La Biblia nos habla de un hombre de Dios llamado David, el cual fue un pastor de ovejas, luego llegó a ser el paje de armas de Saul, y por por su puesto, el gran rey de Israel. La Biblia también nos enseña que este hombre era conforme al corazón de Dios. Fue un hombre extremadamente valiente y lleno de fe en Dios. Pero ninguna de estas cosas nos alejan de errar, porque el errar es de humanos.

Durante su reinado cometió graves errores y claro, fue amonestado de parte de Dios por ellos. Recordemos que nuestro Dios no convive con el pecado, puesto que Él es santo.

A pesar de que David cometió grandes errores, esto nunca fue una excusa para él olvidarse de Dios completamente, sino que David poseía algo muy especial, y es que en esos determinados momentos sabía ir ante la presencia de Dios para curar su error y tratar de no volver a cometerlo.

El Salmo 51 es muy importante, puesto que es una oración de David luego de haber cometido un error. Lo escribió después de haber sido amonestado por parte del profeta Natán por haberse llegado a Betsabé, la esposa de Urías Heteo (2S 11:3).

Ten piedad de mí, Dios, conforme a tu misericordia; conforme a la multitud de tus piedades borra mis rebeliones. ¡Lávame más y más de mi maldad y límpiame de mi pecado!,

Salmo 51:1-2

Lo primero que debemos ver aquí es, que David no se sentía contento con lo cometido. Él estaba totalmente impregnado, abatido, atormentado; simplemente reconocía con todo su corazón que aquello que había hecho era totalmente grave y que a Dios no le agradaba.

¿Sabías que muchas de las veces que fallamos nos sentimos mal no porque Dios se enoje con nosotros sino por lo que las personas pueden llegar a decir? Si esta es nuestra manera de pensar entonces estamos en un error, no podemos sentir más peso de culpabilidad por lo que las personas piensen que por lo que Dios piense.

Al parecer, para David el gran problema no era lo que las personas podrían pensar, sino que sabía que había golpeado el corazón del Padre con sus actitudes y por eso continúa orando:

¡Crea en mí, Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí! No me eches de delante de ti y no quites de mí tu santo espíritu.

Salmos 51:10-11

Aunque esta oración fue luego de haber sido reprendido por Natán, David había cometido otros pecados los cuales la Biblia no guarda silencio. Y es por esto que la oración de David es tan intensa, estaba destrozado por sus pecados, y necesitaba recuperar urgentemente la santidad en su vida, la búsqueda constante de Dios. David utiliza la expresión: “No quites de mí tu santo espíritu”.

¿Te imaginas sin la presencia de Dios? Moisés en una ocasión dijo: “Si tu presencia no va conmigo yo no iré”. De la misma manera, para David era imposible ser rey de Israel y no ir acompañado de Dios, puesto que el secreto de su reinado era que Dios estaba con él.

David también expresa:

Devuélveme el gozo de tu salvación y espíritu noble me sustente.

Salmos 51:12

En este verso podemos comprender que David había perdido el gozo de la salvación y lo estaba pidiendo nuevamente, y continúa pidiendo un espíritu noble. ¿Sabías que cuando perdemos el gozo de la salvación incurrimos en cosas que no son del agrado de Dios? Cuando perdemos este gozo nos volvemos personas frías y somos movidos por nuestra humanidad.

No era para menos el David pedir que ese gozo volviera a su vida, porque él sabía que sin ese gozo podía hacer cosas muy malas, como las que había hecho anteriormente.

De este salmo sí que podemos aprender mucho y a la vez preguntarnos: ¿He perdido el gozo de a salvación? Si lo has perdido corre ante Dios, no lo dejes para mañana, hazlo ahora, este es el momento, ve ante Él y dile: ¡Padre! Devuélveme ese gozo, porque sin ese gozo estoy perdido y hago cosas que se supone que no debo hacer.

Que el Espíritu de Dios esté con nosotros y que seamos lo suficientemente humildes para reconocer cuando hemos perdido el gozo de nuestra salvación.

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