Diligencia, Poder y Propósito de Satanás

Es un gran consuelo que tan grandes multitudes estén dispuestas a oír la palabra de Dios. Aunque muchos resulten ser como la piedra, o como el suelo junto al camino, o como tierra de la que brotan espinos, sin embargo, es una circunstancia alentadora que la semilla pueda ser sembrada abundantemente sobre una muy vasta extensión de tierra. Pero, no todos los pensamientos provocados por el espectáculo de una nutrida congregación son gratos, pues naturalmente surge la pregunta: ¿qué resultará de toda esta predicación y de toda esta audición? ¿Producirá la semilla celestial alguna cosecha o caerá en terreno improductivo? Al considerar esta pregunta, el cristiano comprometido toma en cuenta la condición de las personas a quienes está dirigida, y recuerda que muchos no están preparados para el Evangelio. Lejos de ser un campo surcado para recibir la semilla, son como una senda muy transitada. Oyen el Evangelio, y hasta el presente albergamos esperanzas por ellos, aunque no tengan la menor intención de permitirle la entrada a lo íntimo de sus almas. El suelo de sus corazones está ya demasiado ocupado; otros pies lo hollarán y rápidamente borrarán las pisadas del sembrador, y en cuanto a la buena semilla, se quedará donde cayó pero no tendrá cabida en el hombre interior.

Y eso no es todo. El observador perspicaz recuerda que hay todavía otra dificultad: el archienemigo de Dios y del hombre, se opone a la salvación de las almas, y por tanto está presente con su poder destructivo dondequiera que la semilla de la Palabra esté siendo sembrada. Es de este tema que vamos a hablar ahora: la actividad de Satanás durante la predicación del Evangelio. Él está fuera de la vista, pero no podemos permitirle que pase desapercibido: hace un mayor daño si los hombres se duermen. Volvamos atentamente nuestros ojos hacia él, y demostremos que no ignoramos sus ardides.

En las palabras que tenemos ante nuestra consideración, nuestro divino Señor recordó a Sus oyentes la puntualidad del demonio: “Luego viene el diablo”; les recordó su poder: “y quita de su corazón la palabra”; y su propósito, que es impedir la fe salvadora: “para que no crean y se salven”. En estos días, cuando tienen lugar nuestros servicios especiales, es recomendable traer estos puntos a su consideración, para que todos sean advertidos en contra del maligno, y así, por la gracia de Dios, se frustren sus designios.

I. Primero, observen LA PUNTUALIDAD DEL MALIGNO. Tan pronto como la semilla cae junto al camino, las aves del cielo la engullen.

Nuestro texto dice “y luego”, esto es, en ese mismo instante, “viene el diablo.” Marcos lo expresa: “en seguida viene Satanás”. Cualquier otro podría holgazanear, pero Satanás no lo hará nunca. Tan pronto como un camello cae muerto en el desierto, los buitres se precipitan sobre él. Ningún pájaro era visible, ni parecía posible que hubiese alguno en un radio de muchos kilómetros, pero pronto se ven unas manchitas en el cielo, y en seguida los engullidores están atiborrándose la carne: de igual manera, los espíritus del mal ventean a su presa desde lejos, y se apresuran a cumplir su trabajo destructor. Un lapso podría dar oportunidad al pensamiento, y el pensamiento podría conducir al arrepentimiento, y, por eso, los enemigos se apresuran para impedir que el oyente considere la verdad que ha oído.

Cuando el Evangelio afecta a los oyentes en alguna medida, cuando aun en un mínimo grado roza sus corazones, en seguida la puntualidad del diablo es más veloz que el vuelo del águila, para quitar de sus corazones la palabra. Una pequeña demora podría colocar la semilla más allá del poder satánico, y de aquí la prontitud de la actividad diabólica. ¡Oh, que fuésemos la mitad de veloces y activos en el servicio de nuestro Señor; que fuésemos la mitad de listos para aprovechar cada oportunidad para bendecir las almas de los hombres!

Sin duda Satanás actúa a veces directamente en los pensamientos de los hombres. Él personalmente le sugirió a Judas que vendiera a su Señor, y ha inculcado muchas otras negras insinuaciones en las mentes de los hombres. Como el insaciable buitre que comía opípara y constantemente de las entrañas de Prometeo, así el diablo arranca los buenos pensamientos que serían la vida del alma de un hombre. Insaciablemente malicioso, no puede soportar que una sola verdad divina bendiga al corazón. El diablo inserta en la mente blasfemias espantosas, imaginaciones impúdicas, incredulidades indisculpables, o vanas frivolidades como granadas infernales para destruir cualquier pensamiento recién nacido que mire hacia Cristo y la salvación. En un momento hechiza la mente, y en seguida la aterroriza: su único objetivo es desviar del hombre los pensamientos del Evangelio, e impedir que se alojen en la conciencia y en el corazón.

Como Satanás no puede estar presente en todas partes a la vez, frecuentemente lleva a cabo su obra maligna por medio de sus sirvientes, enviando a sus espíritus inferiores para que actúen como las aves del cielo que engullen la semilla, y estos a su vez emplean a diversos agentes. Incidentes comunes de la vida son usados con gran astucia en la transacción maligna, de tal forma que aun por cosas indiferentes en sí mismas, se cumplen los propósitos del adversario. Tal vez el predicador tiene algo especial en su manera, en sus expresiones, o en su apariencia, y esto se convierte en el pájaro que devora la semilla: el oyente queda tan absorto en alguna rareza insignificante del ministro, que olvida la verdad que fue predicada. Tal vez el predicador refirió alguna anécdota, o usó un ejemplo, o utilizó una palabra que despertó un recuerdo en el pecho del oyente, y la palabra se fue lejos de su corazón, para hacer lugar a una mera vanidad. O si el sermón fue preservado hasta su conclusión, entonces encontró un nuevo peligro: un paraguas perdido, una inusitada confusión en el pasillo, un burla insensata surgida de la multitud, o el vestido absurdo de alguna persona desconocida; cualquiera de estos elementos puede responder al propósito del diablo y arrebatar la palabra. No significa mucho si la semilla es devorada por cuervos negros o blancas palomas, por grandes aves o por gorriones diminutos: si no permanece en el corazón, no puede producir fruto, y de aquí que el diablo haga sus arreglos para llevarse la semilla de inmediato, de cualquier manera. Si el diablo no visita nunca un lugar de adoración, hará los arreglos pertinentes para estar allí cuando haya comenzado un avivamiento: “y luego viene el diablo.” Descuida a muchos púlpitos, pero cuando un hombre sincero comienza a predicar, “en seguida viene Satanás.”

II. En segundo lugar, vamos a notar por un momento su PODER. “Y quita de su corazón la palabra.” No se dice que intenta hacerlo, sino que realmente lo hace.

Ve, viene, y vence. La palabra está allí, y el diablo la quita fácilmente, como el pájaro levanta la semilla que está junto al camino. Ay, qué influencia tiene el diablo sobre la mente humana, y cuán ineficaz es la obra del predicador, a menos que vaya acompañada de un poder divino. Tal vez algo de la verdad se quede en la memoria por la impactante manera en que fue expresada, pero el enemigo la saca enteramente fuera del corazón; y así, la parte más importante, lo único importante de nuestra obra, se arruina. Nosotros podremos ser lo suficientemente insensatos para apuntar a la cabeza únicamente, pero el que es astuto más allá de toda astucia, tiene en la mira al corazón. Si alguno convence al intelecto, no importa; si Satanás puede conservar los afectos, estará más que contento. Para el corazón del hombre, la buena semilla está perdida, pues las aves del cielo la devoraron; se volvió para él una nulidad, desposeída de cualquier poder sobre él; no hay ninguna vida en él. No queda ninguna traza, como no permanecerá ninguna señal de la semilla que fue arrojada junto al camino, después que los pájaros se la lleven: así de eficaz es la obra del príncipe del poder del aire. Cuando Satanás piensa que vale la pena venir, viene en seguida, y viene con un objetivo, y se cuida para que no falle su misión.

Su poder deriva en parte de su natural sagacidad. Caído como está ahora, una vez fue un ángel de luz, y sus facultades superlativas, aunque pervertidas, viciadas y disminuidas por la agostadora influencia del pecado, son todavía considerablemente superiores a las de los seres humanos sobre quienes ejerce sus artes. Él es un rival superior al predicador y al oyente juntos, si el Espíritu Santo no está allí para frustrarlo. También ha adquirido una renovada astucia mediante una larga práctica en su maldito oficio. El conoce el corazón humano mejor que nadie, excepto su Hacedor; por miles de años ha estudiado la anatomía de nuestra naturaleza, y es versado en nuestros puntos más débiles. Todos nosotros somos jóvenes e inexpertos comparados con este antiguo tentador; todos somos estrechos en nuestras miras y limitados en nuestra experiencia, comparados con esta serpiente que es más astuta que todas las bestias del campo: no nos debe sorprender que quite la palabra que es sembrada en los corazones de piedra.

Además, él deriva su poder principal de la condición del alma del hombre: es fácil que los pájaros recojan la semilla que está expuesta sobre un camino hollado. Si el suelo hubiera sido bueno y la semilla hubiera penetrado en él, habría tenido una mayor dificultad, a tal punto, que podría haber sido anulado; pero un corazón endurecido hace en gran medida la obra del diablo; no necesita usar de violencia ni de astucia; la palabra que no ha sido recibida, permanece allí sobre la superficie del alma, y él la quita. El poder del maligno proviene grandemente de nuestro propio mal.

Oremos para que el Señor renueve el corazón, para que el testimonio de Jesús sea aceptado de todo corazón, y no pueda ser quitado nunca. Grande es la necesidad de una oración así. Nuestro adversario no es un ser imaginario. Su existencia es real, su presencia constante, su poder inmenso, su actividad infatigable. Señor, iguálalo y sobrepásalo. Aleja a la más inmunda de las aves del cielo, quiebra el suelo del alma, y permite que tu verdad viva verdaderamente y crezca graciosamente en nosotros.

III. Nuestro breve sermón concluye con el tercer punto que es, el PROPÓSITO del diablo.

Él es un gran teólogo, y sabe que la salvación es por la fe en el Señor Jesús; y por esto teme, por encima de todo, que los hombres “crean y sean salvos.” La sustancia del Evangelio radica en estas pocas palabras, “cree y serás salvo,” y en la proporción en que Satanás odia al Evangelio, nosotros debemos valorarlo. Él no le teme tanto a las obras como a la fe. Si él puede conducir a los hombres a obrar, o a sentir, o a hacer cualquier cosa en lugar de creer, estará contento; pero él le tiene miedo a la fe, porque Dios la ha vinculado a la salvación. Cada oyente debe saber esto, y, por esta causa, debe volver su atención al punto que el diablo considera digno de su actividad más importante. Si el destructor labora para impedir que el corazón crea, los sabios deberán estar alerta, y ver a la fe como la única cosa necesaria.

“Para que no crean y se salven” Satanás quita la palabra de sus corazones. En esto hay también sabiduría: sabiduría oculta en la astucia del enemigo. Si el Evangelio permanece en contacto con el corazón, su tendencia será producir fe. La semilla que permanece en el suelo, brota y produce fruto, y así el Evangelio desplegará su poder vivo si permanece en el hombre, y por tanto el diablo se apresura a quitarla. La palabra de Dios es la espada del Espíritu, y al diablo no le gusta ver que permanezca cerca del pecador por temor de que lo hiera. Él siente miedo de la influencia de la verdad en la conciencia, y si no puede impedir que el hombre la oiga, se esfuerza por impedir que medite en ella. “Así que la fe es por el oír, y el oír, por la palabra Dios”: destruir eso que ha sido oído es el método satánico para impedir la fe.

Aquí tenemos, otra vez, una palabra práctica para el oído de la prudencia: mantengamos el Evangelio cerca de la mente de los inconversos; en la medida de lo posible, sembremos una y otra vez, por si quizás una semilla eche raíces. Los campesinos solían plantar ciertas semillas para poner “una para el gusano, y una para el cuervo, y luego una tercera para que con seguridad creciera”, y nosotros debemos hacer algo parecido.

En el libro de Jeremías, el Señor describe Su propia acción así: “Aunque os hablé desde temprano y sin cesar, no oísteis, y os llamé, y no respondisteis”: de cierto, si el Señor mismo ha continuado hablando a una raza que no responde, no necesitamos murmurar porque mucha de nuestra predicación parezca vana. Hay vida en la semilla del Evangelio, y crecerá si puede ser introducida en la tierra del corazón; debemos, por tanto, tener fe en ella y no soñar con obtener una cosecha excepto por el método pasado de moda de sembrar la buena semilla. El diablo evidentemente odia la palabra, pero nosotros aferrémonos a ella, y sembrémosla por doquier.

Lector u oyente, a menudo has escuchado el Evangelio, pero, ¿lo has oído en vano? Entonces el diablo tiene que ver contigo mucho más de lo que te imaginas. ¿Es ese pensamiento agradable para ti? La presencia del diablo es corruptora y degradante, y él ha estado revoloteando sobre ti como lo hacen las aves sobre un ancho camino, y posándose en ti para quitarte la Palabra. Piensa en ello. Estás perdiéndote de la comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo por tu incredulidad, y en lugar de ello estás teniendo comunión con Satanás. ¿No es esto horrible? En vez de que el Espíritu Santo more en ti como mora en todos los creyentes, el príncipe de las tinieblas está convirtiéndote en su albergue, entrando y saliendo de tu mente a su gusto. Tú recordarás el sueño de Jacob de una escalera, y los ángeles que subían y descendían entre el cielo y el lugar donde él se encontraba: la experiencia de tu vida podría ser expresada por otra escalera que desciende al oscuro abismo, y ¡los espíritus inmundos van y vienen y suben y bajan por sus peldaños y se acercan a ti! ¿Acaso no te sobresalta eso? Que el Señor te conceda que te sobresaltes. ¿Deseas un cambio? Que el Espíritu Santo convierta tu corazón en buena tierra, y entonces la semilla de la gracia divina crecerá en ti, y producirá fe en el Señor Jesús.