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La oración verdadera: el verdadero poder, por Charles Spurgeon

La oración verdadera el verdadero poder, por Charles Spurgeon

Reflexión del editor: El poder de la oración

La oración es una de las prácticas más comunes dentro de la vida cristiana, pero también una de las más mal comprendidas. Muchos oran, pero pocos experimentan el verdadero poder de la oración. En este impactante sermón de Charles Spurgeon, basado en Marcos 11:24, se nos confronta con una realidad incómoda: no basta con orar, es necesario hacerlo con fe viva, con un corazón encendido y con la plena convicción de que Dios escucha y responde. Este mensaje no solo expone la superficialidad de muchas oraciones modernas, sino que nos llama a redescubrir la esencia bíblica de acercarnos a Dios.

A lo largo de este sermón, Spurgeon desenmascara la frialdad espiritual que muchas veces acompaña nuestras oraciones y nos invita a examinarnos con seriedad. ¿Estamos orando por costumbre o con verdadera fe? ¿Nuestras palabras suben al cielo con poder o caen al suelo sin vida? Este mensaje es un llamado urgente a volver a una oración genuina, ferviente y transformadora. Si deseas fortalecer tu vida espiritual y entender por qué muchas oraciones no tienen efecto, este sermón será una guía profunda y necesaria.

Sermón completo de Charles Spurgeon

“Por tanto, os digo que todo lo que pidáis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.”
— Marcos 11:24

Este versículo tiene relación con la fe que obra milagros, pero creo que apunta aún más profundamente al milagro de la fe misma. Bajo esa luz debemos considerarlo. Este texto no pertenece únicamente a los apóstoles, sino a todos aquellos que caminan en la fe apostólica, creyendo firmemente en las promesas del Señor Jesucristo. La exhortación que Cristo dio a los doce se repite hoy para nosotros en la Palabra de Dios. ¡Que el Señor nos conceda la gracia de obedecerla constantemente!

“Todo lo que pidáis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá.”

Cuántas personas se quejan de que no disfrutan la oración. No la abandonan, porque no se atreven, pero si pudieran, la descuidarían, tan lejos están de hallar deleite en ella. ¿No debemos lamentar que, en ocasiones, parece como si las ruedas del carro fueran quitadas, y avanzamos pesadamente cuando estamos en súplica? Cumplimos el tiempo de oración, pero nos levantamos de nuestras rodillas sin ser renovados, como alguien que se ha acostado, pero no ha dormido lo suficiente como para recuperar sus fuerzas.

Cuando llega nuevamente el momento de orar, la conciencia nos empuja otra vez a arrodillarnos, pero no hay una dulce comunión con Dios. No hay una expresión sincera de nuestras necesidades con la firme convicción de que Él las suplirá. Después de repetir una serie de palabras acostumbradas, nos levantamos quizá más turbados en conciencia y más angustiados en el corazón que antes de comenzar. Muchos creyentes viven en esta condición: oran no tanto porque sea un privilegio bendito acercarse a Dios, sino porque sienten que deben hacerlo, como un deber, como una señal necesaria para confirmar que son verdaderos cristianos.

Hermanos, no los condeno por esto; pero si en esta mañana pudiera ser instrumento para levantarlos de un estado tan bajo a una condición más saludable y elevada, mi alma se alegraría grandemente. Si pudiera mostrarles un camino más excelente, de modo que la oración llegue a ser su elemento, uno de los ejercicios más deleitosos de su vida; si llegan a estimarla más que su alimento diario y a valorarla como uno de los más grandes privilegios del cielo, entonces habremos alcanzado un propósito glorioso, y tendrán razón para dar gracias a Dios por tan grande bendición.

Presten, pues, atención mientras les invito, en primer lugar, a mirar el texto; en segundo lugar, a mirar a su alrededor; y en tercer lugar, a mirar hacia arriba.

I. En primer lugar, MIREMOS EL TEXTO.

Si lo observamos cuidadosamente, encontraremos en él las cualidades esenciales necesarias para que la oración tenga poder y eficacia. Según la enseñanza de nuestro Señor, debe haber siempre objetos definidos por los cuales suplicar. Él habla de “cosas”: “todo lo que pidáis”. Esto implica que los hijos de Dios no deben acercarse a Él sin saber qué pedir.

Otra cualidad esencial es el deseo ferviente. Cristo da por hecho que cuando oramos, tenemos verdaderos deseos. De hecho, sin ese anhelo profundo, lo que llamamos oración no es más que una forma externa, un esqueleto vacío. No es la oración viva, poderosa y eficaz, a menos que haya un desbordamiento real del corazón.

Asimismo, la fe es indispensable: “creed que lo recibiréis”. Nadie puede orar de manera que sea oído en el cielo si no cree realmente que Dios escucha y responderá. Pero aún hay algo más: junto con la fe debe existir una expectativa real. No solo creer que “recibiremos”, sino creer que ya lo estamos recibiendo; contarlo como si ya fuera nuestro, actuar como si Dios ya hubiera respondido. Esta es la fe que Cristo describe.

Consideremos ahora estas verdades. Para que la oración tenga valor, debe haber un propósito definido. Con frecuencia divagamos en nuestras oraciones, tocando muchos temas, pero sin concentrarnos verdaderamente en ninguno. Hablamos de muchas cosas, pero el alma no se enfoca en un objetivo claro.

¿No nos sucede a veces que nos arrodillamos sin haber pensado previamente qué vamos a pedir a Dios? Oramos por costumbre, sin que el corazón esté realmente involucrado. Es como un hombre que entra a una tienda sin saber qué desea comprar. Puede que encuentre algo útil, pero ciertamente no es la forma más sabia de proceder.

De igual manera, el creyente puede llegar a experimentar un verdadero deseo mientras ora, pero cuánto mejor sería si, habiendo preparado su alma mediante reflexión y examen, se acercara a Dios con un objetivo claro y una petición definida. Si alguien pidiera audiencia ante un rey, se le preguntaría: “¿Para qué desea verlo?”. No se esperaría que entrara a su presencia sin saber qué quiere pedir. Así también nosotros no deberíamos presentarnos ante Dios sin un propósito claro en nuestro corazón.

Así también ocurre con el hijo de Dios. Él debe ser capaz de responder a la gran pregunta: “¿Cuál es tu petición y cuál es tu solicitud?”, y entonces le será concedido. Imagina a un arquero disparando su arco sin saber dónde está el blanco. ¿Sería probable que tuviera éxito? O piensa en un barco que sale en un viaje de exploración sin que el capitán tenga idea de lo que está buscando. ¿Esperarías que regresara cargado de descubrimientos o de tesoros?

En todo lo demás tienes un plan. No comienzas una obra sin saber lo que deseas producir. ¿Cómo es, entonces, que te acercas a Dios sin saber lo que deseas recibir? Si tuvieras un objetivo claro, nunca encontrarías la oración como algo pesado o aburrido; estoy convencido de que la anhelarías. Dirías: “Tengo algo que deseo. ¡Oh, si pudiera acercarme a mi Dios para pedírselo! Tengo una necesidad, quiero verla satisfecha, y anhelo el momento de estar a solas para derramar mi corazón delante de Él y pedirle aquello que mi alma tanto desea.”

Te será de gran ayuda en la oración si tienes objetivos definidos hacia los cuales dirigirte, y también si tienes personas específicas por quienes orar. No ruegues simplemente por los pecadores en general, sino menciona algunos en particular. Si eres maestro de escuela dominical, no pidas solo que tu clase sea bendecida, sino ora por cada uno de tus alumnos por nombre delante del Altísimo. Y si hay alguna bendición que deseas para tu hogar, no des rodeos, sino sé sencillo y directo en tus peticiones delante de Dios.

Cuando ores, dile a Dios lo que quieres. Si no tienes suficiente dinero, si estás en pobreza o en necesidad, expón tu situación. No uses una falsa modestia delante de Dios. Ve directamente al punto, habla con honestidad. Él no necesita expresiones elaboradas como las que los hombres usan cuando no quieren decir claramente lo que piensan. Si necesitas una bendición temporal o espiritual, dilo. No rebusques en la Biblia palabras para expresarlo; usa las que naturalmente surjan de tu corazón, pues esas serán las mejores.

Las palabras de Abraham fueron las mejores para Abraham, y las tuyas serán las mejores para ti. No necesitas estudiar todos los textos bíblicos para orar exactamente como Jacob o Elías, usando sus mismas expresiones. Si lo haces, no los estarás imitando realmente; solo copiarás sus palabras, pero no el espíritu que les dio vida. Ora con tus propias palabras. Habla claramente a Dios y pídele de inmediato lo que deseas.

Nombra personas, nombra cosas, y dirige tu oración directamente hacia el objetivo de tus súplicas, y estoy seguro de que pronto descubrirás que el cansancio y la pesadez que muchas veces experimentas en la oración desaparecerán, o al menos no serán tan frecuentes como antes.

“Pero”, dirá alguno, “no siento que tenga peticiones específicas por las cuales orar”. Ah, mi querido hermano, no sé quién eres ni dónde vives para no tener peticiones concretas, porque cada día trae su necesidad o su dificultad, y cada día tengo algo que decirle a mi Dios.

Y aun si no tuviéramos dificultades, si hubiésemos alcanzado tal nivel de gracia que no tuviéramos nada que pedir, ¿acaso amamos a Cristo tanto que no necesitamos pedirle que nos haga amarle más? ¿Tenemos tanta fe que ya no clamamos: “Señor, auméntala”? Estoy seguro de que, con un poco de examen personal, siempre encontrarás algún motivo legítimo para llamar a la puerta de la misericordia y decir: “Señor, concédeme el deseo de mi corazón.”

Y si no tienes ningún deseo, basta con preguntar a cualquier cristiano probado, y él te dará uno. Te dirá: “Si no tienes nada que pedir por ti mismo, ora por mí. Pide que una esposa enferma sea sanada. Ora para que el Señor haga resplandecer Su rostro sobre un corazón abatido. Pide que Dios fortalezca a un ministro que ha trabajado en vano y ha gastado sus fuerzas sin ver fruto.”

Cuando hayas terminado de orar por ti mismo, intercede por otros; y si no encuentras a nadie que te sugiera un motivo, mira esta gran ciudad que tienes delante, como otra Sodoma, y llévala constantemente en oración ante Dios, clamando: “¡Oh Señor, que esta ciudad viva delante de Ti! Que su pecado sea detenido, que la justicia sea exaltada, y que Tú llames a muchos para Ti en medio de ella.”

Tan necesario como tener un objetivo definido es tener un deseo ardiente por alcanzarlo. Como dijo un antiguo predicador: “Las oraciones frías piden ser negadas”. Cuando pedimos al Señor sin fervor, es como si detuviéramos Su mano e impidiéramos que nos conceda la bendición que decimos buscar. Pero cuando el alma comprende el valor de lo que pide, su necesidad profunda y el peligro de no recibirlo, entonces suplica como quien ruega por su propia vida.

Se cuenta que dos mujeres nobles, cuyos esposos estaban condenados a muerte, se presentaron ante el rey para pedir su perdón. El rey las rechazó con dureza, pero ellas insistieron una y otra vez, sin querer levantarse, hasta que tuvieron que ser sacadas por la fuerza, porque no querían retirarse sin una respuesta. Aunque no obtuvieron lo que pedían, mostraron una admirable perseverancia.

Así debemos orar nosotros a Dios. Debemos desear lo que pedimos con tal intensidad que no queramos levantarnos hasta obtenerlo, aunque siempre sometidos a Su voluntad. Si lo que pedimos es conforme a Su promesa, debemos insistir una y otra vez, hasta que el cielo responda a nuestras súplicas.

No es de extrañar que Dios no nos haya bendecido mucho últimamente, porque no somos fervientes en la oración como deberíamos ser. ¡Ah, esas oraciones frías que mueren en los labios, esas súplicas heladas! No conmueven el corazón de los hombres; ¿cómo habrían de conmover el corazón de Dios? No nacen de lo profundo del alma, no brotan de las fuentes secretas del corazón, y por eso no pueden elevarse hasta Aquel que solo escucha el clamor del alma, delante de quien la hipocresía no puede ocultarse ni la formalidad puede disfrazarse. Debemos ser fervientes; de lo contrario, no tenemos razón para esperar que el Señor escuche nuestra oración.

Y ciertamente, hermanos, bastaría considerar la grandeza del Ser ante quien nos presentamos para eliminar toda ligereza y producir en nosotros un fervor constante. ¿Cómo podré venir a Tu presencia, oh Dios, y burlarme de Ti con palabras frías? Si los ángeles cubren sus rostros delante de Ti, ¿cómo puedo yo contentarme con repetir una forma sin alma ni corazón? ¡Cuán poco sabemos cuántas de nuestras oraciones son abominación delante del Señor! Nos parecería ofensivo que alguien nos pidiera algo en la calle como si en realidad no lo deseara; sin embargo, ¿no hemos hecho lo mismo con Dios? ¿No hemos convertido el mayor privilegio del cielo en un deber seco y sin vida?

Se decía de John Bradford que tenía una manera especial de orar, y cuando le preguntaron cuál era su secreto, respondió: “Cuando sé lo que quiero, permanezco en esa petición hasta sentir que la he presentado verdaderamente ante Dios, hasta que Dios y yo hemos tratado ese asunto. No paso a otra petición hasta haber terminado con la primera.”

¡Ay de aquellos que comienzan diciendo: “Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea Tu nombre”, y antes de haber meditado en lo que significa “santificado sea Tu nombre”, ya están repitiendo: “Venga Tu reino”! Y mientras dicen eso, tal vez piensan: “¿De verdad deseo que venga Su reino? Si viniera ahora, ¿dónde estaría yo?”. Y aun mientras reflexionan, sus labios continúan: “Hágase Tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Así mezclan sus oraciones, amontonando frases sin sentido.

¡Detente en cada petición hasta haberla orado verdaderamente! No intentes poner dos flechas en la cuerda al mismo tiempo; ambas fallarán. El que carga su arma con dos cargas no puede esperar acertar. Dispara primero un tiro, y luego vuelve a cargar. Ruega una vez y obtén respuesta; luego vuelve a rogar. Obtén la primera misericordia, y entonces busca la siguiente. No mezcles tus oraciones hasta que se conviertan en una masa confusa sin forma ni sentido.

Mira el mismo Padre Nuestro: ¡qué claridad y orden hay en él! Cada petición está bien definida, ninguna se confunde con otra. Es una imagen hermosa, no un desorden. Así deben ser tus oraciones: permanece en una petición hasta haber prevalecido en ella, y luego pasa a la siguiente. Con objetivos definidos y deseos fervientes, comienza a surgir la esperanza de que prevalecerás ante Dios.

Pero aun estas dos cosas no serían suficientes si no estuvieran acompañadas de una cualidad aún más esencial: una fe firme en Dios. Hermanos, ¿creen ustedes en la oración? Sé que oran porque son pueblo de Dios, pero ¿creen en el poder de la oración? Hay muchos cristianos que no lo creen realmente. Piensan que es algo bueno, que a veces produce resultados, pero no creen que la oración verdadera sea siempre eficaz. Consideran que su efecto depende de muchas otras cosas y no reconocen en ella un poder propio.

Pero mi convicción es que la oración es la mayor fuerza en todo el universo. Tiene más poder que la electricidad, la atracción, la gravedad o cualquier otra fuerza que los hombres puedan nombrar sin comprender completamente. La oración tiene una influencia real, segura e invariable sobre toda la creación.

Cuando un hombre ora verdaderamente, no es cuestión de si Dios le escuchará o no; Dios debe escucharle, no porque la oración obligue a Dios, sino porque hay una dulce obligación en Su promesa. Dios ha prometido oír la oración, y cumplirá Su palabra. Como el Dios verdadero y fiel que es, no puede negarse a sí mismo.

¡Qué asombroso pensar que tú, un hombre débil, puedes hablar con Dios, y por medio de Él influir en el mundo entero! Y aun así, cuando tu oración es respondida, el orden de la creación no se altera. Ninguna hoja cae antes de tiempo, ninguna estrella se desvía de su curso, ni una sola gota de agua cambia su trayecto. Todo continúa igual, y sin embargo, tu oración lo ha afectado todo.

La oración se conecta con los decretos y propósitos de Dios, los cuales se cumplen día a día, y todos ellos responden a la oración diciendo: “Tú eres nuestra hermana; nosotros somos decretos y tú eres oración, pero tú misma eres un decreto, tan antiguo y seguro como nosotros”. Las oraciones del pueblo de Dios no son otra cosa que las promesas de Dios expresadas desde corazones vivos; y esas promesas son, en realidad, los decretos divinos en otra forma.

No digas: “¿Cómo pueden mis oraciones afectar los decretos?”. No pueden, excepto en el sentido de que tus oraciones son también decretos; y cada oración que el Espíritu Santo inspira en tu alma es tan poderosa y eterna como aquel decreto que dijo: “Sea la luz, y fue la luz”, o como aquel que escogió a su pueblo y ordenó su redención por la preciosa sangre de Cristo.

Tienes poder en la oración, y hoy estás entre los instrumentos más poderosos que Dios ha puesto en el universo. Tienes poder sobre los ángeles, ellos volarán conforme a la voluntad de Dios en respuesta a tu clamor. Tienes poder sobre el fuego, el agua y los elementos de la tierra. Tu voz puede ser oída más allá de las estrellas, donde el trueno se apaga en el silencio; tu voz despertará los ecos de la eternidad. El oído de Dios mismo escuchará, y Su mano obrará conforme a Su voluntad. Él te enseña a decir: “Hágase Tu voluntad”, y cuando tú te alineas con Su promesa, tu voluntad se convierte en la Suya.

¿No parece algo solemne, amados, tener en nuestras manos un poder tan grande como el de la oración? A veces se habla de hombres que pretendían tener poderes místicos para invocar espíritus, hacer llover o detener el sol. Todo eso no es más que imaginación; pero si fuera cierto, el cristiano poseería un poder aún mayor.

Si tiene fe en Dios, nada le será imposible. Será librado de las aguas más profundas, rescatado de las pruebas más difíciles; en medio del hambre será sustentado; en medio de la pestilencia será guardado; en medio de la calamidad permanecerá firme; en la guerra será protegido, y en el día de la batalla levantará su cabeza, si tan solo cree la promesa y la presenta delante de Dios con confianza inquebrantable.

No hay fuerza, lo repito, no hay energía tan poderosa como aquella que Dios ha dado al hombre que, como Jacob, lucha en oración y, como Israel, prevalece con Dios. Pero debemos creer esto; debemos creer que la oración es lo que realmente es. Si no creo que mi oración es eficaz, no lo será en la medida en que debería serlo, porque en gran parte depende de mi fe. Dios puede conceder la bendición aun sin fe, por Su gracia soberana, pero no ha prometido hacerlo.

Pero cuando hay fe, y la promesa es presentada con deseo ferviente, entonces ya no se trata de una posibilidad, sino de una certeza. A menos que el Dios eterno falte a Su palabra —lo cual es imposible— podemos decir con seguridad: “Sabemos que hemos obtenido las peticiones que le hemos hecho”.

Y avanzando aún más, junto con objetivos definidos, deseos fervientes y una fe firme en la eficacia de la oración, debe haber también una expectativa real. Debemos poder contar las bendiciones antes de recibirlas, creyendo que ya vienen en camino.

Leía recientemente en un pequeño libro titulado The Still Hour, donde se menciona un pasaje del libro de Daniel, donde parece revelarse el funcionamiento de la oración. Daniel está orando, y el ángel Miguel viene a él y le dice que desde el primer momento en que dispuso su corazón para entender y humillarse delante de Dios, sus palabras fueron oídas, y el Señor envió respuesta. Sin embargo, hubo oposición, pero finalmente la respuesta llegó.

Esto nos muestra que Dios pone el deseo en nuestro corazón, y en el mismo momento en que ese deseo nace, Él comienza a responder. Antes de que nuestras palabras lleguen al cielo, incluso antes de que salgan completamente de nuestros labios, Él ya ha comenzado a obrar.

Algunos piensan que estas cosas espirituales son solo ideas o fantasías, pero no es así. La oración es tan real como un relámpago, y su efecto es tan evidente como el poder de ese relámpago cuando rompe un árbol hasta la raíz. La oración no es una ilusión; es una realidad poderosa que actúa en todo el universo, obrando conforme a los propósitos de Dios.

Por eso debemos orar con una certeza viva. Debemos contar las bendiciones antes de recibirlas, estar seguros de que vienen, y actuar como si ya las tuviéramos. Si pides el pan diario, no vivas en ansiedad, sino cree que Dios te ha oído. Si presentas la enfermedad de un hijo delante de Dios, confía en Su respuesta, ya sea sanidad o un propósito mayor para Su gloria.

Debemos poder decir: “Sé que Dios me ha oído; ahora esperaré Su respuesta”. ¿Has sido alguna vez decepcionado cuando has orado con fe? Yo puedo testificar que nunca he confiado en Dios sin ver Su fidelidad. Los hombres pueden fallar, pero Dios nunca ha negado una petición hecha con fe en Su promesa.

Y si alguien pregunta: “¿Podemos orar por cosas materiales?”, la respuesta es sí. En todo, presenta tus necesidades a Dios. No solo en lo espiritual, sino en lo cotidiano. Él es el Dios del hogar tanto como del templo. Lleva todo delante de Él.

¡Oh, si tuviéramos más de ese hábito dulce de presentar todo delante del Señor! Como hizo Ezequías al extender la carta delante de Dios y decir: “Señor, en Tus manos lo dejo”. Así debemos vivir.

Algunos llaman exagerado a aquel que confía plenamente en Dios para proveer, pero en realidad está viviendo como todo cristiano debería vivir: creyendo la Palabra de Dios. El mundo no lo entiende, pero el creyente sabe que esta fe no es locura, sino la vida misma de la confianza en Dios. Él nunca permitirá que quien confía en Él sea avergonzado.

Así, pues, hemos visto lo que considero los cuatro elementos esenciales de la oración eficaz: tener objetivos definidos, deseos fervientes, fe firme y una expectativa viva.

¿No es cierto que, tan pronto entras en una reunión de oración, sientes que si te llaman a orar, debes ejercer un “don”? Y ese “don”, en el caso de muchos hombres que oran (hablando quizá con dureza, pero con sinceridad), consiste en tener buena memoria para recordar una gran cantidad de textos que se han repetido desde generaciones pasadas, y poder citarlos en orden correcto. También, en algunas iglesias, especialmente en las rurales, ese “don” consiste en tener pulmones fuertes, capaces de sostener una oración durante veinticinco minutos cuando es breve, o hasta tres cuartos de hora cuando se extiende.

Ese “don” también consiste en no pedir nada en particular, sino recorrer una serie de temas sin dirección clara, haciendo de la oración no una flecha con punta, sino algo indefinido, que pretende apuntar a todo, y por lo mismo no da en nada. Estos hermanos suelen ser los más solicitados para orar, debido a esas cualidades peculiares —y quizá admiradas—, aunque debo decir que no puedo desear con fervor ese tipo de dones.

Pero si, en lugar de eso, se levanta alguien que nunca ha orado en público y dice: “Señor, me siento tan pecador que apenas puedo hablar contigo. ¡Ayúdame a orar! Señor, salva mi alma. Salva también a mis antiguos compañeros. Bendice a nuestro pastor. Concédenos un avivamiento. No sé decir más, escúchame por amor de Jesús. Amén.” Entonces, de alguna manera, sientes que tú mismo has comenzado a orar. Te identificas con ese hombre, porque sabes que lo que dijo, lo dijo de corazón.

Y si otro se levanta y ora con ese mismo espíritu, sales diciendo: “Esto sí es oración verdadera”. Preferiría tres minutos de ese tipo de oración, que treinta minutos del otro tipo, porque en el primer caso se está orando, y en el segundo, se está predicando.

Permíteme citar lo que dijo un antiguo predicador sobre la oración: “El Señor no te escuchará por la cantidad de tus oraciones; no las cuenta. Tampoco te escuchará por la elocuencia de tus palabras; no se impresiona con el lenguaje hermoso. No te escuchará por la longitud de tus oraciones, ni por su estructura. No le importa la música de tu voz ni la armonía de tus frases. Tampoco por la lógica de tus oraciones, aunque estén bien organizadas. Pero sí te escuchará, y medirá la bendición que te dará según la espiritualidad de tu oración. Si puedes presentar la persona de Cristo, y si el Espíritu Santo te llena de fervor, entonces la bendición que pidas vendrá sin duda.”

Hermanos, me gustaría poder quemar todo ese repertorio de oraciones que hemos estado repitiendo durante años: esas frases hechas, esas expresiones copiadas una y otra vez, esos textos mal citados que pasan de boca en boca. ¡Cuánto mejor sería si habláramos con Dios desde lo profundo de nuestro corazón!

Sería algo glorioso para nuestras reuniones de oración. Estoy seguro de que estarían mejor asistidas y serían más fructíferas, si cada uno dejara la formalidad y hablara con Dios como un hijo habla con su padre: pidiéndole lo que necesita con sencillez, y luego guardando silencio.

Digo esto con toda sinceridad. A veces, porque no sigo una forma convencional al orar, algunos dicen: “Ese hombre no es reverente”. Pero tú no eres juez de mi reverencia. Delante de mi Señor estoy. No veo que Job citara a otros al orar, ni que Jacob repitiera palabras de Abraham, ni que Cristo orara repitiendo Escritura de manera mecánica. Ellos hablaban con Dios con sus propias palabras.

Dios no quiere que traigas palabras viejas y gastadas. Él quiere oración fresca, nacida del corazón. Quiere una adoración viva, que brote de tu experiencia personal. Por eso, asegúrate de orar realmente. No aprendas simplemente el lenguaje de la oración; busca el espíritu de la oración. Y que Dios te bendiga y te haga más poderoso en tus súplicas.

Y ahora, sigue mirando a tu alrededor, pero esta vez en tu lugar secreto.

Hermanos, hay lugares que deberían hacernos reflexionar profundamente, y uno de ellos es nuestro cuarto de oración. No podemos decir que nunca oramos, ni que descuidamos completamente ese tiempo, pero si esas paredes pudieran hablar, ¿qué dirían?

Quizá dirían: “Te he oído orar con tanta prisa que apenas has pasado unos minutos con tu Dios. También te he oído cuando no estabas ni despierto ni atento, cuando ni siquiera sabías lo que estabas diciendo.”

Entonces una de esas vigas podría clamar: “Te he oído venir y pasar diez minutos sin pedir nada; al menos, tu corazón no pidió nada. Los labios se movían, pero el corazón estaba en silencio.” Y otra podría decir: “Te he oído gemir, pero también te he visto irte desconfiado, sin creer que tu oración fue escuchada; citando la promesa, pero sin esperar que Dios la cumpliera.”

Seguramente, las cuatro paredes de nuestro lugar secreto podrían cerrarse sobre nosotros con indignación, porque tantas veces hemos ofendido a Dios con nuestra incredulidad, con nuestra prisa y con muchos otros pecados. Lo hemos ofendido incluso en el mismo lugar de misericordia, donde Él se digna a escucharnos. ¿No es así? ¿No debemos todos reconocerlo? Procura, entonces, hermano, que haya un cambio, y que Dios te haga más fuerte y más eficaz en la oración de lo que has sido hasta ahora.

Pero sin detenernos más, el último punto es este: mira hacia arriba.

Miren hacia arriba, hermanos, y lloremos. Oh Dios, nos has dado un arma poderosa, y la hemos dejado oxidarse. Nos has dado un poder semejante a Ti, y lo hemos dejado inactivo. ¿No sería un crimen que un hombre tuviera ojos y no los abriera, manos y no las usara, pies que se entumecieran por no caminar? ¿Y qué diremos de nosotros, cuando Dios nos ha dado el poder de la oración —un poder incomparable, lleno de bendición para nosotros y de misericordias para otros— y lo dejamos sin usar?

Si el universo fuera tan inactivo como nosotros, ¿qué sería de nosotros? Dios da luz al sol, y este brilla; da luz a las estrellas, y ellas resplandecen; da fuerza al viento, y sopla; da vida al aire, y este se mueve. Pero a su pueblo le ha dado un poder mayor que todos esos, y sin embargo lo dejamos inactivo, olvidando que lo poseemos y usándolo tan poco, aunque podría bendecir a multitudes incontables. Llora, cristiano.

Se cuenta que el emperador Constantino mandó acuñar su imagen de rodillas, en lugar de pie como otros emperadores, diciendo: “Así es como he triunfado.” Nunca triunfaremos hasta que nuestra imagen sea la de alguien que ora. La razón por la cual hemos sido derrotados es porque no hemos orado.

Vuelve a tu Dios con dolor, confiesa que, aunque estabas armado, retrocediste en el día de la batalla. Dile que si las almas no son salvas, no es porque Él no tenga poder, sino porque nosotros no hemos intercedido con intensidad por los pecadores. No hemos sentido en nuestro interior la carga por ellos como deberíamos.

Despierta, pueblo de Dios. Levántate y lucha en oración. Entonces vendrá la bendición: la lluvia temprana y la tardía de Su misericordia, y la tierra dará fruto, y muchos serán salvos. Mira hacia arriba y llora.

Pero mira también hacia arriba y alégrate. Aunque hayas fallado, Él sigue amándote. No has orado como debías, pero Él sigue diciendo: “Buscad mi rostro”. No te invita en vano. No has ido a la fuente, pero ella sigue fluyendo. No has mirado al sol, pero sigue brillando sobre ti. Dios sigue dispuesto a oírte.

Él dice: “Pregúntame sobre lo que ha de venir”. ¡Qué privilegio tan grande saber que el Señor está siempre dispuesto a escuchar!

Agustín explicó la parábola del hombre que tocó la puerta a medianoche diciendo: “Amigo, préstame tres panes.” Él decía: “Llamo a la puerta de la misericordia en plena noche. ¿Responderán los siervos? No, están dormidos. ¿Responderán los santos? No, descansan. ¿Responderán mis hermanos que ya partieron? No, reposan en Cristo. Pero aunque todos duerman, el Señor está despierto. Y aunque sea medianoche para mi alma, Él escucha y me da lo que necesito.”

Cristiano, alégrate: siempre hay un oído atento si hay una boca que clama. Siempre hay una mano dispuesta si hay un corazón preparado. Antes de que llames, Él responderá; mientras hablas, Él escuchará. No seas negligente en la oración.

Mira la oración no como una carga, sino como un poder real y un gozo verdadero. Así como los hombres se deleitan en usar las fuerzas que descubren, así tú deberías deleitarte en ejercer el poder de la oración.

Tienes un poder mayor que cualquier otro en este mundo. No lo dejes inactivo. Toma una petición grande, y lucha por ella en oración. Usa las promesas de Dios, apela a Su carácter, y verás si Él no responde.

Te desafío hoy a creerle a Dios plenamente. Acércate a Él con fe, presenta tus peticiones, y comprueba si no cumple Su promesa. Él te llenará de Su Espíritu, y te hará fuerte en la oración.

No puedo dejar de añadir estas pocas palabras antes de que se marchen. Sé que algunos de ustedes nunca han orado en su vida. Tal vez han repetido una forma de oración durante muchos años, pero nunca han orado verdaderamente ni una sola vez. ¡Ah, pobre alma! Debes nacer de nuevo, y mientras no nazcas de nuevo, no podrás orar como he descrito que debe orar el cristiano. Pero permíteme decirte esto: ¿anhela tu corazón la salvación? ¿Ha susurrado el Espíritu a tu alma: “Ven a Jesús, pecador, Él te escuchará”?

Cree ese susurro, porque Él te escuchará. La oración del pecador despertado es aceptable a Dios. Él escucha al quebrantado de corazón y lo sana. Lleva tus gemidos y suspiros a Dios, y Él te responderá. “Pero”, dirá alguno, “no tengo nada que presentar”. Entonces presenta lo que David presentó: “Perdona mi maldad, porque es grande”. Esa es tu súplica: tu pecado es grande. Y presenta también esa sangre preciosa, esa súplica poderosa: di, “Por amor de Aquel que derramó Su sangre”, y prevalecerás, pecador.

Pero no vayas a Dios pidiendo misericordia mientras sostienes tu pecado. ¿Qué pensarías de un rebelde que se presenta ante su rey pidiendo perdón con la daga aún en su cinturón y con la declaración de su rebelión en el pecho? No merecería perdón; más bien merecería mayor condena por burlarse de su señor mientras pretende buscar misericordia.

Si una esposa que abandonó a su marido regresara pidiendo perdón apoyándose en el brazo de su amante, ¿no sería eso una insolencia? Sin embargo, así ocurre contigo: pides misericordia mientras sigues en pecado, oras por reconciliación con Dios mientras alimentas tus deseos pecaminosos.

¡Despierta! ¡Despierta y clama a tu Dios! El peligro es real. La barca se acerca a la roca, y tal vez mañana se estrelle, y seas lanzado a la profundidad de la condenación eterna. Clama a tu Dios, te digo, y cuando lo hagas, abandona tu pecado, porque de otra manera Él no te escuchará.

Si levantas manos impuras, tu oración no tiene valor. Pero si vienes a Él y dices: “Quita toda iniquidad, recíbenos con gracia, ámanos libremente”, entonces Él te oirá. Y llegarás a orar con poder, como uno que prevalece delante de Dios, y un día estarás delante de Su trono como más que vencedor, en la presencia de Aquel que reina para siempre, Dios sobre todo, bendito eternamente.


Restablecidos.com ha realizado esta traducción para edificación del cuerpo de Cristo.

Jesucristo, Rey de reyes y Señor de señores
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