Algunos de nosotros hemos pasado por momentos en los que algún familiar (o uno mismo) ha estado dramáticamente enfermo, pero muchas veces el factor desesperación nos inunda y se nos olvida confiar en el Dios que creó los cielos y la tierra, y algo muy importante que también debemos entender es que no siempre cuando se nos habla de salud se está refiriendo a la salud física sino también a la espiritual. El salmo 41 es un himno del salmista David y lleva como subtitulo: “Oración pidiendo salud”.

El Salmista comienza este poderoso himno presentado como hombre bienaventurado a aquel que piensa en el pobre. Luego que David termina de mencionar los beneficios que recibirá el hombre que piensa en el pobre, nos dice:  “Yo dije: Jehová, ten misericordia de mí; Sana mi alma, porque contra ti he pecado”. Aquí nos damos cuenta que la salud que David está pidiendo no es una salud física, más bien, es una salud totalmente espiritual. Que bueno es reconocer en esos momentos de pestilencia, en esos momentos donde nosotros pecamos en contra de nuestro Dios, que le necesitamos y no encerrarnos en nuestro propio ego como si nosotros somos seres perfectos, David se encontraba en aquel momento no solo frente a Dios, sino frente a sus enemigos que estaban esperando que él tropezara para luego ellos burlarse de su caída.

¿Acaso nosotros no pasamos por momentos en los que pecamos en contra de Dios y nos alejamos pensando que Él no nos va a perdonar? Hay otras veces en las cuales nos refugiamos en la justificación y ni siquiera pedimos perdón a Dios sino que decimos: “yo soy humano”. Aprendamos del salmista David y echemos nuestros pecados sobre nuestro buen Dios y Él nos reconocerá frente a nuestros enemigos.

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