo para nosotros, no hay otra alternativa sino someternos bajo la mano de Dios, y sentir que el Señor siempre tiene la razón. ¿Por qué no nos sometemos de una vez? ¿Por qué mascamos el freno y pateamos el suelo, ansiosos de ponernos otra vez en camino? Si el Señor nos ordena que nos quedemos quietos, ¿no podemos quedarnos quietos?

Los espíritus activos están inclinados a volverse espíritus inquietos bajo el peso de la mano que los restringe; la energía pronto se amarga en rebelión, y altercamos con Dios porque no nos permite que lo glorifiquemos a nuestra manera: es una forma insensata de contienda que en el fondo significa que tenemos una voluntad propia, y únicamente serviremos a Dios a condición que esa voluntad sea complacida.

Hermanos, el que escribe estas líneas sabe lo que está escribiendo, y este es el veredicto de su experiencia: la obra de Dios nos necesita mucho menos de lo que nos imaginamos, y Dios quiere que estemos conscientes de este hecho, pues Él no dará Su gloria a instrumentos humanos como tampoco permitirá que Su alabanza sea otorgada a los ídolos.

III. Nuestro texto muestra claramente que LOS HOMBRES BUENOS ANHELAN QUE LA OBRA DE DIOS PROSIGA SIN IMPORTAR LO QUE LES OCURRA A ELLOS.

Pablo no abandonó a Trófimo, sino que lo dejó porque un llamado perentorio le ordenaba ir a Roma. Podemos estar seguros que Trófimo no deseaba demorar al gran apóstol, sino que estaba contento de quedarse. Sin duda ambos sintieron la separación, pero como verdaderos soldados de Cristo, soportaron la dureza y se separaron por un tiempo, todo por la causa de Cristo.

Sería un motivo de grave preocupación para un obrero entregado de corazón, si se enterara que cualquier compañero suyo ha bajado su ritmo de trabajo por su causa. Los enfermos en un ejército de un monarca terrenal, son necesariamente un impedimento, pero no tiene que ser así en el ejército del Rey de reyes.

La enfermedad espiritual es un penoso estorbo, pero la enfermedad corporal no debe retener al huésped. Si no podemos predicar, podemos orar; si una obra está fuera de nuestro alcance, podemos intentar otra, y si no podemos hacer nada, nuestra incapacidad debe servir como un llamado a los siervos vigorosos para que trabajen más. Trófimo está enfermo. Entonces que Timoteo trabaje con mayor energía. Trófimo no puede apoyar al apóstol, entonces que Timoteo sea más diligente en venir antes del invierno. Así, actuando como un incentivo, la falta de servicio de un hombre puede producir diez veces más resultados en otros, que son levantados a un esfuerzo extra.

Hermanos, el alivio más dulce para un pastor enfermo es que pueda ver en todos ustedes una entrega con una especial diligencia; su inactividad obligada será más llevadera si sabe que la Iglesia de Dios no está siendo afectada por ella; y toda su mente y su espíritu ministrarán para la salud de su cuerpo, si ve el fruto del Espíritu de Dios en todos ustedes, manteniéndolos fieles y llenos de celo. ¿No intentarán hacer esto, por Jesús?