La confianza que sentían hacia Dios aquellos hombres del antiguo testamento nos llena de gran inspiración. A pesar de todas las batallas que tenían que pelear y todos los enemigos que solían tener, ellos mantenían su confianza en Dios como una llama ardiente la cual nunca se apagaba, y es bueno que sepamos de estos hombres, de su historia, de sus escritos en la Biblia, para que nosotros también podamos llegar a tener una confianza plena en el Señor Jesucristo.

Veamos, el salmista dijo:

1 Te amo, oh Jehová, fortaleza mía.

2 Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador;
Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré;
Mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio.

3 Invocaré a Jehová, quien es digno de ser alabado,
Y seré salvo de mis enemigos.

Salmo 18:1-3

Estos hombres de Dios aprendieron a sacar fuerzas de donde no había, pero esto lo hacían porque en el fondo, en su corazón, tenían una confianza indestructible. Por eso la Biblia dice que los que confían en Dios son como el monte de Sión que no se mueve sino que permanece para siempre. Esta es la verdadera confianza de un hombre y de una mujer de Dios, que saben decir que Jehová es su fortaleza aun en el momento más difícil de sus cortas vidas.

Aquellos quienes confiamos en Dios sabemos que en la tempestad Dios es nuestro refugio, que ante los flechazos de la vida Jehová es nuestro escudo, que ante las fuertes tormentas Jehová es nuestro refugio.

Confiemos en Dios con todo nuestro corazón, pongamos nuestros corazones en sus preciosas manos, pues, como un día pronuncié en el momento que me tocaba montarme en un avión: “Si Dios sostiene el universo, cuánto más sostendrá un pedazo de acero en el cielo”. ¡Gloria a Dios!

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