El Arco Iris Celestial

“¡Un arco iris!” “¡Había alrededor del trono un arco iris!” Soy de la opinión que este arco iris era un círculo completo. En el capítulo décimo el apóstol nos informa que vio “a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza”, que difícilmente habría podido ser el arco semicircular que estamos acostumbrados a ver en el cielo en tiempos de lluvia y sol. Me imagino que debe de haber sido un anillo completo.

Hace dos años estuve en el pequeño puente de madera que está en la aldea de Handeck, del lado suizo de Paso de Grimsel, y miré al torrente rugiente que corría abajo. La cascada, deshaciéndose sobre las enormes rocas, hacía salpicar una lluvia de espuma y rocío. Estaba mirando hacia abajo, cuando el sol brilló sobre el lugar, y vi un arco iris como no lo había visto nunca antes, excepto una vez, en otro lugar, en una ocasión similar. Era un círculo completo alrededor de la cascada, y luego otro círculo, y dentro de ese, un tercero: tres ruedas concéntricas, formadas con todos los deleitables colores del arco iris, desde el tímido violeta hasta el intrépido rojo.

No había ninguna equivocación al respecto. Eran anillos completos que parecían rodear el torrente, como grandes bandas de zafiros, y esmeraldas, y ágatas. El anillo se tresdoblaba y brillaba frente a mí. Yo contemplaba maravillado ese espectáculo. Entonces estos precisos textos acudieron a mi mente: “alrededor del trono un arco iris”, y “vi descender del cielo a otro ángel fuerte, envuelto en una nube, con el arco iris sobre su cabeza”.

Me parece que Juan tenía un espectáculo semejante frente a él, un arco iris que rodeaba enteramente al trono. Si fuera así, pienso que no seré considerado extravagante si extraigo una enseñanza. En este mundo vemos únicamente una mitad del pacto eterno de la gracia de Dios, ya que es todo lo que podemos ver. Ese arco superior de la albañilería divina es todo lo que vemos aquí. La otra mitad inferior, sobre la cual descansa la mitad que vemos, es decir, el decreto eterno, el propósito, el propósito de la soberanía infinita, está todavía fuera de nuestra vista. No podemos discernirla. La tierra se interpone en el horizonte y la limita. Pero cuando lleguemos al más allá, y veamos las cosas como son, y conozcamos como somos conocidos, entonces el pacto será visto por nosotros como constituyendo un círculo completo, un armonioso todo; no como algo quebrado, no como un arco quebrado, o un semicírculo, como pareciera serlo ahora, sino como la Deidad misma, perpetuo, sempiterno, completo, perfecto, eterno. Esto es válido como una figura, y ciertamente lo será en la realidad. Lo que no sabemos ahora, lo sabremos en el más allá, y posiblemente este preciso emblema sea usado aquí para explicarnos que, aunque veamos la gloria que Dios ha manifestado, no vemos el propósito eterno de Dios y no podemos verlo en el presente, excepto en la medida que lo juzguemos partiendo de sus grandiosos resultados.

¡Oh!, es deleitable pensar en ir allá, si no por ninguna otra cosa, por saber más de Cristo, y entender más del amor divino, y beber más profundamente del misterio de la piedad por medio del cual Dios fue manifestado en la carne. En verdad, aunque sólo conozcamos un poco, ese poco conocimiento nos ha conducido a tener sed de grandes bocanadas, y estamos en espera del tiempo cuando nos despojemos del velo que nos aparta de las realidades espirituales, y las veremos cara a cara, no necesitando verlas por más tiempo como por espejo, reflejadas oscuramente.

Quiero que noten tres cosas sugeridas por esas palabras: “Había alrededor del trono un arco iris.” Primero: la soberanía divina nunca traspasa los límites del pacto, sino que está encerrada por el arco iris, con una pared de fuego alrededor del trono. En segundo lugar: el gobierno divino surge de la soberanía; el trono es regulado siempre por el pacto; hay respeto constante al pacto de gracia en todo lo que Jehová hace. En tercer lugar: en el pacto de gracia, la cualidad predominante es la gracia; “Semejante en aspecto a la esmeralda”, algo que explicaré más adelante, indica que la misericordia y la piedad hacia los hombres resplandecen radiantes en el pacto siempre. Primero, entonces, “Había alrededor del trono un arco iris.”

I. LA SOBERANÍA DIVINA NO TRASPASA NUNCA LOS LÍMITES DEL PACTO.

“Había alrededor del trono un arco iris”, como si el arco iris cercara el trono, lo circundara, lo ciñera alrededor. La soberanía de Dios debe ser, por necesidad, absoluta e ilimitada. Él creó todo, y como nada existió antes de Dios, o independiente de Dios, tenía el derecho de hacer lo que quisiera, y de hacer todo lo que en efecto hizo, según Su propia voluntad y agrado. Y una vez que ha creado, Sus derechos no terminan allí, sino que continúa teniendo un poder completamente ilimitado y absoluto sobre las criaturas de Sus manos. Él reclama el derecho para Sí: “¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro, para hacer de la misma masa un vaso para honra y otro para deshonra?”Dios tiene el poder de crear y el poder de usar después eso que creó, para el propósito para el que lo hizo. “¿No me es lícito hacer lo que quiero con lo mío?”, es una pregunta que el Todopoderoso puede muy bien hacer a todas Sus criaturas que se atreven a querer juzgarlo, y que juzgan y revisan blasfemamente Su juicio, y arrebatan de Sus manos la balanza y la vara, y buscan establecerse como censores del Santo. Siempre que los hombres dicen: “¿cómo puede Dios hacer esto?”, y, ¿cómo hará eso?”, hemos de contentarnos con responder: “Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios?”, pues, ya sea que queramos aceptarlo o no, Dios lo ha dicho, y lo sostendrá. “Tendré misericordia del que yo tenga misericordia, y me compadeceré del que yo me compadezca”, así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

Pero como una verdad ha de ser tomada siempre en su relación con otra verdad, y no ha de ser aislada de las verdades emparentadas con ella, es una deleitable consideración que Dios, en Su absoluta soberanía, nunca hace violencia a ninguno de Sus otros atributos, y, sobre todo, nunca hace violencia al pacto. El pacto rodea siempre a la soberanía, y prácticamente la encierra dentro de sus límites.

Dios está prácticamente limitado, en lo que nos concierne, por Su propia revelación de Su propio carácter. A Él le ha agradado decirnos que es justo, y que es el Señor Dios, misericordioso y lleno de gracia. En unas pocas palabras, Él nos ha proporcionado el compendio de Sí mismo al decir que “Dios es amor”. Cuando un hombre dice de sí mismo: “tengo el derecho de hacer lo que quiera, pero soy generoso a la vez que justo”, ustedes sienten la seguridad de que ejercerá el derecho que reclama de una manera que esté de acuerdo, y sea consistente con su propio enunciado de lo que él es, y si él ha estimado correctamente su propio carácter, dará liberalmente y pagará honorablemente.

Tengan la seguridad, entonces, de que la soberanía de Dios nunca demostrará que Él se ha descrito falsamente o que nos ha engañado. Cuando dice que Él es justo, no puede actuar ni actuará injustamente hacia ninguna criatura que haya creado. Nunca ha habido un tormento o un dolor que haya sido infligido arbitrariamente por Dios. Dios no pronunció nunca una maldición sobre hombre alguno a menos que ese hombre se la hubiera ganado clara y ricamente por su pecado. Ningún alma fue arrojada alguna vez en el infierno por la soberanía. Dios toma consejo consigo mismo, pero no se inclina ante ningún capricho.

¿Cómo llega, entonces, la desventurada criatura a este terrible tormento? El pecado lleva al pecador a un estado de ruina y la justicia pronuncia la condenación del pecador. La soberanía puede permitir que esa condenación sea firme. ¿Qué importa que no se mueva para impedir la sentencia? La justicia es la que pronuncia la maldición.

Ten la seguridad, amigo, de que a pesar de lo mucho que puedas dar coces contra la doctrina de la elección, no tienes ninguna razón para hacerlo. Independientemente de lo que esa doctrina implique, no es posible sino que Dios deba y quiera actuar para contigo de una manera tan estrictamente justa que, cuando tú mismo llegues a descubrirla en la eternidad, no serás capaz de objetarla, sino que te verás forzado a quedarte sin habla.

Además, a Dios le ha agradado darte la seguridad de que Él es amor; que Él es misericordioso y lleno de gracia, lento para la ira, y abundante en misericordia. Ahora, independientemente de lo que la soberanía decrete, pueden estar seguros de que el decreto estará en consonancia con el hecho de que Dios está lleno de misericordia, de gracia y de verdad. Yo sé que algunas personas erigen el decreto de Dios como un gigantesco monstruo delante de ustedes. Pintan un cuadro horrible, como si el semblante de quien les habla desde el cielo fuera cruel e inmisericorde. Pero ese cuadro es dibujado por su perversa imaginación; no es el cuadro de Dios hecho por Él mismo, pues dijo: “Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.” Dios no se está burlando cuando dice: “Volveos, volveos de vuestros malos caminos; ¿por qué moriréis, oh casa de Israel?” Cuando Dios clama: “¿Cómo podré abandonarte, oh Efraín? ¿Te entregaré yo, Israel? ¿Cómo podré yo hacerte como Adma, o ponerte como a Zeboim? Mi corazón se conmueve dentro de mí, se inflama toda mi compasión.” Dios no quiere la muerte del pecador, sino que quiere que se vuelva a Él y viva. Así que Él mismo nos asegura esto, y, soberano como es, todavía permanece siendo justo y misericordioso para siempre, y no debemos dudarlo ni por un momento. El arco iris, el arco iris de Sus propios atributos gloriosos de misericordia, siempre rodea el trono.

Es igualmente cierto, viendo el tema desde otra perspectiva, que la soberanía de Dios nunca puede ir en contra, bajo ninguna circunstancia, de la promesa que Él mismo hizo. Dios tiene el derecho de hacer lo que quiera con lo suyo, pero una vez que, en Su soberanía, decide hacer una promesa, sería infiel si no la guardara, y no es posible que pudiera ser infiel, pues ninguna de Sus palabras ha fallado o fallará jamás. Él ha sido fiel a las propias jotas y tildes de todo lo que Él mismo ha declarado. Nunca, en ningún caso, ha sido capaz algún hombre de decir que Dios ha hablado en secreto y que le ha dicho a la simiente de Jacob: “Buscad mi rostro”, en vano. Quiero que cada inconverso aquí tenga el cuidado de notar esta verdad. Siempre que encuentren una promesa en la Palabra de Dios, no permitan que el pensamiento de la predestinación les ahuyente de ella. La predestinación no puede ser nunca contraria a la promesa. No está en la elección, o reprobación, o en alguna doctrina que asevere la soberanía divina, hacer que la promesa de Dios se quede sin efecto.

Tomen una promesa como esta: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. Si tú crees, y si eres bautizado, tienes, entonces, la palabra de Dios que lo respalda: tú serás salvo. Ten la certeza de ello, eso permanece firme. El cielo y la tierra pueden pasar, pero esa palabra no te fallará. Dios guardará Su palabra contigo, y en el último y tremendo día tú descubrirás que, puesto que creíste, Dios te salvará.

Tomen otra promesa: “Todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvo.” Entonces, si tú invocas el nombre del Señor, esto es, si por medio de una oración de corazón, sincera, tú clamas a Dios, y si con tu alma entera lo tomas para que sea tu Todo en todo, invocando Su nombre como lo hacen los paganos para con sus dioses, cuando se declaran como sus seguidores, si haces esto, serás salvo.

Ahora, yo te suplico que recuerdes que ningún decreto puede ir en contra de esto. Tú preguntas: “¿qué pasa si el decreto me destruye?” Hombre, Su promesa es el decreto. La promesa de Dios es Su eterno propósito, escrito en blanco y negro para que tú lo leas. En vez de que el consejo de la eternidad sea contrario a la revelación en el tiempo, la revelación en el tiempo no es sino una copia de lo que Dios resolvió hacer desde antes de la fundación del mundo.

Tomen la promesa que quieran. Que sea esta, si las otras no les pareciere que están dirigidas a ustedes: “Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana.” Sus pecados son ahora como el carmesí, y ustedes están dispuestos a venir y a estar a cuenta con Dios, y descubren que cuando Él razona con ustedes, Él les dice que deben confiar en la sangre de Jesús, que deben dejar sus pecados, y que deben depender enteramente de Cristo.

Bien, ahora, después de que hayan hecho eso, tienen la palabra de Dios al respecto, que esos pecados como el carmesí vendrán a ser como “blanca lana.” Bien, entonces, debe ser así. No es posible que alguna cosa desconocida para ustedes intervenga e invalide la promesa que es conocida. Voy a leer otra vez el versículo que acabo de mencionar: “No hablé en secreto, en un lugar oscuro de la tierra; no dije a la descendencia de Jacob: En vano me buscáis.” Dios no ha dicho a sus espaldas lo que no ha dicho en su cara. Él ha dicho: “Venid a mí… y yo os haré descansar.” Él ha dicho: “A todos los sedientos: Venid a las aguas.” Él ha dicho: “El que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente.” No hay nada en ese misterioso rollo que ningún ojo humano ha visto jamás, que pueda estar en conflicto con las promesas de oro que fulguran en el libro de la Palabra de Dios sobre cada pecador necesitado que viene y confía en el Señor. Hay un arco iris alrededor del trono. La soberanía nunca traspasa el círculo de la promesa.

¡Oh, hijo de Dios! Tu Padre celestial, en Su soberanía, tiene el derecho de hacer contigo, Su hijo, como le agrade, pero Él no permitirá nunca que esa soberanía se salga del límite del pacto. Como soberano, podría echarte fuera, pero ha prometido que nunca lo hará, y no lo hará nunca. Como soberano, podría dejar que perezcas, pero Él ha dicho: “No te desampararé, ni te dejaré.” Como soberano, podría permitir que fueras tentado más allá de tu fuerza, pero Él ha prometido que ninguna tentación te asediará, sino la que es común al hombre, y con la tentación dará juntamente la salida.

No permitas que ningún pensamiento tenebroso atraviese jamás tu mente en el sentido de que, tal vez, Él te pudiera tratar arbitrariamente. No es así. Él cumplirá Su propósito para contigo, y de ese propósito ya te ha informado al decirte que eres Suyo, Su hijo adoptivo, y serás Suyo por siempre y para siempre. En segundo lugar:

II. EL GOBIERNO REGULADOR DE DIOS EN EL MUNDO, GUARDA SIEMPRE RESPETO AL PACTO DE GRACIA.

Esto es así en las grandes cosas. Él estableció los límites de las naciones de acuerdo al número de los hijos de Israel. Cuando leen la Palabra de Dios, Egipto sube al escenario, y luego Asiria, Babilonia, Grecia y Roma. Sin embargo, ¿qué son ellos sino una especie de fondo? Vienen y se van, a pesar de toda su secular grandeza que no es sino como simples cosas secundarias. La figura central es siempre la elección por gracia del pueblo de Dios; en cuanto a los demás, ellos son simplemente los labradores y los viñadores para el propio pueblo del Señor. Algunas veces estas naciones son padres nutricios; en otros momentos son severas varas; independientemente de lo que sean, son meros instrumentos. La Biblia habla de ellos como parte del andamiaje para la construcción del templo viviente en el que la misericordia de Dios será manifestada.

Siempre que leen o escuchan a la gente hablar acerca de la profecía, pueden estar seguros de que esa inspiración no ha sido proporcionada para hablar de Luis Napoleón, o de ningún otro de los soberanos terrenales. No es la historia de Prusia, Rusia, o Francia, la que revela el Apocalipsis celestial. El libro entero está escrito para Su pueblo; nos da en realidad la historia de la iglesia, pero no nos da la historia de ninguna otra cosa. La manera de leer el libro, si en efecto lo leen, es con este pensamiento central en su mente: que Dios no nos ha revelado nada concerniente a Asiria, Babilonia, Grecia, o Roma por sí mismas, pero se ha referido a esas naciones porque tienen una conexión con la historia de Su Iglesia. Eso es todo; pues ha elegido a Jacob para Sí, y a Israel para que sea tesoro de Su exclusiva posesión.

Hermanos míos, yo creo que cuando los reyes y los potentados se reúnen en la sala de consejo y consultan juntos de acuerdo a su ambición, un Consejero a quien no ven nunca, mueve los hilos y ellos son sólo Sus títeres; e incluso cuando los ejércitos se enfrentan en orden de batalla, cuando el mundo es sacudido de un lado al otro con revoluciones, y los tronos más estables se estremecen, como si no fuesen sino buques en alta mar, hay una fuerza secreta obrando en todo. El propósito y la dirección de estas acciones trascendentales es hacer manifiesta a la raza escogida, la salvación del grupo comprado con sangre, y la gloria de Dios en la redención del mundo para Sí.

Cuando lean el periódico, léanlo para ver cómo su Padre celestial está administrando el mundo para el bien de Sus propios hijos. Todo lo demás, ya sea la enajenación de un trono, la resolución de un asunto político, o la victoria en una regata, son cosas menores comparadas con los intereses de la elección por gracia. Todas las cosas están girando y cooperando para bien. A los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a Su propósito son llamados. Por medio de ellos, dará a conocer a los ángeles y a los principados, Su multiforme sabiduría, a través de las edades.

Ahora, así como ocurre en lo grande, será de igual manera en lo pequeño. En todos tus asuntos más pequeños, Dios gobierna siempre con respecto al pacto. Tus peores aflicciones tienen por propósito tu bien, pues esta es una cláusula que está en el pacto, “De cierto te bendeciré con abundancia.” Cuando llegues a lo peor, incluso si eso pasara al final de la vida, descubrirás que Dios se ha mantenido dentro de los compromisos del pacto.

Oigan lo que dice David estando en su lecho de dolor: “No es así mi casa para con Dios; sin embargo”, ¡oh, misericordioso “sin embargo”!; “sin embargo, él ha hecho conmigo pacto perpetuo, ordenado en todas las cosas, y será guardado.” Has perdido tu propiedad; es algo triste para ti hundirte en cuanto al mundo, pero esto siempre estuvo contemplado en el pacto. ¿No lo han leído nunca? “En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.” Últimamente, cuando han estado en oración, han tenido muy poco consuelo, y cuando han leído la Palabra de Dios, no ha parecido fulgurar con deleite para ustedes, sino que más bien el Libro les ha parecido oscuro. Bien, bien, eso está en el pacto. ¿Acaso no se los leí? “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y arrepiéntete.”

Tal vez se han estado rebelando. Es triste que sea así, y ahora han perdido mucho de su gozo, y están sumamente abatidos. Pero, ¿no han leído nunca, “De sus caminos será hastiado el necio de corazón; pero el hombre de bien estará contento del suyo”? ¿No saben que es una promesa de Dios, realmente una promesa? “Si dejaren sus hijos mi ley… entonces castigaré con vara su rebelión… mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad. No olvidaré mi pacto.” Ustedes están recibiendo ahora únicamente lo que Dios ha prometido darles. Miren estas cosas como señales de que Dios es fiel. En el pacto que Dios hizo con Noé, se nos informa que: “No cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno.”

Ahora, la nieve ha caído hoy, y hace muchísimo frío, pero, hermanos míos, estaba en el pacto que el invierno no cesara. Sin duda, cuando llegue la cosecha, y el verano ría con gozo, diremos: “¡Cuán bueno es Dios, y cuán fiel ha sido para con Su pacto, ya que hay una cosecha y un verano!” ¡Ah!, pero cuando la simiente es arrojada en el frío suelo, y la cubre la escarcha, tienen que estar igualmente agradecidos a la fidelidad de Dios, pues esta es una parte de la promesa. Si no guardase una parte, podrían temer que no guardara la otra.

Lo mismo sucede espiritualmente. Sus aflicciones les son prometidas. “En el mundo tendréis aflicción.” Ustedes tienen sus aflicciones. “El Señor al que ama, disciplina.” Ustedes tienen la disciplina. Por tanto, estén agradecidos cuando tengan otra prueba de la fidelidad divina para con ustedes.

Hay un arco iris alrededor del trono, y, aunque el trono decrete lo que sea, el cetro nunca se extenderá más allá de los límites del amor del pacto. Es imposible que Dios trate para con Su pueblo de manera contraria al espíritu que respira en las dos cosas inmutables en las cuales es imposible que Él mienta, y por las que ha dado un poderoso consuelo a quienes han huido, en busca de refugio, hacia la esperanza que está puesta delante de ellos en el Evangelio. Nuestro tercer punto es que:

III. EN EL PACTO DE GRACIA, REPRESENTADO POR ARCO IRIS CIRCULAR, EL AMOR Y LA GRACIA SON SIEMPRE CONSPICUOS.

La esmeralda, con su color verde, es tomada siempre como representativa de esta tierra verde y de las cosas que conciernen a sus habitantes, y siempre ha sido vista como un tipo de la misericordia. Es un color suave y delicado; el más agradable a la vista de todos los colores, y las vibraciones de luz causadas por ella se consideran más adecuadas para el nervio óptico, que las vibraciones de cualquier otro color. El carmín y algunos otros colores brillantes, que son emblemas de justicia y de venganza, destruirían pronto el ojo; y el blanco, el emblema de la pureza, no puede tolerarse por largo tiempo. Aquellos que hemos atravesado altas montañas cubiertas de nieve, hemos tenido que sufrir de ceguera por el reflejo de la nieve, el tiempo que hemos estado allí. El ojo humano pronto cesaría de desempeñar sus funciones si la tierra estuviera cubierta por la nieve durante largo tiempo, y si no tuviésemos nada que protegiera los ojos. Verde es el color que conviene a la humanidad, y representa la misericordia, la ternura y la benevolencia de Dios hacia la humanidad.

Siempre que lean el pacto, léanlo a la luz de la esmeralda. Algunas veces he pensado que algunos de mis hermanos lo leen bajo otra luz. Creo que he oído oraciones que, si fueran traducidas al inglés sencillo, irían en este sentido: “Señor, te agradecemos porque somos elegidos. Te bendecimos porque estamos incluidos en el pacto. Bendecimos Tu nombre porque Tú estás enviando a los pecadores al infierno, y los cortas y los destruyes, ¡pero nosotros somos salvos!” Algunas veces he pensado que he captado en tales oraciones un aire de complacencia en la condenación de los pecadores, e incluso un poco más que eso: me he figurado que he visto en ciertos hipercalvinistas un tipo de propensión equivalente al cuchillo corta-cabelleras de los pieles rojas; un sentimiento como de un ogro respecto a la reprobación; un chasquear de labios por la ruina y destrucción de la humanidad; en cuanto a todo eso sólo puedo decir que me parece que es “terrenal, animal, diabólico”. No puedo imaginar a un hombre, especialmente a un hombre que tenga el espíritu de Cristo en él, pensando en la ruina de la humanidad con cualquier otro sentimiento que el que movió el alma de Cristo cuando lloró por Jerusalén, exclamando: “¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas!” Nadie debe imaginar que el espíritu del calvinismo sea un espíritu de hostilidad para la humanidad universal. No es así. Representarnos a nosotros como pensando con complacencia en la ruina de alguien de la raza humana, es una perversión y una caricatura de las exposiciones de Calvino, y de Agustín, y del apóstol Pablo, y de lo que predicó nuestro Señor.

Hermanos míos, cuando he oído algunas veces declaraciones hechas acerca de la escasez del número de aquellos que serán salvos al final, he pensado que seguramente el arco iris alrededor del trono del Dios a quien esas personas adoraron debe haber sido de color carmesí. No podría haber sido “semejante en aspecto a la esmeralda.” Debe de haber habido un predominio de venganza en él, y no de misericordia. Vamos, yo creo firmemente que al final, se descubrirá que hay más personas en el cielo que en el infierno, pues cuando llegue la gran conclusión del drama, Cristo tendrá la preeminencia en todas las cosas.

Ahora, ¡ay!, hay pocos que encuentren ese camino angosto, aunque ancha es la puerta del infierno, y hay muchos que entran por allí. Pertenecemos a la minoría ahora, pero cuando pensamos en las incontables huestes de niños pequeñitos, elegidos de Dios, que han ido desde el pecho de sus madres a la gloria, sin haber pasado por el pecado personal, pero siendo comprados con la sangre preciosa, puedo ver a una vasta multitud que pertenece a Cristo.

Y cuando miro adelante, a esa edad resplandeciente cuando las naciones se congreguen a los pies de Cristo, y decenas de millares y cientos de millones canten Sus alabanzas desde el nacimiento del sol hasta el ocaso, me regocijo al pensar que entonces el Señor Jesucristo verá el fruto de la aflicción de su alma, y quedará satisfecho, y no es poco lo que le satisfará.

Algunas he veces he pensado, coincidiendo con un buen teólogo, que cuando el Rey venga al final, no se encontrará más gente en prisión, en comparación con el gran número de Sus criaturas, que el número que hay de personas convictas por un crimen en relación a toda la población, en cualquier gobierno bien ordenado. De cualquier manera, esperemos que sea así. No tenemos ningún derecho de hablar positivamente allí donde no contamos con ninguna declaración positiva; pero es significativo que siempre hay una prominencia dada en la Escritura a la gracia, a la piedad, a la bondad y la misericordia de Dios. Seguramente la Escritura no nos diría esto a menos que no pareciera ser así también en la providencia universal de Dios.

Yo creo que en el arco iris, la esmeralda será lo más conspicuo, y que la gracia será “en el cielo la joya más descollante”, pues “bien merece la alabanza”. Y ahora, en conclusión, mis queridos amigos:

IV. PERMÍTANME HACER UNA O DOS OBSERVACIONES PRÁCTICAS.

Permítanme exhortar a todos ustedes a entender el pacto, del cual el arco iris es el símbolo. Lamento decir que hay muchas personas que profesan la fe, que no conocen lo que significa el pacto. Me han informado que hay púlpitos en los que la palabra “pacto” es raramente mencionada, de tal forma que la congregación no sabe realmente qué significa el pacto de gracia.

Ahora, los viejos teólogos escoceses, y nuestros propios antepasados puritanos, eran de la opinión que los dos pactos constituyen la propia esencia de toda la teología. Cuando el hombre alcanza una clara visión del pacto de obras, cuando ve cómo fue hecho con Adán, y cómo implicó nuestra ruina, y entonces alcanza una clara visión del pacto de gracia hecho con el Segundo Adán, cuyas condiciones son todas cumplidas por Él, de tal forma que el pacto no puede ser quebrantado por nosotros; y todas las provisiones de ese pacto son aseguradas al haber cumplido Él Su fianza y Su respaldo en nuestro favor; cuando un hombre se posesiona de estas dos cosas, vamos, no puede ser un arminiano. Es imposible; pero debe mantenerse cerca de esas grandiosas doctrinas que llamamos las doctrinas de la gracia.

Si alguien me preguntara: “¿qué es lo más importante que debo aprender para ser un sano predicador del Evangelio?”, pienso que le respondería: “aprende a distinguir entre el pacto de Agar, que es el monte Sinaí en Arabia, y el pacto de Sara, que es el pacto de la Nueva Jerusalén, que es por la promesa; la distinción entre obras y gracia, entre deuda y don, entre obras de la ley y la abundante misericordia del Señor nuestro Dios.”

¿Puedo pedirles a los jóvenes miembros de la Iglesia que lean las Escrituras sobre este punto, y que les pidan a sus amigos mayores que los instruyan en la materia del pacto? Es un punto tan importante, que quisiera enfatizarlo muy denodadamente. Espero que no quieran ir al cielo como aquellos de quienes habla el Salvador, y que entran a la vida cojos o mancos o con un solo ojo. ¡Oh, no!, sino busquen suprimir la ignorancia. No es bueno que el alma esté desprovista de conocimiento. Alcancen una visión clara de estas cosas, pues haciendo eso serán consolados, serán fortalecidos, y serán santificados.

Pero si en verdad entienden el pacto, tengan una constante consideración para con él. Hay una dulce oración, “Mira al pacto.” Le pedimos eso a Dios. Bien, Él en verdad mira al pacto. Tiene el símbolo de ese pacto alrededor de Su trono. No puede mirar a ninguna parte sin mirar a través de Su pacto. Él nos ve a nosotros, ve al mundo, ve todas las cosas a través de ese arco iris que está alrededor del trono. Él ve todos los asuntos humanos a través del medio del grandioso Mediador, el Ángel del Pacto, el Señor Jesús.

Bien, ahora, lo que le piden a Dios que haga, y lo que Él hace, háganlo ustedes mismos. Miren al pacto. ¿Piensan alguna vez en el pacto? Algunos, me temo, no piensan en él durante meses, y, sin embargo, el pacto, ¡oh, hermanos, es un cofre repleto de riquezas! Es una fuente llena de arroyos cristalinos. Es el cielo desde el que cae el maná. Es la roca de la cual fluyen aguas vivas: Cristo la roca, quien es la esencia del pacto para nosotros. Vivan sobre el pacto en la vida, y que reclame sus últimos acentos en el momento de la muerte. Gócense en este pacto de gracia durante todo el día. Vivan de los bocadillos escogidos que Dios ha reservado para ustedes en el pacto. ¡El pacto! ¡El pacto! ¡Oh, guarden sus corazones, guarden sus pensamientos, guarden sus ojos constantemente en el pacto!

Y, ¡oh, extraigan consuelo del pacto! No piensen meramente en él, sino que han de aferrarse realmente a él. Ustedes tienen un pacto con Dios. No es asunto tuyo, como creyente en Cristo, si Dios puede guardarte, y bendecirte, y hacer que Su rostro brille sobre ti. Él hará eso; no puede hacer otra cosa, si se me permite usar un lenguaje así en relación a Él, porque, aunque Él es libre, Él se ha obligado a Sí mismo por Su promesa; Él se ha obligado por Su juramento; Él se ha puesto a Sí mismo dentro del límite del arco iris, y no puede, ni quiere salirse de ese arco iris. Circunda Su trono y lo circunda a Él. Pueden subir a Su trono humildemente, pero aun así vayan allí decididamente. No se acercan como un mendigo común. No tocan a la puerta como lo hiciera algún hombre a la puerta de ustedes, un mendigo casual que pide alguna caridad. Ustedes cuentan con una promesa.

Vengan, entonces, como un hombre va a un banco con una letra interbancaria que es a la vista, y ahora ha llegado el día para que se pague. Acudan a Dios, haciendo mención del nombre de Jesús, con el humilde valor con el que un niño le pide a su propio padre amoroso lo que el padre le ha prometido a menudo otorgar. El consuelo del pacto ha de ser suyo continuamente.

Y si tienen este consuelo, nunca, nunca sean tan bajos como para entregarse a duros pensamientos para con Dios. Es muy fácil para mí decirles esto a ustedes, pero no siempre será tan fácil que ustedes lo pongan en práctica. ¡Ah, amigos!, nosotros creemos que podemos tomar la voluntad de Dios y someternos a ella, y asentir con ella; pero cuando presiona duro sobre nosotros, entonces es la prueba. Cuando un hombre entra a la hornaza y el crisol es puesto en el fuego, se mostrará cuál es su fe. ¡Ah!, es terrible cuando reciben un duro golpe, cuando les informan que fulano de tal que es muy querido para ustedes morirá en breve; o cuando saben que ustedes mismos tienen una enfermedad fatal, es difícil decir entonces: “¡Viva Jehová, y bendita sea mi roca!”, o, “Jehová dio, y Jehová quitó; sea el nombre de Jehová bendito.” Fue admirable en David, que cuando comenzó uno de sus Salmos de lamentación, él sabía que iba a gemir abundantemente, así que dijo: “hay un asunto que vamos a dirimir antes de salirnos de balance. Ciertamente es bueno Dios para con Israel.” Eso queda dirimido. Él establece eso como lo primero cuando se sube al asiento de testigo. Dice: “estoy confuso hoy, y tambaleándome en mi cordura; pero antes de que diga algo, debo decir esto: declaro solemnemente delante de los hombres, de los ángeles, y de los demonios: ¡Ciertamente es bueno Dios para con Israel! En cuanto a mí, casi se deslizaron mis pies; por poco resbalaron mis pasos”, y así sucesivamente; pero comienza con eso.

Ahora, resuelvan eso; resuelvan eso en su alma. Pongan eso como un ancla, en lo profundo del mar. ¡Que vengan los vientos, que vengan las olas, que vengan los huracanes! Dios es bueno; Dios es fiel; Dios guardará Su pacto. Cada línea oscura y dolorosa se encuentra en el centro de Su amor. Ha de ser bueno. Nunca permitan que su alma esté envidiosa de los impíos cuando vean su prosperidad, sino que deben regocijarse en su Dios, y que haga lo que Él quiera.

Si en verdad conocen algo acerca de la dulzura del pacto, cuando se encuentren con un pobre hijo de la casa de Israel, háblenle de él; y como no saben quién pueda ser, háblenle a todo mundo acerca de él. Podría haber uno de sus hermanos con quien vayan a vivir en el cielo, que esté sentado junto a ustedes en la banca de la iglesia. Como mencioné el domingo pasado que había una joven que había asistido aquí durante dos años, y nadie le había hablado a ella jamás, he recibido una carta de otro joven para decir que se encuentra en el mismo caso. ¡Oh, Dios mío! Ustedes saben que les dije el domingo por la noche: que sentía vergüenza por algunos de ustedes, pero no sabía en qué parte de la capilla se encontraban, y por tanto, como no sabía de quiénes se trataba, no podía estar avergonzado de ustedes, y sólo quería hacer que ustedes sintieran vergüenza por cuenta propia.

Ahora, ustedes pueden ver que hay dos casos, y me temo que si recibimos más testimonios, incluiría a muchas personas del Tabernáculo. ¡No permitan que eso suceda! Cada uno ha de cobrar valor y decirle a su compañero: “Conoce al Señor”. Que cada quien le pregunte a su vecino: “¿has probado la dulzura?” ¿Quién encuentra miel y se la come toda? Ustedes deben decir, como los leprosos sirios: “Hoy es día de buena nueva, y nosotros callamos; y si esperamos hasta el amanecer, nos alcanzará nuestra maldad. Vamos pues, ahora, entremos y demos la nueva en casa del rey.” Proclamen por todos lados la buena nueva. ¿Quién sabe cuántas personas podrían traer al estrado de mi Señor, para su salvación, y para su propio consuelo y gozo?