El Cristo del Pueblo

No me cabe ninguna duda que, originalmente, estas palabras se referían a David. El fue un escogido de su pueblo. Su linaje era respetable, pero no ilustre. Su familia era santa, pero no exaltada: los nombres de Isaí, Obed, Boaz y Rut no evocaban recuerdos de realeza, ni motivaban pensamientos de antigua nobleza o de una gloriosa genealogía. En cuanto a David mismo, su única ocupación había sido la de un joven pastor, cargando a los corderos en su regazo, conduciendo tiernamente a las ovejas con sus crías; un joven sencillo que poseía una alma real, recta, de valor inconmovible, pero aún así un plebeyo – uno del pueblo.

Pero esto no lo descalificaba para la corona de Judá. A los ojos de Dios, la procedencia de este joven héroe no era ninguna barrera para elevarlo al trono de la nación santa, como tampoco el más orgulloso admirador de castas y linajes se habría atrevido a insinuar siquiera, alguna palabra en contra del valor, sabiduría y justicia del gobierno de este monarca del pueblo.

No creemos que Israel o Judá hayan tenido jamás un gobernante mejor que David, y nos atrevemos a afirmar que el reino de “uno escogido de mi pueblo” eclipsó en gloria a los reinos de emperadores de alcurnia, y de príncipes en cuyas venas corría la sangre de varios reyes. Sí, más aún, afirmamos que la humildad de su nacimiento y de su educación, lejos de hacerlo incompetente para gobernar, le dieron, en buena medida, mejor preparación para su trabajo, y mayor capacidad para desempeñar sus tremendos deberes. Él pudo legislar para los muchos, porque era uno de ellos -él pudo gobernar al pueblo como el pueblo debía ser gobernado, porque era “hueso de sus huesos y carne de su carne“; su amigo, su hermano, así como su rey.

Sin embargo, en este sermón no vamos a hablar de David, sino del Señor Jesucristo, pues David, como lo refiere el texto, es un eminente tipo de Jesucristo, nuestro Señor y Salvador, quien fue escogido de su pueblo. Jesús es Él, de quien Su Padre puede decir: “he enaltecido a un escogido de mi pueblo.

Antes de entrar en la ilustración de esta verdad, quiero hacer una declaración, para evitar todas las objeciones relacionadas a la doctrina de mi sermón. Nuestro Salvador Jesucristo, digo yo, fue escogido de su pueblo, pero sólo en cuanto a Su naturaleza humana se refiere.

Como “Dios verdadero de Dios verdadero”, Él no fue escogido de su pueblo, pues no había nadie excepto Él. El era el Unigénito del Padre, “engendrado del Padre antes de la creación del mundo.” Él era igual a Dios, y eterno; consecuentemente, cuando hablamos de Jesucristo como escogido de su pueblo, debemos hablar de Él como Hombre. Se nos olvida con mucha frecuencia, pienso yo, la verdadera humanidad de nuestro Redentor, porque era un hombre en todos los sentidos y para todos los efectos, y me gozo al cantar:

“Hubo un Hombre, un Hombre de verdad
Que un día murió en el Calvario”

Jesús no era hombre y Dios en una mezcla; sus dos naturalezas no sufrieron confusión. Él era Dios verdadero, sin ninguna disminución de Su esencia ni de Sus atributos; y Él era igualmente, verdaderamente y ciertamente un hombre. Es como hombre que hablo de Jesús esta mañana. Mi corazón se alegra cuando puedo apreciar el lado humano de ese glorioso milagro de la encarnación, y tratar con Jesucristo como mi hermano: habitando en la misma mortalidad, luchando contra las mismas enfermedades y dolores, compañero en el camino de la vida y, por unos instantes, compañero durmiente en la fría cámara de la muerte.

El texto menciona tres cosas: La primera: su extracción; Cristo era uno del pueblo. La segunda: su elección: Él fue escogido de su pueblo. La tercera: la exaltación de Cristo: Él fue exaltado. Pueden ver que he escogido tres palabras que comienzan con la letra E, para facilitar que las recuerden mejor: Extracción, Elección y Exaltación.

I. Vamos a comenzar con la EXTRACCION de nuestro Salvador.

Hemos tenido muchas quejas en esta semana y durante las últimas semanas, en los periódicos, con respecto a las familias. Somos gobernados, y de acuerdo con la firme creencia de la gran mayoría de nosotros, muy mal gobernados, por ciertas familias aristocráticas. No somos gobernados por hombres escogidos del pueblo, como debería ser. Y ese es un error fundamental en nuestro gobierno, que nuestros gobernantes, aún siendo elegidos por nosotros, difícilmente podrían algún día ser elegidos de entre nosotros.

Hay familias que ciertamente no poseen el monopolio de la inteligencia o de la prudencia, pero que parecen tener la patente para ser promovidas. Mientras que por otro lado un hombre, uno cualquiera, un comerciante, con algo de sentido común, no puede llegar al gobierno. No soy un político, ni me dispongo a predicar un sermón político. Pero debo expresar mi simpatía con la gente, y mi gozo de que, nosotros como cristianos, somos gobernados por uno “escogido de mi pueblo.” Jesucristo es el Hombre del pueblo; él es el Amigo del pueblo; sí, uno de ellos. Aunque Él está sentado en lo alto en el trono de su Padre, Él fue “uno escogido de mi pueblo.” Cristo no debe ser llamado el Cristo de los aristócratas. Él no es el Cristo de los nobles. Él no es el Cristo de los reyes. Él es “uno escogido de mi pueblo.” Este es el pensamiento que anima los corazones de la gente y debería atar sus almas en unidad con Cristo y la santa religión de la que Él es el Autor y el Consumador. Vamos a martillar sobre esta pepita de oro para convertirla en una lámina, y vamos a inspeccionar muy de cerca su verdad.

Cristo, por su mismo nacimiento, fue uno del pueblo. Ciertamente, nació de estirpe real. María y José eran ambos de linaje real, aunque su época de gloria había pasado. Un extraño se sentaba en el trono de Judá, mientras el heredero legítimo trabajaba con un martillo y una pala. Observen bien el lugar de Su nacimiento. Nacido en un establo, tuvo por cuna un pesebre donde comían unos bueyes de largos cuernos. Su única cama era el forraje; y Sus sueños eran interrumpidos a menudo por el apetito de las bestias. Jesús era un príncipe de nacimiento; pero ciertamente no tenía el séquito que corresponde a los príncipes, para que le sirviera. No estaba vestido con mantos de púrpura, ni envuelto en ropajes bordados.

Sus pies no pisaron los salones de los reyes. Sus sonrisas infantiles no honraron los palacios hechos de mármol de los monarcas. Observen a los visitantes que estaban alrededor de su cuna. Unos pastores fueron los primeros en venir. Nos damos cuenta que nunca perdieron el rumbo. No, Dios guía a los pastores, y El también guió a los magos, pero éstos sí se extraviaron. Sucede a menudo, que mientras los pastores encuentran a Cristo, los sabios no lo encuentran. Pero de cualquier forma, ambos grupos llegaron, los pastores y los magos; ambos se arrodillaron alrededor del pesebre, para mostrarnos que Cristo era el Cristo de todos los hombres; que no era solamente el Cristo de los magos, sino que Él era el Cristo de los pastores.

Ellos nos mostraron que Él no era solamente el Salvador de los pastores campesinos, sino también el Salvador de los hombres educados, pues

“Nadie es excluido, pues, sino aquellos
que se excluyen a sí mismos;
Bienvenidos los entendidos y los educados;
los ignorantes y los ordinarios”

En Su mismo nacimiento fue uno del pueblo. No nació en una ciudad populosa; sino en el oscuro pueblo de Belén, “la casa del pan.” El Hijo del Hombre hizo su advenimiento sin acompañamiento de pomposos preparativos, y no fue anunciado por las notas de las trompetas de alguna corte.

Su educación también demanda nuestra atención. El no fue tomado de los pechos de su madre, como lo fue Moisés, para ser educado en los salones de un monarca; El no fue criado con esos aires de grandeza que adoptan las personas que tienen cucharas de oro en sus bocas desde el momento de nacer. Él no fue educado como un joven rico, para mirar a todos con desdén; sino que siendo su padre un carpintero, sin duda trabajó muy duro en el taller de su padre. “Un lugar adecuado,” dice un autor muy antiguo, “para Jesús. Por que Jesús tenía que construir una escalera que alcanzara desde la tierra hasta el cielo. ¿Por qué, pues, no habría de ser el hijo de un carpintero?”

Perfectamente bien conocía El la maldición de Adán: “Con el sudor de tu frente comerás el pan.” Si ustedes hubieran visto al santo niño Jesús, no habrían notado nada que lo distinguiera de otros niños, excepto la pureza sin mancha que había en su semblante. Cuando nuestro Salvador comenzó suvida pública, seguía siendo el mismo. ¿Cuál era su rango? ¿Se vestía de púrpura y escarlata? ¡Oh, no!; El usaba la modesta vestidura de un campesino; “la túnica no tenía costura; era tejida entera de arriba abajo,” una simple pieza de ropa, sin adornos ni bordados. ¿Vivió acaso con lujo, haciendo un grandioso espectáculo en su viaje a través de Judea? No, Él trabajó durante su fatigoso camino y se sentó en el brocal del pozo de Sicar.

Él era como otros, un hombre pobre. No tenía cortesanos a su alrededor. Sus compañeros eran pescadores. Y cuando Él hablaba, ¿acaso lo hacía con palabras suaves que fluían como aceite? ¿Caminaba Él con pasos elegantes, como el Rey de Amalek? No. A menudo hablaba como el severo Elías. Lo que quiso decir lo dijo y quiso decir lo que dijo. Hablaba a la gente como un hombre del pueblo. Nunca se inclinó frente a los grandes hombres. No supo lo que era inclinarse o ceder. Se detuvo y lloró: “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Ay de vosotros, sepulcros blanqueados.” No pasó por alto a ningún tipo de pecadores: ni clase ni fortuna tenían alguna diferencia para Él. Expresó las mismas verdades tanto a los ricos del Sanedrín como a los trabajadores campesinos de Galilea. El era “uno escogido de mi pueblo.”

Fíjense en su doctrina. Jesucristo era uno del pueblo en Su doctrina. Su Evangelio no fue nunca el evangelio de un filósofo, ya que no es difícil de comprender. Nunca consentirá ser enterrado en medio de palabras difíciles y frases técnicas: es tan simple que quien sepa deletrear “el que creyere y fuere bautizado”, puede tener el conocimiento del Evangelio que salva. Por eso los sabios del mundo desprecian el conocimiento de la Verdad, y burlonamente dicen: “hasta un herrero puede predicar hoy día, y hombres que andaban detrás del arado pueden convertirse en predicadores”; y la clase sacerdotal reclama “¿qué derecho tienen ellos para hacer tal cosa, sin nuestra autorización?”

Oh, qué triste que la verdad del evangelio sea menospreciada por su sencillez, y que mi Señor sea despreciado porque Él no es exclusivo, ni será monopolizado por hombres de talento y erudición. Jesús es de la misma manera el Cristo del hombre ignorante como es el Cristo del hombre con educación. Pues Él ha escogido “lo vil del mundo y lo menospreciado.” ¡Ah!, por mucho que amo la ciencia verdadera y la sólida educación, me lamento y me duelo ya que nuestros ministros están diluyendo a tal grado la Palabra de Dios con su filosofía, deseando ser predicadores intelectuales, pronunciando sermones que sirvan de modelo. Sus sermones son adecuados para un salón lleno de estudiantes universitarios y profesores de teología, pero sin ninguna utilidad para las masas, pues no tienen sencillez, calor, sinceridad, ni una sólida sustancia evangélica.

Me temo que nuestra educación universitaria de poco aprovecha a nuestras iglesias, puesto que con frecuencia sirve para apartar las simpatías de los jóvenes por la gente, y los une a los pocos intelectuales y ricos de la iglesia. Es bueno ser un ciudadano de la república de las letras, pero es mucho mejor ser un ministro eficaz del reino de los Cielos. Es bueno tener la habilidad de algunas mentes grandiosas para atraer a los poderosos. Pero el hombre más útil seguirá siendo aquél que, como Whitfield, usa “el lenguaje de la calle.” Es una triste realidad que las altas posiciones y el Evangelio, rara vez están de acuerdo. Y, más aún, deben saber que la doctrina de Cristo es la doctrina del pueblo. No tenía el propósito de ser el Evangelio de una casta, de algún grupo privilegiado o de una clase determinada dentro la comunidad.

El Pacto de la Gracia no es ordenado para hombres de un nivel especial, sino que están incluidos algunos de cada una de las clases. Hubo unos cuantos ricos que siguieron a Jesucristo en su día, y eso sucede en la actualidad. María, Marta y Lázaro eran ricos, y también la esposa del mayordomo de Herodes, con algunos otros de la nobleza. Estos, sin embargo, no eran más que unos cuantos: su congregación estaba formada por las clases más bajas, las masas, el pueblo. “La gran multitud le escuchaba con gusto.” Y Su doctrina no daba lugar a distinciones, sino que colocaba a todos los hombres como pecadores por naturaleza, en una igualdad a los ojos de Dios.

Uno es su Padre, “uno solo es vuestro Maestro, y todos vosotros sois hermanos.” Estas fueron palabras que Él enseñó a sus discípulos, mientras vivió en la tierra. Él era el espejo de la humildad, y demostró ser el amigo de los hijos pobres de la tierra y el amante de la humanidad. ¡Oh ustedes, orgullosos porque tienen sus bolsillos llenos! ¡Oh ustedes, que no pueden tocar a los pobres ni siquiera con la punta de sus blancos guantes! ¡Ah ustedes, con sus mitras y sus báculos! ¡Ah, ustedes con sus catedrales y ornamentos espléndidos! ¡Este es el hombre al que ustedes llaman Señor, el Cristo del pueblo, Uno del pueblo! Y aún así, ven desde arriba con desprecio a la gente. Ustedes los desprecian. ¿Qué son ellos en opinión de ustedes?El rebaño común, la multitud.

¡Vamos! No se llamen más a ustedes mismos, los ministros de Cristo. ¿Cómo pueden serlo, a menos que, descendiendo de su pompa y dignidad, vengan en medio de los pobres para visitarlos? ¿A menos que caminen en medio de nuestra creciente población y les prediquen el Evangelio de Jesucristo? ¿Acaso creemos que ustedes son los descendientes de los pescadores? ¡Ah, no, hasta que se despojen de su grandeza, y, como los pescadores, salgan como gente del pueblo, y prediquen al pueblo, hablen a la gente, en vez de quedarse en sus espléndidos asientos, haciéndose ricos a costa de sus privilegios!

Los ministros de Cristo deberían ser los amigos de la humanidad en general, recordando que su Señor fue el Cristo del pueblo. ¡Regocíjense!, ¡Oh, regocíjense! ¡Ustedes todas las multitudes! ¡Anímense! ¡Gócense! porque Cristo era Uno del pueblo.

II. Nuestro segundo punto era la ELECCION. Dios dice: “He enaltecido a uno escogido de mi pueblo.”

Jesucristo fue elegido; escogido. De un modo u otro, esa fea doctrina de la elección saldrá a relucir. Oh, hay quienes al momento de escuchar esa palabra: “elección” se llevarán las manos a su frente murmurando: “Esperaré a que termine esa frase. Quizá haya algo más adelante que sí me guste.” Otros dirán: “No volveré a ese lugar. Ese hombre es un hiper-calvinista.” Pero el hombre no es un hiper-calvinista; el hombre dijo lo que estaba escrito en su Biblia y nada más. Es un cristiano, y no tienen ustedes derecho de llamarlo por ninguno de esos apodos, si es que es un apodo, pues no nos avergonzamos nunca, y no nos importa cómo nos llamen. Aquí está: “Uno escogido de mi pueblo.” Pero ¿qué significa eso, sino que Jesucristo es elegido? A quienes no les gusta creer que los herederos del cielo han sido elegidos, no pueden negar la verdad proclamada en este versículo: que Jesucristo es elegido, que su Padre lo escogió a Él y lo escogió de Su pueblo. Como hombre, fue escogido de su pueblo, para ser el Salvador del pueblo y el Cristo del pueblo. Y ahora juntemos nuestros pensamientos y tratemos de descubrir la sabiduría trascendental de la elección de Dios.

La elección no es una cosa ciega. Dios escoge soberanamente pero Él siempre escoge inteligentemente. Siempre hay una razón secreta para Su elección de un individuo en particular; aunque ese motivo no radica en nosotros o en nuestros propios méritos, pero siempre hay una causa secreta mucho más remota que las obras de la criatura. Es alguna poderosa razón desconocida para todos, excepto para Él. En el caso de Jesús, los motivos son evidentes. Y sin pretender entrar a la sala del Consejo de Jehová, podemos descubrirlos.

1. Primero, vemos que la justicia es por ello totalmente satisfecha, por la elección de Uno del pueblo. Supongamos que Dios hubiera escogido a un ángel para que hiciera satisfacción por nuestros pecados; imaginen que un ángel fuese capaz de aguantar todo el sufrimiento y la agonía que eran requeridos para nuestra expiación. Aún así, después que el ángel hubiera hecho todo eso, la justicia nunca hubiera sido satisfecha por la sencilla razón de que la ley dice: “El alma que pecare, ésa morirá”. Ahora, el hombre es el que peca, por consiguiente el hombre es quien debe morir. La justicia requería que así como por un hombre entró la muerte al mundo, asimismo por un hombre debía venir la resurrección y la vida.

La ley exigía que como el hombre era el pecador, el hombre debía ser la víctima; del mismo modo que en Adán todos morimos, asimismo en otro Adán debíamos ser todos resucitados. Consecuentemente, fue necesario que Jesucristo fuera elegido del pueblo. Pues si aquel ángel resplandeciente junto al Trono, el notable Gabriel, dejando a un lado sus esplendores, hubiera descendido a nuestra tierra, y soportando el dolor, y sufriendo agonía, hubiera traspasado el umbral de la muerte abandonado una existencia miserable sumida en extremo dolor, después de todo eso, no habría satisfecho la justicia inflexible, porque está dicho: un hombre debe morir; de otra manera, la sentencia no se ha ejecutado.

2. Pero hay otra razón por la que Jesucristo fue escogido de su pueblo. Es que toda la raza recibe honor. ¿Saben ustedes que yo no quisiera ser un ángel aún si el propio Gabriel me lo pidiera? Si él me suplicara para que yo intercambiara lugares con él, no lo haría. Yo perdería mucho con ese intercambio, y él ganaría mucho. Aunque soy pobre, débil e indigno, aún así soy un hombre, y hay una dignidad relativa a la humanidad; una dignidad que se perdió un día en el jardín de la Caída, pero que fue recuperada en el jardín de la Resurrección. Es un hecho que un hombre es superior a un ángel; que en el cielo, la humanidad está más cerca del Trono que los ángeles.

Ustedes pueden leer en el libro de Apocalipsis que los 24 ancianos estaban alrededor del trono, y en el círculo exterior estaban los ángeles. Los ancianos, que son representativos de toda la iglesia, fueron honrados con una mayor cercanía a Dios que los espíritus ministradores. El hombre -el hombre elegido- es el ser más grande del universo, excepto Dios. El hombre está sentado allá arriba, ¡miren! ¡a la diestra de Dios, radiante de gloria, allí está sentado un HOMBRE! Pregúntenme quien gobierna la Providencia, y dirige su tremendamente misteriosa maquinaria. yo les digo, es un Hombre, el Hombre Jesucristo.

Pregúntenme quién ha atado los ríos en cadenas de hielo durante los últimos meses, liberándolos luego de los grilletes del invierno. Yo les digo que un Hombre lo ha hecho: Cristo. Pregúntenme quién vendrá a juzgar a la tierra en justicia, y yo les digo que un Hombre. Un Hombre real y verdadero sostendrá la balanza del juicio y llamará a todas las naciones a Su alrededor. Y ¿quién es el canal de la gracia? ¿Quién es el emporio de toda la misericordia del Padre? ¿Quién es el que recoge todo el amor del Pacto? Yo respondo que un hombre, el Hombre Jesucristo. Y Cristo, siendo un hombre, te ha exaltado a ti, y me ha exaltado a mí, y nos ha puesto en los lugares más elevados.

Él nos hizo, en el principio, un poco menores que los ángeles y ahora, a pesar de nuestra caída en Adán, nos ha coronado, a Sus elegidos, con gloria y honor. Y nos hizo sentar en los lugares celestiales en Cristo Jesús, para mostrar en las edades venideras las superabundantes riquezas de su gracia, por su bondad hacia nosotros en Cristo Jesús.

3. Pero, hermanos míos, contemplemos con una mirada más dulce que esa. ¿Por qué fue Él escogido de su pueblo? ¡Habla, corazón mío! ¿Cuál es la primera razón que se te viene a la cabeza? Pues los pensamientos del corazón son los mejores pensamientos. Los pensamientos de la cabeza son, a menudo, buenos para nada, pero los pensamientos del corazón, los profundos ensueños del alma, éstos no tienen precio, son como perlas de Ormuz. Los poemas de un humilde poeta, siempre y cuando surjan de su corazón, agradarán mejor las cuerdas de mi alma que las manifestaciones sin vida del puro cerebro.

Vamos a ver, cristianos: ¿Cuál creen ustedes que es la dulce razón para la elección de su Señor, siendo Él uno de su pueblo? ¿Acaso no es ésta: que Él pueda ser mi Hermano, en la bendita unión de su misma sangre? ¡Oh, qué relación hay entre Cristo y el creyente! El creyente puede decir:

“Hay Uno sobre todos los demás
Que bien merece el nombre de Amigo;
Su amor es fiel, más que el de un hermano
Su amor es libre y no tiene ningún límite.”

Tengo un grandioso Hermano en el cielo. He oído algunas veces a los muchachos decir en la calle, cuando son molestados, que se lo van a decir a sus hermanos, y yo lo he dicho a menudo cuando el enemigo me ha atacado: “se lo voy a decir a mi Hermano que está en el Cielo”.

Puedo ser pobre, pero tengo un Hermano que es rico. Tengo un Hermano que es un rey. Soy hermano del Príncipe de los reyes de la tierra. ¿Me dejará acaso morir de hambre, o padecer necesidad o carencia, mientras Él está en Su trono? Oh, no. Él me ama. Él tiene sentimientos fraternales hacia mí. Él es mi hermano. Pero más que eso: ¡piensa, oh creyente! Cristo no es simplemente tu hermano, sino que Él es tu Esposo. “Tu Hacedor es tu Esposo, el Dios de los ejércitos es Su nombre”. La mujer se regocija al recostarse en el ancho pecho de su marido, teniendo la plena seguridad de que sus brazos son lo suficientemente fuertes para trabajar por ella, o para defenderla.

Ella sabe que el corazón de su esposo siempre palpita de amor por ella, y que todo lo que él tiene, y lo que él es, le pertenece a ella, como quien comparte su existencia. ¡ Oh, saber por el Espíritu Santo, que se ha hecho una dulce alianza entre mi alma y el siempre precioso Jesús! Eso es suficiente para que toda mi alma baile al son de la música, y que cada átomo de mi cuerpo sea un cantor agradecido de la alabanza de Cristo. Vamos, déjenme recordar cuando estaba tirado ahí en el campo, como un niño bañado en sangre; déjenme recordar aquel notable momento en que Él me dijo: “¡Vive!”, y no permitan que olvide que Él me ha educado, me ha entrenado, y que un día me desposará con Él en justicia, coronándome con una corona nupcial en el palacio de Su Padre.

¡Oh, es una felicidad indecible! ¡No me sorprende que este pensamiento haga vacilar mis palabras al pronunciarlo! Que Cristo es uno del pueblo, que Él pueda relacionarse estrechamente contigo y conmigo, que Él pudiera ser nuestro pariente más cercano:

“Con lazos de sangre, con los pecadores
Uno, Nuestro Jesús, ha ido a la gloria;
A todos sus enemigos arrojó a la ruina:
Al pecado, a Satán, a la tierra, al infierno, al mundo.”

Tú que eres santo, ata este bendito pensamiento como un collar de diamantes alrededor del cuello de tu memoria. Ponlo como un anillo en el dedo del recuerdo, y úsalo como el propio sello del rey, sellando las peticiones de tu fe con la confianza del éxito.

4. Pero ahora surge naturalmente otra idea. Cristo fue elegido de su pueblo, para que pudiera conocer lo que nos hace falta y entendernos. Conocen la vieja historia que una mitad del mundo no sabe cómo vive la otra mitad; y eso es muy cierto. Yo creo que algunos ricos no tienen la menor idea de lo que es la miseria de los pobres. No saben lo que es trabajar para obtener su pan de cada día. Tienen una vaga idea de lo que significa un aumento en el precio del pan. Pero no saben absolutamente nada de eso. Y cuando damos el poder a hombres que nunca fueron del pueblo, no entienden el arte de gobernarnos.

Pero nuestro grandioso y glorioso Jesucristo es Uno escogido de su pueblo, y por lo tanto, Él conoce nuestras necesidades. Él sufrió tentación y dolorantes que nosotros. Padeció enfermedad, porque cuando colgaba de la cruz, lo abrasador de ese ardiente sol, trajo sobre Él una fiebre que lo quemaba.Cansancio, Él lo ha sufrido, porque estaba cansado cuando se sentó en el pozo. Pobreza, Él la conoce, porque algunas veces no tuvo pan para comer, excepto ese pan del que el mundo no sabe nada. Estar sin hogar, también lo conoció, porque las zorras tenían cuevas y las aves del cielo tenían sus nidos; mas Él no tenía dónde recostar Su cabeza.

Mi hermano en Cristo, no hay lugar al que puedas ir, donde Cristo no haya ido antes que tú, con la única excepción de los lugares pecaminosos. En el oscuro valle de sombra de muerte puedes ver sus huellas sangrientas, huellas marcadas con coágulos de sangre. Sí, y aún en las aguas profundas del Jordán crecido, dirás, cuando te acerques a la orilla: “Allí están las huellas de un hombre: ¿de quién son?” Al agacharte podrás discernir las marcas de los clavos y dirás: “Esas son las huellas del bendito Jesús.” Él ha estado aquí antes que tú. Él ha emparejado el camino. Él ha entrado a la tumba, para poder hacer de ella la habitación real de la raza escogida, y el ropero donde esa raza ha guardado las ropas de trabajo, para vestirse con las vestiduras del eterno descanso. En todos los lugares, dondequiera que vayamos, el Ángel del Pacto ha corrido al frente. Cada carga que tenemos que llevar, ha sido previamente puesta sobre los hombros de Emmanuel.

“Su camino fue mucho más difícil y más oscuro que el mío;
Mi Señor Jesucristo sufrió ¿y yo me quejaré?”

Estoy hablando a aquéllos que se encuentran en medio de difíciles pruebas. ¡Querido compañero de viaje! Anímate: Cristo ha consagrado el camino, y ha convertido el camino angosto en el propio camino del Rey hacia la vida.

Un pensamiento más antes de pasar al tercer punto. Hay una pobre alma por ahí, deseosa de venir a Jesús, pero tiene grandes dificultades por temor de no poder venir de la manera adecuada. Y yo conozco a muchos cristianos que dicen: “Bueno, yo espero haber venido a Cristo, pero me temo que no lo hice en la forma apropiada.” Hay una pequeña anotación para uno de los himnos al pie de la página, en la colección de himnos del señor Denham, que dice: “Algunas personas temen no poder venir (a Cristo) en la forma correcta. Ahora, ningún hombre puede venir a Cristo a menos que el Padre le envíe. De modo que yo entiendo que si vienen a Él, no pueden venir de manera inapropiada.”

De la misma manera entiendo que si los hombres vienen a Cristo, deben venir de la manera apropiada. Este es un pensamiento para ti, pobre pecador que te aproximas: ¿por qué temes venir?” “Oh”, dirás, “soy tan gran pecador que Cristo no tendrá misericordia de mi.” Oh, tú no conoces a mi bendito Señor. Su amor es más grande de lo que te imaginas. En otro tiempo yo era tan malvado como para pensar eso mismo, pero me he dado cuenta que es diez mil veces más amable de lo que creía. Te digo, Él tiene tanto amor, tanta gracia, tanta amabilidad, que no hubo nunca alguien que fuera ni la mitad de bueno de lo que Él es. Es más amable de lo que puedas pensar alguna vez. Su amor es más grande que tus temores, y Sus méritos prevalecen sobre tus pecados.

Pero aún dices: “temo no venir a Él correctamente, pienso que no voy a poder usar palabras aceptables.” Te diré la razón de eso: porque no recuerdas que Cristo fue tomado del pueblo. Si Su Majestad la Reina de Inglaterra me llamara a su presencia mañana por la mañana, me atrevo a decir que tendría mucha ansiedad acerca de la clase de ropa que debería usar, y cómo debería entrar y cómo debería observar la etiqueta de la corte, etcétera. Pero si uno de mis amigos aquí presente, me invitara, yo iría tal como estoy para verlo, porque él es uno de nosotros y me agrada.

Algunos de ustedes dicen: “¿cómo puedo ir a Cristo? ¿Qué debo decir? ¿Qué palabras debo usar?” Si fueras a ver a alguien superior a ti, entonces podrías preguntarte eso; pero Él es Uno del pueblo. Ve a Él tal como eres, pobre pecador; simplemente en tu miseria y en tu inmundicia; en toda tu maldad, simplemente como eres. ¡Oh pecador, que estás acosado por tu conciencia, ven a Jesús! Él es Uno del pueblo. ¡Si el Espíritu te ha dado convicción de pecado, no estudies la manera de venir, ven de cualquier modo! Ven con un gemido, ven con un suspiro, ven con una lágrima. De cualquier manera que vengas, si tan sólo vienes, eso será suficiente, porque Él es Uno del pueblo. “El Espíritu y la esposa dicen: “¡Ven!” El que oye diga: “¡Ven!”

En este momento no puedo dejar de darles una ilustración. He oído que en los desiertos, cuando las caravanas necesitan agua, y temen no encontrar ninguna, acostumbran enviar un camello con su jinete a cierta distancia por delante; a cierta distancia, otro más; y a un intervalo más corto, a otro; tan pronto el primer hombre encuentra el agua, antes de inclinarse para beber, grita fuertemente “¡vengan!”. El que le sigue, oyendo la voz, repite la palabra ¡”vengan!”, mientras el que viene más cerca grita a su vez: “¡vengan!” hasta que el desierto entero hace eco con las palabras “¡vengan!”.

Así en ese versículo, “El Espíritu y la esposa dicen, antes que nada, “¡Ven!” Después: El que oye diga: “¡Ven!” El que tiene sed, venga. El que quiere, tome del agua de vida gratuitamente.” Con esta ilustración dejo nuestro examen de las razones para la elección de Jesucristo.

III. Y ahora concluyo con Su EXALTACIÓN. “He enaltecido a uno escogido de mi pueblo.”

Ustedes recordarán mientras hablo de esta exaltación, que es realmente la exaltación de todos los elegidos en la Persona de Jesucristo. Por que todo lo que Cristo es, y todo lo que Cristo tiene, es mío. Si soy un creyente, todo lo que Él es en su Persona exaltada, eso soy yo, porque se me ha llevado a sentarme junto con Cristo en los lugares celestiales.

1. Primero, queridos amigos, fue suficiente exaltación para el cuerpo de Cristo ser exaltado en Su unión con la Divinidad. Eso es un honor que ninguno de nosotros puede recibir jamás. Nosotros nunca podemos esperar tener este cuerpo unido con Dios. No puede ser. Una vez ocurrió esta encarnación, y no más que una sola vez. De ningún otro hombre puede decirse: “Él era Uno con el Padre y el Padre era Uno con Él”. De ningún otro hombre se dirá que la Deidad habitó en Él y que Dios era manifiesto en su carne, visto por los ángeles, justificado por el espíritu y elevado al Cielo.

2. De nuevo: Cristo fue exaltado por Su resurrección. Oh, cómo me habría gustado deslizarme en la tumba de nuestro Salvador. Supongo que era una cámara grande; adentro, había un enorme sarcófago de mármol, y muy probablemente una tapa pesada descansaba sobre él. A continuación, fuera de la puerta estaba una pesada roca, y unos guardias vigilaban la entrada. ¡Durante tres días el Durmiente descansó allí! Oh habría deseado levantar la tapa de ese sarcófago, para mirarlo a Él. Pálido descansaba allí. Hilos de sangre se veían todavía en su cuerpo, que no pudieron ser lavados por aquellas cuidadosas mujeres que lo habían enterrado.

La muerte gritaba con gozo: “¡Lo he matado: la simiente de la mujer que debe destruirme, ahora es mi cautivo!” ¡Ah, cómo se reía la Muerte horrenda! ¡Ah, cómo miraba a través de sus huesudos párpados, al tiempo que decía: “Tengo al celebrado Vencedor en mis garras.” “¡Ah!”, dijo Cristo: “¡Pero yo te tengo a ti!” Y Él se levantó; la tapa del sarcófago se comenzó a levantar. Y Él, que tiene las llaves de la muerte y del infierno, capturó a la muerte, hizo polvo sus miembros de hierro, y estrelló ese polvo contra el suelo y dijo: “Oh Muerte, yo seré tu plaga. Oh Infierno, yo seré tu destrucción.” Salió del sepulcro y los guardias, a su vez, huyeron. Asombrosamente glorioso, radiante de luz, refulgente con su Divinidad, se paró frente a ellos. Entonces, Cristo fue exaltado en Su resurrección.

3. Pero cuán exaltado fue Él en su ascensión. Salió de la ciudad hacia la cima del monte, sus discípulos atentos a Él mientras Él esperaba el momento señalado. Observen Su ascensión. Despidiéndose de todo el círculo, fue subiendo gradualmente, ascendiendo como se levanta la bruma del lago o la nube del río vaporoso. Él se remontó a los cielos, por Su propio poder de elevarse y Su poderosa elasticidad ascendió a las alturas. No como Elías, llevado por caballos de fuego. No como Enoc, en la antigüedad: no podría decirse que desapareció, porque Dios se lo llevó.

Él ascendió por Sí mismo. Y conforme subía, me imagino a los ángeles que contemplaban desde las murallas del Cielo y exclamaban: “¡Vean, viene el Héroe conquistador!” A medida que se acercaba más, gritaban de nuevo: “¡Vean, viene el Héroe conquistador! Así, su jornada por las llanuras del espacio se completaba; se acerca a las puertas del Cielo. Los ángeles atentos exclaman: “¡Levantad, oh puertas, vuestras cabezas! Levantaos, oh puertas eternas.” Las huestes gloriosas apenas se preguntan: “¿Quién es este Rey de Gloria?”, cuando de millares de millares de lenguas corre un océano de armonía, tocando a las puertas de perlas con poderosas olas de música, y abriéndolas de golpe: “¡Jehová, el fuerte y poderoso! ¡Jehová, el poderoso en la batalla!”

He aquí, las barreras de los cielos han sido abiertas de par en par y los querubines se están apresurando a recibir a su Monarca:

“Trajeron Su carruaje de lo lejos.
Para llevarlo a Él a Su Trono;
Batieron sus alas triunfantes y dijeron,
‘La obra del Salvador está hecha.'”

Miren, Él marcha por las calles. ¡Vean cómo los reinos y potestades caen delante de Él! Se colocan coronas a sus pies y Su Padre dice: “¡Bien hecho, Hijo mío, bien hecho!”, mientras el Cielo hace eco con el grito de: “¡bien hecho!”, “¡bien hecho!”. Sube a ese elevado Trono, al lado de la Paternal Deidad. “He enaltecido a uno escogido de mi pueblo.”

4. La última exaltación de Cristo que voy a mencionar, es aquélla que ha de venir, cuando Él se siente en el Trono de Su Padre David y juzgue a todas las naciones. Observarán que he omitido la exaltación que Cristo ha de tener como rey de este mundo durante el milenio. No profeso entenderlo y por lo tanto lo voy a dejar de lado. Pero yo creo que Jesucristo ha de venir sobre el Trono del Juicio, “y todas las naciones serán reunidas delante de él. El separará los unos de los otros, como cuando el pastor separa las ovejas de los cabritos.”

¡Pecador! Tú crees que hay un juicio. Tú sabes que la cizaña y el trigo no siempre pueden crecer juntos. Que las ovejas y las cabras no siempre van a compartir el alimento. Pero ¿sabes algo de ese Hombre que va a juzgarte? ¿Acaso sabes que Quien va a juzgarte es un Hombre? Digo un HOMBRE. El Hombre que una vez fue despreciado y rechazado.

“El Señor vendrá, pero no de la misma manera
En humillación, como vino una vez;
Un Hombre humilde frente a Sus enemigos;
Un hombre fatigado y lleno de dolores.”

¡Ah, no! Habrá un arco iris alrededor de su cabeza. Sostendrá al sol en Su diestra como una señal de su gobierno. Pondrá a la luna y a las estrellas bajo sus pies, como el polvo del pedestal de Su Trono, que será de sólidas nubes de luz.

Los libros serán abiertos; esos enormes libros, que contienen las obras de los vivos y de los muertos. Ah, cómo se sentará triunfante sobre todos su enemigos, el despreciado Nazareno. No habrá más insultos, ni escarnios, ni burlas. Sino un horrible llanto de miseria, “Escondednos del rostro del que está sentado sobre el trono.” Oh, ustedes, mis oyentes, que ven ahora con desprecio a Jesús y Su Cruz, yo tiemblo por ustedes. Oh, más fiero que un león sobre su presa, es el amor provocado a ira. ¡Oh, despreciadores! Les advierto sobre aquel día en que el plácido rostro del Varón de Dolores esté tejido con enojo. Cuando los ojos que una vez fueron humedecidos con las gotas de rocío de la compasión, arrojen relámpagos sobre sus enemigos.

Y las manos, que una vez fueron clavadas a la Cruz para nuestra redención, empuñen el rayo para la condenación de ustedes. Mientras la boca que una vez dijo: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados,” pronunciará con palabras más fuertes y más terribles que la voz del trueno: “¡Apartaos de mí, malditos”! ¡Pecadores! Ustedes podrán pensar que es una cosa sin mayor importancia pecar contra el Hombre de Nazaret, pero se van a dar cuenta que haciendo eso han ofendido al Hombre que juzgará a la tierra en justicia. Y por su rebelión, sufrirán olas de tormento en el océano eterno de su ira. ¡Que Dios los libre de esa condenación! Pero les estoy advirtiendo de ello.

Todos ustedes han leído la historia de aquella dama que en el día de su boda, subió las escaleras y, viendo un antiguo ropero, con ánimo de diversión y travesura se metió dentro, pensando en esconderse ahí por una hora, para que sus amigos la buscaran. Pero había una cerradura ahí oculta y al cerrarse, la dejó encerrada para siempre. Nadie la pudo encontrar sino después de transcurridos muchos años. Cuando un día estaban moviendo ese viejo ropero, encontraron los huesos de un esqueleto, con un anillo de brillantes por aquí y otros adornos por allá. Ella había entrado ahí por diversión y alegría, pero fue encerrada para siempre.

¡Jóvenes hermanos y hermanas! Cuídense de no ser encerrados para siempre por sus pecados. Una copa jovial, eso es todo. Un juego momentáneo, pensó ella. Pero hay una cerradura secreta que está al acecho. Una sola visita a esa casa de mala reputación, un pequeño desvío del camino recto, eso es todo. ¡Oh, pecador! Eso es todo. Pero ¿sabes lo que es todo eso? ¡Estar preso para siempre! Oh, si ustedes escaparan de esto, si me oyeran, mientras (porque sólo me queda un momento) les hablo otra vez del Hombre que fue “escogido de mi pueblo.”

¡Ustedes orgullosos! Tengo una palabra para ustedes. ¡Ustedes delicados, cuyos pasos no deben tocar el suelo! ¡Ustedes que miran hacia abajo con desprecio a sus prójimos mortales; gusanos orgullosos que desprecian a sus compañeros gusanos, sólo porque están vestidos de manera más elegante! ¿Qué piensan de esto? El Hombre del pueblo es Quien te salvará, si es que has de ser salvo. ¡El Cristo de la multitud, el Cristo de las masas, el Cristo del pueblo, Él debe ser tu Salvador! ¡Debes humillarte, hombre orgulloso! ¡Tú debes inclinarte, mujer soberbia! Debes hacer a un lado toda tu pompa, o de lo contrario nunca serás salvo, porque el Salvador del pueblo debe ser tu Salvador.

Pero al pobre pecador tembloroso, cuyo orgullo ha desaparecido, le repito la reconfortante seguridad. ¿Evitarás el pecado? ¿Evitarás la maldición? Mi Señor me pide que diga esta mañana: “Venid a mí, todos los que estáis fatigados y cargados, y yo os haré descansar.” Recuerdo lo que decía una santa anciana. Alguien estaba hablando de la misericordia y el amor de Jesús, y concluyó diciendo: “¿Ah, acaso no es sorprendente? Ella dijo: “No, no lo es.” Pero ellos dijeron que sí lo era. “Vamos,” dijo ella, “¡simplemente así es Él; así es Él!”

Ustedes preguntan: ¿acaso pueden creer semejante cosa de una Persona? “¡Oh sí!” Puede decirse: “esa es sencillamente Su naturaleza.” ¿De modo que ustedes tal vez no pueden creer que Cristo quiere salvarlos, criaturas culpables como son? Yo les digo que así es Él. El salvó a Saulo; Él me salvó a mi y te puede salvar a ti. Sí, es más, Él te salvará a ti. Porque cualquiera que a Él viene, jamás lo echará fuera.