Hoy en día tenemos un gran problema con el tema de la adoración a Dios y es que confundimos cuál es la verdadera adoración. Dios tenía un problema con el pueblo de Israel en cuanto a la alabanza que viene del corazón y por eso les dice: “Ustedes con sus labios me honran, pero su corazón está lejos de mí”. Y es aquí donde nos preguntamos: ¿Cómo puedo honrar a Dios con mis labios y no con mi corazón?

Esta reflexión estará basada en el libro de Mateo Capitulo 4:23:

Más la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adoran al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren.

Este verso pertenece a una conversación que Jesús sostuvo con la mujer samaritana. Sabemos que entre los judíos y los de samaria existía una riña en cuanto al lugar correcto de adoración, sin embargo, en ese momento, Jesús rompe esa barrera sobre cuál es el lugar correcto, y prácticamente le está diciendo a aquella mujer: Mujer, después de mi muerte muchos muertos espirituales resucitarán también y no importara el lugar donde estén, lo único que bastará es que me adoren en espíritu y en verdad.

Querido amigo, Jesús se está refiriendo a nosotros, somos quienes el Padre ha llamado en su sola potestad para que adoremos a Cristo en espíritu y en verdad. Y como adoradores verdaderos debemos conocer los principios de una verdadera adoración. Adorar a Dios no es simplemente levantar las manos y gritar fuertemente aleluya, esto es algo que va mucho más allá y que sale del corazón. El pueblo de Israel hacía eso y Dios estaba disgustado con ellos.

Un verdadero adorador es aquel que ofrece su cuerpo en sacrificio vivo para Dios, aquel que su alabanza nace en el corazón y termina reproduciéndose en su exterior. Oh queridos hermanos, que nuestra alabanza sea la del corazón y no la de labios solamente.

Para concluir, recordemos que el Padre nos buscó y esto fue con un fin: Que le brindemos una adoración pura. Por lo tanto, adoremos al Padre en espíritu y en verdad cada momento de nuestras vidas, levantando manos santas en cualquier lugar o momento.

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