Quizá el día de hoy amaneciste con lágrimas en los ojos y sin deseos de levantarte para enfrentar el mundo, pensando en ese dolor profundo que algo te ha causado, ya sea la muerte de un ser querido, la enfermedad o cualquier otra circunstancia de la vida. Estos son problemas que tarde o temprano nos llegan y obviamente debemos estar aferrados a algún tipo de promesa para poder superarlos. Espero que el día de hoy puedas recobrar aliento a através de estas palabras.

La Biblia está llena de promesas para los creyentes, promesas reales que Dios ha de cumplir en su debido momento y nosotros debemos ser conocedores de ellas, no para exigirle a Dios, sino para saber qué en realidad estamos esperando y a la vez poder reposar en ellas. No hay nada mejor como reposar en las promesas de Dios, puesto que sabemos que se cumplirán, no como aquellas promesas de los hombres, que en realidad no sabemos sí se cumplirán, pero, cuando Dios promete, la promesa se cumple porque se cumple. ¡Gloria a Dios!

Juan declaró lo siguiente:

1 Vi un cielo nuevo y una tierra nueva; porque el primer cielo y la primera tierra pasaron, y el mar ya no existía más.

2 Y yo Juan vi la santa ciudad, la nueva Jerusalén, descender del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido.

3 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios.

4 Enjugará Dios toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron.

Apocalipsis 21:1-4

Vivimos en un mundo lleno de dolores, enfermedades, guerras, enemistades y mil cosas más, en un mundo totalmente caído, un mundo sin Dios. Pero nosotros no somos como aquellos que viven la vida por vivirla, sin ninguna siembra para la eternidad, nosotros no podemos acostumbrarnos a este mundo, ya que que no pertenecemos a él. La Biblia nos dice en el libro de los Hebreos que aquellos grandes héroes de la fe no se acostumbraron a este mundo, porque ellos esperaban en un cielo eterno. A nosotros se nos ha sido prometido pasar de una tierra llena de dolores y tribulaciones a una nueva Jerusalén donde no tendremos las necesidades de este mundo.

El versículo tres sí que es una promesa que hace que salga el sol para nosotros en medio de la oscuridad, Juan dice: “He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios”. Cierto personaje bíblico dijo: ¿Quién es el hombre para que tengas memoria de él? Honestamente no somos nadie para que un Dios tan santo y tan grande se incline ante nosotros, sin embargo, Él en su eterno amor decidió morar entre nosotros y nos ha dado promesas de que un día estaremos siempre delante de Él, no por un día  una semana, sino por toda una eternidad, ¿acaso esto no es grandioso?

Juan finaliza diciendo que aquel día Dios enjugará cada una de las lágrimas que hemos derramado, y ya no lloraremos a ningún ser querido, ya no lloraremos más, ya no sentiremos más dolor, ya no tendremos más tribulaciones, porque aquellas cosas ya no existirán más, sino que Dios será nuestro consolador por los siglos de los siglos, nuestro sol, nuestra luna, nuestro dormitar, nuestro despertar, nuestro todo.

Simplemente, abracemos estas promesas juntos y vivamos para la eternidad.

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