Reseña del editor
Continuamos con la serie de sermones de A. W. Pink titulada “The Seven Sayings of the Savior on the Cross”, una obra que examina con profundidad las palabras pronunciadas por nuestro Señor Jesucristo durante su crucifixión. En esta ocasión, presentamos la segunda palabra, conocida como la palabra de salvación, en la cual se revela de manera clara y poderosa la gracia de Dios hacia el pecador.
Esta palabra, dirigida al ladrón arrepentido, nos muestra que la salvación no depende de obras, méritos o tiempo, sino de la fe en Cristo. Aun en medio del sufrimiento de la cruz, el Señor extiende misericordia y promete vida eterna, demostrando que nadie está fuera del alcance de su gracia. Invitamos al lector a meditar con detenimiento en esta enseñanza, confiando en que será de gran edificación espiritual.
Sermón de A. W. Pink: La Palabra de salvación
“Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42, 43).
LA SEGUNDA DE LAS PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ fue pronunciada en respuesta a la petición del ladrón moribundo. Antes de considerar las palabras del Salvador, meditaremos primero en lo que las ocasionó.
No fue un accidente que el Señor de gloria fuera crucificado entre dos ladrones. No hay accidentes en un mundo que es gobernado por Dios. Mucho menos pudo haber habido algún accidente en aquel día de días, o en conexión con ese evento de todos los eventos — un día y un evento que están en el mismo centro de la historia del mundo. No, Dios presidía aquella escena. Desde toda la eternidad había decretado cuándo, dónde, cómo y con quién su Hijo debía morir. Nada fue dejado al azar o al capricho del hombre. Todo lo que Dios había decretado se cumplió exactamente como Él lo había ordenado, y nada sucedió sino conforme a lo que Él había determinado eternamente. Todo lo que el hombre hizo fue simplemente aquello que la mano y el consejo de Dios “habían determinado que sucediera” (Hechos 4:28).
Cuando Pilato dio la orden de que el Señor Jesús fuese crucificado entre los dos malhechores, sin saberlo, no hizo más que ejecutar el decreto eterno de Dios y cumplir su palabra profética. Setecientos años antes de que este oficial romano diera su orden, Dios había declarado por medio de Isaías que su Hijo sería “contado con los transgresores” (Isa. 53:12). ¡Cuán improbable parecía esto, que el Santo de Dios fuese contado con los impíos; que aquel mismo cuya mano escribió en las tablas de piedra la ley del Sinaí fuese colocado entre los que no tenían ley; que el Hijo de Dios fuese ejecutado con criminales — esto parecía totalmente inconcebible! Sin embargo, sucedió. Ni una sola palabra de Dios puede caer a tierra. “Para siempre, oh Jehová, permanece tu palabra en los cielos” (Sal. 119:89). Tal como Dios lo había ordenado, y tal como lo había anunciado, así aconteció.
¿Por qué ordenó Dios que su amado Hijo fuese crucificado entre dos criminales? Ciertamente Dios tenía una razón; una buena razón, una razón múltiple, la podamos discernir o no. Dios nunca actúa arbitrariamente. Tiene un propósito bueno en todo lo que hace, porque todas sus obras están ordenadas por una sabiduría infinita. En este caso particular, varias respuestas se presentan a nuestra consideración. ¿No fue crucificado nuestro bendito Señor con los dos ladrones para demostrar plenamente las insondables profundidades de vergüenza a las que había descendido? En su nacimiento estuvo rodeado de los animales del campo, y ahora, en su muerte, es contado entre la escoria de la humanidad.
Además, ¿no fue el Salvador contado con los transgresores para mostrarnos la posición que ocupó como nuestro sustituto? Él había tomado el lugar que nos correspondía, y ¿cuál era ese lugar sino el lugar de vergüenza, el lugar de los transgresores, el lugar de los criminales condenados a muerte?
Además, ¿no fue humillado deliberadamente de esta manera por Pilato para mostrar la estimación que el hombre tenía de aquel incomparable — “despreciado” así como rechazado?
Además, ¿no fue crucificado con los dos ladrones para que en esas tres cruces y en aquellos que colgaban de ellas tuviéramos una representación vívida y concreta del drama de la salvación y de la respuesta del hombre a ella — la redención del Salvador; el pecador que se arrepiente y cree; y el pecador que blasfema y rechaza?
Otra lección importante que podemos aprender de la crucifixión de Cristo entre los dos ladrones, y del hecho de que uno le recibió y el otro le rechazó, es la de la soberanía de Dios. Los dos malhechores fueron crucificados juntos. Ambos estaban igualmente cerca de Cristo. Ambos vieron y oyeron todo lo que ocurrió durante aquellas fatídicas seis horas. Ambos eran notoriamente malvados; ambos sufrían intensamente; ambos estaban muriendo, y ambos necesitaban urgentemente el perdón. Sin embargo, uno de ellos murió en sus pecados, murió como había vivido — endurecido e impenitente; mientras que el otro se arrepintió de su maldad, creyó en Cristo, clamó a Él por misericordia y fue al Paraíso. ¿Cómo puede explicarse esto sino por la soberanía de Dios?
Vemos exactamente lo mismo sucediendo hoy. Bajo exactamente las mismas circunstancias y condiciones, uno es quebrantado y otro permanece sin ser movido. Bajo el mismo sermón, un hombre escuchará con indiferencia, mientras que otro tendrá sus ojos abiertos para ver su necesidad y su voluntad movida para aceptar la oferta de misericordia de Dios. A uno el evangelio le es revelado, a otro le es “encubierto”. ¿Por qué? Todo lo que podemos decir es: “Sí, Padre, porque así te agradó”. Y sin embargo, la soberanía de Dios nunca tiene la intención de destruir la responsabilidad humana. Ambas cosas son claramente enseñadas en la Biblia, y es nuestro deber creer y predicar ambas, las podamos armonizar o entender o no. Al predicar ambas, podemos parecer ante nuestros oyentes como si nos contradijéramos, pero ¿qué importa eso?
Dijo el fallecido C. H. Spurgeon, al predicar sobre 1 Timoteo 2:3, 4: “Ahí está el texto, y creo que es el deseo de mi Padre que ‘todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad’. Pero sé también que Él no lo quiere de tal manera que vaya a salvar a alguno de ellos a menos que crean en su Hijo; porque nos ha dicho una y otra vez que no lo hará.
No salvará a ningún hombre a menos que abandone sus pecados y se vuelva a Él con pleno propósito de corazón: eso también lo sé. Y sé también que Él tiene un pueblo al cual salvará, a quienes por su amor eterno ha escogido y a quienes por su poder eterno librará. No sé cómo conciliar esto con aquello; eso es otra de las cosas que no sé”. Y dijo este príncipe de los predicadores: “Simplemente me mantendré en lo que siempre he predicado, y tomaré la Palabra de Dios tal como está, pueda o no reconciliarla con otra parte de la Palabra de Dios”.
Decimos nuevamente: la soberanía de Dios nunca tiene la intención de destruir la responsabilidad del hombre. Debemos hacer uso diligente de todos los medios que Dios ha ordenado para la salvación de las almas. Se nos manda predicar el evangelio a “toda criatura”. La gracia es gratuita; la invitación es lo suficientemente amplia para incluir a “todo aquel que cree”. Cristo no rechaza a ninguno de los que vienen a Él. Sin embargo, después de haber hecho todo, después de haber sembrado y regado, es Dios quien “da el crecimiento”, y esto lo hace como mejor le place a su voluntad soberana.
En la salvación del ladrón moribundo tenemos una clara visión de la gracia victoriosa, como no se encuentra en ningún otro lugar de la Biblia. Dios es el Dios de toda gracia, y la salvación es enteramente por su gracia. “Por gracia sois salvos” (Ef. 2:8), y es “por gracia” desde el principio hasta el fin. La gracia planeó la salvación, la gracia proveyó la salvación, y la gracia obra en y sobre sus escogidos de tal manera que vence la dureza de sus corazones, la obstinación de sus voluntades y la enemistad de sus mentes, haciéndolos así dispuestos a recibir la salvación. La gracia comienza, la gracia continúa y la gracia consuma nuestra salvación.
La salvación por gracia — gracia soberana, irresistible y gratuita — es ilustrada en el Nuevo Testamento tanto por ejemplo como por precepto. Quizás los dos casos más notables de todos sean los de Saulo de Tarso y el ladrón moribundo. Y el caso de este último es aún más notable que el primero. En el caso de Saulo, quien después llegó a ser Pablo, el apóstol de los gentiles, había al principio un carácter moral ejemplar. Escribiendo años después acerca de su condición antes de su conversión, el apóstol declaró que en cuanto a la justicia de la ley era “irreprensible” (Fil. 3:6).
Era “fariseo de fariseos”: meticuloso en sus hábitos, correcto en su conducta. Moralmente, su carácter era intachable. Después de su conversión, su vida fue una de justicia evangélica. Constreñido por el amor de Cristo, se entregó a sí mismo a la predicación del evangelio a los pecadores y a trabajar en la edificación de los santos. Sin duda nuestros lectores estarán de acuerdo con nosotros cuando decimos que probablemente Pablo se acercó más que cualquier otro a alcanzar los ideales de la vida cristiana, y que siguió a su Maestro más de cerca que cualquier otro santo desde entonces.
Pero con el ladrón salvado fue muy diferente. No tuvo vida moral antes de su conversión, ni vida de servicio activo después de ella. Antes de su conversión no respetaba ni la ley de Dios ni la ley de los hombres. Después de su conversión murió sin haber tenido oportunidad de dedicarse al servicio de Cristo. Quiero enfatizar esto, porque estas son las dos cosas que muchos consideran como factores que contribuyen a nuestra salvación.
Se supone que primero debemos prepararnos desarrollando un carácter noble antes de que Dios nos reciba como sus hijos; y que después de habernos recibido, provisionalmente, somos colocados en un período de prueba, y que si no producimos ahora cierta calidad y cantidad de buenas obras, “caeremos de la gracia y nos perderemos”. Pero el ladrón moribundo no tuvo buenas obras ni antes ni después de su conversión. Por lo tanto, estamos obligados a concluir que, si fue salvo, ciertamente fue salvo por gracia soberana.
La salvación del ladrón moribundo también elimina otro apoyo que la mente carnal legalista interpone para robar a Dios la gloria que corresponde a su gracia. En lugar de atribuir la salvación de los pecadores perdidos a la incomparable gracia de Dios, muchos cristianos profesantes buscan explicarla por influencias humanas, instrumentos y circunstancias. Se mira al predicador, o a circunstancias providenciales favorables, o a las oraciones de los creyentes, como la causa principal. No se nos malinterprete aquí.
Es cierto que a menudo Dios se complace en usar medios en la conversión de los pecadores; que frecuentemente condesciende a bendecir nuestras oraciones y esfuerzos para señalar a los pecadores hacia Cristo; que muchas veces usa sus providencias para despertar y sacudir a los impíos a una conciencia de su condición. Pero Dios no está limitado a estas cosas. No está restringido a instrumentos humanos. Su gracia es todopoderosa, y cuando Él quiere, esa gracia es capaz de salvar a pesar de la ausencia de instrumentos humanos y frente a circunstancias desfavorables. Así fue en el caso del ladrón salvado.
Consideremos:
Su conversión ocurrió en un momento en que, en apariencia externa, Cristo había perdido todo poder para salvarse a sí mismo o a otros. Este ladrón había caminado junto al Salvador por las calles de Jerusalén y le había visto caer bajo el peso de la cruz. Es muy probable que, como uno que ejercía el oficio de ladrón y salteador, aquel fuera el primer día en que veía al Señor Jesús, y ahora que le veía, lo hacía en medio de toda circunstancia de debilidad y vergüenza. Sus enemigos triunfaban sobre Él. Sus amigos en su mayoría le habían abandonado. La opinión pública estaba unánimemente en su contra.
Su misma crucifixión era considerada completamente incompatible con su condición de Mesías. Su estado humilde había sido desde el principio piedra de tropiezo para los judíos, y las circunstancias de su muerte debieron haberlo intensificado, especialmente para alguien que nunca le había visto sino en ese estado. Incluso aquellos que habían creído en Él fueron llevados a dudar por su crucifixión. No había ni uno en la multitud que, señalándole con el dedo, dijera: “¡He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo!” Y, sin embargo, a pesar de todos estos obstáculos y dificultades en el camino de su fe, el ladrón comprendió el carácter de Salvador y Señor de Cristo. ¿Cómo podemos explicar tal fe y tal entendimiento espiritual en alguien en esas condiciones? ¿Cómo explicar el hecho de que este ladrón moribundo tomara a un hombre sufriente, sangrante y crucificado como su Dios? No puede explicarse aparte de la intervención divina y la operación sobrenatural. ¡Su fe en Cristo fue un milagro de gracia!
Debe también notarse que la conversión del ladrón tuvo lugar antes de los fenómenos sobrenaturales de aquel día. Él clamó: “Señor, acuérdate de mí” antes de las horas de oscuridad, antes del clamor triunfante “Consumado es”, antes de que el velo del templo se rasgara, antes del terremoto y del quebrantamiento de las rocas, antes de la confesión del centurión: “Verdaderamente este era el Hijo de Dios”. Dios colocó intencionalmente su conversión antes de estas cosas para que su gracia soberana fuera magnificada y su poder soberano reconocido.
Dios escogió deliberadamente salvar a este ladrón en las circunstancias más desfavorables para que ninguna carne se gloríe en su presencia. Dios dispuso intencionalmente esta combinación de condiciones y circunstancias desfavorables para enseñarnos que “la salvación es de Jehová”; para enseñarnos a no exaltar los medios humanos por encima de la obra divina; para enseñarnos que toda conversión genuina es el resultado directo de la operación sobrenatural del Espíritu Santo.
Ahora consideraremos al ladrón mismo, sus diversas expresiones, su petición al Salvador y la respuesta de nuestro Señor.
1. Aquí vemos a un pecador representativo.
“Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42, 43).
Nunca llegaremos al corazón de este incidente hasta que consideremos la conversión de este hombre como un caso representativo, y al ladrón mismo como un carácter representativo. Hay quienes han intentado demostrar que el carácter original del ladrón arrepentido era más noble y digno que el del otro que no se arrepintió. Pero esto no solo no es cierto conforme a los hechos del caso, sino que también borra la gloria peculiar de su conversión y resta al asombro de la gracia de Dios. Es de gran importancia ver que, antes del momento en que uno se arrepintió y creyó, no había diferencia esencial entre los dos ladrones. En naturaleza, en historia, en circunstancias, eran iguales. El Espíritu Santo ha sido cuidadoso en decirnos que ambos injuriaban al Salvador sufriente:
“De esta manera también los principales sacerdotes, escarneciéndole con los escribas y los ancianos, decían: A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar. Si es el Rey de Israel, descienda ahora de la cruz, y creeremos en Él. Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios. Lo mismo le injuriaban también los ladrones que estaban crucificados con Él” (Mateo 27:41-44).
Terrible, en verdad, era la condición y la acción de este ladrón. En el mismo borde de la eternidad se une con los enemigos de Cristo en el terrible pecado de burlarse de Él. Esto era una depravación sin igual. ¡Piénsese en ello! Un hombre en su hora final ridiculizando al Salvador sufriente. ¡Oh, qué demostración de la depravación humana y de la enemistad natural de la mente carnal contra Dios! Y, lector, por naturaleza esa misma depravación está en ti, y a menos que un milagro de la gracia divina haya sido obrado en ti, esa misma enemistad contra Dios y contra su Cristo está presente en tu corazón. Puede que no lo pienses, que no lo sientas, que no lo creas. Pero eso no cambia el hecho.
La Palabra de Aquel que no puede mentir declara: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jer. 17:9). Esta es una afirmación de aplicación universal. Describe lo que es todo corazón humano por nacimiento natural. Y nuevamente, la misma Escritura declara: “La mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Rom. 8:7). Esto también describe la condición de todo descendiente de Adán. “Por cuanto no hay diferencia; por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Rom. 3:22-23). Sumamente solemne es esto; sin embargo, necesita ser enfatizado. No es hasta que nuestra condición desesperada es reconocida que descubrimos nuestra necesidad de un Salvador divino. No es hasta que vemos nuestra total corrupción y ruina que acudimos apresuradamente al gran Médico. No es hasta que encontramos en este ladrón moribundo un retrato de nosotros mismos que nos uniremos diciendo: “Señor, acuérdate de mí”.
Tenemos que ser humillados antes de poder ser exaltados. Tenemos que ser despojados de los trapos sucios de nuestra propia justicia antes de estar preparados para recibir las vestiduras de salvación. Tenemos que venir a Dios como mendigos, con las manos vacías, antes de poder recibir el don de la vida eterna. Tenemos que tomar el lugar de pecadores perdidos delante de Él si queremos ser salvos. Sí, tenemos que reconocernos como ladrones antes de poder tener un lugar en la familia de Dios.
“Pero”, dices, “¡yo no soy un ladrón! Reconozco que no soy todo lo que debería ser. No soy perfecto. De hecho, iré más lejos y admitiré que soy pecador. Pero no puedo aceptar que este ladrón represente mi estado y condición”. Ah, amigo, tu caso es mucho peor de lo que supones. Eres un ladrón, y del peor tipo. ¡Has robado a Dios! Supongamos que una empresa del Este nombra a un agente para representarla en el Oeste, y que cada mes le envía su salario. Pero supongamos también que, al final del año, sus empleadores descubren que, aunque el agente cobraba los cheques que le enviaban, sin embargo, había estado sirviendo a otra empresa todo ese tiempo. ¿No sería ese agente un ladrón? Pues esta es precisamente la condición de todo pecador.
Ha sido enviado a este mundo por Dios, y Dios lo ha dotado de talentos y de la capacidad de usarlos y desarrollarlos. Dios le ha bendecido con salud y fuerzas; ha suplido todas sus necesidades, y le ha dado innumerables oportunidades para servirle y glorificarle. ¿Pero cuál ha sido el resultado? Las mismas cosas que Dios le dio han sido mal utilizadas. El pecador ha servido a otro amo, a saber, a Satanás. Disipa sus fuerzas y desperdicia su tiempo en los placeres del pecado. Ha robado a Dios. Lector no salvo, a los ojos del cielo tu condición es tan desesperada y tu corazón tan perverso como el del ladrón. Mira en él un retrato de ti mismo.
2. Aquí vemos que el hombre tiene que llegar al fin de sí mismo antes de poder ser salvo.
“Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42, 43).
Arriba hemos contemplado a este ladrón moribundo como un pecador representativo, un ejemplo de lo que todos los hombres son por naturaleza y por práctica: por naturaleza, en enemistad contra Dios y contra su Cristo; por práctica, ladrones de Dios, usando mal lo que Él nos ha dado y no devolviendo lo que le es debido. Ahora veremos que este ladrón crucificado fue también un caso representativo en su conversión. Y en este punto nos detendremos simplemente en su impotencia.
Vernos como pecadores perdidos no es suficiente. Aprender que somos corruptos y depravados por naturaleza, y pecadores transgresores por práctica, es la primera lección importante. La siguiente es aprender que estamos completamente arruinados, y que no podemos hacer absolutamente nada para ayudarnos a nosotros mismos. Descubrir que nuestra condición es tan desesperada que está completamente fuera de toda reparación humana es el segundo paso hacia la salvación, viéndolo desde el lado humano.
Pero si el hombre tarda en aprender que es un pecador perdido e incapaz de estar en la presencia de un Dios santo, es aún más lento en reconocer que no puede hacer nada para su salvación, ni puede obrar ninguna mejora en sí mismo para ser apto para Dios. Sin embargo, no es hasta que comprendemos que estamos “sin fuerzas” (Rom. 5:6), que somos “impotentes” (Juan 5:3), que no es por obras de justicia que nosotros hagamos, sino por su misericordia que Dios nos salva (Tito 3:5), que entonces desesperamos de nosotros mismos y miramos fuera de nosotros hacia Aquel que puede salvarnos.
El gran tipo bíblico del pecado es la lepra, y para la lepra el hombre no puede hallar cura. Solo Dios puede tratar con esta terrible enfermedad. Así es con el pecado. Pero, como hemos dicho, el hombre tarda en aprender esta lección. Es como el hijo pródigo, que cuando había malgastado sus bienes en una provincia apartada viviendo perdidamente y comenzó a tener necesidad, en lugar de volver inmediatamente al padre, “fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra” y fue enviado a los campos a apacentar cerdos; en otras palabras, se puso a trabajar.
De igual manera, el pecador que ha sido despertado a su necesidad, en lugar de ir directamente a Cristo, intenta ganarse el favor de Dios por sus propias obras. Pero no le irá mejor que al pródigo: las algarrobas de los cerdos serán su única porción.
O también como la mujer que estaba encorvada por muchos años. Probó con muchos médicos antes de acudir al gran Médico: así el pecador despertado busca alivio y paz primero en una cosa y luego en otra, hasta que recorre todo el cansado camino de prácticas religiosas, y termina “no mejorando en nada, sino empeorando” (Marcos 5:26). No, no fue hasta que aquella mujer “había gastado todo lo que tenía” que buscó a Cristo; y no es hasta que el pecador llega al final de sus propios recursos que acudirá al Salvador.
Antes de que cualquier pecador pueda ser salvo, debe llegar al lugar de una debilidad reconocida. Esto es lo que nos muestra la conversión del ladrón moribundo. ¿Qué podía hacer él? No podía andar en caminos de justicia, porque había un clavo en cada pie. No podía hacer buenas obras, porque había un clavo en cada mano. No podía comenzar una nueva vida, porque estaba muriendo. Y, lector, esas manos tuyas que están tan dispuestas a obrar justicia propia, y esos pies tuyos que corren tan rápidamente por el camino de la obediencia legal, deben ser clavados en la cruz. El pecador tiene que ser apartado de sus propios esfuerzos y ser hecho dispuesto a ser salvo por Cristo.
El reconocimiento de tu condición pecaminosa, de tu condición perdida, de tu condición impotente, no es otra cosa que la antigua convicción de pecado, y este es el único requisito para venir a Cristo para salvación, porque Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.
3. Aquí vemos el significado del arrepentimiento y la fe.
“Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42, 43).
El arrepentimiento puede considerarse bajo diversos aspectos. Incluye en su significado y alcance un cambio de mente acerca del pecado, un dolor por el pecado, un abandono del pecado. Sin embargo, hay más en el arrepentimiento que esto. En realidad, el arrepentimiento es la realización de nuestra condición perdida, es el descubrimiento de nuestra ruina, es el juzgarnos a nosotros mismos, es reconocer nuestro estado de perdición. El arrepentimiento no es tanto un proceso intelectual como la conciencia actuando en la presencia de Dios.
Y esto es exactamente lo que encontramos aquí en el caso del ladrón. Primero le dice a su compañero: “¿Ni aun temes tú a Dios, estando en la misma condenación?” (Lucas 23:40). Poco antes había unido su voz con los que injuriaban al Salvador. Pero el Espíritu Santo había estado obrando en él, y ahora su conciencia está activa en la presencia de Dios. No era: “¿No temes el castigo?”, sino: “¿No temes a Dios?”. Él percibe a Dios como juez.
Y luego, en segundo lugar, añade: “Nosotros, a la verdad, justamente padecemos; porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos” (Lucas 23:41). Aquí lo vemos reconociendo su culpa y la justicia de su condenación. Se juzga a sí mismo. No presenta excusas ni intenta justificarse. Reconoce que es un transgresor y que, como tal, merece plenamente el castigo por sus pecados, sí, que la muerte es su merecido.
¿Has tomado tú esta posición delante de Dios, lector? ¿Has confesado abiertamente tus pecados a Él? ¿Te has juzgado a ti mismo y a tus caminos? ¿Estás dispuesto a reconocer que la muerte es tu “merecido”? Mientras minimices el pecado o lo justifiques, te estás cerrando a Cristo. Cristo vino al mundo para salvar pecadores — pecadores que se reconocen como tales, pecadores que realmente toman el lugar de pecadores delante de Dios, pecadores conscientes de que están perdidos y arruinados.
El arrepentimiento hacia Dios del ladrón fue acompañado de fe hacia nuestro Señor Jesucristo. Al considerar su fe, podemos notar primero que fue una fe inteligente. En los párrafos anteriores de este capítulo hemos llamado la atención a la soberanía de Dios y a su gracia irresistible y victoriosa que se manifestó en la conversión de este ladrón. Ahora consideramos otro lado de la verdad, igualmente necesario, no contradictorio, sino complementario.
La Escritura no enseña que si Dios ha escogido a un alma para ser salva, esa persona será salva crea o no. Esa es una conclusión falsa. La Escritura enseña que el mismo Dios que predestinó el fin, también predestinó los medios. El Dios que decretó la salvación del ladrón moribundo cumplió su decreto dándole la fe con la cual creer. Esta es la enseñanza clara de 2 Tesalonicenses 2:13: “Dios os escogió desde el principio para salvación, mediante la santificación del Espíritu y la fe en la verdad”.
Esto es exactamente lo que vemos aquí. Él creyó la verdad. Su fe se aferró a la Palabra de Dios. Sobre la cruz estaba el letrero: “Este es Jesús, el Rey de los judíos”. Pilato lo había puesto en burla, pero era la verdad. El ladrón lo leyó, y la gracia divina abrió sus ojos para ver que era verdad. Su fe captó la realeza de Cristo, de ahí que dijera: “cuando vengas en tu reino”. La fe siempre descansa en la Palabra escrita de Dios.
Antes de que un hombre crea que Jesús es el Cristo, debe tener el testimonio de que Él es el Cristo. Se hace distinción entre fe intelectual y fe del corazón, y correctamente, porque es una distinción real y vital. A veces se desprecia la fe intelectual, pero esto es un error. Debe haber fe intelectual antes de que haya fe del corazón. Debemos creer intelectualmente antes de creer salvadoramente en el Señor Jesús.
Es cierto que la fe intelectual no salva por sí sola, pero también es cierto que no hay fe del corazón sin fe intelectual previa. ¿Cómo creerán en aquel de quien no han oído? Se puede creer acerca de Cristo sin creer en Él, pero no se puede creer en Él sin primero creer acerca de Él. Así fue con el ladrón moribundo. Probablemente nunca había visto a Cristo antes de ese día, pero vio el letrero que testificaba de su realeza, y el Espíritu Santo lo usó como base de su fe.
Decimos, entonces, que su fe fue una fe inteligente: primero, una fe intelectual, creyendo el testimonio escrito; segundo, una fe del corazón, descansando con confianza en Cristo mismo como Salvador de pecadores.
Sí, este ladrón ejerció una fe del corazón que descansó salvadoramente en Cristo. Un hombre puede tener fe intelectual en Cristo y estar perdido. Puede creer acerca de Cristo y no beneficiarse en nada, como alguien que cree acerca de Napoleón. Puedes creer todo acerca del Salvador — su vida perfecta, su muerte, su resurrección, su ascensión — pero debes hacer más que eso.
La fe salvadora es una fe confiada. Es más que una opinión correcta o un razonamiento. Trasciende la razón. Mira a este ladrón: ¿era razonable que Cristo lo atendiera? Un criminal crucificado, que poco antes le injuriaba. ¿Era razonable esperar salvación inmediata? El intelecto razona, pero el corazón cree. Y la petición de este hombre vino de su corazón.
No tenía el uso de sus manos ni de sus pies (y no se necesitan para la salvación), pero sí tenía su corazón y su lengua. Y eso bastaba: “Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación” (Romanos 10:10).
También podemos notar que su fe fue una fe humilde. Oró con una modestia apropiada. No fue: “Señor, hónrame”, o “Señor, exáltame”, sino: Señor, si tan solo te acordaras de mí; si tan solo me miraras — “Señor, acuérdate de mí”. Y, sin embargo, esa palabra “acuérdate” era maravillosamente plena y apropiada. Podría haber dicho: Perdóname, sálvame, bendíceme; pero “acuérdate” lo incluía todo. ¡Un interés en el corazón de Cristo incluye un interés en todos sus beneficios! Además, esta palabra se adaptaba perfectamente a la condición de quien la pronunció. Era un marginado de la sociedad — ¿quién se acordaría de él? El público ya no pensaría más en él. Sus amigos estarían contentos de olvidarlo por haber deshonrado a su familia. Pero hay uno a quien se atreve a presentar esta petición: “Señor, acuérdate de mí”.
Finalmente, podemos notar que su fe fue una fe valiente. Tal vez esto no sea evidente a primera vista, pero una consideración más detenida lo hará claro. Aquel que colgaba en la cruz central era el centro de todas las miradas y el blanco de todas las burlas de una multitud vulgar. Cada grupo de aquella multitud se unió en ridiculizar al Salvador. Mateo nos dice que “los que pasaban le injuriaban”, que “también los principales sacerdotes, con los escribas y los ancianos, se burlaban de Él”. Mientras que Lucas nos informa que “los soldados también le escarnecían” (23:36). Es fácil entender, entonces, por qué los ladrones también se unieron al mismo clamor de burla. Sin duda, los sacerdotes y escribas los miraban con agrado cuando lo hacían.
Pero de repente hubo un cambio. El ladrón arrepentido, en lugar de continuar burlándose de Cristo, se vuelve hacia su compañero y lo reprende abiertamente en presencia de todos los que estaban reunidos alrededor de las cruces, diciendo: “Este ningún mal hizo”. Así condenó a toda la nación judía. Pero hay más: no solo da testimonio de la inocencia de Cristo, sino que también confiesa su realeza. Y de un solo golpe se separa del favor de su compañero y de la multitud. Hoy hablamos del valor que se necesita para dar testimonio de Cristo, pero tal valor en nuestros días palidece en comparación con el valor demostrado aquel día por el ladrón moribundo.
4. Aquí vemos un maravilloso caso de iluminación espiritual.
“Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42, 43).
Es verdaderamente asombroso el progreso que hizo este hombre en aquellas pocas horas finales. Su crecimiento en gracia y en el conocimiento de su Señor fue extraordinario. A partir del breve registro de las palabras que salieron de sus labios, podemos descubrir siete cosas que aprendió bajo la enseñanza del Espíritu Santo.
Primero, expresa su creencia en una vida futura donde la retribución sería administrada por un Dios justo que castiga el pecado. “¿Ni aun temes tú a Dios?” demuestra esto. Reprende a su compañero, como diciendo: ¿Cómo te atreves a insultar a este hombre inocente? Recuerda que pronto tendrás que comparecer ante Dios y enfrentar un tribunal infinitamente más solemne que aquel que te sentenció a la cruz. Dios debe ser temido; por tanto, guarda silencio.
Segundo, como ya hemos visto, tuvo una visión de su propio pecado: “Tú estás en la misma condenación. Y nosotros, a la verdad, justamente padecemos; porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos” (Lucas 23:40-41). Reconoció que era un transgresor. Vio que el pecado merece castigo, que la condenación es justa. Reconoció que la muerte era su merecido. Esto es algo que su compañero ni confesó ni reconoció.
Tercero, dio testimonio de la inocencia de Cristo: “Este ningún mal hizo” (Lucas 23:41). Aquí vemos el cuidado de Dios en preservar el carácter sin mancha de su Hijo. Judas dijo: “He entregado sangre inocente”. Pilato testificó: “No hallo en Él ningún delito”. La esposa de Pilato dijo: “Nada tengas que ver con ese justo”. Y ahora, en la cruz, Dios abre los ojos de este ladrón para ver la perfección de Cristo y abre su boca para dar testimonio de su excelencia.
Cuarto, no solo dio testimonio de la humanidad sin pecado de Cristo, sino que también confesó su deidad: “Señor, acuérdate de mí”. ¡Qué palabra tan maravillosa! El Salvador clavado en el madero, objeto de odio y burla, y sin embargo este ladrón, movido por fe y no por vista, reconoce y confiesa su divinidad.
Quinto, creyó en el poder salvador del Señor Jesús. Había oído la oración de Cristo: “Padre, perdónalos…” y para un corazón abierto por Dios, esa breve frase fue un sermón salvador. Su clamor: “Señor, acuérdate de mí” incluía “Señor, sálvame”, lo cual implica su fe en Cristo como Salvador. De hecho, debía haber creído que Jesús podía salvar al peor de los pecadores, o de lo contrario no habría confiado en que Él se acordaría de alguien como él.
Sexto, evidenció su fe en la realeza de Cristo — “cuando vengas en tu reino”. Esta también fue una palabra maravillosa. Las circunstancias externas parecían desmentir completamente su realeza. En lugar de estar sentado en un trono, colgaba en una cruz. En lugar de llevar una diadema real, su frente estaba ceñida con espinas. En lugar de ser servido por una corte de siervos, era contado con los transgresores. Sin embargo, era rey — Rey de los judíos (Mateo 2:2).
Finalmente, miró hacia la segunda venida de Cristo — “cuando vengas”. Apartó su mirada del presente hacia el futuro. Vio más allá de los “sufrimientos” la “gloria”. Sobre la cruz, el ojo de la fe discernió la corona. Y en esto se adelantó a los apóstoles, porque la incredulidad había cegado sus ojos. Sí, miró más allá del primer advenimiento en humillación hacia el segundo advenimiento en poder y majestad.
¿Y cómo podemos explicar la inteligencia espiritual de este ladrón moribundo? ¿De dónde obtuvo tal comprensión de las cosas de Cristo? ¿Cómo es que este recién nacido en la fe hizo un progreso tan asombroso en la escuela de Dios? Solo puede explicarse por la influencia divina. ¡El Espíritu Santo fue su maestro! Carne y sangre no le revelaron estas cosas, sino el Padre que está en los cielos. ¡Qué ilustración de que las cosas divinas están ocultas a los “sabios y entendidos” y reveladas a los “niños”!
5. Aquí vemos el poder salvador de Cristo.
“Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42, 43).
Las cruces estaban a pocos metros de distancia y no le tomó mucho tiempo al Salvador oír el clamor de este ladrón arrepentido. ¿Cuál fue su respuesta? Podría haber dicho: Mereces tu destino; eres un ladrón malvado y has ganado la muerte. O podría haber respondido: Has dejado esto para demasiado tarde; debiste haberme buscado antes. ¡Ah! ¿No había prometido Él: “Al que a mí viene, no le echo fuera”? Así se cumplió aquí.
De los reproches que le dirigía la multitud, el Señor Jesús no hizo caso. A la provocación de los sacerdotes para que descendiera de la cruz, no respondió. Pero la oración de este ladrón contrito y creyente captó su atención. En ese momento estaba luchando contra las potestades de las tinieblas y cargando el terrible peso de la culpa de su pueblo, y podríamos pensar que estaba excusado de atender solicitudes individuales. ¡Pero un pecador nunca llega a Cristo en un momento inoportuno! Él le dio una respuesta de paz, y sin demora.
La salvación de este ladrón arrepentido y creyente ilustra no solo la disposición de Cristo, sino también su poder para salvar. El Señor Jesús no es un Salvador débil. Bendito sea Dios, Él es capaz de “salvar perpetuamente” a los que por Él se acercan a Dios. Y nunca fue esto tan claramente demostrado como en la cruz. Este fue el momento de la “debilidad” del Redentor (2 Cor. 13:4).
Cuando el ladrón clamó: “Señor, acuérdate de mí”, el Salvador estaba en agonía sobre el madero maldito. Y aun así, en ese mismo momento, tenía poder para redimir esa alma de la muerte y abrirle las puertas del Paraíso. ¡Nunca dudes, ni cuestiones la infinita suficiencia del Salvador! Si un Salvador moribundo pudo salvar, ¡cuánto más Aquel que resucitó en triunfo y no muere más! Al salvar a este ladrón, Cristo mostró su poder en el mismo momento en que parecía más oculto.
La salvación del ladrón moribundo demuestra que el Señor está dispuesto y es capaz de salvar a todos los que vienen a Él. Si Cristo recibió a este ladrón arrepentido y creyente, nadie debe desesperar de ser recibido si viene a Cristo. Si este ladrón moribundo no estaba fuera del alcance de la misericordia divina, entonces nadie lo está que responda a la invitación de la gracia. El Hijo del Hombre vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10), y nadie puede estar más perdido que eso. El evangelio de Cristo es el poder de Dios “para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). ¡No limites la gracia de Dios! Un Salvador ha sido provisto para el mismo “principal de los pecadores” (1 Tim. 1:15), si tan solo cree.
Personalmente, creo que muy pocos son salvos en el lecho de muerte, y es una gran necedad que cualquier hombre posponga su salvación hasta ese momento, porque nadie tiene garantizado un lecho de muerte. Muchos son quitados repentinamente, sin oportunidad de prepararse. Sin embargo, incluso uno en el lecho de muerte no está fuera del alcance de la misericordia divina. Como dijo uno de los puritanos: “Hay un solo caso registrado para que nadie desespere, pero solo uno, para que nadie presuma”.
Sí, aquí vemos el poder salvador de Cristo. Él vino a este mundo para salvar pecadores, y lo dejó para ir al Paraíso acompañado por un criminal salvado — ¡el primer trofeo de su sangre redentora!
6. Aquí vemos el destino del creyente al morir.
“Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42, 43).
En su excelente libro “The Seven Sayings of Christ on the Cross”, el Dr. Anderson-Berry ha señalado que la palabra “hoy” no está correctamente ubicada en la versión King James, y que la correspondencia intencional entre la petición del ladrón y la respuesta de Cristo requiere una construcción diferente de esta última. La forma de la respuesta de Cristo está evidentemente diseñada para corresponder en su orden de pensamiento con la petición del ladrón. Esto se verá si organizamos ambas en paralelismo de la siguiente manera:
Y dijo a Jesús
Y Jesús le dijo
Señor
De cierto te digo
Acuérdate de mí
Estarás conmigo
Cuando vengas
Hoy.
En tu reino
En el paraíso.
Al organizar las palabras de esta manera, descubrimos el énfasis correcto. “Hoy” es la palabra enfática. En la respuesta llena de gracia de nuestro Señor a la petición del ladrón, tenemos una impactante ilustración de cómo la gracia divina excede las expectativas humanas. El ladrón pidió que el Señor se acordara de él en su reino venidero, pero Cristo le asegura que antes de que ese mismo día terminara, estaría con el Salvador. El ladrón pide ser recordado en un reino terrenal, pero Cristo le asegura un lugar en el Paraíso. El ladrón simplemente pide ser “recordado”, pero el Salvador declara que estará “con Él”. Así hace Dios mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos.
La respuesta de Cristo no solo indica la supervivencia del alma después de la muerte del cuerpo, sino que también nos dice que el creyente está con Él durante el intervalo que separa la muerte de la resurrección. Para hacerlo aún más claro, Cristo precedió su promesa con las solemnes y consoladoras palabras: “De cierto te digo”. Fue esta esperanza de ir a Cristo al morir lo que animó al mártir Esteban en su última hora, y por eso clamó: “Señor Jesús, recibe mi espíritu” (Hechos 7:59). Fue esta bendita expectativa lo que llevó al apóstol Pablo a decir que tenía el “deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor” (Fil. 1:23).
No es la inconsciencia en la tumba, sino estar con Cristo en el Paraíso lo que espera a todo creyente al morir. A todo creyente, digo, porque las almas de los incrédulos, en lugar de ir al Paraíso, pasan al lugar de tormento, como se ve claramente en la enseñanza de nuestro Señor en Lucas 16. Lector, ¿a dónde iría tu alma si en este mismo momento murieras?
¡Cuán intensamente ha procurado Satanás ocultar esta bendita verdad a los santos de Dios! Por un lado, ha difundido la triste doctrina del sueño del alma, enseñando que los creyentes permanecen inconscientes entre la muerte y la resurrección; y por otro lado, ha inventado el terrible concepto del purgatorio, para infundir temor en los creyentes haciéndoles pensar que al morir pasan por fuego para ser purificados antes de entrar al cielo. ¡Cómo la palabra de Cristo al ladrón destruye completamente estas ideas que deshonran a Dios! ¡El ladrón pasó directamente de la cruz al Paraíso!
En el momento en que un pecador cree, en ese mismo instante es hecho apto para participar de la herencia de los santos en luz (Col. 1:12). “Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados” (Heb. 10:14). Nuestra aptitud para la presencia de Cristo, así como nuestro derecho a ella, descansan únicamente en su sangre derramada.
7. Aquí vemos el anhelo del Salvador por la comunión.
“Y dijo a Jesús: Señor, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino. Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23:42, 43).
En la comunión alcanzamos la cumbre de la gracia y la suma del privilegio cristiano. Más allá de la comunión no podemos ir. Dios nos ha llamado “a la comunión con su Hijo” (1 Cor. 1:9). A menudo se nos dice que somos “salvos para servir”, y esto es cierto, pero es solo una parte de la verdad y en ningún sentido la parte más maravillosa y bendita. Somos salvos para la comunión. Dios tenía innumerables “siervos” antes de que Cristo viniera a morir — los ángeles hacen continuamente su voluntad. Cristo no vino principalmente para conseguir siervos, sino para tener aquellos que entrarían en comunión con Él mismo.
Lo que hace que el cielo sea supremamente atractivo para el corazón del creyente no es que sea un lugar donde seremos librados de todo dolor y sufrimiento, ni que allí volveremos a ver a los que amamos en el Señor, ni tampoco que sea un lugar de calles de oro, puertas de perla y muros de jaspe — no, aunque todas estas cosas son benditas, el cielo sin Cristo no sería cielo. Es a Cristo a quien el corazón del creyente anhela y desea — “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:25).
Y lo más asombroso es que el cielo no será cielo para Cristo en el sentido más pleno hasta que sus redimidos estén reunidos a su alrededor. Son sus santos los que su corazón anhela. Volver otra vez y “recibirnos a sí mismo” es la gozosa expectativa que está delante de Él. No será completamente satisfecho hasta que vea el fruto del trabajo de su alma.
Estos son los pensamientos sugeridos y confirmados por las palabras del Señor Jesús al ladrón moribundo. “Señor, acuérdate de mí” había sido su clamor. ¿Y cuál fue la respuesta? Obsérvese cuidadosamente. Si Cristo hubiera dicho simplemente: “De cierto te digo que hoy estarás en el paraíso”, eso habría calmado los temores del ladrón. Sí, pero eso no satisfacía al Salvador. Aquello en lo que estaba puesto su corazón era que ese mismo día un alma salvada por su preciosa sangre estaría con Él en el paraíso.
Decimos nuevamente: esto es la cumbre de la gracia y la suma de la bendición cristiana. Dijo el apóstol: “Tengo deseo de partir y estar con Cristo” (Fil. 1:23). Y otra vez escribió: “Ausentes del cuerpo” — ¿libres de todo dolor y cuidado? No. “Ausentes del cuerpo” — ¿trasladados a la gloria? No. “Ausentes del cuerpo… presentes al Señor” (2 Cor. 5:8).
Así también con Cristo. Dijo: “En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros”; pero cuando añade: “Vendré otra vez”, no dice “y os llevaré a la casa del Padre”, ni “os llevaré al lugar que he preparado”, sino: “vendré otra vez y os tomaré a mí mismo” (Juan 14:2-3).
Estar “siempre con el Señor” (1 Tes. 4:17) es la meta de toda nuestra esperanza; tenernos para siempre con Él es aquello que Él espera con anhelo gozoso. ¡Estarás conmigo en el paraíso!
Conclusión del editor
La palabra de salvación pronunciada por nuestro Señor en la cruz nos revela de manera clara y gloriosa la esencia misma del evangelio. En un solo momento, un pecador perdido, sin obras, sin méritos, sin tiempo para cambiar su vida, es justificado únicamente por la gracia mediante la fe en Cristo. El ladrón no descendió de la cruz para demostrar su fe con obras; no tuvo oportunidad de servir, ni de reparar su pasado. Y, sin embargo, fue salvo. Esto nos enseña que la salvación es completamente obra de Dios, desde el principio hasta el fin.
Al mismo tiempo, este pasaje nos muestra la absoluta necesidad del arrepentimiento y la fe. Aquel hombre reconoció su pecado, se juzgó a sí mismo, confesó la inocencia y la realeza de Cristo, y confió en Él en medio de la mayor debilidad aparente. Su fe no descansó en lo visible, sino en la verdad revelada. Así también hoy, todo aquel que quiera ser salvo debe venir a Cristo tal como está, reconociendo su condición, abandonando toda confianza en sí mismo y aferrándose únicamente al Salvador.
Finalmente, esta palabra nos dirige hacia una esperanza gloriosa: el destino eterno de todo creyente es estar con Cristo. No hay mayor promesa, ni mayor consuelo, ni mayor bien que este. “Hoy estarás conmigo en el paraíso” sigue siendo la garantía para todo aquel que cree. Por tanto, lector, la pregunta sigue vigente: ¿qué harás con Cristo? No pospongas esta decisión. Ven a Él hoy, porque en Él hay perdón, salvación y vida eterna.

