El Evangelio que no Muere para un Año que Muere

“Porque aún siendo nosotros débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos.” — Romanos 5:6 (RVA)

Queridos amigos, cualquiera que sea la condición de un hijo de Dios, no está sin esperanza. Un creyente en el Señor Jesucristo puede ser probado duramente, de manera que sus aflicciones puedan multiplicarse y ser muy intensas; pero, aun en esa condición, tiene esperanza. No es posible que Dios lo abandone; su Dios lo ayudará. Si le sobreviniera lo peor y fuera abandonado completamente por los hombres, y no hubiera un camino de salida para sus tremendas dificultades, aun así, su Dios lo ayudará. No hay ningún motivo para tener miedo.

El argumento de nuestro texto es éste: puesto que el Señor Jesucristo nos salvó aún siendo nosotros impíos, y vino en nuestro rescate aún siendo débiles, no podríamos estar nunca en una peor condición que ésa; y si entonces hizo por nosotros lo máximo que podía hacer, es decir, morir por nosotros, no hay nada que Él no haga por nosotros ahora. De hecho, Él nos dará todo y hará cualquier cosa por nosotros, para guardarnos con seguridad y llevarnos hasta el fin. El argumento es que, si miramos hacia atrás, vemos el gran amor de Dios al ofrecer a Su amado Hijo por nosotros, cuando no había nada bueno en nosotros y éramos impíos; cuando no teníamos ningún poder para hacer nada bueno, porque éramos débiles. En una situación como ésa, aun en una situación como ésa, Cristo vino sobre las alas del amor y subió al madero sangriento para ofrendar Su vida por nuestra liberación. Por lo tanto, nosotros tenemos la confianza en que Él no nos negará nada de lo que necesitemos. Él se ha comprometido a trabajar por nuestra eterna salvación y no se verá impedido de lograrlo. Él ha hecho ya demasiado por nosotros como para arrepentirse de Su propósito; y aun en nuestra peor condición, aunque estemos en esa condición esta noche, podemos apelar a Él confiadamente, y estar completamente seguros de que Él nos llevará a las alturas del gozo y la seguridad. Ése es el sentido del texto y del sermón esta noche.

Hay tres grandes temas de consolación sugeridos por el texto. El primero está en las palabras “Cristo murió por los impíos“. El segundo está en el versículo Cristo murió por nosotros, “aun siendo nosotros débiles”. Y hay una rica vena de consuelo en la tercera frase: Cristo murió por nosotros “a su tiempo”. “A su tiempo Cristo murió por los impíos.” El tiempo es a menudo un elemento muy importante cuando uno está en problemas. Justo a tiempo, Cristo vino a liberarnos, y eso hará nuevamente.

I. El primer punto de consuelo en nuestro texto es éste: Si algún hijo de Dios, hoy, se encuentra dolorosamente consternado y doblegado a causa de algún problema, imaginando que Dios lo va a abandonar, mejor que primero medite en estas palabras: “CRISTO MURIÓ POR LOS IMPÍOS.”

Me gustaría que esta frase fuera puesta en las esquinas de cada calle, “Cristo murió por los impíos”. Me temo que eso generaría muchas observaciones al respecto. Muchos la patearían con indignación, pero habría otros que darían saltos de gozo al verla. “Cristo murió por los impíos.” ¿Realmente quiso decir eso? La noción común, que generalmente no se expresa en tantas palabras, pero que se alberga en muchas mentes, es que Cristo murió por la gente piadosa, que Cristo murió por los buenos; pero el texto dice “Cristo murió por los impíos”. “Fiel es esta palabra y digna de toda aceptación: que Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores.” Repito que la noción común, creída aunque inexpresada, es que Cristo vino al mundo para salvar a los santos. Esto no es verdad. Él vino al mundo para salvar a los pecadores, o, para recurrir nuevamente a las propias palabras del texto, “Cristo murió por los impíos”. Recuerdo haber leído acerca de una joven mujer que durante mucho tiempo había padecido angustia de conciencia, pero finalmente encontró consuelo en una oración dicha por el señor Moody Stuart, que citaba las palabras de mi texto, “Cristo murió por los impíos”. Nunca antes la joven mujer había entendido esa idea; siempre había tratado de encontrarse algo bueno, y pensaba que si pudiera identificar alguna cosa buena en sí misma, entonces sabría que Cristo murió por ella; pero fue como una nueva revelación cuando entendió verdaderamente que Jesucristo vino al mundo para salvar a pecadores, que “murió por los impíos”.

Esto debe ser cierto, ya que la Escritura lo establece claramente: “Cristo murió por los impíos.” Debe ser cierto, ya que, en primer lugar, no había nadie más por quien morir, sino los impíos. En la misma Epístola, Pablo afirma que toda la humanidad, tanto judíos como gentiles, están bajo pecado, pues está escrito: “No hay justo ni aun uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios. Todos se apartaron, a una fueron hechos inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno.” El apóstol resume todo con una condenación que abarca a todos: “No hay justo ni aun uno.” Por tanto, si Cristo murió por alguien, debe haber muerto por los impíos, ya que toda la raza humana ha degenerado a esa condición; y ése es el estado por naturaleza de cada hombre que es nacido de mujer. Algunos son abiertamente impíos. Algunos son religiosamente impíos, que es una condición muy peligrosa, ya que es engañosa, porque tiene la forma de piedad, pero niega su poder. Entonces, este primer punto está muy claro: Cristo debe haber muerto por los impíos, ya que no había nadie más por quien morir.

Seguidamente, sólo los impíos necesitaban que Él muriera por ellos. Si tú eres piadoso, si tú eres bueno, si has guardado perfectamente la ley de Dios, ¿qué tienes que ver con Cristo? Ya eres salvo; de hecho, no estás perdido y, por tanto, no necesitas la salvación. Si has guardado todos los mandamientos desde tu niñez, muy bien puedes decir: “¿Qué me hace falta?” Si eres tan bueno que difícilmente puedas ser mejor, y tienes el más respetable traje de justicia propia para presentarte ante Dios, yo pregunto nuevamente: ¿qué tienes que ver con Cristo? ¿Por qué tenía Él que morir por un hombre que no tiene ningún pecado que necesite ser lavado? ¡Oh, ustedes, justos con justicia propia, miren las chispas de su propio fuego, ya que Cristo no encenderá ningún fuego por ustedes! ¡Oh, ustedes que creen que su propio carácter ya es lo que debe ser, y cuya esperanza descansa en esa falacia!, repito, ¿por qué habría Cristo de ser médico de quienes no están enfermos? ¿Por qué habría de dar limosnas a quienes no son pobres? ¿Por qué habría de ofrendar su vida por el pecado de quienes no tienen ningún pecado? “Cristo murió por los impíos”, porque nadie sino los impíos necesitaban que muriera por ellos.

Hay un punto que debemos enfatizar: Cristo ciertamente murió por los impíos. Su forma de muerte fue precisamente la que los impíos merecían; Él murió sentenciado por la ley, murió clavado en un madero, murió la muerte de un malhechor, en medio de dos ladrones. Murió en la oscuridad, clamando: “¡Dios mío!, ¡Dios mío!, ¿por qué me has desamparado?” Él no murió por haber pecado Él mismo, sino murió como los pecadores deben morir, ya que cargó sobre Sí los pecados de los impíos; y al sustituirlos, sintió el azote de Dios que debía haber caído sobre los impíos. ¿Dije el azote? Él sintió la espada de Dios que debía haber acabado con los impíos, tal como está escrito: “¡Levántate, oh espada, contra mi pastor y contra el hombre compañero mío”, dice Jehová de los ejércitos! Cristo ciertamente murió por los impíos. Nos dicen que murió para confirmar Su testimonio, y, al respecto, su muerte no es diferente de la muerte de cualquier mártir que muere para confirmar su testimonio. Pero el texto dice: “Cristo murió por los impíos.” Dicen algunos que murió al completar su vida, lo cual han hecho muchos hombres buenos, y en ese sentido la cruz no tiene preeminencia; pero el versículo dice: “Cristo murió por los impíos”, y debemos creer firmemente que es verdad. “Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.” “El castigo que nos trajo paz fue sobre Él, y por sus heridas fuimos nosotros sanados.” Algunos dan la vuelta y dicen: “Ésa es tu teoría de la expiación.” Perdónenme, ésa es la expiación.

No es una teoría en lo absoluto; y no hay ninguna otra expiación, sino la de Cristo en sustitución del impío. Él murió, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Ésta es la única y verdadera doctrina de la expiación; y todo aquel que la reciba será confortado por ella, pero todo aquel que la rechace, lo hace a riesgo de su propia alma. “Cristo murió por los impíos.” No puedo decir palabras más sencillas que las que Pablo, inspirado por el Espíritu Santo, ha escrito. Allí están ante nosotros: “Cristo murió por los impíos.”

Ahora, pues, quiero que ustedes, que son el pueblo de Dios, tomen el argumento que hay en esta verdad. Si Cristo llevó a cabo este acto de coronación al morir por los impíos, ¿piensan que Él rechazaría alguna vez al hombre que tiene paz con Dios? Lean su versículo nuevamente: “Habiendo sido justificados por la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.” Ahora bien, si Él murió por ti cuando no tenías paz con Dios; cuando, de hecho, no tenías ningún Dios; cuando eras impío, esto es, sin la influencia de Dios; cuando eras enemigo de Dios haciendo obras perversas; si Cristo murió por ti entonces, ¿no te salvará ahora? Si sientes dentro de tu corazón, hoy, una dulce reconciliación con Dios tu Padre celestial, entonces, no importa cuál sea tu problema, no pienses que Dios pueda abandonarte. No importa la profunda depresión de tu espíritu, no pienses que Dios pueda abandonarte. Él, que murió por ti cuando eras impío, ciertamente te salvará ahora que tienes paz con Dios por medio de Él.

Más aún, cuando hayas leído esas palabras del primer versículo, “Tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo”, continúa leyendo el segundo: “Por medio de quien también hemos obtenido acceso por la fe.” ¡Entonces, tú eres uno de esos que pueden acudir a Dios cuando quieras, y hablarle como un hombre habla a su amigo! Por la fe, tienes el permiso de acudir a Dios en la oración y en la alabanza, y caminar con Dios en la luz, ya que Él está en la luz. Por favor, querido amigo, si Cristo murió por ti cuando estabas muerto, cuando eras impío, ¿te dejará, podrá dejarte ahora que te ha permitido el acceso al Padre por medio de Él mismo? Entras y sales de su casa como el hijo nacido en ella; y si te amó de tal manera que murió por ti cuando eras un extraño para Dios, ¿piensas que te abandonará ahora que tienes el acceso a Dios por medio de Él?

Prosigue y encontrarás que está escrito: “Y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.” Apenas hace poco, tú lo sabes, no tenías esperanza de gloria; no esperabas llegar al cielo algún día. ¡Qué pobre alma eras, tu gloria era tu vergüenza; tu gloria era el placer y las ganancias del mundo! Pero ahora, tú “te regocijas en la esperanza de la gloria de Dios”. Dios te ha dado esa buena esperanza a través de la gracia. Algunas veces, cuando todo te sale bien, te subes a la cima del Monte Claro, y mirando hacia la Ciudad Celestial, te parece que casi ves su luz. Algunas veces, cuando tienes el viento a tu favor, has escuchado algunas notas perdidas de las arpas de los ángeles, y has deseado estar entre ellos. Algunos de ustedes saben que la esperanza de gloria a menudo se ha encendido en sus corazones; entonces, pues, amados, si el Señor les ha dado esa esperanza, ¿podrá fallarles? Si Cristo murió por ustedes cuando no tenían ninguna esperanza, cuando no querían tener una esperanza, cuando eran impíos, piensen en el peso de este argumento para ustedes que se gozan en la esperanza de la gloria de Dios. Es más poderosa que miles de poderosos martillos, porque convierte en añicos cualquier duda. El que murió por los impíos ciertamente salvará a aquellos que tienen una buena esperanza del cielo.

Además, ustedes están ahora tan lejos de ser impíos, que el amor de Dios es derramado abundantemente en sus corazones por medio del Espíritu Santo que les ha sido dado. Ustedes saben que esto es así; sienten que Dios los ama. Si no lo sienten hoy, lo han sentido antes. Se han dado cuenta del amor de Dios en sus corazones, como si se hubiese abierto un frasco de perfume de esencias de rosas y el perfume hubiese llenado todo su espíritu. Ustedes se dijeron “Jesús me ama”. Y han sentido gozo en extremo con ese pensamiento, y también dijeron: “Yo sé que lo amo.” Han sentido los movimientos de su espíritu como los témpanos de hielo que se derriten en la primavera. Todo arroyuelo que había estado congelado dentro de su naturaleza, ha dado saltos de graciosa libertad bajo la luz del sol del divino amor. Ahora, pues, ¿piensan que el Señor les ha enseñado alguna vez a amarle y les ha mostrado Su amor, y aun así les ha de olvidar? Me dirán ustedes: “¡Oh señor, usted no sabe cuán terrible es mi prueba!” No, la verdad no sé; pero su Padre celestial sí sabe, y si Él los amó cuando todavía eran impíos, ¿los hará a un lado ahora que ha derramado con plenitud Su amor en el corazón de ustedes? “¡Oh, pero he perdido mi sustento de pan! No sé de qué voy a vivir.” No, pero tienes al Dios vivo del cual depender; y, después de dar a su Hijo para salvarlos, ciertamente les dará el pan; no les dejará morir de hambre. “¡Ah, pero mi querido señor, el amado de mi corazón ha muerto! En el cementerio está enterrado quien fue objeto de todos mis amores.” ¿Así es la cosa? Yo pensé que quien fue objeto de tus amores se había ido arriba a la diestra del Padre. ¿No es así? “¡Ah, eso no es lo que quiero decir, señor! Quiero decir que perdí a alguien a quien amaba tiernamente.” Sé que lo perdiste, pero, ¿piensas que el Señor te ha dado la espalda porque ha permitido que te sobrevenga esta prueba? ¿Puede abandonar alguna vez a aquellos por quienes murió? Y si murió por ellos cuando eran impíos, ¿no vivirá ahora para aquellos en cuyos corazones ha derramado abundantemente Su amor por medio del Espíritu Santo? No puedo resolver esto por ustedes; quiero que vayan a casa y lo resuelvan ustedes mismos. Si alguno de ustedes se encuentra abatido, aquí está la primera fuente que conforta, donde pueden beber a grandes sorbos del divino consuelo: “Cristo murió por los impíos.” Ciertamente Él ayudará a aquellos que confían en Él.

II. Ahora acudimos a una segunda fuente, para ver si también podemos extraer aguas de consuelo de ella. De conformidad con nuestro texto, CRISTO MURIÓ POR NOSOTROS “AÚN SIENDO NOSOTROS DÉBILES”.

Aquí solamente debo mencionar una palabra o dos, ya que el tiempo no permitiría elaborar más. Primero, nos encontrábamos naturalmente en una condición perdida a consecuencia de la caída, cuando vinimos a este mundo, y vivimos en él durante muchos años “siendo débiles” para hacer lo que es justo. Cuando comenzamos a despertarnos un poco a los pensamientos de Dios y de las cosas divinas, escuchamos la predicación de la verdad, pero aún no teníamos poder de ir ni siquiera al Evangelio. Nos exhortaban al arrepentimiento, pero nuestro duro corazón no producía las aguas del arrepentimiento. Nos exhortaban a creer en Cristo; pero era lo mismo que si el predicador hubiera mandado a los muertos que resucitasen de sus tumbas. Cristo nos había sido presentado en toda su belleza, pero nuestra ceguera era tal, que no alcanzábamos a apreciar su encanto. El pan de vida estaba servido en la mesa frente a nosotros, pero era tal nuestra obstinación que no creíamos que fuera pan y, por lo tanto, no comíamos de él. “Éramos débiles.”

Y más adelante, cuando ya tuvimos voluntad y el Señor comenzó a trabajar en nosotros por Su gracia, tuvimos la voluntad de arrepentirnos y de ir a Cristo; sin embargo, no teníamos las gracias que ahora son nuestra fortaleza. Recuerdo muy bien cuando tenía que decir: “Querer está presente en mí, pero no sé cómo hacer lo que es bueno.” “Quiero, pero no puedo arrepentirme; quiero, pero no puedo creer.” Tenía una roca en mi corazón; una piedra estaba colocada sobre la boca del pozo del consuelo. “Éramos débiles.” Pero cuando nos encontrábamos en ese lamentable estado, sin ninguna de esas gracias que ahora son nuestra fortaleza, sin ninguno de esos santos frutos del Espíritu que son ahora la fuente de nuestro consuelo, aun entonces, “cuando aún éramos débiles”, Cristo murió por nosotros. Cuando cada tendón y cada hueso estaban rotos, y todo poder aniquilado, y la vida misma se había evaporado -pues estábamos muertos en delitos y pecados-, aun así Cristo murió por nosotros. Pues bien, hermanos, eso es cierto. ¿Lo creen así? Quiero que entiendan el argumento de esta verdad: si el Señor Jesús nos amó lo suficiente para morir por nosotros cuando estábamos totalmente sin ninguna fuerza, entonces ciertamente nos salvará ahora que nos ha dado fuerzas.

Sólo miren y vean qué clase de fuerza nos ha dado Él. De acuerdo con el texto, nos ha dado paz. ¡Cuánta fuerza poseen aquellos que tienen paz con Dios! Todo lo puedo cuando sé que Dios está de mi lado. Ahora bien, si Él me dio la fuerza que proviene de la confianza depositada en Él y de la perfecta reconciliación con Él, ¿permitirá ahora que el enemigo me destruya? No puede ser.

Además de paz, nos ha permitido el acceso a Él. ¡Cuánta fortaleza hay cuando se puede acudir a Dios en oración! Por medio de la fe, podemos ir a Dios en cualquier momento de necesidad. Estoy en capacidad de ir a mi Padre celestial, contarle todos mis problemas y echar mis cargas sobre Él, y si Su Hijo murió por mí cuando aún era débil, ¿me abandonará ahora que recurro a Él en oración? ¡Oh amados, eso es imposible! No puedo imaginar que Él se vuelva en contra de nosotros.

Más aún, de conformidad con el tercer versículo, Él ahora nos ha dado paciencia. Hemos tenido muchos problemas, pero esos conflictos nos han dado paciencia. El Señor sabe que en una época no tenían ninguna paciencia; al igual que bueyes que no están acostumbrados al yugo, ustedes pateaban cada vez que Él los golpeaba; pero ahora controlan a menudo su lengua y con quietud reciben la vara de castigo. La paciencia es una gran fortaleza para el hombre, para la mujer, para quien sea; si pueden ser pacientes, entonces ustedes son fuertes. Pues si Cristo los amó de tal manera que los compró con Su sangre cuando aún eran impacientes, les ha dado esta fortaleza para poder ser pacientes bajo Su mano, y ¿piensan que Él los destruirá?

Y además de la paciencia, Él les ha dado mucha experiencia. Me dirijo a tantos y tantos del pueblo de Dios aquí presentes que son experimentados cristianos; ustedes han subido al monte y bajado al valle, ustedes han probado y comprobado la fidelidad de Dios, han conocido por experiencia sus propias debilidades y su propia locura, pero también conocen la fidelidad y la fortaleza de Dios. ¿Creen que el Señor les ha dado toda esta experiencia y que después tenga en mente hacerse el desentendido? ¿Piensan que Dios da para después quitar, como los niñitos hacen en sus juegos? ¡Qué! ¿Los ha puesto en medio de todas estas marchas y los ha ejercitado de esta manera, y ahora los va a echar de su ejército? No, no; no piensen nada de eso. Él, que les ha dado paciencia y experiencia, los preservará hasta el fin.

Y además de eso, Él les ha dado esperanza, ya que la paciencia engendra experiencia; y la experiencia, esperanza; una esperanza que no avergüenza. ¿Te ha dado Dios realmente una esperanza? “¡Oh!” -dice alguien- “a veces es una esperanza muy débil.” Sí, ¿pero es esperanza en Cristo? ¿Esperas en su misericordia? Entonces recuerda este texto: “El Señor se goza en aquellos que le temen, en aquellos que esperan en su misericordia.” La más pequeña esperanza, si viene de Dios, sin importar cuán débil sea, es mejor que la presunción más orgullosa que provenga de la justicia propia. Si el Señor Jesús te ha dado una esperanza en su sangre, una esperanza en su intercesión, una esperanza en su fidelidad eterna, ¡ah, créeme!, si te amó cuando no tenías ninguna esperanza, nunca te rechazaría ahora que tienes una esperanza que Él mismo te ha dado.

Solamente algo más sobre este mismo punto. Leemos en el quinto versículo:”el Espíritu Santo que nos ha sido dado”. Escúchenme por favor. Si cuando aún estábamos débiles, Cristo murió por nosotros, ¿no nos salvará ahora que nos ha dado al Espíritu Santo? Piénsalo, cristiano. El Espíritu Santo ha venido a morar en ti, pobre y despreciado, o ignorante y desconocido, pero a pesar de eso en ti mora el Espíritu de Dios. Ese cuerpo tuyo es un templo; ésa es la palabra de Dios, no la mía: “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que mora en vosotros?” Ahora, pues, si Cristo te compró con su sangre cuando aún no eras templo, sino un lugar manchado -no sé a qué vil cosa compararte-, ¿permitirá que te doblegues ahora que Él te ha convertido en un templo, y el Espíritu Santo ha venido a morar en ti? Sé que debo estar dirigiéndome a alguien con graves problemas hoy; estoy seguro que así es, mi alma sabe que me estoy dirigiendo a un verdadero hijo de Dios al borde de un precipicio, llevado a los límites del dolor. Querido amigo, cree en tu Dios; no permitas que te invada ninguna duda acerca de Él. El Hijo de Dios murió por ti en la cruz cuando eras impío y débil; y no puede ser, ni debe ser, ni llegará a ser, que Él tenga el menor deseo de desecharte, ni que su amor por ti cambie en lo más mínimo. Mi hermano, yo te diría sobre tu problema de hoy, lo que Esperanza le dijo a Cristiano cuando se encontraba en el río de la muerte y gritaba “me hundo en aguas profundas”. Esperanza le dijo: “Mantén tu buen ánimo, mi hermano, porque puedo tocar el fondo y es bueno.” Yo puedo tocar el fondo hoy, mi hermano, aun si tú no puedes hacerlo; es bueno el fondo, y nunca podrías ser arrastrado más allá, si tú estás confiado en Jesús. Él, que te ha traído al agua, si hace que la marea suba hasta tu barbilla, también te enseñará a nadar. Cuando ya no puedas caminar más hacia delante, encontrarás agua donde podrás nadar, y no existen aguas lo suficientemente profundas para que un hijo de Dios se ahogue en ellas. Podrás bajar hasta la tumba, pero nunca podrías ir más abajo. “Abajo están los brazos eternos.” Siempre hay alguien que está listo a levantarte cuando estás sumergido en las peores circunstancias y pruebas. Por lo tanto, anímate. Glorifica a Dios en el fuego y ten la absoluta certeza de que quien se entregó a la muerte por ti; nunca habrá de perderte, sino que te preservará hasta el fin.

Ahora voy a tocar el último punto, que también está lleno de consolación. Pienso que acabo de escuchar a alguien suspirar profundamente y decir: “¡Ah! Puede ser como tú dices, todo eso puede ser verdad, y confío que así sea, pero me encuentro en tal problema que, si no consigo ayuda directa, estaré arruinado. Tengo que gritar: ‘Date prisa, Oh Dios, date prisa en mi ayuda!’ Quiero un Dios que pueda hacer lo que hizo el Dios de David cuando ‘Cabalgó sobre un querubín y voló; se remontó sobre las alas del viento'”. Ese es el tipo de Dios que necesitas; sí, y ése es el tipo de Dios que tienes. Vendrá volando para liberarte, tal como te lo demostraré ahora.

III. He aquí la tercera fuente de consolación: CRISTO MURIÓ POR NOSOTROS A SU TIEMPO. “A su tiempo Cristo murió por los impíos.”

No puedo decirles cuánta médula he encontrado en este hueso: “a su tiempo Cristo murió por los impíos”. Me parece que la enseñanza de este versículo es algo como esto. En primer lugar, significa que Cristo murió por nosotros cuando la justicia requirió su muerte. Supongamos que yo debiera algo; gracias a Dios no debo nada, pero supongamos que tuviera una deuda muy grande, la cual debe pagarse -digamos- el martes de la próxima semana por la mañana, y tengo un amigo que ha tomado la responsabilidad de pagarla por mí. El pagaré se vence a las doce del día, y él me dice que lo pagará por mí. Ahora supongamos que mi amigo va el miércoles por la mañana y paga el total. ¡Qué bueno de su parte! Sin embargo, yo pierdo mi reputación, ya que las responsabilidades no fueron canceladas a su debido tiempo. No pude cumplir con el vencimiento del pagaré a las doce del día del martes. Cierto, sólo fue un retraso de veinticuatro horas; pero aun así, ya no tengo la reputación que tenía en la actividad en que me desenvuelvo; me he convertido en un pagador moroso. Ahora, me gusta pensar en este hecho, que yo, un pobre pecador, hundido en deudas hasta la coronilla frente a la justicia de Dios, no solamente le he pagado todo por medio de mi gran Fiador, sino que le he pagado a tiempo. “A su tiempo Cristo murió por los impíos.”

Este versículo también quiere decir que Cristo murió a su tiempo por cada creyente. En el Libro de los Recuerdos de Dios no hay ninguna reclamación por demoras o retrasos en contra de ningún creyente pecador. No hay ninguna nota allí que diga “el Fiador de este pecador murió fuera de tiempo”. No, sino que, cuando la justicia demandó el pago de la deuda, la justicia recibió el pago total de la amada mano que fue clavada en la cruz por mí. “A su tiempo Cristo murió por los impíos.” Fue el tiempo establecido en el decreto eterno, fue el tiempo acordado en el eterno consejo de la gracia; y Cristo estaba allí a la hora exacta. Subió al madero en el día prefijado para terminar con la transgresión y poner fin al pecado, y para traer la justicia eterna. Él hizo expiación por los impíos y murió por ellos, “a su tiempo”.

Bien, ¿se dan cuenta hacia dónde me dirijo? Quieren ayuda, dicen ustedes, quieren ser liberados; muy bien. La ayuda más grande que ustedes han necesitado alguna vez es que alguien se levante y sirva de intercesor a favor de ustedes y pague todas sus deudas a la justicia infinita, tal como el Señor lo hizo, y lo hizo en el momento preciso, “a su tiempo”. Por lo tanto, ¿acaso no los ha de liberar a su debido tiempo?

Además, Él les ha dado paciencia: “La tribulación produce perseverancia.” Él les ayudará antes de que se acabe su paciencia. “No puedo aguantar más”, dice alguien. No tienes necesidad de aguantar más. El Señor viene en camino para liberarte; y antes de que se acabe del todo la paciencia que la gracia te ha dado, Él vendrá a ti.

Lee la siguiente frase: “Y la perseverancia produce carácter probado.” Tu experiencia, para que te sea útil, tiene que ser dolorosa; si no es dolorosa, no será ya más una experiencia beneficiosa para ti. Recuerda cómo Pablo escribe en la misma carta: “Y sabemos que Dios hace que todas las cosas ayuden para bien a los que le aman, esto es, a los que son llamados conforme a su propósito”; y si Él te ha llamado, permitirá que sufras hasta tanto que tu experiencia del sufrimiento te sea para bien, pero no más; a su tiempo Él te sacará de esa experiencia dolorosa.

Y Él te sacará de allí antes que tu esperanza sea avergonzada. Lee de nuevo esas palabras: “Y el carácter probado produce esperanza. Y la esperanza no acarrea vergüenza.” El Señor no permitirá que tu problema se prolongue tanto que debas decir “yo fui engañado; debo dejar de ser cristiano”. Dios no te abandonará a la hora de la necesidad. Él te ayudará a su debido tiempo, antes que tu esperanza moribunda exhale su último suspiro. Ten ánimo acerca de esto.

Y Él vendrá y te ayudará mientras tu amor aún permanezca. ¿No te escuché decir “aunque me mate, aun así confiaré en Él. Me puede azotar, pero aún soy su hijo, y lo amo, y voy a besar su mano, y su vara también”? Bien, bien, si ése es tu lenguaje, Él tiene que venir para ayudarte a su tiempo; Él tiene que liberarte antes que tu amor sea borrado de tu corazón.

Sí, y déjame decirte que, aunque estás débil ahora, Él, que murió por ti cuando aún eras débil en el pleno sentido de la palabra, vendrá para ayudarte. Doy gracias a Dios hoy, al igual que lo he hecho tantas veces, por traerme tan grandes tribulaciones. A veces, mi vida ha sido muy tranquila durante años. Recuerdo haberme dicho a mí mismo alguna vez: “Bien, en tiempo pasado, durante las grandes necesidades del Colegio de Pastores y del Orfanato, he experimentado milagros maravillosos de liberación. En ese entonces parecía pisar, como un gigante, desde la cima de una montaña hasta la otra, pasando sobre los valles; y ahora camino simple y tranquilamente por los valles.” Casi he deseado ver otra gran montaña y otro gran precipicio abierto abajo, para poder ver lo que Dios va a hacer; ¡y me ha sucedido! Durante los dos últimos años, aunque he hablado muy poco acerca de esto, he tenido muchas grietas abiertas frente a mí. Daba la impresión que el hielo se iba a partir, y he mirado hacia abajo, a las profundidades azules; pero he seguido adelante con paso firme, y Dios ha hecho mi camino tan fácil, como si hubiese sido un camino sobre un terreno con el pasto recién cortado. Es algo glorioso tener un gran problema, una gigantesca ola del Atlántico, que te saca de balance y te arrastra mar adentro y te arroja a las profundidades, a las cuevas más escondidas del viejo océano, hasta llegar al fondo de las montañas y ver allí a Dios, y después sales a la superficie y proclamas cuán grande es Dios, y con cuánta gracia Él libera a su pueblo. Él te liberará, Él debe liberarte. El argumento del texto es éste: “a su tiempo Cristo murió por los impíos“; por lo tanto, a su tiempo Él debe ayudar al piadoso.

Ahora voy a terminar haciendo dos observaciones. La primera es que el Evangelio de los pecadores es el consuelo de los santos. Si alguna vez, ustedes los santos quieren un poco de consuelo verdadero, solamente deben ir a Dios como pecadores. No pienso que haya nada mejor o más sabio, cuando quieran ser sólidamente alegrados, que comenzar de nuevo donde empezaron la primera vez. Cuando el diablo me dice “tú no eres un santo”, yo le respondo “tú tampoco lo eres”. “¡Ah! -me dice él-, tú eres un engañador”; yo le contesto “tú también”. “¡Ah! -me vuelve a decir él-, pero tú estás equivocado, tu experiencia ha sido un engaño, tú no eres un hijo de Dios.” “¿Qué soy, entonces? Dímelo, ya que sabes tanto acerca de mí.” “Tú eres un pecador”, dice él. “¡Muy bien, Satanás! Te doy gracias por estas palabras, porque Jesucristo vino al mundo para salvar a pecadores.” Así comienzo yo de nuevo; y si tú comienzas de nuevo de la misma manera, encontrarás a menudo que éste es un buen atajo para llegar al consuelo. Si se trata de un cuestionamiento entre el diablo y tú acerca de si eres un santo o no, tendrás una dura batalla que librar, déjame decirte. Alguno de ustedes podrá decir “yo sé que soy un santo”. Bien, bien, bien, “deja que otro hombre te alabe y no tu propia boca; un extraño, y no tus propios labios”. “¡Oh!, pero yo lo sé”, dice otro. Muy bien, sigue adelante con esa creencia; pero si el diablo te mete alguna vez en el mismo tamiz en el que zarandeó a Pedro, me pregunto si sabrás dónde están tus pies o tu cabeza. Bajo una fuerte tentación, pronto comenzarás a dudar hasta de tu propia existencia. En vez de discutir el tema de tu santidad con Satanás, quien es un viejo abogado y conoce muchas cosas que tú desconoces, mejor di “no voy a discutir si soy un santo o no; soy un pecador, y Jesucristo vino al mundo para salvar pecadores”.

Creyente, cuando tú eras un niño, tenías la costumbre de beber agua en cierto pozo. ¡Cuán fría y refrescante era esa agua! Cuando tengas mucha sed y las cisternas estén sin agua, ve otra vez a ese viejo pozo y sorbe las aguas vivas allí. Yo necesito hacer eso, de vez en cuando. Mientras doy gracias a Dios por los gozos presentes y las dulces experiencias de comunión con Él, me gusta volver al viejo pozo y simplemente beber de él como bebí al principio. Recuerdo cómo bebí la primera vez de ese pozo, “¡Mirad a mí y sed salvos, todos los confines de la tierra!” Pienso que bebí tanto esa vez que yo era como Behemot, quien confiaba en poder absorber todo el río Jordán en su trompa. Había mucho en ese texto; pero no había demasiado para mí, y yo parecía sorberlo completamente. ¡Les recomiendo que hagan lo mismo!; ¡tomen un gran sorbo de la gracia de Dios hoy, sedientos hijos de Dios! Inclínense, con sus bocas sobre el pretil del pozo, ya que las aguas vivas vendrán directamente a sus labios, y luego beban como las vacas beben en el verano, todo lo que puedan tragar; y prosigan su camino con gozo.

El Evangelio de los pecadores es el consuelo de los santos. Ésa es una observación. La otra es ésta: el consuelo de los santos es el Evangelio de los pecadores; ya que, si el Señor ha hecho grandes cosas por cualquiera de Su pueblo, ¿qué razón hay, pobre pecador, para que no pueda hacer lo mismo por ti? Si el Señor Jesucristo ha amado a Jacinto Hernández, ¿por qué no habría de amar a Conchita Hernández? Y si el Señor Jesucristo ha salvado a Tomás González, ¿por qué no habría de salvar a Cristóbal González? Hablo en serio, ya que Él no nos ama porque haya algo de valor en nosotros, sino simplemente porque Él ha decidido amarnos, como está escrito: “Tendré misericordia de quien tenga misericordia, y me compadeceré de quien me compadezca.” Por tanto, ¡ustedes pueden venir, ustedes, culpables, al Soberano Dador de misericordia no merecida, y tocar el cetro de plata de su gracia, y ser salvos hoy! ¡Que su dulce Espíritu los traiga! Que nadie de nosotros pregunte si somos santos o pecadores, sino vayamos todos juntos, vayamos en masa a la cruz, volemos todos al Calvario, y estemos allí y veámoslo a Él, el eterno Hijo de Dios, sangrando y muriendo sobre el madero, y creamos todos ahora que Él puede, que Él quiere y que Él salva; más aún, que Él ha salvado nuestras almas. ¡Que el Señor nos dé Su gracia para lograrlo, para gloria de Su nombre! Amén.