Dios es superior a todo, por eso debemos darle toda alabanza e imperio, al Creador de los cielos y la tierra, el mar y todo lo que existe.
Estemos agradecidos porque Dios es soberano y todo depende de Él, por eso todo pueblo, tribu y nación deben obedecer y rendir loor al Dios que vive y reina por los siglos de los siglos.
Su poder nos hace entender que de nadie más es la gloria y la alabanza, Su gran poder rodea toda la tierra y hace manifestar Su gran misericordia cada mañana. Este es nuestro Dios poderoso al cual todo ser humano debe arrodillarse y alabar Su nombre.
Palabras finales
Amados hermanos, que todo lo que hagamos, digamos o pensemos, sea para la gloria de Dios. No hay nada más grande ni más digno que vivir para honrar Su nombre. El ser humano muchas veces busca reconocimiento, aplausos o gratitud, pero el verdadero creyente sabe que todo mérito pertenece al Señor. Cuando entendemos que somos solo instrumentos en Sus manos, entonces nuestras acciones cobran un sentido eterno. El poder no proviene de nosotros, sino del Espíritu Santo que obra a través de nosotros para cumplir los propósitos del Padre.
En tiempos donde muchos usan el nombre de Dios para su propio beneficio, debemos recordar lo que dice el apóstol Pedro: “para que en todo sea Dios glorificado por Jesucristo”. Es decir, si predicamos, que sea Cristo quien brille; si servimos, que sea Su amor el que se vea reflejado; si ayudamos, que sea Su compasión la que se note. Todo acto de humildad, todo gesto de servicio y toda palabra edificante deben apuntar al Creador, no al hombre.
Glorificar a Dios no se trata solo de levantar las manos en un culto o de cantar alabanzas, sino de tener un corazón dispuesto a obedecer en cada área de nuestra vida. Se glorifica a Dios cuando perdonamos, cuando ayudamos a quien no puede devolvernos el favor, cuando resistimos la tentación, cuando hablamos con verdad, cuando servimos sin esperar recompensa. Cada acto de fidelidad es una ofrenda que sube como incienso agradable delante del trono de nuestro Señor.
Por eso, vivamos cada día reconociendo que todo lo que somos y tenemos proviene de Él. Si hoy tienes fuerzas, dale gloria. Si tienes talento, úsalo para Su honra. Si tienes palabra, que sea palabra de edificación. Recordemos siempre que al final de todas las cosas, solo Él será exaltado, y toda rodilla se doblará y confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre. Que en tu vida y en la mía, en todo, sea Dios glorificado por Jesucristo, a quien pertenecen la gloria, el honor y el imperio por los siglos de los siglos. ¡Amén!